La voz de la tragedia

Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil, trad. de Ricardo San Vicente, Debolsillo, versión para kindle, 2015. Normalmente desconfío de los premios Nobel de Literatura. La última vez que hice el intento de leer alguno fue al turco Orhan Pamuk. Esta vez leí a Svetlana Alexiévich, más por recomendación de una buena amiga en cuyo juicio confío […]

Texto de 23/05/16

Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil, trad. de Ricardo San Vicente, Debolsillo, versión para kindle, 2015. Normalmente desconfío de los premios Nobel de Literatura. La última vez que hice el intento de leer alguno fue al turco Orhan Pamuk. Esta vez leí a Svetlana Alexiévich, más por recomendación de una buena amiga en cuyo juicio confío […]

Svetlana Alexiévich,

Voces de Chernóbil,

trad. de Ricardo San Vicente,

Debolsillo, versión para kindle,

2015.

Normalmente desconfío de los premios Nobel de Literatura. La última vez que hice el intento de leer alguno fue al turco Orhan Pamuk. Esta vez leí a Svetlana Alexiévich, más por recomendación de una buena amiga en cuyo juicio confío que por ser Premio Nobel. Leí Voces de Chernóbil y valió la pena. Es uno de los libros que más me han entusiasmado recientemente.

El asunto del que se ocupa la obra es absolutamente terrible: no hay adjetivos ni adverbios suficientes para hablar de una tragedia similar. Todo ocurrió hace ya treinta años, que parecen muchos pero son apenas un instante con respecto a la permanencia de la contaminación nuclear que sigue afectando sobre todo a Bielorrusia. En YouTube es posible ver documentales impactantes sobre los niños afectados y algunas de las consecuencias a la salud de la población.

Alexiévich llevó a cabo una serie de entrevistas con una amplia gama de personas afectadas por la explosión. A través de estas voces, en ocasiones anónimas, otras veces con nombre y apellido, y sobre todo a través del proceso de edición de la periodista, el lector tiene un panorama amplio de lo sucedido.

Una y otra vez quedan de manifiesto algunos hechos terribles. Nadie tenía suficiente información sobre lo que significaba una explosión nuclear, nadie sabía qué se debía hacer, no había protocolos (en el mejor de los casos la gente sabía qué hacer con respecto a algún bombardeo tipo Segunda Guerra Mundial). Desde luego, este era el caso de las poblaciones cercanas a la planta nuclear, pero, asombrosamente, tampoco las autoridades locales —e incluso diría que ni las nacionales— entendían lo que estaba pasando y pasaría. Varias de las voces de los entrevistados mencionan que Gorbachov salía en la televisión para decir que todo estaba “bajo control”. En un documental sobre el desastre, accesible en YouTube, aparece el premier diciendo que él contactó a los principales expertos en cuestiones nucleares y los mandó a la zona a evaluar el problema, pero estos se demoraron varios días en darle noticias. Es decir que Gorbachov se lava las manos con respecto a la lentitud en la respuesta estatal a la catástrofe.

El margen temporal para actuar luego de un desastre nuclear es fundamental para limitar la exposición de la población a la radiación e intentar paliar los efectos en quienes han sido afectados. Nada de eso sucedió en Chernóbil. De hecho, a los pocos días se llevó a cabo un desfile conmemorativo, una gran fiesta política al aire libre, como si nada hubiera pasado. Una cosa es no querer ocasionar pánico en la población y otra muy distinta es ocultar información.

La impresión que queda después del libro, entonces, es que nunca hubo realmente un plan de contingencia, nunca se prepararon para la posibilidad de que lo ocurrido llegara a suceder.

Un segundo aspecto que surge es el sello indeleble del ser soviético que definía a toda la población. Varias veces se afirma que todos los soviéticos habían sido adoctrinados para ser héroes, porque la patria siempre está primero. De este modo se explica la cantidad de voluntarios y reservistas que acudieron de buena o no tan buena gana al sitio. En contados casos sabían a qué iban. Primero les dijeron que tenían que servir por un mes, pero en realidad muchos de ellos se quedaron durante medio año. La protección que se les daba era sumamente precaria o inexistente. Tampoco se les explicó por qué deberían quemar la ropa con la que habían estado trabajando. Uno de estos reservistas cuenta que guardó la gorra que estuvo utilizando durante esos meses y la llevó a casa. A su pequeño hijo le gustaba ponérsela. Tiempo después el niño desarrolló un tumor canceroso en el cerebro.

Los más afectados fueron los que trabajaron para apagar la explosión: bomberos, pilotos, soldados que limpiaron el techo de la central, más un largo etcétera. Muchos de ellos murieron a las pocas horas o días después de la explosión.

Otro aspecto que sobresale es la corrupción que, aunada a la falta de información, multiplicó los daños. Los habitantes de las poblaciones cercanas fueron evacuados cuando ya era tarde; se les ordenó no llevar nada consigo, pero no se les explicó por qué ni se les dio información que habría sido fundamental. Muchos de ellos llevaron objetos que ya estaban altamente contaminados. Algunas de las casas de estas poblaciones fueron desmontadas y los materiales con que habían sido construidas fueron robados y vendidos a precios muy bajos, sin tomar en cuenta que también estaban altamente contaminados.

En estas poblaciones aledañas a la central nuclear viven todavía algunas personas, sobre todo ancianos, que sienten que ya están más allá de todo. Asombra que haya nuevos habitantes en estos pueblos casi fantasmas: hay refugiados que huyeron de los conflictos en Afganistán, por ejemplo, que prefieren la paz contaminada a la zozobra permanente de la guerra.

Es un libro fuerte, terrible, pero indispensable.  ~

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ADRIANA SANDOVAL estudió Literatura Inglesa y tiene posgrados en la UNAM y en Cambridge, Inglaterra. Es profesora e investigadora del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas. Es también traductora y ha escrito guiones para televisión. Su libro más reciente es Los novelistas sociales.

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