Temporada

A mi amigo del perro cojo le explico que es en la cabeza donde pasan las cosas últimamente, en la cabeza donde el “sarcasmo del sabio” revela apenas una opinión inexacta acerca del misterio que se extiende de una persona a otra, de la mía a la suya, sin perro o con perro, la torre […]

Texto de 23/02/16

A mi amigo del perro cojo le explico que es en la cabeza donde pasan las cosas últimamente, en la cabeza donde el “sarcasmo del sabio” revela apenas una opinión inexacta acerca del misterio que se extiende de una persona a otra, de la mía a la suya, sin perro o con perro, la torre […]



Temporada

A mi amigo del perro cojo

le explico que es en la cabeza

donde pasan las cosas últimamente,

en la cabeza donde el “sarcasmo del sabio”

revela apenas una opinión inexacta acerca del misterio

que se extiende de una persona a otra,

de la mía a la suya, sin perro o con perro,

la torre adentro retorcida por las visiones

que van contando una historia de fragmentos,

el vecino amable, por ejemplo,

que trae noticias, entra por una esquina,

se queda de pie porque en mi cabeza nadie

se sienta, y me recita el calendario

con los ruidos de cada mes para que yo adivine

si el tiempo es nuevo o antiguo,

si va rápido o lento, si es superficie o sólo hondura,

el vecino se ríe, le pido paciencia,

me dice que un acertijo no tiene nada

que ver con la verdad sino con la astucia

y que debo apresurarme

o se esfumará ese trozo de vida y en medio

quedaré yo calculando las dudas

para afinar la incertidumbre y nunca concluir

al margen de la experiencia, pues no conviene

criar teorías como animales sueltos,

liebres en un lienzo gris del cerebro

o ratones matizados por un fieltro imaginario de hierba

que cancela cualquier rutina del horizonte,

cualquier desenlace figurativo y en su lugar

propone un espectáculo:

la lectura en voz alta de todos los pensamientos

que sucedan en la cabeza durante la siguiente hora,

en tono menor, discreto, íntimo,

sin pausas, uno tras otro, el pensamiento

del cuerpo que deduce un dolor

y persigue una idea, el del umbral,

saliendo de la cama, pisando una sombra

estrecha en la madera, ¿soy yo, vecino?

¿o quién odia la soltura de la luz

que se filtra por la cortina antes

de la hora prevista?, pero ya te perdí,

amigo del perro cojo,

no sabes de qué hablo, mi vecino amable

te perturba, no entiendes cómo puede

meterse en la cabeza de uno gente desconocida

y armar fábulas de angustia con materiales

tan inmediatos como el tiempo, la piel y el gesto,

cómo se desmonta la imagen de uno

y se colocan las caras cubistas, amigo del perro cojo,

un buen ciudadano me dijo el otro lunes en plena calle

que para resolver los dilemas de perspectiva

hay que concentrarse en un punto fijo,

enumerar muertos para atrás y para delante

hasta que el sitio donde uno se detuvo

sea un hoyo y haya razones claras para hundirse

o remedios incluso provisionales,

ofertas para mantener a flote el cuerpo

sin lastres o vecinos que le susurren

a uno: mira, ya vienes viniendo,

vienes conmigo y contigo en la cabeza,

vienes bajando por el flanco áspero de esa avenida,

donde alguien te llama, oye tú,

volteas, rompes un instante

el régimen introspectivo, pronuncias un nombre

y te consuelas: ah, qué encuentro tan humano. 

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TEDI LÓPEZ MILLS (Ciudad de México, 1959). Su poemario, Amigo del perro cojo, obtuvo el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer en 2015. La editorial Almadía publicará próximamente La invención de un diario.



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