Somos lo que decimos: Ser letra muerta. La vitalidad de la escritura

En nuestras vidas hay momentos cruciales. Decimos entonces que se cierra un capítulo —y que se abre otro—, es decir que ha llegado el momento de “dar vuelta a la hoja/página”.      La escritura en general, no solo la literaria, está en el origen de diversas locuciones relacionadas con asuntos varios, como poner (un) punto final, […]

Texto de 23/06/16

En nuestras vidas hay momentos cruciales. Decimos entonces que se cierra un capítulo —y que se abre otro—, es decir que ha llegado el momento de “dar vuelta a la hoja/página”.      La escritura en general, no solo la literaria, está en el origen de diversas locuciones relacionadas con asuntos varios, como poner (un) punto final, […]



En nuestras vidas hay momentos cruciales. Decimos entonces que se cierra un capítulo —y que se abre otro—, es decir que ha llegado el momento de “dar vuelta a la hoja/página”.

     La escritura en general, no solo la literaria, está en el origen de diversas locuciones relacionadas con asuntos varios, como poner (un) punto final, ya a una situación, ya a una discusión; ser (alguien) un libro abierto, acentuar/poner el acento en algo o los puntos sobre las íes, en el sentido de aclarar un punto de vista. También hablar de justicia poética y de “hoja de vida” (nuestro paso por este mundo cabe, pues, en unas cuantas hojas de papel). Contamos alguna experiencia con puntos y comas, y si citamos textualmente a alguien lo hacemos sin poner ni quitar ni una coma. Abrimos un paréntesis, verbalmente y por escrito, cuando queremos intercalar un asunto incidental o una acotación; los puntos suspensivos señalan un final abierto; recapitulamos cuando resumimos. Al hablar ironizamos “poniendo” comillas, ora por medio de la entonación, ora flexionando cuatro dedos, y enfatizamos la importancia de algo diciendo “con/en mayúsculas”. Son de grandes dimensiones los problemas, fraudes, errores mayúsculos. Exigimos minúsculas al editor para manifestar nuestro desprecio a instituciones o personas. Es punto y aparte algo singular.

     Siglos llegan y se van, y las expresiones permanecen: se sigue hablando de pliegos petitorios y de manuscritos, aun los escritos electrónicamente. “Le quedó algo en el tintero” a quien dio una explicación incompleta, y aquel que redacta bien “tiene buena pluma”, aludiendo a las de ave utilizadas por los autores en siglos pasados.¹ Hay plumas satíricas/mordaces. A vuelapluma significa muy de prisa; dejar correr/soltar la pluma, escribir sin mucho meditar. Salvo los consagrados, ningún escritor vive de la suya.

     También hay términos que el progreso humano va generando: ¿qué obras habrían podido crear los clásicos de haber contado con recursos como el copiar y pegar, buscar en todo el documento guardar como? Ahora ya no es necesario pasar en limpio.

     Nuestros jóvenes saben de oídas o por películas viejas que en alguna época existieron las máquinas de escribir, en las que grandes obras vieron la luz a base de teclazos y correctores blancos. El que tiene poco que decir llena su escrito de paja, de roll(o)(azo) o, más recientemente, de choro. Los correctores de estilo a menudo enriquecen los textos ajenos.

     De la poesía, la narrativa y la dramaturgia provienen expresiones cotidianas: hacer (alguien) una escena/un drama o que dos asuntos no rimen. Una situación puede resultar tragicómica, épica una comilona, histriónica una persona. Otros giros son estar (algo) de fábula, las evocaciones y los arrebatos líricos, el monólogo, los desastres naturales equiparados a tragedias o los futbolistas que “hacen teatro”, es decir fingen una lesión. Decía Cortázar que la novela gana por puntos y el cuento por knockout.

     Se supone que “el librito” contiene los procedimientos por seguir. Hay librazos, libracos, librachos, librejos. Los ha habido de coro en las iglesias y uno rojo en los centros de adoctrinamiento maoístas; antes la contabilidad se llevaba en un libro. El blanco concluye una gestión, el electrónico es lo de hoy aunque canse la vista, y los de texto (si bien todos los libros por definición lo son) se refieren al material didáctico usado en el aula. La Biblia, El Corán,² el Popol Vuh, entre otros, son volúmenes santos que se cree fueron inspirados, cuando no dictados, por Dios, y cuyo leitmotiv es la explicación del mundo.

     Los escritos de la civilización judeocristiana han aportado vocabulario: viacrucis, calvario, paradisíaco, infernal, diabólico, bautizo, éxodo, crucificar, mientras que textos de la Grecia antigua y literaturas más recientes han nutrido diversas disciplinas, como las que se ocupan de la psiquis (complejo de Edipo o de Electra, narcisismo, sadismo, bovarismo), u otras que están en el origen de referencias disímbolas: odisea, prometeico, lesbianismo, ser un Casanova, hamletiano, quijotesco, donjuanismo, Cenicienta, dantesco, pastoril, lazarillo.

     “Estaba escrito que…”³ tiene su antítesis: “no hay nada escrito”. No haber nada que escribir a casa implica ausencia de buenas nuevas. En la historia “se escribieron páginas gloriosas” como, en nuestro caso, la batalla de Puebla; también tristes o nefandas como la traición a Zapata y su asesinato… Las amarillas son, en muchos países, voluminosos compendios de ofertas comerciales y de servicios que acompañan a los también obsoletos directorios telefónicos. El abismo de la página en blanco (en nuestros días de la pantalla vacía) algunos escritores, como Colette y Rulfo, lo esquivaban utilizando papel de colores. “Escribe en mi cuaderno” quien me engaña con mi pareja. Dar carpetazo es echar tierra (a un asunto).

     Hoy se habla del “soporte” de un texto; las opciones son el papel y la pantalla de un dispositivo, pero ha habido muchos otros: arcilla, piedra, pergaminos, estuco, madera, muros, papiros. Entre los tipos de escritura destacan la automática de los surrealistas y la ilegible de los médicos. Escrituras, así en plural, lo mismo pueden ser sagradas que textos prosaicos como los que amparan la posesión de un inmueble. Generalmente sus redactores son despreciados llamándolos tinterillos o chupatintas (que siempre es mejor que ser ágrafo). Los términos trabajadorfuncionarioservidor público y rendición de cuentas en ocasiones son meras licencias poéticas.

Fabular y hablar son etimológicamente cercanas. Vargas Llosa tiene razón cuando afirma que “la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”.  

1 Perduran en nuestra lengua otras plumas muy alejadas de las aves: fuente, atómica (¡?), estilográfica, estas dos últimas como sinónimos de bolígrafo.

2 Esa violencia ciega que de tanto en tanto sacude al mundo, el terrorismo, tiene su “sustento” en un simple libro.

3 Los místicos añadirían: “… en las estrellas”.



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