El espejo de las ideas: Juntos. Discapacidad y vida comunitaria

Para mi hermano Pancho, el ingeniero JUNTO CON EL DOLOR, el cansancio y los abrazos, las anécdotas comenzaron a fluir en el velorio de mi papá. También la risa, inevitable, sintomática de muchos años de tensión acumulada. Mi papá había perdido gradualmente la memoria en un proceso que, a pesar de sus altas y sus […]

Texto de 22/09/17

Para mi hermano Pancho, el ingeniero JUNTO CON EL DOLOR, el cansancio y los abrazos, las anécdotas comenzaron a fluir en el velorio de mi papá. También la risa, inevitable, sintomática de muchos años de tensión acumulada. Mi papá había perdido gradualmente la memoria en un proceso que, a pesar de sus altas y sus […]

Para mi hermano Pancho, el ingeniero

JUNTO CON EL DOLOR, el cansancio y los abrazos, las anécdotas comenzaron a fluir en el velorio de mi papá. También la risa, inevitable, sintomática de muchos años de tensión acumulada.

Mi papá había perdido gradualmente la memoria en un proceso que, a pesar de sus altas y sus bajas, fue claramente descendente, y en el que los momentos objetivamente más graves no siempre fueron los más dolorosos para él. A veces estando peor la pasaba mejor, y viceversa.

Otra es la historia de quienes lo vimos caer, en la medida en que perdía el acceso a su experiencia, en niveles de indefensión cada vez mayores ante la vida misma, la de quienes compartíamos la vocación de acompañarlo.

Ya afectado por el Alzheimer, incapaz de construir un discurso de aceptación creíble, fue galardonado con el Premio Nacional de Ingeniería, para cuya recepción mi hermano Pancho (ingeniero como él) y yo confeccionamos un discurso que le hubiera servido para recibir el Nobel.

Aunque no exenta de tensión, la recepción del premio en Aguascalientes fluyó, junto con sus eventos aledaños, razonablemente bien.

Con lo que no contábamos fue con la insistencia de un reportero argentino contratado por su gremio para entrevistarlo. Aunque habíamos contestado sus preguntas por escrito, no pudimos evadir la visita del singular periodista. En la entrevista, aunque flanqueado por sus hijos, comunicólogo uno e ingeniero el otro, el galardonado comenzó a dar muestras de su afección que, al más puro estilo de un vocero presidencial, intentamos remendar de la mejor manera. Lo que el ingeniero quiso decir… Aunque el tercer tercio nos pareció interminable y nos revolcaron más de una vez, no hubo cornadas mortales. Disimulamos los golpes con amabilidad, y con los ternos maltrechos salimos de la plaza airosos.

Fue justo al recordar esta historia que nos reíamos en la funeraria, evadiendo ya no las preguntas del reportero argentino, sino la mirada inquisidora de mi mamá, para quien el ambiente de la capilla ardiente ya se había relajado más allá de lo admisible. Ya andan a las puras carcajadas.

En este proceso fuimos entendiendo poco a poco que, cuando se contempla únicamente la dimensión individual de la existencia, el ser discapacitado se vuelve, como toda iniquidad, insuperable. Sin el cuidado de otros, sin el vínculo, no sólo la discapacidad, sino también la mayor parte de nuestras penas, gripas, aprendizajes y despistes, se volverían intransitables. Esto es más hondo y universal de lo que nos gusta reconocer. Entendámoslo: hasta en el acto primero de nombrarnos —indispensable para saber quiénes somos— requerimos del lenguaje que no nos debemos a nosotros mismos, que es también patrimonio comunitario, que no nos pertenece. A ese grado somos relacionales. La intuición genial de Octavio Paz: “bien mirado no somos, nunca somos a solas sino vértigo y vacío”, reafirma que el individualismo no es más que una abstracción y que, hecha ideología, se convierte también en una especie de discapacidad madre.

En comunidad, en cambio, la discapacidad y su impacto se diluyen al tiempo que los pronósticos de rehabilitación mejoran sustancialmente. En la lógica comunitaria, las capacidades se multiplican y las discapacidades se diluyen. ¿Qué importa entonces, cuando una comunidad es tal, que alguien reconocido por su trayectoria profesional no esté en su mejor momento para una entrevista? ¿No cuenta acaso más el que se sepa arropado y reconocido por los suyos? ¿Acaso no es el mismo reconocimiento un acto generoso de memoria colectiva? ¿No es acaso menos grave el que alguien pierda la memoria cuando los suyos la tienen y la sostienen? ¿No hay, pues, algo de maravilloso cada vez que las posibilidades de unos suplen las deficiencias de otros? ¿No se trata finalmente de eso, de la construcción del nosotros, de la vida misma?

Confiada en esta antropología plural, testigo de lo que una comunidad empoderada puede hacer en materia de rehabilitación,

la Fundación Ramón Vargas, amparada por la onu, promueve desde el año 2000 la Rehabilitación Basada en la Comunidad (RBC).

Más allá de sus argumentos económicos (rehabilitar a alguien en su comunidad es más barato que hacerlo en cualquier otro lugar) o sociológicos (cuando la rehabilitación ocurre en la comunidad, ésta normalmente no se desgaja ni invierte capital social en el proceso), la RBC aspira, al empoderar y capacitar a las comunidades, a construir tejido e inclusión social. En ella, todos nos reconocemos, nos rehabilitamos, crecemos en la interacción con las personas con discapacidad y nos educamos en la responsabilidad. Consecuentemente, la comunidad misma amplía su visión. El mundo, en la diversidad, se reconoce más rico.

Tal es la convicción que ha llevado a Ramón Vargas y su esposa Amalia, de la mano de personas como Javier Vargas, Cecilia Reyes Retana y Alicia Molina, quien da ahora su relevo a Ana Luisa Del Valle Prieto, a optimizar los recursos que les son confiados en favor de gente con discapacidad en comunidades rurales de varios estados de la República mexicana y, por supuesto, de las comunidades mismas.

Alguna vez pregunté a Ramón sobre el origen de todo esto, sobre su paraqué. Me respondió que su hijo Eduardo, mi tocayo, a pesar de su discapacidad y de su muerte a temprana edad, es recordado en su corazón como un niño feliz. “Soñamos con un mundo en el que muchos niños, más allá de la discapacidad y la pobreza, puedan también, como mi hijo, ser felices”, me contestó.

Y yo me quedé pensando que cuando la fuerza, la creatividad y el talento de unos se pone al servicio de las carencias de otros, la carga de éstas se diluye y el gozo se multiplica. Me quedé ilusionado también imaginando que mi papá podría haber sido beneficiario de nuestro empeño, como sin duda lo fuimos nosotros de su condición. Me quedé pensando que cuando nos atrevemos a mirarnos en el espejo del otro, especialmente en el de los más otros, que los utilitaristas consideran desechables, podemos ser, como Eduardo Vargas, sencilla pero profundamente felices.  ~

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