Ignacio Padilla: ensayista cuéntico

Este texto se leyó en el homenaje luctuoso que la Academia Mexicana de la Lengua rindió a Ignacio Padilla el 24 de agosto de 2017 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Texto de 22/11/17

Este texto se leyó en el homenaje luctuoso que la Academia Mexicana de la Lengua rindió a Ignacio Padilla el 24 de agosto de 2017 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.



Ignacio Padilla no ocultó en ningún momento sus predilecciones literarias. Se describió muchas veces como un contador de cuentos. En el estrecho territorio del relato breve se sintió a sus anchas. El cuento era para él, la madre de toda su literatura. De pronto el cuento se desbordaba para convertirse en novela; a veces los personajes volaban como ideas y aparecía un ensayo, a veces la voz pedía telón y nacía una obra de teatro.

En la ceñidura del cuento, Ignacio Padilla sentía “la neurosis del artista, el afán de perfección”. Un taller que se afana inútilmente en la pieza perfecta.

En el cuento, todavía, rebusco un arrecife para descansar mi escrúpulo y mis últimos despojos de fe en lo perfecto imposible. En el cuento el niño que soy juega a que tiene un mapa en la mano, tierra firme bajo los pies, el cuerpo ceñido por una camisa de fuerza que podría mantenerme salvo de mis propios arañazos. Acudo todavía al cuento porque me acobarda a veces el abismo de la novela, ese vértigo que en el fondo me atrae, porque después de todo es el abismo del mundo descascarado que me tocó en suerte o en desgracia habitar. Con el cuento me refugio, me regalo una caja que imagino suficiente para no dejar de creer en una utopía de perfección que no es ni ha sido nunca viable; con el cuento me doy un contenedor para que mi materia no se desparrame y pueda yo pulirla hasta el cansancio, ingenuo, quijotesco otra vez, ignorante de que el diamante demasiado pulido no será más luminoso sino cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un grano de arena en el que nada consigue reflejarse, como no sea otro grano de arena: un invisible átomo de silencio que no puede ya decir nada de los hombres ni del tiempo que habitan.

El cuento, seguía explorando(se) Padilla, sobrevive en nuestro siglo como un “rey viejo, fantasmal y providente” que se aparece de vez en vez para que el hijo no se olvide de él y para vengar a quienes quisieron su muerte. Lo coronó en varias ocasiones como el rey secreto de la narrativa. Se identificaba con los respiros literarios de los que hablaba Ricardo Piglia: entre la escritura de un cuento y otro, descanso escribiendo alguna novela. Entre cuento y cuento, Ignacio Padilla fue dejando una notable colección de ensayos que merecen, como sus relatos breves, celebración.

No es escasa la producción ensayística del físico cuéntico. En más de una decena de libros se dispersan sus reflexiones. En ese estante destacan, desde luego, sus ensayos cervantinos. Los demonios de Cervantes, El diablo y Cervantes, Cervantes y compañía. Una trilogía que ocupa, con tanta soltura como erudición, los vastos territorios de La Mancha. Sus ensayos cervantinos muestran, en efecto, que la novela, más que una ficción es, como advirtió Carlos Fuentes, un territorio, una casa común, una hermandad de la imaginación y la palabra. Ignacio Padilla podía desplazarse por los pasajes del Quijote con mayor soltura, con mayor familiaridad, con más atención a los detalles que la que jamás alcanzaré yo, en mi propia casa.

En su discurso de ingreso a esta Academia daba cuenta de la subversión cervantina:

No puedo no adorar la paradoja cervantina que refleja nuestro ser paradójico, nuestro hablar y escribir para y desde la contradicción que nos explica. […] Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar en la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y del obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada, en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.

El lector no desaparece en su lectura. El narrador que no deja nunca de ser está presente en cada ensayo. Más que información, comunica una perspectiva, un ángulo por el que cruzan mil haces. Por su pluma habla Nacho Padilla, jamás la teoría literaria, la autoridad académica, la consciencia moral. El profesor sabía bien que su credencial para enseñar provenía del oficio. Se reía de aquella anécdota que capturaba la indignación de los profesores de literatura ante el asalto de los novelistas. Al enterarse de que Nabokov era reclutado por la facultad de Harvard, el lingüista Roman Jakobson reaccionó indignado: ¿Cómo es posible que se admita a este advenedizo? Aun admitiendo que fuera un buen novelista, decía el profesor, no conoce la teoría, no es uno de nosotros. ¿Invitaremos ahora a los insectos para que nos den clases de entomología?

Es el ensayista quien pesa las cosas. No usa báscula, emplea sus manos. Rehúye, como tarima falsa, la objetividad. En su conversación con Adolfo Castañón, aludió a la etimología del género de Montaigne. El ensayo no es solamente intento, aproximación, tanteo. Es también medición, equilibrio. Aproximación de fibras distantes. El ensayo le ofrecía de este modo el telar propicio para la conjunción de sus abundantísimas curiosidades. Acercarse a sus reflexiones es reconocer la habilidad de sus desplazamientos. De Cervantes a las neurociencias, de la teología a las películas de Pixar, de Tarantino a Borges, de los encendedores al apocalipsis. También es advertir su fascinación por los abismos. Ignacio Padilla se asomaba constantemente al inframundo, a ese universo subterráneo, demoniaco.

Leyéndolo llego a la conclusión de que el hombre es un animal que dialoga con el miedo. No somos, por supuesto, el único ser que teme, pero somos la única criatura que transforma el miedo en monstruo. Mamíferos dispuestos a la ficción, nos abismamos en sus ojos para descubrir los nuestros. “El terror, como el tigre, nunca puede ser completamente domesticado”, dice en El legado de los monstruos. Tratado sobre el miedo y lo terrible. “Pero, al guardarlo en la jaula de la imaginación podemos al menos contemplarlo a nuestro salvo y sublimarlo sin daño a nosotros ni a los nuestros”. Sin oponer resistencia a lo terrible, Ignacio Padilla encuentra sentido al ogro con el que somos arrullados desde niños: el “espejo cóncavo de la condición humana” es nuestro retrato o, más bien, nuestra confesión. Ésa es la propuesta de algunos de sus ensayos: abismarnos para conocernos. De ahí su atracción por el terremoto: ese barranco que aparece súbitamente bajo el pie; de ahí su interés por los fantasmas, “hombres que se han desvanecido hasta ser impalpables”, como dijo Joyce; de ahí su pasión por Dante y su interés en el Chupacabras. De ahí también su fascinación con el apocalipsis. Pensar en el final no es más que pensar en el sentido.

Precisamente al fin del mundo dedicó uno de sus ensayos más brillantes. Como en todas sus meditaciones, zurció en ese texto disciplinas, enfoques, tiempos. La teología y el cine, la mercadotecnia y la sociología, la literatura, la política y el entretenimiento tejidos orgánicamente. Entendía el ensayo como una forma de “pensar en lo leído”. Su escritura tiene la precisión de un antiguo reloj. Escritura barroca, fresca, anacrónica. Leo su apunte sobre Juan de Patmos como si fuera un relato borgiano:

Hacia el año noventa de la Era Cristiana, un tardío converso al cristianismo decidió llamarse Juan y dar esperanza a las víctimas judías de la Roma Imperial. Con ese fin, inspirado por los modelos de Enoc y los profetas canónicos, escribió un opúsculo donde reinventaba las visiones apocalípticas que sus ancestros, particularmente el profeta Daniel, habían recabado antes para dar también esperanza a las víctimas hebreas de otras más antiguas tiranías, fuera Antíoco El loco, fueran los babilonios.

A esta caja china de refundiciones escatológicas en el siglo I debemos muchas cosas: los mejores versos de Gonzalo de Berceo y la desnudez estilística de Paul Claudel, el rostro escurridizo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, la milagrosa intuición del logaritmo, la infernal blancura de Moby Dick, la revolución cósmica de Newton, las apoteosis fílmicas de Ingmar Bergman y Lars von Trier, las miniaturas con que el paciente Beato de Liébana catapultó el magnífico edificio de la arquitectura románica, la iracundia de D. H. Lawrence y la sensatez de Robert Graves, la furia colorida de los trazos ciegos de William Blake y más de un tríptico de El Bosco, la apoteosis setentera de la novela gráfica europea y la aterradora audacia de las mejores series de la llamada Quality TV.

Le debemos, además, millones de asesinatos y no pocos suicidios.

El humanista sabe que no hemos cambiado y que no habremos de cambiar mucho. Que la historia no es reemplazo de tiempos, sino aglomeración de cuentos. En el mundo que habitamos se funden, se confunden los mitos. A través de sus ensayos, podemos advertir con plena claridad la torpeza de los rectilíneos, la ingenuidad de quienes conciben la historia como progreso, la emancipación definitiva de los viejos lastres. No desfila la razón victoriosa. El hombre será un bicho histórico pero está marcado irremediablemente por inquietudes eternas. Los ensayos de Ignacio Padilla, como sus cuentos, están llenos de acrobacias verbales. Pero son mucho más que juegos de palabras. Al lector presenta un espectáculo de polinización: ideas que atraviesan siglos para entrar en contacto con otras ideas. Lo cristiano y lo pagano, lo antiguo y lo recientísimo, lo barrial y lo planetario se entrelazan. Libre de rigideces académicas, libre también de obsesiones ideológicas, el ensayo de Nacho Padilla es fiel a su impulso: el placer de pensar divagando.

“Escribir es articular el caos de la imaginación”, dijo alguna vez. La paradoja cervantina que adoraba era ésa. Se lo dijo a esta Casa el 27 de septiembre de 2012. Sólo la contradicción nos explica. La gran paradoja de su ensayo es que el abismo al que se entrega nos rescata. Recorriendo los infiernos, paseando entre monstruos, hablando con fantasmas, encontramos las dulzuras de la vida. Los ensayos de Nacho Padilla leen en espejo la inscripción de Dante: “Recobrad toda esperanza”. Si vendrá el apocalipsis, decía en las líneas finales de aquel ensayo, habrá que esperarlo pacientemente. Y esperar, como dijo Chavela Vargas, “que el fin del mundo nos pille bailando”. EP



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