EL ESPEJO DE LAS IDEAS: Repensar la obediencia

La tesis de la filósofa judía Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, derivada de la observación directa que el oficio periodístico le permitió tener del juicio a Adolf Eichmann, provocó en su tiempo irritación e indignación. Su libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, publicado en partes desde 1963, fue sin […]

Texto de y 24/08/16

La tesis de la filósofa judía Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, derivada de la observación directa que el oficio periodístico le permitió tener del juicio a Adolf Eichmann, provocó en su tiempo irritación e indignación. Su libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, publicado en partes desde 1963, fue sin […]



La tesis de la filósofa judía Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, derivada de la observación directa que el oficio periodístico le permitió tener del juicio a Adolf Eichmann, provocó en su tiempo irritación e indignación. Su libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, publicado en partes desde 1963, fue sin duda y por mucho su obra más rechazada. Cincuenta años después, sigue topándose con resistencia, crítica y censura.

Y es que la idea de que una catástrofe moral de las dimensiones del holocausto no fuera causada por una perversidad genial y monstruosa, por la mente de un demonio o de un psicópata, sino más bien auspiciada por personas obedientes como Eichmann en cumplimiento de aquello que asumían como un deber, de señores promedio, observantes de la ley, no es fácil de metabolizar.

Imaginar realmente el mal como algo banal confronta el paradigma de justicia y la noción de ética que cimientan, entre otras cosas, nuestro edificio educativo. Aceptar la propuesta de Arendt supone conceder que la explicación de los actos más aberrantes de los que tenemos memoria (pienso en las fosas clandestinas de Morelos, en la brutalidad del genocidio de Ruanda, o de la “limpieza racial” en Bosnia) pudiera escurrirse de nuestras manos, como el agua.

La realidad es que la discípula de Heidegger nos reta a replantear nuestra noción de ética y de justicia, a pensar la relación problemática entre lo justo y lo legal, a incorporar desafíos del tamaño del perdón en el horizonte de la cultura política y a pensar en la reconciliación como una asignatura democrática pendiente. También nos invita a repensar la obediencia como un valor autónomo o absoluto.

Antes, convengamos: todo cuerpo social requiere —sobre todo en la medida en que se vuelve complejo y jerárquico— de la disciplina y, junto con ella, de alguna noción de obediencia como principio articulador. Los miembros de órdenes y congregaciones religiosas hacen un voto explícito de obediencia. No hay policía, colegio o ejército en el mundo en el que de alguna manera u otra no se instruya la obediencia. Difícilmente quien ha estado en condición de educar a alguien, como papá o maestro, puede prescindir de la obediencia. En ella todos fuimos, en menor o mayor medida, educados.

En el extremo de esta lógica hay quien repite que quien obedece no se equivoca, sino que lo hace solo quien manda. Este último, junto con la responsabilidad del poder, cuenta con alguna gracia especial, proveniente de Dios o del Estado, que le permite asumirla. En realidad se trata de una lógica espejo, la que Hegel describió genialmente en “la dialéctica del amo y el esclavo” como el intercambio de protección por obediencia en el que la debilidad cae con tan lastimosa frecuencia.

La burocracia dócil y acrítica está vinculada al autoritarismo. A mayor grandeza prometida (el imperio nazi se proyectaba imparable para los próximos mil años), mayores atrocidades consentidas. Contradiciendo la ecuación que sostiene nuestro edificio organizativo, parece que lo que realmente se asocia a lo monstruoso es el silencio cómplice y ¡la obediencia!

El reciente escándalo ético sufrido por el fabricante de automóviles alemán Volkswagen, que puso en circulación a cerca de siete millones de autos cuyas emisiones rebasaban por mucho los estándares y las normas ambientales, nos invita a pensar que, aunque en las catástrofes de enormes dimensiones se hace más visible, la relación obediencia acrítica-catástrofe moral puede darse también en escalas más pequeñas (meso- y micro-) de la vida social.

Podemos preguntarnos qué tanto un cáncer moral que alcanzó tales dimensiones está vinculado a un ejercicio intransigente del poder obsesionado por los resultados que hace posibles frases del tipo “hazlo como puedas”, “no me digas cómo” o “si no puedes, dímelo, afuera hay quien puede hacerlo”, dolorosamente comunes en el mundo organizacional.

La práctica de abuso sexual de menores, lamentablemente presente en iglesias y escuelas, parece estar asociada no solo a una relación asimétrica del poder, sino también a una comprensión perversa del valor de la obediencia (“quien obedece no se equivoca…”) que en no pocos casos multiplicó daños y víctimas de manera exponencial.

Ante casos indignantes y más allá de los mismos, ¿no hemos sentido acaso la necesidad de desobedecer una orden aberrante? ¿No forma parte el desacato de nuestro proceso de individuación y de nuestro desarrollo emocional?

Pero señalar la obediencia como caldo de cultivo de perversión y totalitarismo, cuestionarla como valor absoluto, nos deja con nuevos problemas por resolver.

¿Qué valor real puede tener la obediencia? ¿Cómo reinterpretarla? ¿Cómo suplir su función organizadora de la vida social? ¿Cómo es posible, sin obediencia, pensar en el desarrollo orgánico de nuestras sociedades complejas? ¿Estamos sin ella condenados a la supresión de toda estructura jerárquica y a la anarquía?

La propia Arendt nos da la clave para la transformación de la obediencia, el capullo de su metamorfosis. En Responsabilidad y juicio escribe “El error reside en la equiparación del consentimiento y la obediencia. Un adulto consiente ahí donde el niño obedece […]”.

Esto no solo nos da un sentido de gradualidad en la vivencia del valor, convirtiéndolo en un ingrediente necesario pero destinado a desaparecer del desarrollo personal, como algo pertinente únicamente en ciertas etapas de la vida; también sitúa a la filósofa alemana lejos del anarquismo y del individualismo posesivo, como una demócrata.

Es interesante y esperanzador en este sentido reconocer principios de policías modernas en las que, si bien se reconoce el rol de la obediencia en el llamado “espíritu de cuerpo”, se aclara que dicha obediencia no debe quedar nunca por encima de la dignidad o los derechos humanos.

En su visión del voto de obediencia, el jesuita Juan Lafarga ya desde los años cincuenta lo reformulaba entendiéndolo como un diálogo en el que un religioso junto con su superior jerárquico están invitados a preguntarse sobre la voluntad de Dios en sus vidas. Muy pocos años después, en los documentos del Vaticano II, la primacía de la conciencia individual se multiplicaría en escritos eclesiales y tratados morales.

Esta reflexión estaría inconclusa sin una alusión a la justicia restaurativa. Y es que si nuestra construcción social es humana, si no está exenta de equívocos y tropiezos, si la consideración de la obediencia como valor absoluto pudiera ser uno de ellos, también estamos llamados a imaginar e innovar formas de justicia que vayan más allá de la retaliación y la venganza institucionalizadas: unas que nos permitan, a pesar de todo, construir juntos y soñar con escenarios futuros mejores y distintos.  

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EDUARDO GARZA CUÉLLAR ha escrito los libros El reto de humanizarComunicación en los valores y Serpientes y escaleras, entre otros. Serratófilo devoto y resignado sabinista, contemporáneo de Mafalda y del Vaticano II, se desempeña como director de la firma consultora Síntesis. 

SANTIAGO GARZA DEL VALLE PRIETO es estudiante de CCH.



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