Somos lo que decimos: “Iguanas, ranas”. De nuestra chacota discursiva

Columna

Texto de 19/11/19

Columna



Se ha llegado a afirmar que los hispanohablantes nos reímos de todo, incluso de desgracias como terremotos, inundaciones o incendios. Muchas de nuestras cuchufletas, en efecto, colindan con el cinismo o la deshumanización. Grandes obras y escritores de nuestra literatura serían inconcebibles sin el humorismo, empezando por el inigualable don Quijote, hasta —toda proporción guardada— los textos de Fernández de Lizardi, Ibargüengoitia, Camilo José Cela, Gómez de la Serna (y de nuestro Enrique, su casi tocayo), o bien Ricardo Garibay, pasando por los magistrales Quevedo y Góngora, entre tantos otros. A los hispanohablantes se nos da mejor la cuchufleta que la solemnidad. Durante las décadas de hegemonía priista, privaba en los medios una censura que sólo podía esquivarse en sobremesas y en las calles. A los jóvenes actuales les costaría trabajo creer que un cómico fue cesado y hostigado por bromear en la televisión rebautizando a dos personajes históricos como “Bomberito Juárez” y su esposa “Manguerita”.

Durante siete décadas, el mexicano driblaba el totalitarismo por medio del ingenio. La agudeza de nuestros caricaturistas, destacadamente Calderón, es ejemplo vívido de ello. En la vida diaria existía una balbuceante libertad de expresión que hoy sería plena si pasáramos por alto los recientes despidos de periodistas críticos.

Sólo alguien que sabe reírse de sí mismo puede afirmar que entregó su ridiculum vitae o bien, cuando presenta a su esposa, referirse a ella como “la dueña de mis quincenas”. Seguimos en el registro metafórico cuando firmamos la cuenta en un restaurante: solicitamos “la dolorosa” al mesero y, mediante nuestra tarjeta bancaria, estampamos nuestra “poderosa” en el recibo. Somos metonímicos cuando afirmamos que debemos perseguir/corretear la chuleta o bien sacar para el chivo, queriendo decir que necesitamos trabajar. Lo que en un bar español significa “cambiarle el agua al canario”, en México lo fraseamos con una paronomasia: “voy a mi arbolito”. Otros, más prosaicos, le suplican a un contertulio: “llévate la mía”. Aún se escuchan, por extraño que parezca, los “adverbios” de los sesenta: simón y nel por sí y no, respectivamente. “Yo tenía un chorro de voz”, se lamenta Chava Flores, “… y sólo me quedó un chisguete”.

Para decir que alguien murió, utilizamos locuciones festivas o insensibles, según cada quién (“estiró la pata”, “chupó faros” —vieja marca de cigarrillos—, “lo enfriaron”, “lo quebraron”, “colgó los tenis”, también que “lo sacaron con ellos por delante”). El verbo petatearse alude a una práctica mortuoria de origen prehispánico, de fácil comprensión. “Pasar a mejor vida” y “que de Dios goce” son expresiones políticamente correctas. No lo es, en cambio, cuando jugueteamos con los verbos ser y estar como en la chanza en la que un mexicano le pide al genio de la lámpara “una vieja muy buena”, y éste hace aparecer a la madre Teresa de Calcuta. Nuestro humorismo nos conduce a “intervenir” —en el sentido artístico— los nombres propios, en ocasiones con una gracia cuestionable. Así, hablamos Miguel Aveces Mugía (cantante vernáculo), Mónica Lingüisky (becaria complaciente), Nalgador Sobo (intelectual homosexual), Colita de Lanolina (cantautora), Marranona (antiguo astro futbolero de complexión robusta), López Porpillo (gobernate corrupto), López Paseos (expresidente viajero y querendón que cada mañana preguntaba a su asistente: “¿Qué me toca, viaje o vieja?”), Garnacho Feliz (exalcalde de la ciudad y titiritero de los zapatistas, en compañía del “Obispón Rojo”), una Manuela (masturbación), Rabina La Gran Tagora (dislate de una “primera dama”), Masiosare (para los niños de primaria, un extraño enemigo, en vez de un futuro de subjuntivo), Putin (autoalbur) y hacer un pancho (ridículo).

Existen nombres “blancos” inventados (Zoila Baca de Corral, Dolores Fuertes de Barriga), hasta llegar a los crudos patronímicos propiamente albureros: Alma Marcela Silva de Alegría, Santiago Rico, Benito Camelo, Zacarías Blanco, Tecla Varela Bara, y también topónimos: Tejeringo el Chico.

La empresa transnacional Coca-Cola acaba de incursionar en la publicidad basada en el calambur: son dos fotos de una misma muchacha; en la primera se la ve desolada con las manos vacías, en la segunda, sonriente, posando con su botella de refresco: aquélla tiene la leyenda ChingOFF; ésta, ChingON. EP



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