Pantalla dividida Chernobyl: Verdad, ficción y fantasía

Columna mensual

Texto de 10/09/19

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Para explicar qué pasa con Chernobyl (HBO, 2019) es preciso distinguir historia y relato. La historia tiene que ver con la verdad, el relato con la ficción. Verdad y ficción no se contradicen, son opuestos complementarios: sin verdad, la ficción resulta inocua, y sin ficción, la verdad no se cuenta. La historia necesita del relato tanto como el relato necesita de la historia.1

La verdad son los hechos, por ejemplo: los sistemas rígidos se quiebran y los flexibles se adaptan es un hecho. La formulación es abstracta, pero nadie puede negar que las cosas no son así. Ficción viene del latín fingĕre, que significa ‘formar’, ‘modelar’. Lo que la ficción hace es dar forma a la verdad, a los hechos (en este sentido, el ensayo, el libro científico, también son ficciones). Ficción no significa mentira. La ficción está íntimamente ligada a la verdad, está en tensión permanente, y eso la vuelve dramática. También hay ficción sin verdad, se llama fantasía, es forma sin contenido (por ejemplo: las películas de acción o de superhéroes). La fantasía no busca la verdad, ni se atiene a ella: la fantasía vuela, asombra, impacta, distrae. No nos hace pensar, nos deja extasiados. Hay maestros del género; Tarantino, por ejemplo.

¿Por qué aclaro esto? Porque una cosa es la historia del desastre de Chernobyl y otra, el cuento del desastre de Chernobyl. Porque en esta historia hay Chernobyl de verdad, hay Chernobyl de ficción y, después de la miniserie de HBO, hay también Chernobyl de fantasía.

El Chernobyl de verdad se encuentra en YouTube con una oferta muy amplia donde destacan History Channel, la BBC y, en particular, Discovery Channel con la notable producción Zero Hour: Disaster at Chernobyl (2004). Sin embargo, nada supera escuchar la voz de Valery Legasov, subdirector del Instituto de Energía Atómica, miembro del comité del accidente, especialista enviado para averiguar cómo y por qué explotó la central. A dos años del desastre, Legasov grabó siete casetes con todo lo que vio y vivió en Chernobyl. Se ahorcó el día del aniversario de la explosión. Los efectos letales de la radiación empezaban a hacer estragos. Tenía cincuenta y un años, dejó esposa e hija. Oírlo eriza la piel: el acento ruso, la música triste, la ciudad de Pripyat vacía, el último día eternizado, en el hospital, en el teatro, en la escuela.2 Una Pompeya soviética a los pies de un volcán soviético, enclaustrado en un sarcófago monumental. Sin duda, el mejor relato de la historia de Chernobyl.3 La grabación de Legasov apenas supera las cuarenta mil visitas en YouTube. No tuvo, ni jamás tendrá, la pompa y circunstancia del lanzamiento de la miniserie de HBO en la que, paradoja del destino, Legasov es el protagonista.

Aunque subdirector del instituto que había diseñado el reactor (en los setenta), Legasov no sabía mucho de reactores; él era químico y físico molecular. Era el único científico de alto nivel disponible; los demás estaban de vacaciones (jamás se apersonaron). En México dicen que “cuando te toca, ni aunque te quites”. Por suerte, en este caso, el destino eligió a la persona correcta (lo único correcto en la historia de Chernobyl). Otro hubiera mandado a otro que hubiera mandado a otro; en cambio, Legasov dejó atrás el puesto, la familia, todo, y se lanzó al centro del infierno radioactivo. La manera como describe el problema, en fugaz entrevista para la televisión, dejó claro que no era un experto: “Normalmente una planta nuclear es un edificio con un tubo que nunca emite nada, y aquí, por primera vez, vi una estación con fuego que se levantaba e incendiaba el cielo”.4

En pocos días, Legasov se volvió físico nuclear, mandó evacuar ciudades, lanzó quinientas mil toneladas de arena y plomo con helicópteros, envió miles de liquidadores al techo de la central: hombres (heroicos todos) vestidos con corazas de plomo y armados con palas (la Edad Media contra el siglo XX), en turnos de noventa segundos, irrepetibles, para devolver al núcleo los bloques incandescentes de grafito que irradiaban a Europa. Movilizó masas de mineros que cavaron un túnel debajo de la central. Todos los esfuerzos fueron vanos. Como la radioactividad no obedece ideologías, traspasó la cortina de hierro y alcanzó Suecia, Alemania, Italia. Hubo que dar explicaciones en Viena, ante un congreso de notables. El embajador del Apocalipsis fue, por supuesto, Legasov, enviado con la misión de convencer al mundo de que la industria nuclear soviética seguía siendo divina, que errar es humano. En cambio, Legasov dijo la verdad.

Si nos queremos poner estrictos, la cadena de fallos empezó con un pescador en Siberia que tuvo un hijo muy inteligente y que, seguramente, fue tratado con brutalidad. Ese hijo encontró una manera de escapar de ese padre: ser físico nuclear, algo a lo que un pescador serio sólo podría aspirar en la Unión Soviética. Anatoly Dyatlov, que así se llamaba ese hijo, terminó encargado del reactor número 4 de la central nuclear Lenin, más conocida como Chernobyl. Tenía un pésimo carácter, era terco y despótico (escapar del padre no es fácil, pero eso no es Chernobyl, sino Los hermanos Karamázov). Dyatlov estaba a cargo de una prueba de seguridad: someter la central a un corte de electricidad. En tiempos de la Guerra Fría era un tema de primer orden. Al mismo tiempo, el aparato burocrático soviético estaba revisando los ascensos, y cumplir era el primer punto de la lista. La prueba se había intentado tres veces sin éxito; un fracaso más sería imperdonable. Al igual que los ensayos anteriores, el cuarto también se debió abortar, esta vez porque Kiev demandó suministros mayores de electricidad. En lugar de eso, Dyatlov decidió suspender la prueba y reactivarla durante el turno de la noche. Suspender un reactor nuclear no es como dejar en sleep la computadora. Los sistemas de refrigeración son afectados severamente, las barras de uranio, combustible del reactor, se empiezan a calentar, nace un volcán. El turno de la noche se encontró con la sorpresa de que tenía que terminar la prueba, los tecno-científicos pusieron mala cara (no estaban capacitados), Dyatlov explotó, la prueba se reactivó, la central se sobrecalentó, apretaron el botón rojo que detenía todo y lo que explotó fue el reactor.

No fue el temperamento del hijo de un pescador siberiano lo que provocó el fin del mundo. Chernobyl explotó porque la ciencia, un conocimiento que por naturaleza tiene que ser abierto, fue tratada como secreto de Estado, asunto de la KGB. Cuando la utilidad se pone por encima de la verdad, invariablemente se vuelve mentira. Fue el drama de la URSS. La información científica fue clasificada. ¿Y qué información era ésa? Que el sistema de frenos de las centrales nucleares no era seguro (tenían dieciséis). Legasov lo descubrió, lo comunicó al Sóviet Supremo y el Sóviet Supremo se dio cuenta de que la bomba era Legasov. De regreso en Moscú, le negaron el título de héroe (que por esos días se repartía en cantidades industriales), le dieron el de apestado y lo removieron de su cargo: un hombre con el cuerpo radiado, a la deriva.

No sólo el régimen soviético le negó el título de héroe a Legasov, también se lo negó HBO. En la serie, Legasov (interpretado por Jared Harris) no es subdirector sino director del instituto, es el máximo especialista en reactores nucleares de la URSS, es un solterón sin familia, sabe desde siempre las fallas de los reactores, pero guardó silencio y ahora paga su falta teniendo que ir a la zona del desastre. En Viena miente, de regreso en Moscú lo llevan a declarar en el juicio que le hacen a Dyatlov y demás directores de la central (Legasov nunca estuvo en ese juicio). Ahí decide decir la verdad, presionado por una noble científica, Ulana Khomyuk, físico nuclear que no existió; fue inventada para “representar a todos los científicos que arriesgaron su vida para salvar la situación”, según las palabras de la célebre Emily Watson, quien la interpreta. Ulana no es ficción, es fantasía, inexplicablemente capaz de estar en todo sin que le pase nada, un invento no sólo absurdo sino inmoral. HBO vació de heroísmo a Legasov y lo convirtió en un personaje cínico e hipócrita; hizo lo mismo que los jerarcas soviéticos: manipuló la verdad y aplastó a Legasov. No sólo fue inmoral, sino también un error dramático, porque al dividir al héroe en dos, desarticuló al protagonista: la acción quedó por un lado y la dimensión moral por otro, nunca se pudieron juntar.

Atrofiado el valor dramático de la historia no queda más que la curiosidad de saber qué pasó en Chernobyl. Al respecto hay que aclarar que en la serie pululan la mentira y las simplificaciones. La escena del helicóptero que sobrevuela el reactor humeante y se desploma aconteció seis meses después del accidente, por culpa del piloto que tocó una grúa con las aspas. En Chernobyl los rusos y ucranianos hablan inglés, recurso válido para el teatro, pero no para una recreación que presume de hiperrealismo. La escena en la sala de control durante la explosión llega a ser cómica, la dramatización que hace Discovery Channel, con actores rusos y un casting perfecto, evidencia la falla.

El autor de Chernobyl se llama Craig Mazin (Nueva York, 1971), psicólogo graduado en Princeton. No trabajó como psicólogo porque a mediados de los noventa ya era supervisor de guiones en Disney. Es el autor de Scary Movie 3 y 4 (2003 y 2006), y escribió y dirigió Superhero Movie (2008), parodia de las películas de superhéroes. Harto de ser estigmatizado como un bufón, decidió incursionar en la tragedia y, para no fallar, eligió la más grande de todas, escrita ni más ni menos que por la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich; Mazin usó como carta de presentación a Voces de Chernóbil, libro-testimonio del desastre. Decir que Chernobyl está basada en él es una mentira de tamaño soviético. Tomó prestadas del libro un par de historias que maltrató sin piedad. Para que nos hagamos una idea: cuando el bombero muere, cuenta su abnegada esposa que ella justo había salido de la habitación por un momento y no la pudieron ubicar; cuando regresó al cuarto quedó devastada, un final desgarrador para ambos, pero no para Mazin, que lo descartó (menos mal que no se dedicó a la psicología). El bombero no sirve más que para mostrar cómo la radiación descompone un cuerpo humano. Cuando muere, irrumpe en la habitación Ulana, el personaje inventado, y se lleva a la viuda.

Encomendar la historia de Chernobyl al autor de Scary Movie 3 y 4 es algo parecido a encomendar la operación de una central nuclear a Homero Simpson (tres años después de la explosión de Chernobyl apareció el primer episodio de Los Simpson). Y aquí viene lo insólito, resulta que la miniserie es considerada la mejor de la historia (!) en el portal IMDb (de Amazon). En los Emmy tuvo diecinueve nominaciones, mejor que Game of Thrones. La explicación parece obvia: es una superproducción, es monumental, trata de una catástrofe, tiene morbo, revela secretos, es corta; díganme todo lo que quieran, pero jamás tendrá la estatura y calidad de Breaking Bad, Mad Men o The Sopranos. ¿Cómo es posible que sea considerada la mejor de la historia? Me cuesta no sospechar que hay mano negra: porque es cierto que las élites de los grandes consorcios buscan debilitar por todos los medios cualquier atisbo de socialismo en el mundo. Series como The Americans y Chernobyl son una excelente propaganda para “el mundo libre”. Siempre que se trata de comunismo resulta ridiculizado, despótico, irracional y oscuro.5 El impacto en millones de espectadores jóvenes, desprovistos de perspectiva histórica y espíritu crítico, está garantizado. Si existen las series ideológicas, Chernobyl es claramente una de ellas, y diría que su máximo exponente. Invito al lector a imaginar una serie enteramente hecha por rusos y hablada en ruso sobre la explosión del transbordador espacial Challenger, que aconteció apenas tres meses antes de Chernobyl. El accidente sacudió al mundo, a bordo iba la primera civil que volaba al espacio (una maestra). Sucedió por las mismas razones que Chernobyl: desde 1977, los directores de la NASA sabían que los cohetes propulsores fallaban, pero ignoraron a los ingenieros —retrasar el lanzamiento tenía consecuencias económicas—; la manera como la nasa estaba organizada resultó fatal. Como si fuera poco, el transbordador carecía de asientos eyectables para los astronautas por “utilidad limitada, complejidad técnica, costo excesivo, peso y retraso de los lanzamientos”.6 Con el dispositivo, los astronautas probablemente hubieran sobrevivido. Pensemos el Challenger como serie, contada por rusos, en ruso, con una producción de impacto mundial. Ojalá que Putin no lea este artículo.7 EP

 1 Kant diría: La historia sin relato es ciega, el relato sin historia, vacío.

2 Chernobyl está a 18 kilómetros de la planta nuclear. La ciudad tenía 14 mil habitantes, actualmente cuenta con 700. Pripyat está a tan sólo 3 kilómetros de la central, tenía 3 mil habitantes, era un pequeño paraíso.

3 Chernobyl: Valery Legasov Tapes. Legasov’s Original Own Voice HD Compilation #01.

4 Ver Chernóbil: El legado de Legasov. Documental de RT, en YouTube.

5 Comunismo y URSS no son lo mismo, el comunismo puede ser democrático, pensemos en el PC italiano (así como el capitalismo ha resultado aliado de muchas dictaduras).

6 Ver “Rogers Commission Report” (1986).

7 Por último, recordemos la catástrofe de Fukushima en 2011, tan grave como la de Chernobyl. La central fue diseñada por General Electric y se construyó en una zona de maremotos. Tenía un muro de contención de ocho metros; el tsunami fue de trece, la central colapsó. Y eran japoneses.

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