Somos lo que decimos: El poder de las palabras

Columna

Texto de 10/09/19

Columna

En la lingüística aplicada se llama actos de habla (también funciones) a las intenciones de comunicación de todo enunciado o discurso. Lo importante no es lo que se dice, sino lo que se hace al decirlo. Así, “¡escúchame!” es suplicar o amonestar, según el contexto. Igual pasa con “hola” (saludar), “por favor” (solicitar), “ya son las once” (informar o bien interrumpir una reunión) y “hasta mañana” (despedirse). Cada día, recurrimos a decenas de actos de habla al comunicarnos.

Desde la prehistoria nos hemos acostumbrado a ningunear al “otro”, al de enfrente. Para descalificarlo se emplean determinados sustantivos, adjetivos, frases y locuciones. El discurso del poderoso no es la excepción y también tiende a minimizar a sus oponentes. La subjetividad inherente a todo discurso (incluida la del presente texto) refleja filias y fobias, y ello en distintas formas. Esta columna no debería intitularse Somos lo que decimos, sino Él es lo que dice.

Gabriel Zaid y Fernando García Ramírez enlistaron algunas expresiones de la actualidad política mexicana. Por mi lado, las había estado recopilando también, pero su articulación se hallaba en ese entonces en obra negra. Como es natural, los tres corpus tienen coincidencias. Se pretende aquí aumentar el número de citas aportadas por ambos intelectuales y esbozar una sistematización de esos dichos, de gran importancia para los hechos presentes y por venir.

Los sustantivos más escuchados son: achichincle, alcahuete, alimaña, blanquitos, cajamanes, calumniador, capos, carterista, corruptazo, demagogo, fichita, fifí, fufurufos, hablantín, inmundicia, listillo, machuchones, mentirosillo, momias, mugre, neoliberal, payaso, pelele, pirrurris, politiquero, provocador, rufián, salinista, señoritingo, tapadera, ternurita, títere, traidor a la patria.

El número y los alcances de los adjetivos también son considerables: antidemocrático, arrogante, canalla, cínico, conservador, corrupto, deshonesto, frívolo, ignorante, ingrato, intolerante, irresponsable, majadero, malandrín, perverso, pillo, reaccionario, ridículo, servil, siniestro.

En este discurso hay también sustantivos aliados con adjetivos (bandidaje oficial, cartucho quemado, desastre nacional, encuesta cuchareada, huachicolero mayor, aprendiz de mafioso/carterista, minoría rapaz, pura faramalla, sepulcros blanqueados).

Las frases y locuciones son reveladoras porque, al mismo tiempo que insisten en las descalificaciones, exaltan, por contraste, supuestas virtudes o el humorismo del propio hablante: “la mafia del poder”, “me quieren cuchilear/cucar”, “beneficiarios de la política”, “matraquero del PRI”, “traficante de influencias”, “malos técnicos que se creen científicos”, “el que se aflige se afloja”, “anda billeteando”, “se han dedicado a saquear”, “sin ética ni moral”, “poco gobernador para tanto pueblo”, “vulgar jefe de pandilla”.

Forman parte de un discurso propiamente autoritario: “va porque va”, “les guste o no les guste”, “risa me da”, “me canso, ganso”, “tengan para que se entretengan”, “no tienen nivel para debatir conmigo”. Soberbia es esta no respuesta: “soy dueño de mi silencio”. Desde esa óptica, también serían “integrantes de la mafia del poder” los organismos autónomos que arbitran, como el INE o las OSC y las ONG (“pura farsa”, “legitiman fraudes”, “no quieren dejar de robar”, “voceros rasgándose las vestiduras”), para rematar con un apotegma, verdadera oda al totalitarismo: “le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”.

Una vez descalificados todos ellos, así como los poderes legislativo y judicial, se hace lo mismo con el llamado “cuarto poder”.1 Algunos botones de muestra: “prensa inmunda”, “gacetilleros vendidos”, “pasquines del régimen”, “fantoches”, “calumniadores”, “chayoteros”, “doble cara”, “conservador con apariencia de liberal”, “subordinados a la mafia del poder”, “encarnan la corrupción”, “farsantes”, “intelectual del conservadurismo”, “malandro”, “mirona profesional”, “oportunistas”, “el ponzoñoso… + apellido del comunicador”, “prensa fifí”, “atacan desde su inmundo pasquín”, “periodistas maiceados” (condición que compartirían con los ministros de la Suprema Corte).

No estamos muy lejos, lingüísticamente hablando, de las “ratas viscosas”, de los “rojos” ni de los “gusanos” que endosaban a los disidentes el estalinismo, el franquismo y el castrismo. EP

1 Se conoce desde antes de Goebbels la importancia de la propaganda, cuya primera misión es acallar a los medios y al periodismo críticos, adoctrinando paralelamente a los ciudadanos

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