El espejo de las ideas: El tatuaje y el carácter

La ética de la autenticidad que nuestro tiempo defiende tenaz y tácitamente pondera la actitud del buscador, la de quien no se priva de ninguna de las alternativas que la vida le presenta ni se conforma con sus hallazgos, la de los hombres y mujeres que se mantienen dispuestos a descubrir, renuncian a fórmulas preestablecidas […]

Texto de 31/01/19

La ética de la autenticidad que nuestro tiempo defiende tenaz y tácitamente pondera la actitud del buscador, la de quien no se priva de ninguna de las alternativas que la vida le presenta ni se conforma con sus hallazgos, la de los hombres y mujeres que se mantienen dispuestos a descubrir, renuncian a fórmulas preestablecidas […]



La ética de la autenticidad que nuestro tiempo defiende tenaz y tácitamente pondera la actitud del buscador, la de quien no se priva de ninguna de las alternativas que la vida le presenta ni se conforma con sus hallazgos, la de los hombres y mujeres que se mantienen dispuestos a descubrir, renuncian a fórmulas preestablecidas y no escatiman buscando caminos nuevos para conjugar la existencia.

La edad aceptada socialmente para contraer matrimonio, criar hijos, elegir una carrera o abrazar una vocación religiosa ha aumentado de manera significativa en pocos años. A diferencia de nuestros padres, nos parece inaceptable que alguien se case, se embarace o se defina en cualquier alternativa vocacio-nal irreversible siendo menor de edad.

Reconocemos el valor de la mujer que renuncia a la seguridad de una pareja inocua para abrirse a una vida genuina, o el del hombre que cierra su despacho de abogados para cumplir el sueño de ser ebanista. Aplaudimos las vocaciones auténticas al arte y cuando escuchamos la historia del joven que habiendo obtenido un título universitario se lo aventó a su papá, nos ponemos silenciosamente de su lado y de aquello que es capaz de encender su vida. Sin embargo, esta lógica conoce, como tantas, de contrapesos y fronteras. El buscar sólo cobra sentido en el encontrar. Siembra y cosecha se requieren mutuamente pero tienen tiempos y racionalidades distintas. Lo que en un momento es virtuoso, resulta perverso en otro.

Por eso no sólo nos cuestionamos frente al seminarista de once años, sino también ante el hippy de setenta. Nos duele tanto lo malogrado de las decisiones prematuras como lo podrido de las indefinidamente postergadas. Hay decisiones que, por ser tardías, se vuelven moralmente cuestionables o irrelevantes. El divorcio que treinta años atrás parecía urgente, se convierte en anecdótico. El testimonio de la mujer que, ya con hijos adolescentes, deja a su familia para explorar su posible identidad homosexual, incuestionable en su autenticidad, nos deja para la noche cuestionamientos difíciles de articular.

Intento mostrar la otra cara de la moneda de la libertad de un tiempo al que Lipovetsky ha adjetivado de vacío, de una era infantilizada que se programa para explorarlo todo sin abrazar a nadie. La proliferación de los tatuajes es sintomática de un tiempo así, que aspira a compensar su ligereza estéticamente. Grabamos en nuestro cuerpo dibujos tan indelebles como epidérmicos.

Hay un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar, reza el Eclesiastés. Y el uno y el otro proclaman verdades y requieren virtudes radicalmente distintas.

Transitar de la búsqueda al abrazo no implica detener el ejercicio de la libertad, que de suyo es imparable. Lo invita, no obstante, a progresar ya no por la vía de la sustitución, sino por la del ahondamiento, a transitar de la divergencia a la profundidad.

La noción de libertad en tiempos de búsqueda es la de la libertad de. La del encuentro es la libertad para. La ética de la autenticidad aplaude el construir alternativas. La de la entrega, el crecer en la fidelidad a las mismas. Para la primera soltar es virtud, para la otra, abrazar. Una dibuja caminos divergentes, la otra aprecia la focalización y la profundidad, el carácter.

Hay algo que nos dice que en la medida en que atendamos satisfactoriamente las exigencias de la juventud podremos luego responder a las invitaciones de la madurez. Quizá por ello dispensamos la falta de compromiso de quien nunca tuvo alternativas.También algo nos dice que hay un momento crítico en la vida individual y social que invita a renunciar a las mieles de la juventud para acce-der a otro tipo de ética y de vida.

Hay un tiempo para buscar y otro para ahondar. La tierra no debe permanecer abierta más que en el tiempo de siembra, es claro, pero ¿cuál es el tiempo apropiado para dejar de plantar y preparar la cosecha?

El reconocimiento de los signos de los tiempos y de su llamado es, como la observación que el campesino hace del viento y de las nubes, un arte delicado que la vida encomienda a cada quien y que constituye una de las formas más finas de la sabiduría individual que, por serlo, no acepta recetas ni admite evasiones.

Esta metáfora aplica al ámbito indi-vidual, ciertamente. Pero, en la composición de nuestra sinfonía histórica, el primer movimento, infantile, parece haberse alargado indebida e injustificadamente, incapaz de dar paso al de la madurez.

Esta postergación cuyos síntomas son graves problemas éticos desatendidos, como el ecológico-climático, nos ha llevado de lo caricaturesco a lo patético.

Tatuados y sin carácter, asfixiados en nuestra divergencia, infantes padres de infantes, necesitamos reaccionar. EP



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