Bajo el cielo de febrero

A Mariano Las estrellas están encendidas con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día. Antoine de Saint-Exupéry Ni ruido, ni olas. La muerte de Mariano Alfonso Flores Castro, el 5 de febrero de 2014, pasó calladita, como en lo oscurito, casi inadvertida. Le sorprendió en la calle, bajo el firmamento […]

Texto de 23/05/16

A Mariano Las estrellas están encendidas con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día. Antoine de Saint-Exupéry Ni ruido, ni olas. La muerte de Mariano Alfonso Flores Castro, el 5 de febrero de 2014, pasó calladita, como en lo oscurito, casi inadvertida. Le sorprendió en la calle, bajo el firmamento […]



A Mariano

Las estrellas están encendidas

con el fin de que cada uno

pueda encontrar la suya algún día.

Antoine de Saint-Exupéry

Ni ruido, ni olas. La muerte de Mariano Alfonso Flores Castro, el 5 de febrero de 2014, pasó calladita, como en lo oscurito, casi inadvertida. Le sorprendió en la calle, bajo el firmamento de México cobijado por los cielos de invierno. Su partida me cimbró aún más porque lo anunció con precisión en Desierto atestado: “Cuánto mejor la vida andando/ que la hórrida muerte en una almohada”. Como todo gran poeta, no solo se anticipó al futuro —lo predijo. Se casó tres veces: con Virginia Sánchez Navarro, María Ángeles González —con quien tuvo dos hijos: Antonio y Gabino, los mayores— y con Lorena Crenier, con quien tuvo al benjamín, Juan Julián. Su última compañera fue la actriz Isabel Benet. A sus 64 años y un Leo clavado, no soportó la cirugía a corazón abierto que le fue practicada en diciembre de 2013, después del primer infarto. La operación dejó una huella como si le hubieran extirpado en la piedra de sacrificios el órgano vital con el cuchillo de obsidiana.

Como sucede con la gran mayoría de los poetas, el destino, la muerte, el amor, la traición, el poder, la belleza, Dios, el arte, la vida y sus incógnitas son algunas de las preocupaciones e inquietudes recurrentes a lo largo de su obra. Sin embargo, Mariano va un paso más allá, pues lejos de la reflexión sobre el mundo y las cosas, las vive para sí y para otros —y con pasión desmedida. El escritor se convierte en un concienzudo explorador de las emociones desbordadas y desbordantes —las constructivas y las destructivas, pero nunca mediocres— y las amasa para dar contenido y forma a sus poemas. A la manera de los poetas malditos había que vivir siempre al filo de la navaja, llevar al límite la geografía y la naturaleza de la experiencia, rebasar los territorios del éxtasis natural o provocado, más allá de los sentidos y sus confines. La narrativa poética de nuestro autor estira las aristas de la dulzura, de la perversidad y del amor, de la riqueza y el hambre —la lucha permanente de contrarios aflora en sus textos, permitiendo que el lector profano y el entendido disfruten sin zozobra la elocuencia de su pluma voluptuosa y exuberante enriquecida por su vida en el extranjero. Tuvo importantes cargos diplomáticos. Fue agregado cultural de las embajadas de México en Costa Rica, Suiza y en la delegación permanente de México en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en París. En ese periodo fundó en la Ciudad luz su editorial Colección Imaginaria, donde publicó en 1976 Al margen, de José Emilio Pacheco.

De manera solitaria y firme, nuestro poeta fragua su poesía como si arrojara un búmeran a puntos certeros en el universo y este los lanzara de regreso al tirador cósmico. Así de precisos son sus textos: “Y la medida del mar/ es un acto de amor que Dios nos da/ para alejar a los monstruos de la razón”, nos dice en “Temporal”. En “Fray Servando o la fuga sin fin”, lapidario descubre el rostro de la traición: “el hombre envainado en la tierra, sólo un áspid/ en espera de las más encendidas analogías./ El que navega en un paraíso con fragilidad de piragua/ sin advertir las manos de sus verdugos agitando las olas”.

Los demonios

Mariano era una síntesis peculiar: caballero novohispano de día y pirata perdido de noche. Apolo y Dionisio en el corpus de su humanidad y de sus poemarios; dos fuerzas que tiran con la misma intensidad: ahí radica el motor de su vida, la poética de su ser en el mundo. Eros y Tánatos; Shiva y Kali; Tlaltecuhtli —vida y muerte en una misma deidad nocturna; celebración y duelo que se agitan en las profundidades de sus mares y lagos, habitados por monstruos del agua contra los que lucha con nobleza. Y por supuesto no pocas náyades y nereidas con quienes, casi de manera invariable, nuestro poeta consuma sus deportes eróticos. Escribe en “Autorretrato como un océano”: “No sé qué vastos espejos pulidos por el oleaje del alma trozan hoy mis ojos como queriendo borrar las cartas de navegación que me llevarían hasta los muelles de la infancia, allá en el cálido cuenco en que la vida era una circunstancia sin un yo preciso, donde era posible el viento y las emociones batían alas de brisa matinal contra los huracanes desdichados”. Y concluye diciendo: “Las sirenas guardarán silencio, pero la barca de este océano seguirá de largo y un oleaje especular cubrirá los nombres falsos que he tenido”.

Bien vestido, con blazer de Harrods, atractivo, de conversación inteligente y simpático, era suertudo con las mujeres. Pienso que ser esposa del poeta debió ser un nombramiento y un cargo difíciles de llevar a cuestas de manera cotidiana. Nos dice en “Liber”: “Hay que vivir un gran amor todos los días,/ el mismo, nuevo, diferente, como nunca, tal vez;/ muchos besos dan vigor al cuerpo y mantienen despierto./ Si el amor no llama por teléfono, hay que buscarlo,/ ir a despertar su deseo, hacerle cosquillas en la oreja,/ emborracharlo de vigilias, llenarlo de mermelada./ Hay que olvidar a la policía y hacer el amor/ en las calles más transitadas, en los parques […]”. Y el poema sube de intensidad un peldaño más: “Un gran amor todos los días, hay que vivir sin reglas, / en hoteles o en antros, en la tina o en la escuela, […]”. El poema está dedicado a sus hijos Antonio y Gabino.

Flores Castro podía ser muy complicado y complejo, atribulado y gozoso, diabólico y hasta peligroso, pero a la vez sublime. Era ángel y demonio, luz y negrura abismal. Lo odiabas o lo querías —no había medias tintas ni tonos de gris; era tu amigo o tu enemigo. Frente a esta personalidad tan claramente dual que lo empezó a dominar de forma maniquea y saturnina y que empeoró a medida que avanzaban los años y los vicios, brota con aroma a césped recién cortado poesía de dulzura infinita como “Sé la gacela”, que dedicó a su esposa María: “Sé la gacela de mis saltos vitales/ Sé la ráfaga en que me torbellino/ Sé lágrima de risa y triza de mi tristeza/ Sé mi ama dada en prenda amada/ Sé tuya más que nunca conmigo/ Con éste que no sabe decir nada”. Y otro más, “Volver a verte”, donde el poeta nos ofrece un poema minimalista (en el arte como en la vida, lo más difícil es lograr la complicada sencillez). En tres versos nos dice todo lo que es posible expresar y sentir cuando regresa la amada y ella aparece como el sol que explota después del aguacero, como en una tarde de toros: “Volver a verte/ no volver a verte/ verte volver”.

Julio Cortázar dice que lo fantástico se ejerce a través de un estiramiento del tiempo. La economía de imágenes y su desarrollo en los ciclos y las fases de algunos poemas de Flores Castro también nos entregan en las manos cuentos singulares. Narraciones en las que crea y recrea mundos fantásticos y atmósferas de originalidad inspirada que terminan con cierres magistrales, como se lee en un fragmento de “Bolero 2”: “Sin tus ojos/ los libros vuelan por el aire/ y las letras impresas/ —esas moscas—/ se me suben al corazón”. El poeta fue ganador del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 1990.

Los dardos de la vida

Flores Castro se acercó y dialogó con muchos. Entre otros: Sócrates, Chuang Tse, Mallarmé, Borges, Picasso, Descartes, Rubén Bonifaz Nuño, López Velarde, Malraux, Gelman, Chopra, Tàpies y Paz. Y baja de la cumbre del Parnaso para abordar al hombre común —el humilde tipógrafo, quien se suma a su preocupación y ocupación poética. El escritor reconoce la magnitud de su oficio que de tan grande se vuelve invisible. Habla el poeta en “Al maestro tipógrafo”: “En la forma precisa de estas letras/ que la máquina pica ante tu vista/ quedas también formado. Tras los signos/ de estos sueños ajenos/ están tus propios sueños. Si descubres/ una falta que alcance a transformarlos,/ dótalos con tus signos y procura/ que no riñan —que jueguen— con los míos./ Yo tendría el mismo afán por los tuyos”.

Conocí al poeta a principios de los ochenta. Yo trabajaba en el Museo Nacional de Antropología como titular del área de prensa y difusión. Sobrino de don Antonio Castro Leal, Mariano era asesor de Juan José Bremer, subsecretario de Cultura en esa época, entre otros cargos que ocupó como funcionario del Instituto Nacional de Bellas Artes y de la Universidad Autónoma Metropolitana. Llegaba con cierta regularidad a visitar a la arqueóloga Marcia Castro Leal, directora del recinto y su tía. Décadas más tarde colaboramos en varias iniciativas del Canadá indígena. Yo era agregada cultural de la embajada de Canadá en México cuando Flores Castro fungía como subdirector del Museo Nacional de las Culturas, bajo la dirección del antropólogo Leonel Durán. Mariano también fue mi editor. En coedición con Exile Editions de Toronto, Colección Imaginaria publicó mi tercer poemario, El colibrí del delta, en 2010, una joyita editorial diseñada por su hijo Gabino Flores Castro y González e ilustrada por Ed Pien, artista mayúsculo del país de la hoja de maple.

Recuerdo la presentación privada de su último libro, Mirar a ciegas, editado por Colección Imaginaria, en la bonita casa de Fernando Ortiz Monasterio, compadre de Mariano (quien era padrino de su hija Valentina), en la colonia Guadalupe Inn, en el verano de 2008. Distinguí a Eduardo Hurtado a lo lejos. Escuchamos la voz del poeta cerrando la noche despejada después de la lectura de Isabel Benet. La plaquette nos entrega a un poeta maduro en el otoño tardío de su vida, libre de las voces culteranas y esteticismos retóricos que encontramos en sus primeros textos. Su gran amigo de la preparatoria y de toda la vida, el poeta Marco Antonio Campos, aludía en una nota de reciente aparición a los años de adolescencia cuando Flores Castro era considerado “exquisito” entre el grupo. Por el contrario, Mirar a ciegas nos ofrece a un hombre aterrizado en el mundo que lo golpea y le lanza dardos de cianuro al alma y a la autoestima, fenómenos que también lo llevaron a la tumba. De manera afortunada, Colección Imaginaria sigue viva en las manos de Gabino.

Fraternidad singular

El cuarteto de Mariano Flores Castro, Víctor Manuel Mendiola, Luis Barjau y Rigel García fue inseparable por muchísimos años: una cofradía aplastante —brillantes, bien parecidos y escritores— menuda combinación de sacrés personnages que fueron partícipes de una época de experimentación literaria y artística en los ochenta. “La noche de las escrituras” en el Ex Convento de la Natividad en Tepoztlán, organizada por el poeta francés Serge Pey, dejó huella imborrable; como también las lecturas en voz alta con la música de Antonio Zepeda, el talentoso ejecutante de instrumentos prehispánicos. Hoy no son más que felices memorias de libertad creativa. Muchos se nos han adelantado. Parafraseo a Campos cuando dice: uno ya no ve los troncos caer en la cima, ahora se nos caen a los lados.

Con Mariano nos unieron décadas de solidaria amistad. Aparecerá bajo el sello de El Tucán de Virginia una antología que preparo. Aquí “Barrancas”, del libro Mirar a ciegas:

Las barrancas son madres, nos protegen

de agresores silvestres y huracanes. Son

bellas en su extendida forma abstracta

y en el trazo que a veces nadie capta

pero es el signo de resta del planeta.

Las barrancas son bellas porque juegan,

le hacen cosquillas a la tierra, van

desparramando su oquedad y, a la vez,

no podrían vivir sin las cimas que las ciernen

y les dan forma de alegría.

Las barrancas son cunas pequeñas

para gigantes recién nacidos,

estrías en la piel de un planeta niño.

La barranca del amor es única porque

pone a prueba la horizontalidad,

los sentimientos, las alianzas,

los credos, las promesas, las súplicas

y aquel virtuoso y fugaz beso abajeño.

Y de pronto caigo en la barranca del pobre,

su no–lugar para vivir, su no–lugar

para morir, su no–lugar para pensar,

cultivar, hacer el amor, escribir, ejercer

su derecho natural a estar distraído.

Pero la barranca más honda es uno mismo,

quebrado y hendido por el dolor, la risa loca,

el caos, la ignorancia, el miedo a no ser

el “alguien” que quería la abuela, el señor equis.

Y es que las barrancas no perdonan,

son los tajos certeros de los dioses

adornando la faz de los destinos.

En las barrancas no hay salvación.

Aquí sólo hay asfalto, patinetas, bicicletas,

zapatos de charol, ganas de triunfar

sobre la muerte antes de vivir la vida.

Y ahí vamos

llenando la cotidiana barranca que nos chupa

y así vamos

colmándola de caricias y aire y sueño y alas

tratando de sobrevolar,

inútilmente, la barranca final.  ~

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Poeta, comunicóloga e internacionalista mexicana, Claudia Solís-Ogarrio (Ginebra) es autora de Poemas al fresco (1987), del libro trilingüe Insomnios (2001) y El colibrí del delta (2010). Es promotora y gestora independiente de proyectos nacionales e internacionales de cultura, relaciones públicas y negocios.



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