Prohibido asomarse: Los autómatas

En el museo, la manzana Comparada con la palidez de las efigies alrededor, la manzana que lleva en la mano es detonante. Pasea la vista entre los cuerpos en perfecta tensión, tan auténticos que dan la impresión de estar a punto de continuar su movimiento. Habría querido palparles las nalgas para convencerse de que estaban […]

Texto de 23/04/17

En el museo, la manzana Comparada con la palidez de las efigies alrededor, la manzana que lleva en la mano es detonante. Pasea la vista entre los cuerpos en perfecta tensión, tan auténticos que dan la impresión de estar a punto de continuar su movimiento. Habría querido palparles las nalgas para convencerse de que estaban […]

En el museo, la manzana

Comparada con la palidez de las efigies alrededor, la manzana que lleva en la mano es detonante. Pasea la vista entre los cuerpos en perfecta tensión, tan auténticos que dan la impresión de estar a punto de continuar su movimiento.

Habría querido palparles las nalgas para convencerse de que estaban frías. Con enorme realismo, reproducían en cera estatuas clásicas.

—Lo único que les falta es respirar —comenta su tía, que continúa el paseo entre héroes, emisarios y deidades recordando las fotos en las revistas de fisiculturismo a las que su marido es aficionado. De Laocoonte lo impresionó la serpiente hincando los dientes para afianzarse y estrechar sus anillos. Admira la estatua que parece alentar porque al ser blanda, la cera da la ilusión de mayor realismo.

Desde entonces transcurrieron muchos años pero su deseo de tener una estatua a la que imagina animada perduró.

La odalisca

La llama todavía alienta para iluminar alternadamente su rostro adelgazado.

—Este fue capricho de un antepasado.

A su muerte, el autómata fue guardado en un ático sin ventanas donde sin embargo había una cama, una mesa de noche, un aguamanil y una bacinica pero ni una telaraña. La mesa y una silla completaban el mobiliario de una habitación que descontando al autómata, nadie, nunca, había ocupado.

Aunque era temprano por la tarde, el ático estaba oscuro y fue necesario encender una vela. Ya entrada la hora púrpura, la odalisca echó la cadera a un lado con estrépito de monedas y herrumbre. Algunos afirman que también giraba los ojos.

La odalisca vuelve a menear la cadera en dirección contraria. Las monedas de oro que tejen su túnica resuenan revelando un instante su sexo bruñido.

Hubo una vez

Hace mucho hubo un juguete de venta en sótanos que condimentaban lo prohibido con lo lúgubre. Cosa de relajarse viendo rutinas jadeantes.

Esa fue la primera generación.

En familia

Reunidos en la isla paradisíaca de vacaciones, cada uno se abisma en su pantalla. Ninguno extraña las palabras que sucumbieron al ruido hace años. Un azabache alado embiste la ventana sin que nadie abandone el resplandor que lo embebe. La mosca rebota contra la ventana, silenciosa por un instante, y después remonta su filigrana zumbona.

Grabación

Al regresar por la tarde a casa siempre acciona la grabadora. En ella solo hay un mensaje que escucha diariamente: “Tu amor está hecho de abandono”, que ella interpreta como “abandona todo por mí”. Una vez y otra escucha la misma voz decir lo que ella desea escuchar. “Te amo como nunca en mi vida”. “Te deseo tanto que me duele”. “Yo te protegeré vida mía”. “No viví hasta que te vi”.

Si creyéramos en algo no necesitaríamos afirmarlo. Si amáramos, no mencionaríamos el amor. Si estuviéramos realmente vivos nos olvidaríamos de estarlo.

Mona

No quiere recordar las transacciones que determinan su pasado ni reparar en cuanto vuelve su futuro previsible. A todos les gusta pensarse libres.

Tiene cómplices para alargar el tiempo pero hay que inflarlos. Una vez esponjada, Mona abre la boca y las piernas y él lubrica los dos agujeros.

Ahora yace desinflada en el sofá.

La voz

Admite que le gustan los hombres pero no su compañía. En casa imagina el espécimen ideal pero sabe que ninguno lo es. Nadie puede serlo todo para otro, ni siquiera si se ve como Brad Pitt en Thelma y Louise.

Pero, ¿qué tal el novio invisible que habita su computadora?

Abyección

Basta verlo cuando revisa el catálogo para confirmar que no ha cambiado. Aunque viejo, pega los ojos ávidamente a las hojas calculando las ventajas de los distintos modelos. Los imagina en la intimidad de la mazmorra que llama su habitación. Todavía son inertes, pero se habla de una auténtica revolución que ofrecerá a los consumidores modelos dotados de principio motriz absolutamente silencioso, que incrementará la ilusión de vida. Su genuino entusiasmo confirma el tedio del deseo insatisfecho.

La consagración del deseo

Una enorme bóveda fluorescente cubre el lugar. Dentro hay canceles transparentes para dividir el espacio pero es posible abarcar varios cubículos de un golpe de vista. No se distingue ningún sonido porque los materiales absorben el ruido. Por eso parece que llevaran zapatos de fieltro.

—El laboratorio ocupa un área de 3 mil 500 metros cuadrados. Se dice fácil pero en términos espaciales se trata de un hangar. En lugar de aviones hay discos duros, conexiones mínimas y una variedad de prótesis ordenadas de la cabeza a los pies en categorías, para ensamblar un modelo personal. Por ejemplo, hay pezones en todos colores, tamaños y texturas.

El hombre se detiene cerca de un tubo luminiscente.

—Pero lo que auténticamente es asombroso es que responden.

Un halo verde perfila las hojas de plástico que dividen la colmena.

—El área de almacenaje está dividida en dos grandes zonas genitales, aunque también hay opciones especiales. Nuestros clientes tienen preferencias muy diversas que nos empeñamos en satisfacer.

—¿Qué significa eso?

—La consagración del deseo.

Ritual

Lo conduce desnudo de la habitación a la cocina. Allí lo coloca frente a la mesa de granito sobre la que extiende su miembro cuidadosamente y abate el cuchillo.

Un rulo de la cabellera cae sobre su frente pero no pierde la sonrisa.

—Mañana —susurra— el tajo puede ser real.

Una escena

—Para ti es más fácil creer que soy la causa de tu ansiedad. Comprendo que prefieras evitarme. Es necesario. Así puedes asegurarte de tener razón. ¿Qué sería de la imagen que tenemos de nosotros mismos si no fuéramos capaces de hundir el puñal con limpieza?

Esto lo dice con dicción clara ante Irma, que reacciona a su “tono”. Ahora cruza las piernas enfundadas en medias oscuras de red. Se inclina levemente, exhibiendo el esplendor de las tetas.

—¿Qué ocurriría si viéramos el desperdicio acumulado de una vida?

Es un pequeño parlamento retóricamente honesto, como los refranes pero sin moraleja.

El folleto —y sus circunstancias

Iba a cometer un error grave cuando cayó en sus manos el folleto y canceló la boda. Por fin quedaría atrás el carnaval. Se trataba de volver a comenzar, lo cual no era posible y quizás tampoco recomendable, pero le gustaba usar ese tipo de frases. Era una manera de pensarse todavía en la plenitud.

Su necesidad se hizo apremiante y lo que antes considerara despreciable, hoy formaba parte de las fantasías que progresivamente habían desplazado los límites entre lo posible y lo letal.

Pero eso pertenece al pasado. El folleto abre la puerta a sus ensueños más arriesgados. Por eso nunca elige un modelo. Prefiere leer el folleto, admirar las imágenes, considerar las posibles combinaciones, solazarse considerando lo que la técnica pone a su alcance. No habrá más remordimiento ni vergüenza.

Vencido en el teatro de sus fantasías abrasadoras, no le queda sino aceptar que sus deseos más salvajes han sido domesticados.

Memoria imperfecta

Le extiende una fotografía.

—¿Recuerdas? Estábamos en París, en la isla de San Luis. Los árboles conservaban su follaje pero ya calcinado por la inminencia del invierno.

La mira y luego observa la imagen.

—Tú querías ir a Chez Balzar. Yo en cambio quería un buen trozo de carne con papas fritas en la Brasserie Flo.

Nada falta en su recuerdo, ni siquiera la sonrisa que lo acompaña ni la leve inclinación lateral de la cabeza.

—Y terminamos la noche en el Café de Fiore. Pero no recuerdo qué hicimos luego.

Mira a la ventana. Su gesto de concentración es perfecto.

—¡Ya! De regreso al hotel hicimos el amor bajo un puente.

Extiende su mano. Se aproxima y aspira su perfume. Acaricia la tibia suavidad de su piel perfecta.

—¿Recuerdas?

Queda suspendido el gesto pero no la maníaca insistencia.

—¿Recuerdas? ¿Recuerdas? ¿Recuerdas?

Nada es perfecto.

Alternativas

Representa la última generación. Puede bailar, cuenta con posiciones y velocidades que se ajustan con total normalidad, responde a estados de ánimo que reconoce mediante tonos de voz, palabras clave e incluso cuenta con secreciones.

Tendrá que ahorrar algo más pero al cabo de tres años —calculó— se comprará el último modelo capaz de simular empatía.

Lealtad

Cuando Susana compró el primero lo tuvo meses en la cama. Le hablaba. Le decía picardías, lo insultaba, lo trataba como si se hubieran acabado de conocer en el puerto. Él respondía, le seguía el juego, le contaba dónde había embarcado y sus experiencias eróticas. Su habitación se transformaba en la de un hotel de paso situado cerca de la mezquita desde la cual se escucha el llamado a la plegaria. Una noche él se negó a seguirle el juego.

Como esa reacción no formaba parte del guión fue por el mando con la intención de desconectarlo y llamar al portero, pero él se lo arrebató.

—En tu lugar no haría eso. ¿Sabes qué haría en tu lugar?

La mano se cerró sobre su garganta.

—¿Así que te gusta jugar, eh?

Los vecinos no preguntaron por ella.  ~

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