El hermano siamés invisible

Fernando Trejo, Solana, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2015. Amén del lenguaje, para algunos poetas la infancia es una patria verdadera y vasta; es el paraíso que, aunque perdido, se visita en el recuerdo, acaso se recobra en los gestos actuales, en la evocación de los días pasados que vuelven con todo su cortejo real […]

Texto de 23/01/16

Fernando Trejo, Solana, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2015. Amén del lenguaje, para algunos poetas la infancia es una patria verdadera y vasta; es el paraíso que, aunque perdido, se visita en el recuerdo, acaso se recobra en los gestos actuales, en la evocación de los días pasados que vuelven con todo su cortejo real […]

Fernando Trejo,

Solana,

Fondo Editorial Tierra Adentro,

México, 2015.

Amén del lenguaje, para algunos poetas la infancia es una patria verdadera y vasta; es el paraíso que, aunque perdido, se visita en el recuerdo, acaso se recobra en los gestos actuales, en la evocación de los días pasados que vuelven con todo su cortejo real al ser mencionados con las palabras justas, con los pases de magia que parecieran lograr ciertos objetos, con el orden preciso de determinadas imágenes, con la visitación exacta de lugares cuasi sagrados de la geografía infantil en momentos justos, como acudiendo a un rito.

Aunque no se podría agrupar, por el grueso de su producción poética, a Fernando Trejo dentro del grupo de poetas a los que aludo líneas arriba, Solana, su libro más reciente (y merecedor de una mención honorífica en el prestigiado Premio Elías Nandino), se insertaría de manera natural dentro de esta corriente.

Solana es un panegírico a la figura de Carlos, su primo fallecido, a la vez que la apología de un rito de paso: el de la transición de la infancia a la adolescencia, esa pequeña adultez, ese sentirse “ya muchachos”, dueños de sí y del orbe que eso representa. Por tanto, el primo ido es el origen de “la cicatriz del beso”, de “la mancha de la eyaculación” o del “rizado rumor de la masturbación”, es decir, esas evidencias de paso de la niñez a la mancebez.

Uno de los poetas para los que la infancia es edén es Octavio Paz. La figura tutelar alrededor de la cual orbitó siendo niño fue su abuelo Ireneo. Más de una vez se confunden en su obra el abuelo y el jardín. En cierta ocasión dice el Nobel que se arrimó a él, al abuelo, como a la sombra benéfica de un árbol. Una constante también en Solana es la relación que se establece entre los árboles y la presencia de Carlos. Al entablar un diálogo con su primo, el protagonista de este largo poema, el poeta le dice: “Tú lo forjas, sólo tú, desde donde forjas estas hojas, como el árbol que eres, como el camino de hojas del limón a la casa”. Y más adelante agrega: “De ti, Carlos, crecen los rumores de los pájaros, la rama de los árboles, los jugos del limón”. Y luego pasa a hablar de los “Árboles que nos ponían el mundo de cabeza”. Así, la presencia de Carlos es constante, está en esos árboles adonde también se arrima Trejo:

A la altura de mis ojos, el árbol tiene dos hachazos deformes que aún conservan la tajada, la marca del metal ceñido en dos líneas paralelas. Ahí golpeó con los dos brazos, Carlos, al pequeño cedro. Ahí sostuvo el ámbar del árbol que lloró en sus manos. Ahí atravesaron dos zumbidos al quebrar de dos zarpazos el aire. Carlos no sabía que sus manos dejaban tatuado su recuerdo en la corteza.

Incluso más adelante se opera una transmutación: Carlos, que un día plantó un árbol de aguacate, se transfigura en el organismo vegetal una vez fallecido:

Carlos sembró un árbol de aguacate. A sus trece años sus sombras se asomaban atléticas. Eran sus ojos tigres caminatas. El árbol ha dado ya sus frutos. Hemos partido en dos los aguacates, comido el verde aroma, tomado la añoranza. Dicen bien. Nadie se va. Todos, no existimos. Abrimos el corazón. Lo tomamos con las manos. Late. Late. Una estrella tiene su nombre. Una galaxia. Su respiración existe todavía en la noche, en el sueño que soñamos. Todos, alguna vez lo vimos caminar, brincar esa esquinita donde hoy germina un árbol de grueso tallo, de ramas largas como todos los brazos que fue; y canta, como todas las voces que habló.

De forma parecida, y volviendo a los poetas para los cuales es cara la niñez, Fernando Pessoa decía que “Todos tenemos dos vidas: / la verdadera, que es la que soñamos en la infancia,/ y que continuamos soñando, adultos, en un sustrato de niebla; // la falsa, que es la que vivimos en convivencia con los demás,/ que es la práctica, la útil,/ aquella en la que acaban por meternos en un ataúd”. De cierto modo Solana es la evidencia de esa vida verdadera de la que habla Pessoa. Trejo se escinde de la vida “falsa”, de la vida “secular” para entregarse al rito del poema, del lugar sagrado que resultan Solana y Carlos. Dice el poeta que “Nadie se va”. Así, de algún modo, Carlos es una especie de hermano siamés invisible del poeta que escribe Solana, hermano que se restituye en el rito de leer el poemario, que vuelve en el recuerdo a habitar ese paraíso, esa vida real. “Estás, quizá en el tendón de mi cuerpo, sosteniéndome, doliéndome en el diente. Esta costilla, estos ojos, esta mano como una extremidad más alargada, […] Sólo tú forjas este esqueleto en mí […]”.

Ignoro si Carlos era mayor que Fernando, mas infiero, por el modo en el que el poeta se acerca a su figura, que en efecto, el primo fenecido era el mayor y, por ende, la figura a seguir por el más joven. Y cuando se entabla una relación de esa naturaleza, por lo regular el más pequeño intenta emular al mayor, de alguna forma pretende ser el mayor. Por eso me atrevo a decir que Solana es, entre otras cosas, una suerte de rito que se repite al leerse pero también que el poeta oficia invistiéndose de la figura y la personalidad de Carlos, el héroe; debido a ello, a lo largo del libro aparecen confundidos en más de una ocasión, pero siempre en un mismo contexto, el de las marcas de la adolescencia: “Carlos, tú y yo, ¿lo sabes?, besamos el aliento de la casa contigua donde las niñas nos esperaban abiertas de la boca y con la cama tendida”. O “Alexa se cruzó de piernas y nos abrió un campo luminoso de ámbares y verdes. Bailaban las muchachas sobre la mesa de cedro de mamá. Nos bailaron”. O “Una vecina nos arrancó las amígdalas y conocimos su casa por el croquis que diseñamos en el óxido de una ventana. Otra nos marcó los labios con un beso azul desde su mano”. Por ejemplo.

Aunque habla de un ser que ha partido al más allá, Solana no se convierte nunca en un canto fúnebre. De hecho, solo en un poema y en un epígrafe se alude a él como a un fantasma. Porque en ocasiones, para decir su ausencia solo alcanza el silencio o la celebración de la vida, como podemos ver en el segundo texto titulado “Carlos”, donde Socorro elude la palabra fatal, esa que resulta ser “Como un hachazo al árbol de [la] infancia”. En cambio, solo encuentra silencio que se transfigura en un nombre: Carlos.

Pero también está el silencio celebratorio de la vida, el de las niñas que lo amaron sin decir palabra:

Nadie te dijo, Carlos, nadie se atrevió […]; nadie logró siquiera hacer mención […]; se contuvieron, Carlos […]. Y a cambio tuvieron que desvestirse, Carlos, para ti desde su habitación, frente a su espejo. Pensando que sus ojos eran tus ojos del otro lado del silencio. Viéndolas, niñas ellas, erguidas como el blanco corcel de la añoranza: te amaron, Carlos, como a Cristo. Pobres, a tus pies, te amaron tan ilusas, niñas todavía.

Aunque también está un silencio que se manifiesta en otro gesto celebratorio de la vida: la risa como giro frente a la muerte de Carlos: “Luis sostuvo entre sus manos una lágrima. ¡Por Carlos!, dijo, y se soltó a reír”.

Solana, de Fernando Trejo es pues un poema que habla de su primo muerto desde las cosas en las que se proyecta, en las que habita aún, su primo muerto. Es más, para volver a la metáfora del hermano siamés invisible, Fernando lo lleva en él, es el ser invisible el que escribe a través de Trejo; lo que dijera Alfonso Reyes sobre su padre podría decirlo en este libro Fernando sobre Carlos: “Y si seguí viviendo desde entonces / es porque en mí te llevo, en mí te salvo, / y me hago adelantar como a empellones / en el afán de poseerte tanto”.  ~

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LUIS PANIAGUA (San Pablo Pejo, Guanajuato, 1979) estudió Literatura en la UNAM. Ha publicado los libros de poemas Los pasos del visitante y Maverick 71. Es coautor de los libros colectivos Espacio en disidenciaAl frío de los cuatro vientos y Una raya más: Ensayos sobre Eduardo Lizalde. Ha obtenido los premios de poesía de la revista Punto de partida (2005) y Literal Latin American Voices 2013.

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