Nada se acaba

Presentamos un adelanto de la novela Nada se acaba, de Margaret Atwood, escritora canadiense Premio Príncipe de Asturias 2008. Damos las gracias a Penguin Random House por autorizarnos esta publicación. La traducción es de Miguel Temprano García.

Texto de 23/08/16

Presentamos un adelanto de la novela Nada se acaba, de Margaret Atwood, escritora canadiense Premio Príncipe de Asturias 2008. Damos las gracias a Penguin Random House por autorizarnos esta publicación. La traducción es de Miguel Temprano García.



Nada se acaba

Viernes, 29 de octubre de 1976

LESJE

Lesje vaga por la prehistoria. Bajo un sol mucho más anaranjado de lo que ha sido nunca el suyo, en medio de una llanura pantanosa cubierta de plantas de tallo grueso y helechos gigantescos, ramonea un grupo de estegosaurios de placas huesudas. Alrededor del grupo, amparados por su presencia, pero sin relación con él, hay unos cuantos camptosaurios más altos y delicados. Cautos, inquietos, levantan la diminuta cabeza de vez en cuando y se alzan sobre las patas traseras para olisquear el aire. Si hay algún peligro serán los primeros en dar la alarma. Cerca de ella, una bandada de pterosaurios de tamaño mediano planea de un gigantesco helecho arborescente a otro. Lesje se acurruca entre las frondas de la copa de uno de ellos y observa con prismáticos, feliz, desapercibida. Ninguno de los dinosaurios manifiesta el menor interés por ella. Si llegasen a verla o a olerla, no le prestarían atención. Les es tan absolutamente ajena que no podrían fijarse en ella. Cuando los aborígenes avistaron los barcos del capitán Cook, hicieron caso omiso porque sabían que una cosa así no podía existir. Es casi como ser invisible.

Cuando se para a pensarlo, Lesje sabe que probablemente no sea la idea de una relajada fantasía que podría tener cualquiera. Aun así, es la suya; sobre todo porque en ella se permite transgredir con descaro cualquier versión oficial de la realidad paleontológica que se le antoje. En general, es bastante clarividente, objetiva y racional en las horas de trabajo, razón de más, piensa, para su extravagancia en las marismas del Jurásico. Mezcla eras geológicas, añade colores: ¿por qué no un estegosaurio de color azul metálico con manchas rojas y amarillas en lugar de las aburridas manchas marrones y grises propuestas por los especialistas? De los que ella, a su modesta manera, forma parte. En los costados de los camptosaurios, van y vienen destellos de color rosa rojizo, púrpura y rosa claro, que reflejan sus emociones como los cromatóforos que se expanden y se contraen en la piel de los pulpos. Los camptosaurios solo se vuelven grises cuando mueren.

Al fin y al cabo tampoco es tan fantasioso; está familiarizada con la coloración de algunos lagartos exóticos modernos, por no hablar de las variaciones en los mamíferos como el trasero de los mandriles. Esas extrañas tendencias deben haberse desarrollado de alguna parte.

Lesje sabe que es una regresión. Últimamente lo hace a menudo. Su ensoñación es una reliquia de la infancia y la primera adolescencia, descartada hace un tiempo en favor de otras especulaciones. Es cierto que los hombres sustituyeron a los dinosaurios en su imaginación y en el tiempo geológico; pero pensar en los hombres cada vez le ofrece menos compensaciones. Y en cualquier caso, esa parte de su vida está resuelta de momento. Resuelta en el sentido en que se resuelve un fallo. Ahora “hombres” significa ‘William’. William considera que ambos lo tienen todo resuelto. No ve razones por las que haya que cambiar nada. Y Lesje tampoco, si se para a pensarlo. Excepto que ya no puede fantasear sobre William, aunque lo intente, y tampoco recuerda cómo eran sus fantasías cuando las tenía. Fantasear sobre William es una especie de contradicción en términos. Y tampoco le da demasiada importancia.

En la prehistoria no hay hombres, ni otras personas, solo algún observador solitario como ella, un turista o un refugiado, acurrucado con sus prismáticos en su propio helecho y dedicado a sus propios asuntos. 

Suena el teléfono y Lesje da un brinco. Abre los ojos como platos y levanta, como para protegerse, la mano que sostiene la taza de café. Es de esas personas a quienes asustan más de la cuenta los ruidos imprevistos. Se considera una persona temerosa, un herbívoro. Da un respingo siempre que alguien se le acerca por detrás o cuando el jefe de estación del metro toca su silbato, aunque sepa que hay gente o que está a punto de sonar el silbato. Algunos de sus amigos lo encuentran conmovedor, pero a otros les resulta sencillamente irritante.

Sin embargo, a ella no le gusta ser irritante, así que intenta controlarse incluso cuando está sola. Deja la taza de café sobre la mesa —ya limpiará la mancha después— y va a coger el teléfono. No sabe quién espera que sea y quién le gustaría que fuese. Aunque comprende que son dos cosas distintas.

Cuando descuelga el auricular, oye el zumbido de la ciudad que reverbera al otro lado del cristal, amplificado por los acantilados de cemento que tiene enfrente y en los que ella vive. Una habitante de los acantilados. El decimocuarto piso.

Lesje sostiene el teléfono un minuto y escucha aquel zumbido como si fuese una voz. Luego cuelga. En todo caso no es William. Nunca la ha llamado sin tener algo que decirle, algún recado prosaico. “Voy para allá”. “Nos vemos en…”. “No voy a poder”. “Vayamos a…”. Y luego, cuando se fueron a vivir juntos, “Llegaré a las…”. Y, últimamente, “No llegaré hasta las…”. Lesje considera un indicio de la madurez de la relación que no le importen sus ausencias. Sabe que está trabajando en un proyecto importante. Eliminación de residuos. Respeta su trabajo. Siempre han prometido dejar libertad al otro.

Es la tercera vez. Dos veces la semana pasada y esta de ahora. A falta de otro tema de conversación, esa mañana se lo contó a las chicas del trabajo, enseñando los dientes en una rápida sonrisa, para demostrar que no le preocupaba, y tapándose después la boca con la mano. Cree que sus dientes son demasiado grandes para su cara: que la hacen parecer esquelética, hambrienta.

Elizabeth Schoenhof estaba en la cafetería a la que van siempre a las diez y media cuando no tienen demasiado trabajo. Es de Proyectos Especiales. Lesje la ve mucho porque los fósiles son una de las cosas más populares del museo y a Elizabeth le gusta trabajar con ellos. En esa ocasión se había acercado a la mesa para decir que necesitaba parte del material de Lesje para una serie de vitrinas. Quería yuxtaponer algunos ejemplares pequeños de Canadiana con objetos naturales de las mismas regiones geográficas. Lo llamaría “Ambiente y artefacto”. Podría usar algunos animales disecados combinados con las hachas y las trampas de los pioneros, y unos cuantos huesos fósiles para ambientarlos.

—Es un país viejo —dijo—. Queremos que la gente se dé cuenta.

Lesje está en contra de esa propaganda ecléctica, pero entiende que es necesaria. El público en general. Aun así, resulta trivial, y Lesje hizo una objeción para sus adentros cuando Elizabeth le preguntó, con ese aire tan competente suyo, si podría encontrarle algunos fósiles verdaderamente interesantes. ¿Acaso no lo eran todos? Lesje respondió educada que vería lo que podía hacer.

Elizabeth, experta en catalogar las reacciones ajenas, motivo por el que Lesje le tiene un poco de miedo —ella es incapaz—, le aclaró que se refería a que fuesen visualmente interesantes. Le quedaría muy agradecida, añadió.

Lesje, siempre sensible a los halagos, se ruborizó. Si Elizabeth quería unas falanges de gran tamaño y un cráneo o dos, que los usara. Además, Elizabeth tenía muy mal aspecto, estaba blanca como la pared, y eso que todos decían que lo llevaba de maravilla. Lesje no puede imaginarse en esa situación, así que tampoco puede predecir cómo lo llevaría ella. Claro que todo el mundo lo sabía, había aparecido en los periódicos, y Elizabeth no se había esforzado mucho en ocultarlo mientras duró.

La gente evitaba aludir a Chris, o a cualquier cosa que tuviese que ver con él, en presencia de Elizabeth. Lesje parpadeó cuando Elizabeth le dijo que quería utilizar un fusil de chispa en la vitrina. A ella no se le habría pasado por la cabeza utilizar armas de fuego. Pero tal vez esos puntos ciegos fuesen necesarios para llevarlo de maravilla. ¿Cómo lo haría si no?

Para cambiar de tema dijo muy animada:

—¿Sabéis qué? He estado recibiendo llamadas anónimas.

—¿Obscenas? —preguntó Marianne.

Lesje respondió que no.

—El tipo deja que suene el teléfono y cuelga cuando respondo.

—Probablemente tenga mal el número —dijo Marianne, cuyo interés pareció decaer.

—¿Cómo sabes que es un hombre? —preguntó Trish.

Elizabeth dijo: “Disculpad”. Se levantó, se detuvo un momento, luego dio media vuelta y se encaminó como una sonámbula hacia la puerta.

—Es horrible —dijo Trish—. Debe de sentirse fatal.

—¿He dicho algo que no debía? —preguntó Lesje. No había sido su intención.

—¿No lo sabías? —respondió Marianne—. Él la estuvo llamando así. Al menos una vez cada noche, todo el mes pasado. Cuando dejó de trabajar aquí. Elizabeth se lo contó a Philip Burroughs bastante antes de que ocurriera. Debió de darse cuenta de que pasaba algo.

Lesje se ruborizó y se llevó la mano a la mejilla. Siempre había cosas que no sabía. Ahora Elizabeth pensaría que lo había hecho a propósito y le cogería ojeriza. No imaginaba cómo podía habérsele pasado por alto ese cotilleo. Probablemente lo habían contado en esa misma mesa y ella no habría prestado atención.

Lesje vuelve al salón, se sienta en la silla al lado del café derramado y enciende un cigarrillo. Cuando fuma no inhala. Se pone la mano derecha delante de la boca con el cigarrillo entre los dedos y el pulgar en la mandíbula. Así puede hablar y reírse con seguridad entre el humo que se eleva hasta sus ojos. Sus ojos son su punto fuerte. Entiende que en Oriente Próximo lleven velos. No tiene nada que ver con la modestia. A veces, cuando está sola, se pone uno de los cojines de flores en la parte inferior de la cara, por encima del puente de la nariz, esa nariz que es un poco larga y curva para este país. Sus ojos, oscuros, casi negros, le devuelven, enigmáticos, la mirada en el espejo del cuarto de baño, por encima de las flores azules y purpúreas.

Sábado, 30 de octubre de 1976

ELIZABETH

Elizabeth está en el sofá gris bajo la luz subacuática de su cuarto de estar, con las manos dobladas sobriamente sobre el regazo, como si estuviese esperando un avión. La habitación da al norte y la luz nunca es directa; eso la tranquiliza. El sofá no es verdaderamente gris, o no solo es gris; tiene un motivo de fondo malva, una especie de veteado, un batik. Lo escogió porque no le hacía daño a los ojos.

En la alfombra de color champiñón, cerca del pie izquierdo, hay un pedacito de papel crepé naranja, un resto de lo que las niñas están haciendo en su cuarto. Un pedacito llameante y discordante. Normalmente lo recogería y arrugaría. No le gusta que nadie altere esa habitación, ni las niñas ni Nate con sus rastros de serrín y sus manchas de aceite de linaza. Pueden organizar todo el lío que quieran en su cuarto, donde ella no tenga que verlo. En cierta ocasión pensó en poner unas plantas, igual que en el dormitorio, pero decidió no hacerlo. No quiere tener que cuidar de nada.

Cierra los ojos. Chris está en la habitación con ella, un peso, cargado, sin aliento, como el aire antes de una tormenta. Sensual. Sultán. Silencioso. Pero no porque esté muerto, siempre fue así. La arrinconaba contra la puerta y la rodeaba con los brazos, cuando intentaba apartarlo, sus hombros eran como una mole, apretaba la cara contra la suya, la fuerza de la gravedad. Se apoyaba contra ella. Aún no te dejaré marchar. Ella detesta que alguien la domine. Nate no tiene ese poder, nunca lo ha tenido. Casarse con él fue fácil, como probarse un zapato.

Está en el cuarto de Parliament Street, bebiendo vino, los vasos manchados dejan círculos morados sobre el linóleo de la mesa alquilada, ve el estampado del hule, vulgares guirnaldas de flores de color lima o amarillo, como si se hubiese grabado a fuego en su retina. En ese cuarto siempre susurran, aunque no tienen por qué. Nate se encuentra a varias millas, y además sabe dónde está, le ha dejado el número por si hay una emergencia. Los susurros de los dos y sus ojos como superficies cálidas y planas, con un destello parecido al de una uña. Una moneda. Como si tuviese peniques sobre los ojos. La sujeta de la mano desde el otro lado de la mesa como si fuese a caerse desde el borde de un precipicio o en unas arenas movedizas si la soltara, y pudiera perderse para siempre. O como si pudiese perderse él.

Escucha con los ojos fijos en la superficie arrugada de la mesa, en la vela que compró a un vendedor callejero, en las flores de plástico deliberadamente horteras y en el búho que había robado en el trabajo, y que ni siquiera había montado, sin ojos, una broma macabra. Las guirnaldas giran despacio sobre la superficie de la mesa como si flotaran en un mar aceitoso, en algún sitio hacían eso a modo de ofrenda. Luego se levanta, contiene la violencia de sus manos, contiene todo, cae, su cuerpo salado se extiende sobre el de ella, denso como la tierra, en la cama donde nunca se quedó a dormir, cuyas sábanas estaban siempre un poco húmedas, con olor a humo, conteniéndose hasta que no puede contener nada. Nunca ha visto ese cuarto a la luz del día. Se niega a imaginar cómo será ahora. El colchón sin sábanas. Alguien habrá ido a limpiar el suelo.

Abre los ojos. Debe concentrarse en algo claro y sencillo. Hay tres cuencos de color malva sobre el aparador, porcelana, de Kayo, es uno de los mejores. Confía en su propio gusto, ha aprendido lo bastante para fiarse. El aparador es de pino, lo compró antes de que el pino se pusiera de moda. Le quitó los adornos antes de que se estilasen los muebles sin adornos. Ahora no podría permitírselo. Fue una buena adquisición. Los cuencos también. No habría puesto nada en ese cuarto que no lo fuese. Deja que los ojos se deslicen por los cuencos, por sus colores sutiles, sus curvas ligeramente asimétricas, es maravilloso tener ese sentido y saber dónde se pierde el equilibrio. Dentro no hay nada. ¿Qué vas a meter en unos cuencos así? Ni flores ni cartas. Se concibieron para contener otra cosa, ofrendas. Ahora mismo ocupan su propio espacio, su propia y bien delimitada ausencia.

Estaba tu cuarto, todo lo que había fuera y esa barrera entre los dos. Llevabas tu cuarto contigo como un aroma, un olor a formaldehído y a armarios viejos, parduzco, hermético, almizclado, oscuro e intenso. Siempre que estaba contigo me encontraba en ese cuarto, incluso cuando estábamos fuera, o cuando estábamos aquí. Estoy en él ahora, aunque has cerrado la puerta, una puerta marrón con la pintura descascarillada, barnizada, con la cerradura y la cadena de color latón y dos agujeros de bala, pues, según me contaste, la semana anterior había habido un tiroteo en el pasillo. No era un barrio seguro. Yo siempre cogía taxis, le pedía al taxista que esperase hasta que llamara al timbre y me hallara a salvo en el vestíbulo con su suelo de mosaico mellado. A salvo, qué bobada. La puerta está cerrada, no es la primera vez: nunca me quieres dejar salir. Sabías que quería irme. Pero al mismo tiempo éramos conspiradores, sabíamos cosas el uno del otro que nadie sabrá nunca. En cierto sentido confío en ti más de lo que he confiado nunca en nadie.

—Ahora tengo que irme.

Él está retorciéndole un mechón de cabello, lo suelta y lo retuerce, le pasa el dedo índice por los labios, con la mano izquierda, se lo mete entre los dientes; ella nota el sabor a vino, a su propio sudor, a sí misma, a sangre de un labio mordido, no sabe de quién.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque sí.

No quiere decir “las niñas” porque se enfadaría. Pero tampoco quiere que se despierten y no sepan dónde se encuentra.

No responde; sigue soltándole y retorciéndole el cabello, su propio pelo le roza el cuello como si fuesen plumas, sus dedos se deslizan por su barbilla y su garganta, como si estuviese sordo, como si no la oyera.

Sábado, 30 de octubre de 1976

LESJE

Lesje pasea al lado de William, su mano en la mano fría de él. Ahí no hay dinosaurios, solo otros paseantes que deambulaban como ellos, un deambular sin objeto aparente por la cuadrícula iluminada del centro de la ciudad. Al pasar, Lesje mira de reojo los escaparates de las tiendas de ropa, los grandes almacenes, y estudia los cadavéricos maniquíes con la pelvis adelantada, las manos en ángulo sobre la cadera y las piernas separadas con una rodilla doblada. Si esos cuerpos se moviesen estarían girando entre espasmos, la orgásmica escena final de una bailarina de striptease. No obstante, como están hechos de alambre y gélida escayola, son de buen gusto.

Últimamente Lesje pasa mucho tiempo en esas mismas tiendas cuando vuelve a casa del trabajo. Busca entre los percheros algo que pueda quedarle bien, algo en lo que ella encaje. Casi nunca compra nada. Los vestidos que se prueba son largos, sueltos, con bordados, muy distintos de los tejanos y la ropa clásica y discreta que suele llevar. Algunos con faldas largas; el estilo campesina. Cómo se burlaría su abuela. Ese ruidito, parecido al crujido de una puerta, que salía de detrás de sus manos castañas y diminutas.

Ha pensado en agujerearse las orejas. A veces, después de probarse los vestidos, va al mostrador de perfumería y prueba en las muñecas los perfumes de muestra. William dice que la ropa no le interesa. Su única condición es que no se corte el pelo. Y a ella no le importa porque no tiene intención de cortárselo. No está traicionando nada.

William pregunta si le apetecería beber algo. Ella responde que no le vendría mal un café. No han salido a tomar nada, su intención era ir a ver una película. Pero pasaron demasiado tiempo hojeando las páginas de espectáculos del Star tratando de decidirse. Los dos querían dejar al otro la responsabilidad. Lesje quería ver una reposición de King Kong en el ciclo de cine universitario. William confesó por fin que siempre había querido ver Tiburón. A Lesje le daba igual, siempre podría ver lo bien que habían hecho el tiburón, que al fin y al cabo era una de las formas de vida más primitivas existentes. Preguntó a William si sabía que los tiburones tienen estómagos flotantes y que si suspendieras a uno de la cola se quedaría paralizado. William no lo sabía. Cuando llegaron al cine, se habían agotado las entradas para Tiburón y King Kong hacía media hora que había empezado. Así que están dando un paseo.

Ahora están sentados a una mesita blanca en el segundo piso de la Galería. William está tomando un Galliano, Lesje un café vienés. Lame muy seria la espuma de leche de la cucharilla, mientras William, que le ha perdonado que llegaran tarde a Tiburón, le cuenta su último problema, que tiene que ver con si se gasta más energía a largo plazo utilizando el calor de la incineración de basuras para accionar generadores de vapor o dejando que se disipe sin más en el aire. William es especialista en ingeniería medioambiental, aunque la vocecilla ronca que a veces se hace oír detrás del rostro estudiadamente atento de Lesje lo llama “eliminación de residuos”. Pese a todo, Lesje admira el trabajo de William y reconoce que es más importante que el suyo para la supervivencia de la especie humana. William los salvará. Basta con mirarlo para darse cuenta y reparar en su confianza y en su entusiasmo. Él pide otro Galliano y le explica su plan para generar metano a partir de los excrementos en descomposición. Lesje murmura su aprobación. Entre otras cosas, resolvería la crisis del petróleo.

(La pregunta clave es: ¿le importa que la especie humana sobreviva o no? No lo sabe. Los dinosaurios no sobrevivieron, y no fue el fin del mundo. En sus momentos más sombríos, y ese, comprende, es uno de ellos, tiene la sensación de que la especie humana se acerca a su fin. La naturaleza inventará otra cosa. O no, todo puede ser.)

William le está contando lo de los escarabajos peloteros. Es un buen chico; ¿por qué será tan desconsiderada? En otra época a ella le interesaban los escarabajos peloteros. El modo en que Australia solucionó el problema de las tierras de pasto —las capas de estiércol de oveja y las pisadas de las vacas impedían que creciera la hierba— con una masiva importación de escarabajos peloteros africanos gigantes fue una vez un faro de esperanza. Al igual que William, lo consideraba una solución elegante y ecológica. Pero lo ha oído una y otra vez. En último extremo, el optimismo de William le empuja a creer que cualquier catástrofe es solo un problema en busca de una solución brillante, eso la conmueve. Imagina el cerebro de William lampiño y de cuadritos rosas. William Wasp, le llamaba con afecto, antes de darse cuenta de que él lo consideraba una ofensa racial.

—Yo no te llamo Lesje Letona —dijo molesto.

—Soy de Lituania —respondió ella—. Lituana. —William siempre se hacía un lío con los países bálticos—. Y no me importaría. —Pero mentía—. ¿Puedo llamarte William Canadiense?

Billy Boy, mi buen Billy. ¿Dónde has estado? Poco después, de vuelta en casa, discutieron sobre la Segunda Guerra Mundial. William cree que los británicos y, por supuesto, los canadienses, entre ellos su padre, que era capitán de la Marina, lo que convertía a William en una autoridad mundial, entraron en la guerra por sus principios morales superiores para salvar a los judíos de ser reducidos a moléculas de gas y botones de chaleco. Lesje no estaba de acuerdo. Salvar a unos cuantos judíos fue algo secundario. En realidad fue un toma y daca. Hitler podría haberse dedicado a freír a todos los judíos que hubiese querido si no se hubiese anexionado Polonia e invadido Holanda. A William ese punto de vista le parecía desagradecido. Lesje había sacado a relucir el cadáver de su tía Rachel, a quien no habían salvado, y cuyos anónimos dientes de oro acabaron abultando una cuenta en un banco suizo. ¿Qué iba a responder a aquel fantasma indignado? William se batió en retirada y huyó al baño a afeitarse. Lesje se sintió un poco vulgar.

(Luego estaba su otra abuela, la madre de su madre, que decía: “Al principio nos alegró la llegada de Hitler al poder. Pensamos que sería mejor que los rusos. Y ya ves qué pasó”. Y era irónico, pues su marido había sido casi un comunista en Ucrania. Por eso habían tenido que marcharse: por la política. Ni siquiera quería ir a la iglesia, por nada en el mundo habría pisado una iglesia. “Escupo en la Iglesia”, decía. Mucho después de su muerte, la abuela de Lesje aún seguía llorando por eso.)  



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Dulce Olivia 71,
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