Atractores extraños: Tampoco Pekín existe

Columna mensual

Texto de 12/07/19

Columna mensual

A pesar de que se descubrieran las ruinas de Herculano bajo las cenizas, unos pocos años sepultan las costumbres de una sociedad más rotundamente que todo el polvo de los volcanes. Barbey d’Aurevilly

El reverso de China es China misma. Su negación no está del otro lado del mundo, sino en su interior. El acto fundacional de su historia es la abolición del pasado y, a partir de entonces, cada dinastía, cada nuevo gobierno ha soñado con la quimera del recomienzo, con la pureza engañosa de la tabula rasa. Antes de China está la abjuración de China: su borradura. Lo que viene después es siempre el gesto de darse la espalda a sí misma. La ilusión máxima del contorsionista. Voltear de revés las cosas hasta encontrar su límite. Hasta casi quebrarlas. Romper con todo lo que ha sido. Incendiar el pasado y el recuerdo del pasado y comenzar desde un quimérico grado cero.

Si el primer emperador chino, Shih Huang Ti, ordenó la escrupulosa quema de los libros y pergaminos anteriores a él, para así reescribir la historia nuevamente, el furor iconoclasta de la revolución cultural en la segunda mitad del siglo xx no hizo más que reiterar el celo aniquilador, el afán —o quizás el rito— de cortar de tajo con el pasado. No sin cierto regusto a paradoja es algo parecido a lo que se intenta desde hace cuatro décadas, a partir del renovado sable de fuego de Deng Xiaoping y sus reformas privatizadoras, con la economía de mercado del llamado “milagro chino”, esa apertura al libre comercio y al capitalismo salvaje al estilo del dragón, en que la gran pujanza tecnológica y el crecimiento económico van de la mano de grandes desigualdades sociales y jornadas de trabajo no muy distintas de la esclavitud… En China, volver a empezar forma parte de una tradición milenaria.

Nunca he puesto un pie en China. Escribo desde la ensoñación de un país que arrastra sus decapitaciones y fantasmas. He leído que tampoco Boris Vian, autor de El otoño en Pekín, estuvo en China, ni tampoco Max Frisch, quien publicó Mi o el viaje a Pekín. Y a decir verdad ni siquiera los protagonistas de sus novelas llegaron finalmente a Pekín. La ciudad imperial era el propósito de sus respectivos viajes, la parada última, el oasis al final del ensueño, y nunca llegaron. Quizá porque China, para Occidente —incluso desde uno de los arrabales de Occidente— equivale a un espejismo. Representa aquello que está más allá, al otro lado del mundo. En el reverso o incluso en las antípodas. Lo que para la imaginación debe permanecer a la distancia, como sustento de la lejanía y la extrañeza y la alteridad. China es lo inalcanzable, lo inasimilable, esa zona imposible a la que nunca llegaremos, aunque esté a tiro de piedra de un vuelo comercial. Aquella región remota apenas entrevista al final de una bocanada de opio.

Tengo mis dudas de que Kafka, que escribió el cuento “La construcción de la muralla China”, haya deslizado la palma de su mano sobre esas viejas piedras musgosas, laboriosamente apiladas, que tanto lo inquietaban. Y quién sabe si Ezra Pound o Salvador Elizondo, atraídos por las posibilidades poéticas que rigen el funcionamiento de los ideogramas, siguieran las huellas de Chuang Tzu más allá de las gastadas páginas de las enciclopedias. Borges, que en un sugestivo ensayo quiso dilucidar el misterio, la contradicción obsesionante de por qué un solo hombre, Shih Huang Ti, dispuso que se prendiera fuego a todos los libros y al mismo tiempo mandó construir la muralla, la casi infinita muralla, contra la cual ninguna dinastía o decreto o guerra ha podido nunca, se refería a China como aquellas “tierras que no veré” (en tiempos, desde luego, en que aún la ceguera no se cernía sobre él).

Y no hay que olvidar que una respetable sarta de historiadores y sinólogos ha puesto en duda que el propio Marco Polo hubiera visitado Cambaluc, nombre que recibía Pekín durante la dominación mongola. Pues da qué pensar e invita a la suspicacia que, en sus relatos, el veneciano no mencione jamás el té, ni los pies vendados y constreñidos de las mujeres conocidos como “lotos de jade”, y mucho menos la Gran Muralla, que aun cuando por aquellos tiempos estuviera en desuso, abandonada a su suerte, erosionándose bajo la sonrisa del yugo de Kublai Khan, habría debido impresionar al viajero por su vastedad apabullante, por su estado ruinoso e incluso por su misma obsolescencia. Y si es verdad que Marco Polo introdujo en Italia la pasta, la ahora omnipresente pasta, trayéndola del otro lado del mundo y extendiendo la larga estela de los fideos desde el Oriente hasta el Mediterráneo, resulta curioso que tampoco se detuviera a reseñar en ninguna página de Il Milione el uso de los palillos chinos… Demasiadas omisiones para un viajero tan perspicaz y observador como él, que acaso se limitó, vagando por los desiertos de Oriente Medio, pero sin completar jamás el trayecto que lo llevaría a Cambaluc, al viejo arte de soñar y adivinar China.

No he puesto un pie en Pekín, ni me he perdido en sus serpenteantes y lúgubres callejones —los hutongs— en los alrededores de la Ciudad Prohibida, alguna vez atestados de fumaderos de opio y de santuarios para la prostitución, pero es que hoy nadie puede llegar a Pekín, al menos a aquel Pekín. No se trata simplemente de que ahora, como para enfatizar que de nueva cuenta se ha arrasado con el pasado, Pekín se llame Beijing (pero, a todo esto, ¿quién de verdad la llama así?), sino que los hutongs, con todo lo que incluían o representaban, han sido sistemáticamente demolidos, con especial espíritu “purificador” y “modernista” atizado por la realización de los Juegos Olímpicos en 2008, dando lugar a grandes avenidas y pasos a desnivel y rascacielos pulcros y funcionales. Y si todavía queda alguno, si todavía alguien puede perderse en alguno de esos callejones que imitaban la cola serpenteante y enigmática de un dragón, es porque perdura como escenografía turística, como una sucursal a domicilio de Disneylandia en versión oriental, quizás incluso con profusión de souvenirs de Kung Fu Panda, esto es, como monumento o dudosa reserva de lo pintoresco pero ya milimétricamente abolido.

La postal que ya se antoja permanente de una ciudad invadida por grúas, por estadios en construcción, por escombros y cimientos, sumida por completo en la fiebre edilicia, apenas entrevista bajo una nata espesa de humo y polución, en la que el sol sale y se pone en el horizonte sólo porque es transmitido en grandes pantallas, poco tiene que ver con aquella ciudad después de todo no tan remota en la que se aventuraban los eunucos del palacio en sus días de asueto, en peregrinación silenciosa hacia el santuario de los hombres diezmados. O con la aún más reciente ciudad de mansiones y jardines que recorrían bamboleantes las mujeres de clase alta, los pies todavía vendados, algunas calzadas con los imposibles zapatos de plataforma de la nobleza manchú. Tampoco tiene que ver con las disciplinadas calles que vigilaban las brigadas comunistas, ataviadas con sus obligatorios cuellos mao, prestas a la arenga o al canto militante o a una elaborada demostración de calistenia. Y ya casi no guarda relación con la ciudad que escuchó, conteniendo el aliento, las pisadas de un hombre solitario en el momento en que se plantaba y hacía frente a un tanque de guerra en la plaza de Tiananmen.

Todas esas ciudades ya no persisten, ni siquiera a la manera de las cajas chinas, unas adentro de otras, ocultas pero latentes y secretas. Han desaparecido. La Ciudad Prohibida, alguna vez eje del universo, que en tiempos de Qianlong (siglo xviii) fue sede del imperio más vasto y rico de la Tierra, hoy ha sido reducida a un museo, a una muda y gigantesca maqueta de sí misma. Sobreviven si acaso sus pagodas y sus fastuosos pabellones; están allí, alineados rigurosamente con la estrella polar, pero toda China los niega y les da la espalda, con un gesto enfático de desdén y acaso de vergüenza. El último de los eunucos, Sun Yaoting, que siendo muy joven sirvió dentro de esas murallas al último emperador, Puyi, murió hace no tanto tiempo, apenas en 1996, y sin embargo, hacía ya décadas que se había convertido en una reliquia, en un incómodo emisario del pasado, de ese pasado lejanísimo pero inexplicablemente próximo que a toda costa se quería superar.

Ni el célebre pato laqueado, ni la ópera, ni el postre de castañas, ni los exuberantes funerales blancos de Pekín, ni los dragones del año nuevo lunar tienden un hilo de continuidad entre las ciudades negadas y la ciudad contemporánea. Pese a la impresión de abigarramiento y sobrepoblación y caos, pese a tantas imágenes de agitación, éxito y vitalidad, de bullicio, degradación ecológica y a veces desenfreno, ya no únicamente en bicicleta, sino en Ferraris y Porsches, al interior de Pekín sólo parece haber cajas vacías que resguardan más y más cajas vacías que sólo protegen su nada. Pekín es ya una ciudad imaginaria.

La nostalgia es el opio de Occidente. El viejo Pekín, que hojeo necesariamente en un libro, Old Beijing: In the Shadow of Imperial Throne, y releo en las espléndidas memorias de David Kidd, Historias de Pekín (traducidas en fechas recientes por Manel Ollé para Libros del Asteroide), sólo existe en las brumas de nuestra necesidad de fijeza. Si Pekín ya no existe es porque nunca se situó fuera del tiempo, tal y como correspondería a nuestra imagen de cartón del lejano Oriente. No era parte de esa exótica ucronía de emperadores sabios y gran refinamiento que tanto nos hemos empeñado en construir para inmovilizarla, para asirla en su diferencia, a la manera de una fría ciudad de porcelana; no era parte de esa estampa acartonada rica en diálogos dignos del I Ching y aromas embriagantes y platillos sofisticados que hemos pretendido mantener al resguardo de todo cambio y flujo, de toda contaminación cultural o “traición”, a fin de que no subvierta nuestras idealizaciones, nuestros esquemas pacatos, una sed de pintoresquismo más que de otredad.

Pekín, como era de esperarse, fiel a su propio impulso, siguió creciendo, devorándose, devastándose, hasta ser suplantada, como todo en China, por ella misma. Pekín, la ciudad en la que nunca puso un pie Marco Polo, Pekín, “adonde nunca podré llegar”, como anota en la última línea de su novela Max Frisch, no era más que el vago fulgor de lo lejano. Un rumor pertinaz, proveniente del otro lado del mundo, cuya Ciudad Prohibida fue considerada durante siglos como el eje del universo. Y hoy tampoco existe. EP

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