Austeridad y eficiencia. Entrevista con Irvin Rojas

Platicamos con Irvin Rojas, economista que ha trabajado como consultor para el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación. Parte de su investigación se ha enfocado en la economía del desarrollo y los programas públicos. En esta charla abordamos la forma correcta de leer el término “austeridad”, los riesgos de no medir bien los recortes y lo que puede venir en un futuro cercano.

Texto de 02/07/19

Platicamos con Irvin Rojas, economista que ha trabajado como consultor para el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación. Parte de su investigación se ha enfocado en la economía del desarrollo y los programas públicos. En esta charla abordamos la forma correcta de leer el término “austeridad”, los riesgos de no medir bien los recortes y lo que puede venir en un futuro cercano.

A últimas fechas hemos escuchado cada vez con más frecuencia el término austeridad, ¿cuál es la diferencia entre austeridad y eficiencia?

Yo creo que son dos cosas diferentes. Están relacionadas pero podemos separarlas; una no es condición de la otra. La eficiencia se refiere, en términos económicos, a cómo usamos los recursos sin desperdicio. Hacer lo más posible, de acuerdo con lo recursos que tienes. Bien puede haber un gobierno grandote altamente eficiente, al menos en teoría. Por otro lado está la austeridad: en su forma más sencilla se refiere a gastar sólo en lo necesario. Tiene menos que ver con la restricción presupuestaria. Un gobierno puede ser austero y estar endeudado al mismo tiempo.

Ahora no estamos viendo propiamente lo que llamamos austeridad, sino un programa de reasignación de recursos. Es claro cómo se ha dado este proceso; un primer paso fue la propuesta y aprobación del presupuesto. Hay reasignaciones de gasto para fomentar el presupuesto de partidas que no habían sido favorecidas en los años previos, se terminan algunos programas, se crean nuevos, incluyendo aquellos prioritarios para el presidente, y se redujeron gastos en categorías consideradas demasiado onerosas. En la segunda etapa se aplicaron los famosos memorándums y órdenes directas, que consisten en entregar plazas, eliminar direcciones adjuntas y coordinaciones de asesores. Todo esto para reconocer que todo lo que se hizo en el presupuesto no fue suficiente y había que sacar recursos de otros lados para dirigirlo, de nuevo, a estos proyectos que se consideran prioritarios.

Esta reasignación del gasto, ¿cómo se relaciona con el crecimiento económico?, ¿por qué? ¿No deberían ir de la mano?

Ése es el punto central. La austeridad o esta reasignación por sí sola no van a asegurar el crecimiento. Al contrario, el gobierno está gastando apenas suficiente: hay un subejercicio de unos $100 mil millones de pesos que no se están gastando. Supongo que esto pasa por dos razones principales. Primero, cada nueva administración implica cambio de personal, de funciones y no empieza a producir a su máximo potencial de inmediato, como cualquiera que llega a un nuevo empleo. Sabíamos que esto pasaría, se trata de un ciclo de aprendizaje y de tomar las riendas de un asunto. La segunda razón, muy preocupante, es este énfasis de querer controlar todo, de decir que toda la lucha contra la corrupción pasa por centralizar las compras y las contrataciones, este “vamos a hacer que todas las decisiones queden en unas cuantas personas”. Es lo que está deteniendo el ejercicio. Es probable que muchos funcionarios y gente encargada de distribuir recursos tenga miedo de cometer alguna falta si los ejerce.

Hay, además, una tercera razón: creo que existe un problema de identificación de beneficiarios. Se incrementan las becas a los jóvenes y a las personas de la tercera edad, pero no está bien claro que se haya encontrado a quiénes iban dirigidos estos apoyos. En buena medida, están tratando de encontrar, puerta por puerta, quién va a ser beneficiario de un programa social. Esto contribuye a que el reparto de los beneficios sea más lento, en vista de que las partidas están presupuestadas. Hoy estos programas tienen una meta muy grande y hay presupuesto para esa meta, pero los avances hasta ahora son muy lentos y eso explica que no se haya utilizado todo el presupuesto específico.

Las medidas de reasignación van a tener efectividad en cuanto se puedan entregar esos recursos y en tanto haya inversión que genere crecimiento. El riesgo está en que esto no pase. Estamos en un contexto macroeconómico donde las previsiones de crecimiento apuntan a que éste será mucho más lento los próximos años. Un menor gasto del gobierno puede contaminar el gasto de las empresas que no tienen confianza para invertir o que piensan que el gobierno sólo va a invertir en sus proyectos. Esto puede tener un efecto negativo importante. Tienen que pasar muchas cosas para que [la austeridad y la redirección del gasto] funcionen, para que los recursos reasignados tengan efectos positivos en el crecimiento. Potencialmente los tienen, pero los requisitos para que así sea son muchos y el contexto mundial no ayuda.

Entonces lo que se llama ahora austeridad es, en realidad, reasignación del gasto, ¿cierto?

Vale la pena analizar el adjetivo que acompaña al término empleado en esta administración: austeridad “republicana”. Ésa es la bandera con la que el gobierno de López Obrador está haciendo recortes o reasignaciones. Tiene mucho sentido y valdría la pena recuperar qué significa “republicano”. Creo que esta palabra tiene una interpretación y un significado moral, que la austeridad republicana lleva necesariamente esta idea de juicio de valor de que se debe recortar el dinero que se “desperdicia” o se usa de manera ineficiente, para asignarlo en lugares donde parece que es más justo gastarlo. Se trata de devolverle a la política pública un sentido moral, eso es lo que domina en la austeridad republicana.

Esta concepción de austeridad no se parece a los programas de Thatcher, Reagan o De la Madrid. En la austeridad republicana sabiamente recae ese reconocimiento de que la política económica que se usaba en el pasado fracasó, lo que se llama neoliberalismo —el presidente se encarga de recordarlo cada mañana, a la menor provocación— ya se acabó.

¿Cómo se contrastarían “eficiencia moral” con “eficiencia productiva”?

La primera se refiere un poco a decir: “Bueno, tenemos una limitada cantidad de dinero. Hay gente que lo necesita mucho más que otra. Lo moral o lo adecuado es usarlo en ellos”. Creo que el gobierno ha tratado de sacar del discurso en general términos económicos “elegantes”. No los usan, no son parte del discurso porque han tratado de meter a la discusión pública otros conceptos que no aludan al neoliberalismo. No lo mencionan y ahora usan: “justicia”, “distribución” o “redistribución”.

¿Por qué no gravar a los ricos en vez de recortar bibliotecas y programas que apoyan a las madres?

La carga de impuestos para los estratos más altos no es comparable con la que tienen otros países más desarrollados, con mayor capacidad de recaudación, que financian programas [sociales] a través de esto. Pero lo que ahora estamos discutiendo entra en el paradigma neoliberal de “impuestos progresivos”. Son una especie de corrección de faltas, herramientas del neoliberalismo para problemas del neoliberalismo. Yo creo que, como parte de la estrategia y visión de López Obrador —que es construir un nuevo modelo económico, con un nuevo trato entre el gobierno y la sociedad— lo se busca es recalcar la premisa de que hay suficiente dinero y simplemente hay que gastarlo mejor.

Una de las reformas fiscales que debería suceder en los próximos años es justamente la que mencionas. Los más ricos no pagan mucho más impuestos que el resto y esto explica en parte por qué tenemos una sociedad tan desigual. Sin embargo, parece haber un compromiso para no aumentar los impuestos. No sé si eventualmente haya un reconocimiento de que no es posible operar todos los recursos pensados a través de los recortes. Esos recortes ya están llegando a su límite. Ya no hay más presupuesto para la rehabilitación de Pemex o para los proyectos de infraestructura como los trenes o la refinería. El mal uso de los recortes de la austeridad republicana acaba perjudicando sus propios propósitos.

Las medidas de austeridad que aplicaron Tatcher o Reagan no sólo son diferentes por el entorno económico en que ocurrieron. Son diferentes, sobre todo, por cómo se desmantelaron el resto de las relaciones entre el Estado y la sociedad. Además de los gastos en educación, salud y desarrollo social, estos dos personajes se caracterizaron por tratar de implantar el neoliberalismo al pie de la letra. Hubo una embestida contra los sindicatos al tiempo que se desregulaban los mercados, para dejar a los ciudadanos a merced de las corporaciones. Si López Obrador quiere diseñar y proponer un programa postneoliberal, éste deberá ocurrir necesariamente a través las capas medias de la sociedad, entendidas como los sindicatos, la sociedad civil y los partidos, no a pesar de ellas. Por eso, la austeridad republicana es al postneoliberalismo de López Obrador lo que la austeridad a secas es al liberalismo de Tatcher o Reagan.

¿Cómo afectan recortes como el del presupuesto ambiental la riqueza del país y las posibilidades de la gente de vivir bien?

Estoy destacando aquí los caminos o la lógica que yo le veo a esto y a su implementación. El diagnóstico del presidente es que había que barrer las escaleras de arriba para abajo, eliminar privilegios y que eso iba, automáticamente, a promover que llegaran los recursos y asignarlos a donde se necesitaran, un poco como en caricatura. Antes había programas claramente muy regresivos, le daban más dinero a los más ricos y no tenían sustento lógico, muchos de esos se eliminaron, pero también cosas necesarias como la protección al medio ambiente o algunos recursos para el combate de incendios forestales, por ejemplo. Esto se debe en gran parte a que está mal aplicada esta estrategia. Los recortes y las reasignaciones sí eran necesarios, pero su aplicación está afectando a grupos muy vulnerables, como las minorías. No deseo que lleguemos al punto crítico de reconocer que esta nueva vía para usar los recursos está fallando y me alegro de que se discuta y que se analicen los focos de atención.

¿Cuánto tiempo crees que siga esta tendencia y cuáles son tus prospectivas?

Una de las cosas positivas que tuvo la reorganización presupuestal es que antes parecía que no se podía meter la mano en el gasto. El gobierno de López Obrador ha dejado claro que es posible intentar cosas y no le quiero dar una connotación negativa a esto de “intentar”. El gobierno demostró sus capacidades para ejercer y por supuesto para llevar a cabo esta reasignación o austeridad. Esto va a tener una inercia muy poderosa este año y me gustaría que al mismo tiempo se reconociera y se valoraran las expectativas y el hecho de que hay programas y estrategias de infraestructura, sobre todo los trenes y la refinería, que son gigantescos y necesitan un gran periodo de maduración para que el impacto deseado se refleje en la economía.

Una de las cosas que dará pie seguramente a una rectificación es que tenemos una perspectiva no muy halagüeña en términos de crecimiento. Ya lo sabíamos desde hace un año. Ya tenemos un trimestre de decrecimiento,

es muy probable que terminemos el año cercanos a un crecimiento muy raquítico y es imposible realizar los planes con un crecimiento tan pequeño.

Hay muchos ejemplos de lo que está pasando ahora con la reasignación del gasto. Por ejemplo, al darle dinero a los padres para que construyan escuelas y a las madres para que decidan a qué guardería llevan a los niños, ¿no está renunciando el gobierno a los controles que debería de tener?

Una de las razones por las que tiene sentido que el gobierno gaste e invierta en ciencia, cultura e infraestructura es porque si no lo hace el gobierno, no lo va a hacer nadie. El gran negocio es hacer caminos y carreteras que conecten los aeropuertos y las ciudades, pero nadie quiere comunicar las ciudades con los pueblos. Ahí tiene que entrar el gobierno. La educación es otro ejemplo. El beneficio no es sólo del niño, la serie de beneficios va más allá de los niveles de educación y del dinero que se gaste. El problema más grave es que reduciendo el gasto en estos rubros, que son altamente delicados, corremos el riesgo de que nadie invierta en ellos o que accedan a ellos sólo quienes son capaces de pagarlos. La gente que puede pagar una guardería privada seguramente será una minoría. Y, al parecer, para la mayoría de las personas no va a haber guardería si no la provee el Estado.

Eso amplía la brecha entre ricos y pobres.

Exacto. Tiene un efecto contrario a lo que se quería combatir. Lo positivo es que tenemos este [tema del gasto] otra vez en la mesa. Se discuten los programas de organización de gastos y en esta discusión hay quienes están en contra de las nuevas medidas y también aquellos que soñaban con ellas. Las estancias, los centros de protección de mujeres violentadas, la pensión para adultos mayores, esta discusión deja muy claro que son cosas que necesitamos. EP

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