El guardián

Después de registrarme, el oficial me dirigió la mirada desde detrás de su escritorio. Escuchaba la radio. No había nadie más. “Están ocupados con unas personas”, me dijo. “Si gusta, espere en aquella banca”. La banca estaba debajo de las escaleras. La miré y preferí seguir de pie. “Gracias”, le dije. Entonces él volvió a […]

Texto de 24/08/16

Después de registrarme, el oficial me dirigió la mirada desde detrás de su escritorio. Escuchaba la radio. No había nadie más. “Están ocupados con unas personas”, me dijo. “Si gusta, espere en aquella banca”. La banca estaba debajo de las escaleras. La miré y preferí seguir de pie. “Gracias”, le dije. Entonces él volvió a […]



Después de registrarme, el oficial me dirigió la mirada desde detrás de su escritorio. Escuchaba la radio. No había nadie más.

“Están ocupados con unas personas”, me dijo. “Si gusta, espere en aquella banca”.

La banca estaba debajo de las escaleras. La miré y preferí seguir de pie.

“Gracias”, le dije. Entonces él volvió a dirigirse a mí.

“Si prefiere podemos hablar, en lo que espera, para que se vaya el tiempo. Hay muchas cosas de las que se puede hablar, pero hay que tener cuidado. Como dice el dicho, la lengua puede ser un arma de doble filo, sí. Yo pensaría que usted está estudiando, pero creo que no. ¿Acaba usted de terminar? Bueno, pues ahora ha de empezar a trabajar, sí. Yo llevo toda mi vida trabajando, ¿y sabe lo que he ganado? Cotizo en seguridad social desde hace más de cuarenta años, si supiera. Pero no puede uno estar en todo. Hay que andarse con cuidado, y no todo se debe saber. ¿Usted escribe? Ándese con cuidado, quizá sea peligroso. No puede uno andar diciendo todo lo que ve, porque no sabe quién esté oyendo. Por ejemplo, de los negocios. Ahí hay intereses, y se lo digo porque yo lo sé. Seguramente usted también lo sabe, pero no está de más decírselo. Aquí no es tanto el problema, pero en el Norte… nomás fíjese usted en las noticias, y eso es solo lo que se dice. Quién sabe qué más estará pasando. Las cosas no andan bien. A veces es muy bonito ir de un lado a otro, con la fuerza de la juventud; yo fui joven, aunque pueda creerse que no. ¿De qué escribe usted? Mire, hay cosas que ya son problema. Uno sabe cómo está todo porque uno lo ve, no porque le digan. No nos engañan. Ellos también saben cómo está todo. Pero cuidado, cuidadito con decir que no es cierto. Hay que contar con el sustento, con el papel. Las pruebas, pues. La realidad no basta. A veces hasta las autoridades tienen miedo; es un monstruo al que han dejado crecer y ya no pueden enfrentarlo. Hay modos de pensar, y yo creo que uno no va a arriesgar la vida solo porque sí. Si ya es tan grande que no se le puede combatir, es mejor pasarse de su lado, como dice el dicho. Y así hacen muchos. Yo no he podido hacerlo, yo no pienso así, y aquí me tiene. De eso no se puede hablar, por ejemplo. Se arriesga uno, y llega un momento en que le dicen o plata o plomo, y se tiene uno que alinear. Yo no pienso así, y le digo, aquí me tiene. Pero no todo es así, claro. Escriba de la migración, por ejemplo. De eso sí se puede, ¿o qué piensa usted? Sí, también le van a decir que no es cierto, que aquí todo está bien. ¿Pero entonces por qué se va la gente? No se van a jugar la vida solo por diversión, ¿verdad? No, no. Hay mucho que puede decirse de eso, y se lo digo porque yo lo viví. Sí, yo me fui pa’l otro lado, hace mucho, cuando fui joven y fuerte, como usted. Es muy difícil allá. Vive uno cosas que no se imagina usted, o quizá sí porque le han platicado. Pero no es lo mismo, no es lo mismo que vivirlo, que sentirlo, que sentir todas esas vejaciones. Lo humillan a uno. Es algo terrible allá; yo lo soporté por mucho tiempo, pero llegó un día en que ya no pude. Y preferí regresarme. Se lo digo porque lo sé. Muy pocos hablan de eso. Todos tienen sus secretos. La Iglesia tiene sus secretos, por ejemplo. Si sabemos lo que sabemos, imagínese lo que no, lo que hay detrás, lo que pasa ahí adentro cuando esas puertas se cierran. Usted sabe. Estas canas no son de a gratis, pero ya de qué me sirven. Hace muchos años me hubieran servido, pero hoy… Cuando es joven uno casi siempre es estúpido también y hace tonterías sin darse cuenta. Pero de grande a veces no se quita lo tonto. Y míreme, aquí sentado todo el día. Me veo fuerte. Estoy y me siento fuerte. Es porque yo fui militar; y la milicia también tiene sus secretos. Hay cosas que pasan en el cuartel y no salen de sus paredes. Para nosotros había señas, órdenes que no podían decirse: una puerta o una ventana que se abre o se cierra, una llamada que se corta antes de que nadie hable, un vehículo que se va. Aprendimos a leer eso. Ahí estuve muchos años y aprendí y viví muchas cosas, hasta que causé baja. A los que causan baja normalmente los ponen de veladores o en los jardines o cualquier cosa. A mí no. Porque yo tenía mi oficio. Yo soy zapatero. Empecé a los diez años curtiendo cuero, en el taller de mi primo, en la calle de La Corregidora. Curiosamente mi primer encargo fueron unas botas militares: diez pares de botas militares. No sabía bien cómo hacerle, pero aprendí. Las dejé al sol esa vez y se florearon todas. ¿Así las dejó el Moy?, que era mi primo, me preguntaron cuando fueron a recogerlas. Las habrá dejado al sol, les dije. Pero fui yo el que las había dejado. Y así se las llevaron, porque sabían cómo era mi primo de responsable, de trabajador. Cuándo me iba yo a imaginar nada. Uno sabe dónde está, pero no sabe dónde va a terminar. Porque yo soy de Huauchinango, y mi padre nos trajo para acá cuando yo tenía siete u ocho años. Yo no tuve madre. Ya había muerto cuando llegamos acá. Y yo no tuve educación; por eso me esforcé para que mis hijas la tuvieran, la Magdalena, la Isabel y la Magali. La mayor tiene ahora treinta y ocho años, y trabaja. Yo tuve mi oficio y nada más. Por eso cuando entré al Ejército les dije que si me dejaban trabajar. Se rieron de mí, me dijeron que si entraba, era como dejar atrás toda la vida, todo lo que yo había conocido. Y así fue, casi. Pero yo tenía mi ilusión. Soy zapatero, les dije. Estaba yo todavía chamaco, todavía no me casaba. Me casé cuando estuve ya grande, a los veintiún años; más o menos la edad de usted, yo creo. ¿Cuántos años tiene usted? Ah, estaba más joven que usted cuando me casé. Un día me buscó el coronel, que se había reído de mí. Mandó por mí al comedor, por el zapatero. ¿Tú eres el zapatero?, me dijo uno. Sí. Te habla el coronel, ve a ver qué quiere. Pedí permiso para retirarme. ¡Pues cómo no, si te habla el coronel!, me dijeron; anda, ve a ver qué quiere. Fui. Me preguntó que si era yo el zapatero, y le contesté que sí; entonces me encargó que yo me hiciera responsable del calzado del pelotón. Desde entonces fui favorecido; todos me apreciaban mucho, no solo el coronel. Porque yo era el zapatero, y estaba orgulloso de serlo. Nunca me avergoncé, ni después, y nunca me he avergonzado, porque es lo que sé hacer. Bueno, hasta el coronel, que se había reído de mí, me dio permiso de trabajar. Puse mi taller en el centro, y allá me llegaban las encomiendas del Ejército. Y las hacía yo con gusto, hasta antes que las de los otros clientes. Y nunca me reclamaron porque hacía yo bien las cosas, con gusto. Y cuando causé baja, muchos años después, el coronel me preguntó: ¿Adónde quieres irte? Puedo meterte a petróleos, me dijo, a teléfonos, al Servicio, al agua, a luz. Tú dime. Yo quería entrar a dísel, era mi sueño desde joven. Y me recomendó; me dio la carta, porque a esos lugares no entra uno si no es por el sindicato. Si a usted yo lo vuelvo a ver, le voy a enseñar la carta de recomendación que me extendió el coronel. Y entré a dísel. Uno es tonto también de grande, como le dije. Pero ahí también aprendí mucho. Como estuviste en el Ejército, me dijeron, te vamos a dar un puesto en seguridad. No, les respondí yo. Yo quiero hacer otra cosa; soy bueno para otras cosas y puedo hacerlas. A mí me gusta todo esto, toda esta maquinaria. Estuve en el área de ensamblaje mucho tiempo, hasta que las fuerzas me fueron dejando de responder; podía hacerlo, pero no era ya un muchacho. Hay que ir viendo cómo le hace uno. No se quede en un solo lado, joven; hay que saber hacer muchas cosas. Esto es solo un escaloncito… luego uno va probando otras cosas y así va subiendo poco a poco, va abriéndose el camino. No es bueno quedarse mucho tiempo en un mismo lugar: se estanca, se hace uno con la tierra. Hay que avanzar, ir brincando, dando pasos. El mundo está ahí para los que se atrevan a tomarlo. Y es muy grande. Siempre me lo dijo mi padre. A mí y a mis hermanos: esfuércense hasta ser los mejores. Si van a ser bandidos, ¡adelante!, pero sean los mejores. Mi hermano, el que es más grande que yo, sí supo hacerla. Vive bien, en su casa. Tuvo una vidriería en la que yo trabajé también, de instalador. Ahora es un periódico ese lugar donde estaba la vidriería, y mi hermano vive por ahí. Cuando vengo para acá y paso por ese periódico, a veces veo afuera su camioneta, toda blanca, toda desvencijada. Tiene más de veinte años con ella. Casi no la usa más que para pasear. Mi otro hermano, el que es más chico que yo, es albañil. Trabaja por acá, casi siempre, en las casas de aquella colonia que se ve desde aquí. Sí, esa que usted dice. Es muy trabajador, y es el más chico. Somos tres. ¿Cuántos años cree que tengo? Este año cumplo sesenta, el veintiséis de septiembre. Ya estoy pensando en mi jubilación, aunque lo que yo quiero es seguir trabajando. Pero quiero mi pensión por mi esposa. Ella sí está enferma. Tiene la diabetes. Si quiero jubilarme, es por ella, para que disfrute un poquito de lo que yo no pude darle. La conocí en mi primera salida, en la sierra. Yo no soy de la sierra, pero lo eran casi todos los del pelotón. Y ahí nos conocimos ella y yo, y quiso irse conmigo. Ya después nos casamos. Tuvimos a nuestra primera hija. Y míreme ahora. A esta edad es difícil que le den trabajo a uno, aunque pueda hacer las cosas. Hubiera yo entrado mejor a petróleos; pero eso ya es pasado, y uno no puede hacer nada contra eso. Y míreme ahora en esta caricatura, en esta pantomima de trabajo, viendo quién entra y quién sale. Me pagan solo por ponerme estas jaretas y representar a la autoridad. Esto no es un trabajo: es una representación. Mi turno acaba a las ocho de la mañana, y me relevan. Entonces tengo que ir por los bolillos para el desayuno, con mi esposa. Vivimos allá por Ferrocarril Central. ¿Usted conoce por ahí? Pues allá tiene su casa. Ahí mi esposa me hace compañía, y yo a ella. No se puede vivir solo, no tiene caso. Uno necesita algo que lo motive, algo por qué hacer las cosas. Si no, ¿para qué se esfuerza uno, para qué hace nada? Digo, es mi modo de pensar, de ver las cosas. Cada quien tendrá el suyo. No podemos ser todos iguales. Pero le digo, yo trabajé en muchos lados y supe muchas cosas. También aprendí las artes. Trabajé haciendo diseños de interiores allá en la calle de Zaragoza, por donde ahora está el monumento. Todo lo de las flores lo sé hacer yo, los arreglos y los decorados. No tiene nada de malo saber, saber lo que sea; pero hay que andarse con cuidado. Uno nunca sabe. En todas las empresas importantes, por ejemplo, hay militares. No le voy a decir cuáles, pero ya se hará usted una idea. En los departamentos de seguridad, en todos, hay militares. Y también en esas empresas pasan cosas que usted no sabe quizá, y que quizá nuca sabrá. Ojalá sí, porque usted escribe, y la gente lo lee. Todos tenemos nuestros secretos, pues. Y usted también. Y no todos tienen que saberse. Eso debe tenerlo muy presente. Hay cosas que se saben, pero no se dicen. No tiene caso. Esos no son secretos, además. En el Servicio también conocí muchas cosas que prefiero callar; fue por un primo que entré ahí, el mismo que me enseñó zapatería. Ahora vive en Necaxa, y allá trabaja. Todavía. En Necaxa tengo primos. Se quedaron allá; yo ya no tengo a qué regresar a Huauchinango: mi padre ya murió. Mire: se abrió la reja y no me di cuenta por estar aquí platicando”.

El oficial, sin prisa, mirando al frente, salió a cerrar la reja mientras una multitud se acercaba a las oficinas. Miles de pies hacían retumbar el suelo, agitados.

“Usted quédese aquí”, me dijo. “Yo iré a cumplir con mi deber”.

Se puso su casco, de debajo del escritorio sacó una bayoneta y emprendió la carrera.  

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JULIO ROMANO OBREGÓN es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana y actualmente cursa el doctorado en Letras en la UNAM. Es autor del libro de cuentos No verás el alba (Conaculta/Cecultah, 2014) y de la recuperación de la obra de Eufemio Romero (c. 1817-¿1885?) (La incógnita y otras obras, UV, 2014). Le va al Necaxa.



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