Taberna: Un trabajo solitario

En Brasil, que compartió invasor con Angola, la palabra es mucama; en Bolivia, el país con mayor porcentaje de población indígena de Sudamérica, el término es imilla (india); en México, donde al menos una tercera parte de estas mujeres ha tenido el mismo empleo desde la infancia, se dice muchacha. La realidad de cada excolonia define el nombre de […]

Texto de 18/06/17

En Brasil, que compartió invasor con Angola, la palabra es mucama; en Bolivia, el país con mayor porcentaje de población indígena de Sudamérica, el término es imilla (india); en México, donde al menos una tercera parte de estas mujeres ha tenido el mismo empleo desde la infancia, se dice muchacha. La realidad de cada excolonia define el nombre de […]



Taberna: Un trabajo solitario

En Brasil, que compartió invasor con Angola, la palabra es mucama; en Bolivia, el país con mayor porcentaje de población indígena de Sudamérica, el término es imilla (india); en México, donde al menos una tercera parte de estas mujeres ha tenido el mismo empleo desde la infancia, se dice muchacha. La realidad de cada excolonia define el nombre de esta subclase, pero no el género, que es inequívocamente femenino. Según el inegi, el 98% de los trabajadores del hogar son mujeres.

En Nosotras las sirvientas, película mexicana de 1951, Alma Rosa Aguirre protagoniza una comedia de enredos en la que su belleza y sencillez opacan a las señoritas de la casa. La trama recuerda un poco a The Importance of Being Earnest, por lo que probablemente el nombre de otro protagonista, el Sr. Ernesto, sea un saludo lejano al genio de Oscar Wilde. Esta historia de ascenso social es la misma que Bernard Shaw representó de forma tan pura en Pygmalion, obra que fue copiada famosamente en 1964 en My Fair Lady, en Pretty Woman, en 1990 —película que aborda abiertamente la prostitución—, y repetida hasta el cansancio por Televisa. Aunque sospecho que la verdadera narrativa sea a la inversa: es el patrón rabo verde el que desea a la muchacha (tal vez la CDMX deba protegerlas de la violencia sexual a la que son frecuentemente sometidas con un nuevo silbato). Si nos vamos a los orígenes, llegaremos a La cenicienta o, aun antes, a la historia greco-egipcia de la cortesana Rodopis. Mujeres todas, siempre oprimidas socialmente por un factor de clase y, al final, económico. Oprimidas por el bendito dinero que, algunos dicen, corrompe, pero que, como Ricardo Piglia nos recuerda en Respiración Artificial, es en realidad el producto de la corrupción, y es ésta la que lo ha erigido como el rey de los hombres. Esta pieza de cambio es ahora usada como medidor del libre albedrío, y habrá seguramente algún colega economista que crea sinceramente que el trabajo de estas personas no constituye una opresión, ya que se da libremente a un precio pactado en el mercado, pues a ese extremo la falsa lógica del intercambio ha reemplazado a nuestro sistema de valores. Las diferencias abismales en ingreso y educación permiten que, sólo en la Ciudad de México, haya más de 140 mil mujeres limpiando, cocinando y sirviendo a los demás.

Trabajar en un hogar ajeno, escuchar sin opinar, estar y no participar… debe ser un trabajo inmensamente solitario. Y sin embargo se oye tan frecuentemente (cuando, por ejemplo, el hijo de la muchacha recibe una camiseta de Abercrombie & Fitch como recuerdo del viaje de los patrones a Vail) que “son como de la familia”.1 Sí, son como. La película chilena La nana muestra magistralmente, con pequeños detalles, esta peculiar forma de destierro en el país propio al que son sometidas las “sirvientas” (sin hablar del grado al que la globalización ha permitido que miles de personas viajen del tercer al primer mundo con el único propósito de servir). No hace falta que nos escandalicemos por el maltrato racial que aparece en The Help, pues la realidad está vigente en nuestras casas.

Un arreglo informal más en un país sin ley: un trabajo casi siempre sin seguro, ni aguinaldo, ni vacaciones. Para encontrar una empleada basta acudir a la iglesia más cercana, donde se la puede escoger desde la camioneta, o entrar a una de las muchas páginas web que
las promueven y las explotan aún más: las agencias no sólo hacen el contacto sino que se encargan del salario para deslindar al empleador de responsabilidad laboral, cobrando, por supuesto, un porcentaje. Hay agencias que van más allá: tienen datos de las trabajadoras por si algo se pierde en la casa (hace algunos años se reportó el caso del alcalde del PAN, Mauricio Fernández Garza, de San Pedro, Nuevo León, que empadronó a las trabajadoras no para ofrecer seguridad social, sino porque “el 60% de los robos son cometidos por trabajadoras domésticas”). Y para quien busque algo mejor, hay páginas que anuncian cursos de “capacitación” para la trabajadora del hogar, cursos que les enseñan a planchar y a doblar ropa, a cocinar y a limpiar. No es capacitación para superarse, sino para eternizarse en una labor sin futuro.

La frase “como de la familia” a veces se torna literal, pues hay quienes realmente las consideran de la familia, es decir, como una propiedad. En los estados más pobres de este país se venden niñas para ser formadas como empleadas del hogar, y en las casas más ricas de nuestra ciudad, las hijas o nietas de las cocineras favoritas y consentidas se heredan como regalo de boda a una afortunada pareja. Así, el joven no extrañará la sazón de su casa.

Al final del día, pienso en el niño (que apropiadamente lleva el nombre de un zar) que me dio la idea para este artículo: con apenas cinco años, trata a su muchacha (que podría ser su hermana) con la punta del zapato. Porque la violencia se aprende.

Y todavía nos indignamos cuando se van, sin despedirse ni agradecer, “como las chachas”. EstePaís

1. No puedo creer que no exista un luchador que se llame “El hijo de la muchacha”.

*Ilustración de María José Ramírez 



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