Ocios y letras. Doscientos años de un pícaro chilango: El Periquillo Sarniento

Importa comentar una edición célebre de la bibliografía mexicana que salió en 1816 de la imprenta más activa durante las primeras décadas del siglo xix, la de don Antonio de Valdés: los tres tomos ilustrados de El Periquillo Sarniento, novela escrita por El Pensador Mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), uno de los autores más […]

Texto de 23/05/16

Importa comentar una edición célebre de la bibliografía mexicana que salió en 1816 de la imprenta más activa durante las primeras décadas del siglo xix, la de don Antonio de Valdés: los tres tomos ilustrados de El Periquillo Sarniento, novela escrita por El Pensador Mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), uno de los autores más […]



Importa comentar una edición célebre de la bibliografía mexicana que salió en 1816 de la imprenta más activa durante las primeras décadas del siglo xix, la de don Antonio de Valdés: los tres tomos ilustrados de El Periquillo Sarniento, novela escrita por El Pensador Mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), uno de los autores más representativos de la cultura escrita de este país. Valiosas piezas que resguarda la Biblioteca Nacional de México.

Obra recomendable por múltiples razones. Me referiré a un par de subrayados que confirman su valor y pueden atraerla a nosotros en su bicentenario. Párrafos que confirman la importancia que la novela tiene como documento que registra con fidelidad y humor rasgos de nuestros más añejos comportamientos.

Dignas de atención son las escenas lizardianas de aquella Ciudad de México que comenzaba a ilustrarse, cuadros que muestran por medio de diálogos tomados al vuelo en la calle, la escuela, la sala y diversos espacios de reunión, la idiosincrasia de sus habitantes. Con humor, Lizardi enseña, educa, la receta latina retomada en el Siglo de las luces, y así observamos, por ejemplo, la lucha por desterrar la ignorancia y la superstición cuando durante una velada discuten el vicario protector de Periquillo, Januario, su colega socarrón, y don Martín, iletrado dueño de una hacienda, sobre los eclipses:

Sí señor, dijo don Martín, y estoy tamañito. ¿Por qué?, preguntó el vicario. ¿Cómo por qué?… porque los eclises son el diablo. Ahora dos años, me acordaré, que estaba ya viniéndose mi trigo, y por el maldito eclís nació todo chupado y ruincísimo, y no sólo, sino que toda la cría del ganado que nació en aquellos días se maleó y se murió la mayor parte. Vea usted si con razón les tengo tanto miedo a los eclises. Amigo don Martín, dijo el vicario, yo creo que no es tan bravo el león como lo pintan; quiero decir, que no son los pobres eclipses tan perversos como usted los supone. ¿Cómo no, padre? dijo don Martín. Usted sabrá mucho, pero tengo mucha esperencia, y ya ve que la esperencia es madre de la cencia. No hay duda, los eclises son muy dañinos a las sementeras, a los ganados, a la salú y hasta las mujeres preñadas. Ora cinco años me acordaré que estaba encinta mi mujer, y no lo ha de creer; pues hubo eclís y nació mi hijo Polinario tencuitas. ¿Pero por qué fue esa desgracia?, preguntó el cura. ¿Cómo por qué, señor?, dijo don Martín, porque se lo comió el eclís. No se engañe usted, dijo el vicario; el eclipse es muy hombre de bien, a nadie se come ni perjudica, y si no, que lo diga don Januario. ¿Qué dice usted señor bachiller? No hay remedio, contestó lleno de satisfacción, porque le habían tomado su parecer; no, no hay remedio, decía; el eclipse no puede comer la carne de las criaturas encerradas en el vientre de sus madres, pero sí puede dañarlas por su maligna influencia, y hacer que nazcan tencuas o corcovadas, y mucho mejor puede con la misma malignidad matar las crías y chuparse el trigo, según ha dicho mi tío…

Las voces identifican a los actores y fijan mexicanismos que bien vale la pena recordar, como tencua, ‘labio leporino’, el uso del verbo chupar y la forma “eclís” por eclipse. Ese oído atento del periodista, valor trasladado a la novela, reconstruye situaciones que permiten confirmar las formas primarias del acoso escolar o bullying de nuestros días; pandorguear, parar la bola cantaletear, entre otras. Desde la imposición de un apodo hasta los golpes, pues es en la escuela donde Pedro Sarmiento se convierte en Periquillo Sarniento: sus compañeros toman “Perico” del diminutivo del nombre y de los colores de la “chupita verde y calzón amarillo”, ropa que el protagonista solía usar, más la malintencionada deformación del apellido por haber contraído sarna (enfermedad de la piel producida por un ácaro parásito) durante algún tiempo. Como buen pícaro, el Periquillo reconoce sus maldades y delitos pretéritos:

Sin duda era el muchacho más maldito entre los más relajados estudiantes; porque yo era el Non plus ultra de los bufones y chocarreros… Ya sabéis que en los colegios estas frases, parar la bola, pandorguear, cantaletear, y otras, quieren decir: mofar, insultar, provocar, zaherir, injuriar, incomodar y agraviar por todos los modos posibles a otro pobre; y lo más injusto y opuesto a las leyes de la virtud, buena crianza y hospitalidad es que estos graciosos hacen lucir su habilidad infame sobre los pobres niños nuevos que entran al colegio. He aquí cuán recomendables son estos truhanes majaderos para que atados a un pilar del colegio sufrieran cien azotes por cada pandorga de estas; pero lo sensible es que los catedráticospasantessotaministros y demás personas de autoridad en tales comunidades, se desentienden del todo de esta clase de delito, que lo es sin duda grave, y pasa por muchachada, aun cuando se quejan los agraviados, sin advertir que esta su condescendencia autoriza esta depravada corruptela, y ella ayuda a acabar de formar los espíritus crueles de los estragadores como yo, que veía llorar a un niño de estos desgraciados, a quienes afligía sumamente con las injurias y befa que les hacía, y su llanto, que me debía enternecer y refrenar, como que era el fruto del sentimiento de unas criaturas inocentes, me servía de entremés y motivo de risa, y de redoblar mis befas con más empeño.

Nada entusiasma más que la dedicatoria que El Pensador hace de su trabajo a los lectores. En ella sintetiza un cambio en el mundo de los impresos porque reflexiona sobre la perversión que habían alcanzado algunos mecenazgos y, sobre todo, el papel de los escritos en la sociedad, las nuevas reglas del consumo de las letras. Ángel Rama (La crítica de la cultura en América Latina, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1985) observa la imposibilidad de éxito de la rogativa del periodista:

Al aún endeble poder del grupo de compradores apela Lizardi, sustituyendo a los Mecenas, que eran el respaldo de la ciudad letrada, lo que si evidencia la contextura de esta, por otro lado delata la debilidad del proyecto lizardiano, que estaba previsiblemente condenado al fracaso por la estrechez del mercado económico autónomo de la época: “¿A quién con más justicia debes dedicar tus tareas, si no a los que leen las obras a costa de su dinero? Pues ellos son los que costean la impresión y por lo mismo sus Mecenas más seguros”. Antes de su muerte sabría Lizardi que estas eran también “ilusiones perdidas” como las que certificara Balzac en un medio mucho más poderoso.

No obstante, fueron ilusiones en lo inmediato no solo porque la guerra de Independencia tenía distraída a la sociedad en otras materias y por la censura que impidió que saliera en 1816 el cuarto tomo, pero no lo fueron tanto porque las múltiples ediciones de la novela demuestran que El Periquillo se convirtió en una de las obras más leídas de la literatura mexicana (además de una segunda edición parcial prácticamente desconocida que sacó la Casa de Daniel Barquera), pues en 1825 salió a la luz una versión completa editada por la oficina de Mariano Ontiveros; la tercera salió de la Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo en cinco volúmenes, en 1830 y 1831; Vicente García Torres hizo la cuarta, ilustrada con notas y adornada con 60 láminas finas, en cuatro volúmenes, en 1842, reeditada en 1845; ocho años después la imprimió M. Murguía y compañía, igualmente ilustrada con notas y finas láminas. Y la cuenta continúa, porque a lo largo del siglo pasado El Periquillo fue publicado por casas editoriales comerciales y universidades con profundos estudios y anotaciones. Destaca la edición del Centro de Estudios Literarios de la unam, preparada como parte del proyecto Edición de obras completas de José Joaquín Fernández de Lizardi.

Hace doscientos años que Fernández de Lizardi invitaba a la lectura, rogaba a Dios por darnos recursos para adquirir papeles. He aquí la parte final de aquella sentida (y vigente) dedicatoria para leer y reconocer la importancia de aquella novela publicada hace dos siglos con la intención de formar mejores ciudadanos:

Esto es, oh serenísimos Lectores, lo que yo hago al dedicaros esta pequeña obrita que os ofrezco, como tributo debido a vuestros reales… méritos. Dignaos, pues, acogerla favorablemente, comprando cada uno seis o siete capítulos cada día, y suscribiéndoos por cinco o seis ejemplares a lo menos, aunque después os deis a Barrabás por haber empleado vuestro dinero en una cosa tan friona y fastidiosa; aunque me critiquéis de arriba a abajo, y aunque hagáis cartuchos o servilletas con los libros; que como costeéis la impresión con algunos polvos de añadidura, jamás me arrepentiré de haber seguido el consejo de mi amigo; antes desde ahora para entonces y desde entonces para ahora, os escojo y elijo para únicos Mecenas y protectores de cuantos mamarrachos escribiere, llenándoos de alabanzas como ahora, y pidiendo a Dios que os guarde muchos años, os dé dinero, y os permita emplearlo en beneficio de los autores, impresores, papeleros, comerciantes, encuadernadores y demás dependientes de vuestro gusto.  ~



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