Del diario como arte

En el escritor, el diario cumple diversas funciones: puede ser un registro personal y cotidiano, pero también una cava de ideas y un laboratorio creativo. En Elizondo, el diario cumple todas las funciones posibles y lo lleva a cultivar diversos subgéneros del mismo: por ejemplo, sabedor de que en cada etapa del día se percibe […]

Texto de 18/06/17

En el escritor, el diario cumple diversas funciones: puede ser un registro personal y cotidiano, pero también una cava de ideas y un laboratorio creativo. En Elizondo, el diario cumple todas las funciones posibles y lo lleva a cultivar diversos subgéneros del mismo: por ejemplo, sabedor de que en cada etapa del día se percibe […]



Del diario como arte

En el escritor, el diario cumple diversas funciones: puede ser un registro personal y cotidiano, pero también una cava de ideas y un laboratorio creativo. En Elizondo, el diario cumple todas las funciones posibles y lo lleva a cultivar diversos subgéneros del mismo: por ejemplo, sabedor de que en cada etapa del día se percibe el mundo de manera diferente, escribe diarios diurnos, vespertinos y noctuarios, así como también diarios íntimos, cuadernos de apuntes, dibujos y escritura. De hecho, en Elizondo el diario es registro amplio de vida, pero también de muerte, como el diario que llevó durante su enfermedad terminal. La profusión de sus diarios implica una auténtica religión grafógrafa y, si se contrasta con la economía de sus libros publicados, corrobora que las obras maestras son precedidas de una abundante y pertinaz obra negra.

Diarios 1945-1985, publicado en diversas entregas en Letras Libres, es una selección de sus más de ochenta cuadernos personales, abarca cuatro décadas y presenta instantáneas de Elizondo, desde que era casi un niño, pero ya seguro de su vocación creativa, hasta que fue un escritor maduro, en plenitud de condiciones. El libro está organizado en doce apartados cronológicos. Comienza cuando el adolescente cumple su noviciado en un internado en el extranjero y registra su malestar, sus enamoramientos juveniles y sus ambiciosos proyectos artísticos e intelectuales, que son los de un renacentista capaz de decir, con delicioso tono de candor y desafío: “el lirismo es para los tontos, sólo me gustan tres cosas: la física matemática, la astronomía y las mujeres”.

Los diarios siguen con la primera etapa de Elizondo en México y sus tribulaciones entre sus vocaciones artísticas y las exigencias familiares. Continúan con el largo peregrinaje y aprendizaje en Europa, su dedicación a la pintura, sus descubrimientos estéticos, sus amores y, sobre todo, su formación y asimilación tanto de lo clásico como de la novedad, tanto de la tradición como de la vanguardia. Se prosigue con su regreso a México, su establecimiento familiar y su decantación por la vocación de escritor. Los últimos apartados se refieren al escritor consagrado de sólida disciplina creativa que comienza a hacer sus balances nostálgicos de pérdidas familiares y que encuentra en la escritura y el vínculo filial un bálsamo y un aliciente.

Si bien los diarios de Elizondo retratan una trayectoria única e inimitable, también implican, de paso, un retrato de época: una época dorada del arte mexicano, entre el inicio de la década de los cincuenta y el trauma del 68. En efecto, Elizondo y sus amigos evocan una etapa definitiva en la vida moderna del país, cuando se liberan simultáneamente las mentes y las costumbres, cuando hay una comunicación auténtica y espontánea entre las diversas artes y cuando los artistas reclaman, al mismo tiempo, el mayor rigor y exigencia en la creación y el hedonismo y la libertad en la vida política y social. Una etapa, pues, en la que los artistas practican la profunda correspondencia entre sus disciplinas y proclaman, sin evadirse de la realidad, su autonomía de las consignas ideológicas o pedagógicas. Esto permite aludir a otra faceta de Elizondo, que es la del observador lúcido de su entorno, un intelectual con la dosis de altruismo y conciencia para percibir y conmoverse con la injusticia social, pero también con la dosis de escepticismo y sentido común para evadir dogmatismos y quimeras ideológicas.

Los extractos del diario van acompañados de una abundante iconografía. Sin duda no es fácil abordar, seleccionar y anotar un acervo de materiales como éste, que revela la intimidad pero también el proceso creativo, que hace alusión a la vida cotidiana pero también a las obsesiones y pensamientos más perdurables. Por eso, vale la pena ponderar la sobriedad que permite que esta selección brinde una perspectiva balanceada de las muy distintas facetas: el artista adolescente e insumiso, el joven Don Juan, el intelectual activo, el escritor de culto, pero también el hombre de familia o el aficionado al box. El equilibrio es fundamental: por ejemplo, no es un libro tacaño en revelaciones personales y alude a la vida amorosa de Elizondo, pero no es un libro donde los mirones puedan solazarse. Igualmente, registra algunas expresiones controvertidas sobre personajes de la época, pero su valor no está en la polémica ni en el chisme.

Los apuntes, las cartas, la iconografía elizondiana forman un riquísimo material que nos introduce a su intimidad, pero, también, a lo más importante, su fábrica creativa. De hecho, el sutil hilo narrativo que se logra construir con los extractos del diario, las anotaciones de Lavista, las fotografías y otros testimonios, permite abordar este libro no sólo como un documento imprescindible de la historia literaria, sino como el fragmento de la novela de formación de una de las mayores inteligencias creativas de su tiempo. ~

Salvador Elizondo, Diarios 1945-1985, prólogo, selección y notas de Paulina Lavista,

curaduría editorial de Gerardo Villadelángel, FCE, México, 2015.

* Fotografía de Francisco Daniel

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ARMANDO GONZÁLEZ TORRES es poeta y ensayista. Publica en diversas revistas y suplementos del país y el extranjero. Ha ganado premios como el “Gilberto Owen” de poesía y el “Alfonso Reyes” y el “José Revueltas” de ensayo. Es autor, entre otros, de cinco libros de poesía, de los ensayos ¡Que se mueran los intelectuales! y Las guerras culturales de Octavio Paz, y de los libros de aforismos Sobreperdonar y Salvar al buitre.



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