La lucha por la historia

Vivimos en una democracia “que ha sustituido la acción por el relato, la deliberación por la distracción, el arte de gobernar por el de la puesta en escena”. Lo afirma el escritor, columnista de Le Monde y miembro del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, Christian Salmon, en el texto Storytelling: La máquina de contar […]

Texto de 22/12/17

Vivimos en una democracia “que ha sustituido la acción por el relato, la deliberación por la distracción, el arte de gobernar por el de la puesta en escena”. Lo afirma el escritor, columnista de Le Monde y miembro del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, Christian Salmon, en el texto Storytelling: La máquina de contar […]



Vivimos en una democracia “que ha sustituido la acción por el relato, la deliberación por la distracción, el arte de gobernar por el de la puesta en escena”. Lo afirma el escritor, columnista de Le Monde y miembro del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, Christian Salmon, en el texto Storytelling: La máquina de contar historias y formatear las mentes. El storytelling, el arte de contar historias —los relatos—, es una técnica fundamental en comunicación política, principalmente en un contexto en el que las redes sociales y los medios de comunicación lo llenan todo.

Este relato comienza hace más de cinco años. En aquel tiempo, el presidente de la Generalidad de Cataluña contaba que “España nos roba” (primer acto), quizá para ocultar otras cuestiones, que se vieron agudizadas por las consecuencias de la crisis económica. El “pueblo catalán” no tenía más recursos porque el “Estado español” se los robaba. Y se los robaba porque no quería a los catalanes.

Un buen día, ante la negativa del gobierno español a las pretensiones esencialmente económicas de un govern catalán débil —muy dependiente de sectores independentistas— surge la segunda idea: como el “Estado español” nos maltrata, tenemos “derecho a decidir” (segundo acto) y hay un “mandato democrático” (expresión que se suma al cuento tras la aprobación de la ley de referéndum). Y como se dirá que lo que hace el govern es ilegal, porque viola la Constitución, será mejor decir que lo que importa es la legitimidad, porque antes que la ley está el deseo del pueblo. O mejor: el clamor de la gente que sólo quiere votar.

Tras unas semanas sorteando el poder (siempre represor) del Estado, llegó el día del referéndum. Daba igual que incumpliera la ley, o que no tuviera ninguna garantía; ni siquiera los resultados. Lo importante era que “un pueblo que busca la libertad consigue votar pacíficamente incluso en las peores circunstancias”. Entonces, la policía tuvo que cargar contra ancianos y niños que acompañaban a sus padres con una única arma: una papeleta. La “brutalidad” policial contra quienes, “pacíficamente”, querían ejercer la democracia fue captada por algunas cámaras. Tampoco importaba que las imágenes fueran ciertas o contextualizadas. Lo fundamental, ahora, ya no era el “derecho a decidir” (tercer acto), sino que “España reprime al pueblo catalán” y encarcela, incluso, a unos dirigentes “pacíficos y demócratas”, aunque acusados de sedición.

Pero había que contar al mundo la pérdida de libertades y de derechos, la represión, el encarcelamiento de gente buena que sólo quiere votar. Por eso, los oprimidos salieron a la calle para pedir libertad y difundieron un video en el que reclamaban ayuda. Se llamaba Help Catalonia. Lo menos relevante es que fuera un plagio de otro utilizado por quienes sí lucharon contra la dictadura en Ucrania. Ya no era porque “España nos roba” o porque se quisiera el “derecho a decidir”; la independencia debía llegar por supervivencia, por legítima defensa. Pero las empresas —que salvo alguna excepción jamás habían dicho nada— empezaron a abandonar la región.

Y colorín colorado, este cuento habría acabado si el gobierno hubiera desplegado todos los recursos para combatir los tres mensajes anteriores; si se hubiera dado cuenta, al disponer de todos los recursos para conocer el estado de la opinión pública, de que esos mensajes falsos estaban calando; si hubiera promovido actos, congresos académicos, publicaciones, pronunciamientos públicos de autoridades solventes… que contrarrestaran el relato independentista; si hubiera previsto que el día del referéndum tan sólo un incidente sería utilizado con fines propagandísticos. Pero el gobierno no ha tenido historia: ni cierta ni falsa. Se confió o no supo entender el calado y el alcance de un relato emocional —que no contrarrestó— y repleto de mentiras —que no desmintió.

Su dejadez en el ámbito internacional ha sido clamorosa. Los pronunciamientos contundentes de líderes internacionales se han producido sólo en las últimas semanas. Incluso un portavoz de la Unión Europea llegó a manifestar que “la violencia no puede ser una respuesta política”, cuando las cargas fueron por resolución judicial y no eran ninguna respuesta política a nada.

En política —y quizá también en otros ámbitos de la vida—, se suceden los relatos que batallan para imponerse: no importa mucho que sean ciertos; importa que haya quien los crea. Cuantos más, mejor. Es la lucha por la historia. EP



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