El cerebro compartido de Peter Brook

En varias ocasiones el director de teatro y cine Peter Brook se ha dado a la tarea de explorar los misterios, trastornos y complicaciones de la mente humana. Un interesante acercamiento a su trabajo y a su relación con la obra del neurólogo y escritor Oliver Sacks permite ver el teatro como un retrato de la vida y una metáfora de la mente.

Texto de 24/08/16

En varias ocasiones el director de teatro y cine Peter Brook se ha dado a la tarea de explorar los misterios, trastornos y complicaciones de la mente humana. Un interesante acercamiento a su trabajo y a su relación con la obra del neurólogo y escritor Oliver Sacks permite ver el teatro como un retrato de la vida y una metáfora de la mente.

La vida hay que vivirla

hacia delante, pero solo se puede

comprender hacia atrás.

Kierkegaard

Mientras redacto estas líneas, Peter Brook, el gran maestro del teatro contemporáneo, ha cumplido ya noventa y un años, y Oliver Sacks está por cumplir, este mes de agosto, un año de haber muerto, a los ochenta y dos.

¿Qué habrá pensado el director de El Mahabharata de la muerte del psiquiatra cuyo libro, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, fue punto de partida para una de sus varias puestas en escena memorables?

Sacks, cuya autobiografía se publicó recientemente en Anagrama, indagó los intersticios de la mente desde la ciencia y la neurología, siempre de forma brillante. Peter Brook lo ha hecho de la misma forma en el teatro durante los últimos veinticinco años.

El neurólogo dejó una docena de libros fundamentales, y en el caso de Brook se cuentan al menos treinta puestas en escena imprescindibles para comprender su trabajo y aportaciones al teatro mundial.

En 2015, Brook trajo a México, en pleno Festival Internacional Cervantino, su entonces más reciente obra, El valle del asombro, que trata de la sinestesia, un desorden mental con el que se mezclan los sentidos. Quienes la padecen pueden ponerle colores a las letras, ver una nota musical o saborear una textura, como por ejemplo, la seda.

La actriz principal de la obra, la británica Kathryn Hunter, interpreta a una paciente con sinestesia. “¿Cómo hacer aparecer todo aquello que pasa dentro del cerebro? En cada obra el reto es reproducir con sencillez todo lo que pasa dentro del actor. Desempeño el papel de una mujer que ve las palabras como imágenes. Descubrí que podía verlas así y espero que el público también pueda hacerlo. No es algo tan diferente del método científico”, declaró la intérprete en la charla que tuvo con periodistas antes de la presentación en el festival que cada año se realiza en Guanajuato.

La puesta en escena narra la historia de la señora Costas, mujer de una memoria prodigiosa que no puede olvidar nada y que luego de ser despedida del periódico en el que trabaja se ve obligada a convertirse en un fenómeno de circo y pasear por los teatros para exhibir sus habilidades extraordinarias. Poder recordar toda palabra o hecho cotidiano y tener que cargar a diario con ello se convierte en una tragedia para la mujer, en su cielo y su infierno.

La declaración de motivos con respecto a la obra que Brook hizo en el programa de mano es contundente porque denota su creciente preocupación por los entresijos de la mente: “Ahora, una vez más, exploramos el cerebro humano. Llevaremos al espectador a territorios nuevos y desconocidos a través de personas cuyas vidas secretas son tan intensas, tan empapadas de música, color, sabor, imágenes y recuerdos que pueden pasar en cualquier instante del paraíso al infierno y de regreso”.

Inspirada en el poema persa “La conferencia de los pájaros”, de Farid al-Din Attar, El valle del asombro es hasta ahora la última incursión de Brook en los misterios del cerebro, travesía que inició en 1993 con El hombre que.

“Si vamos al teatro es porque queremos ser sorprendidos, incluso maravillados. Sin embargo, solo podemos estar interesados si podemos sentir un fuerte vínculo con nosotros mismos. Así, estos dos elementos opuestos tienen que reunirse, lo familiar y lo extraordinario”, plantea el director en la misma declaración de motivos citada líneas arriba.

Zonas oscuras

Ya en su autobiografía Hilos de tiempo, Peter Brook lanza una provocación: “Podría haber llamado a este libro Recuerdos falsos”. Afirma que el cerebro parece disponer de un almacén de señales fragmentarias que no tienen ni color, ni sonido, ni sabor. “A medida que voy escribiendo”, declara, “no siento obligación alguna de contar toda la verdad. Es imposible, por mucho que uno se empeñe, penetrar en las oscuras áreas de los motivos ocultos de uno mismo”.

“Cierto que detrás de esta historia hay tabúes, traumas y áreas de oscuridad que no pienso explorar, y cierto que a mí no me parece que puedan caber aquí […]. No siento ningún respeto por esa escuela de la biografía, que cree que con sumar todos los detalles sociales, históricos y psicológicos, aparece un retrato auténtico de una vida”.

Y, en efecto, la autobiografía es una charla larga y amena sobre los caminos que fue recorriendo el director en la búsqueda de su lenguaje teatral.

En 1993, ya más afincado en los intereses por los procesos del cerebro, pone en escena El hombre que, basada en el famoso libro de Sacks El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

El caso del doctor P., culto y distinguido profesor de música, fascinó a Brook y a uno de sus actores emblemáticos, Yoshi Oida, por lo que juntos llevaron a las tablas el suceso de un hombre que por su singular patología no distinguía fielmente los objetos, confundiendo la realidad.

Sacks se refiere a una de las muchas manifestaciones de la enfermedad de la siguiente manera: “Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances”.

Ya en la posdata, el neurólogo remata:

¿Cómo hemos de interpretar esa extraña incapacidad del doctor P. para interpretar, para identificar un guante como un guante? Es evidente que en este caso, a pesar de su facilidad para formular hipótesis cognitivas, no era capaz de hacer un juicio cognitivo. El juicio es intuitivo, personal, global y concreto: “vemos” cómo están las cosas, en relación unas con otras y consigo mismas. Era precisamente este marco, esta relación, lo que le faltaba al doctor P. […].

El segundo montaje del director inglés sobre los misterios de la mente, Yo soy un fenómeno, de 1998, tiene varias coincidencias con El valle del asombro. Allí aborda el caso del periodista ruso Solomón V. Shereshevski, quien está condenado a recordarlo todo y puede aprenderse palabras en idiomas extraños con solo escucharlas una vez.

A pesar de que el teatro de Brook ha sido documentado en libros, artículos y ensayos, ya sea por él mismo o por sus colaboradores cercanos, hay un halo de misterio, de zonas oscuras (como en el cerebro) con respecto a la forma en que trabaja con sus actores, o para decirlo más claro, su teoría y escuela teatral. Uno de los estudios más completos en español que hasta ahora existen es Fundamentos de la puesta en escena en el teatro de Peter Brook, con el que su autor, Juan Antonio Bottaro, ganó el V Premio Internacional Artez Blai de Investigación sobre las Artes Escénicas.

Bottaro desgrana en doscientas noventa páginas todo un corpus teórico con acercamientos filosóficos, en algunos casos, a casi un centenar de trabajos de Brook, entre puestas en escena, óperas y películas, que van del Dr. Fausto de 1943 a Une flûte enchantée, estrenada en 2010.

Pero fue el hijo, Simon Brook, quien logró colarse hasta la cocina para filmar El funambulista, un documental estrenado en el Festival de Cine de Venecia y que en 2013 recaló en Madrid. De acuerdo con una nota del diario El País, se filmó en inmersión total durante dos semanas y con cinco cámaras ocultas. “Por primera vez en cuarenta años, Brook ha accedido a que las cámaras filmen cómo la cuerda floja provoca su efecto alquímico en los actores”, escribió la periodista Rosana Torres.1 Con la participación de once actores de diez nacionalidades, la película es un viaje íntimo al proceso creativo de Brook.

Cuando alguien siente, comprende

De diferentes formas y en decenas de entrevistas, Peter Brook, pensador del teatro, ha dicho que los actores no deben estar al servicio del director ni este del autor, sino que todos deben colaborar en la investigación y creación de un nuevo montaje.

Para Brook, el público es una de las partes más importantes de su trabajo. Gracias a él y a su constante experimentación en escena, ha pasado de las formas más barrocas a decantarse en la sencillez, donde acude a elementos mínimos para urdir sus mundos. “¿Sabe por qué triunfa el teatro, por qué ha vuelto la gente al teatro? Porque el teatro no trata de nada en concreto. Trata de la vida. Es la vida”, le dijo a Borja Hermoso en 2010.2

Y en esa misma entrevista, extensa y luminosa, había declarado que “el teatro no es el lugar idóneo para el debate”, frase que gustó tanto a los editores que la usaron como cabeza. “Porque eso sí: si no es experiencia compartida, no es teatro. Y sí, creo que ese matiz de realidad, de autenticidad, puede ser un argumento de por qué la gente llena teatros hoy. Eso y que la gente busca meterse en una sala de teatro para que le hagan pensar”.

Brook afirma que todos los involucrados en el hecho teatral, el público, los actores, los músicos, entran idealmente a un espacio cerrado que puede asemejarse a un cerebro: el teatro… Y concluye: “para mí, es un cerebro compartido”.

Reproduzco aquí una cita del director, que aparece en las últimas páginas de Fundamentos de la puesta en escena…, en la que habla de su legado artístico:

Nunca pienso en eso. La idea de alguien intentando reproducir lo que una vez hice me horroriza. Lo que me emociona es cuando la gente se me acerca en la calle, como a veces hacen porque piensan erróneamente que me he retirado, y hablan de alguna experiencia que ha permanecido con ellos. Ese es para mí el único legado real: la idea de que uno ha dejado una huella persistente en la memoria de las personas.
Al final, es todo lo que un director puede esperar a ser.

En la autobiografía de Oliver Sacks, En movimiento. Una vida, se puede encontrar la única fotografía, fechada en 1995, en la que este aparece con Peter Brook. Sacks está a la izquierda, Brook en el centro y el paciente con síndrome de Tourette, Shane Fistell, a la derecha. Todos sonríen de frente a la cámara, pero hay algo de fragilidad y a la vez fuerza en la foto: Fistell parece sostenerse de Brook, quien lo abraza y toma su mano; Brook luce arqueado ligeramente sobre el neurólogo y los tres, con algo que parece ser un bosque de fondo, suman una postal poderosa que puede conjugar arte, ciencia, neurología, complicidad, calma. Quizá tres cerebros compartidos, tres humanidades arrebatadas por sus propios demonios, nadando en las zonas abismales de la mente.  ~

1 Rosana Torres, “Peter Brook: El funambulista octogenario en la cuerda floja”El País, 10 de julio de 2013.

2 Borja Hermoso, “El teatro no es el lugar idóneo para el debate’. Entrevista con Peter Brook”El País Semanal, 18 de abril de 2010.

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JUAN MANUEL GARCÍA BELMONTE es director de escena, ensayista y dramaturgo. Ha publicado en Tierra Adentro, La Tempestad y Paso de Gato, entre otros. Es autor del libro de cuentos Te veo en el restaurante (Ediciones La Rana) y fundó la editorial independiente Cosa de muñecas, dedicada a la publicación de narrativa, dramaturgia y ensayo sobre arte contemporáneo.

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