ATRACTORES EXTRAÑOS: La biblioteca paralela

Al menos desde Gargantúa y Pantagruel, la astucia de postular libros inexistentes se ha extendido como una fiebre en el arte literario, y hoy la montaña de libros-que-nunca-nadie-ha-abierto ha crecido tanto que alcanzaría para formar una biblioteca considerable, por fuerza fantasmal y sin peso. Encabezada por las bromas oblicuas pero perdurables de Rabelais: el Modo cacandi de Tartaretus, […]

Texto de 22/11/17

Al menos desde Gargantúa y Pantagruel, la astucia de postular libros inexistentes se ha extendido como una fiebre en el arte literario, y hoy la montaña de libros-que-nunca-nadie-ha-abierto ha crecido tanto que alcanzaría para formar una biblioteca considerable, por fuerza fantasmal y sin peso. Encabezada por las bromas oblicuas pero perdurables de Rabelais: el Modo cacandi de Tartaretus, […]



Al menos desde Gargantúa y Pantagruel, la astucia de postular libros inexistentes se ha extendido como una fiebre en el arte literario, y hoy la montaña de libros-que-nunca-nadie-ha-abierto ha crecido tanto que alcanzaría para formar una biblioteca considerable, por fuerza fantasmal y sin peso. Encabezada por las bromas oblicuas pero perdurables de Rabelais: el Modo cacandi de Tartaretus, y el Ars honeste petandi in societate de Maitre Hardouin de Graetz, de títulos tan escatológicos como quizá necesarios, hasta llegar al libro de arena concebido por Jorge Luis Borges, ese volumen múltiple e infinito que cada vez es nuevo y otro, la Biblioteca Fantasma, la Biblioteca de los Libros que Nunca Tuvieron Lugar, en caso de existir sería una de las más visitadas del orbe, así sea porque incluiría el Necronomicón, ese libro maldito empastado en piel humana que H. P. Lovecraft hizo pasar por real en muchos de sus relatos y que quizá sea el libro que más se ha buscado en vano a lo largo de la historia.

De los tres ensayos que conozco consagrados a materia tan elusiva, sólo uno fue escrito originalmente en español, y es alrededor de él que me detendré en estas páginas, no sólo porque es el más pormenorizado y amplio, sino porque recoge y compendia, con amenidad y distancia crítica, los hallazgos de sus predecesores, en particular de los ya muy estudiados Libros imaginarios y bibliotecas fantasma, de Walter Hart Blumenthal, y Algunas bibliotecas que no hemos visitado, de Edwin H. Carpenter.

La biblioteca paralela (Muñeca Rusa Editores, Rosario, 2016), de Abelardo Reséndiz, se abre con una suerte de postal —en realidad una página desprendible—, que sirve tanto de separador como de recordatorio y de epígrafe móvil, en la cual, a manera de auténtico amuleto de papel, de contraseña mil veces fotocopiada o transcrita a las puertas del castillo de la metaliteratura, se cita a Borges:

Desvío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros, el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.

Ya desde la primera página, Reséndiz se apresura a delimitar el territorio de sus investigaciones bibliófilas, que no debe confundirse con el del universo aún más vasto de los-libros-que-sólo-existen-en-libros, el cual también comprendería los libros perdidos o eliminados de la faz de la Tierra o cuyo único manuscrito fue arrojado al fuego (las obras completas de Aristipo, el filósofo del placer; las quizá escandalosas y quizá repetitivas Memorias, de Lord Byron; la segunda parte de Almas muertas, de Gógol), pero también los libros hipotéticos, aquellos que no se ha podido determinar si en efecto se escribieron (el segundo libro de la Poética de Aristóteles, cuya posibilidad fascinó a Umberto Eco; la obra en proceso que todas las noches desvelaba a Juan Rulfo tras la publicación de Pedro Páramo; y ya ni se diga el populoso limbo de libros nonatos, de los que están llenos los cajones y cuadernos de notas de los escritores, condenados a permanecer como larvas suspendidas en ámbar). En contraste, la Biblioteca Paralela que ha reunido Reséndiz se compone de libros deliberadamente imaginarios, “ficticios”, ajenos al rito de pasaje de la materialización, y que un autor, por haraganería o divertimiento o búsqueda formal, simula haber leído o al menos avistado en algún desván, para dar cuenta de ellos mediante reseñas apócrifas, prólogos juguetones o citas veladamente falsas.

Es difícil ponderar si falta algo en este vasto mosaico de libros imaginarios o si, arrastrado por el vuelo de lo inexistente, el autor ha condescendido a abrir un resquicio, como quien abre un paréntesis irresistible, a metaficciones de su propio cuño. Están los libros inexistentes más célebres, cuyos lomos se recorren con la nostalgia de lo que nunca vendrá, y, desde luego, las vastas bibliotecas fantasma que concibieron en primer lugar Rabelais y John Donne; está el Manual práctico de apicultura que Sherlock Holmes habría redactado en su retiro campestre, y las obras cerebrales y astronómicas de su enemigo acérrimo, Moriarty; están los evangelios apócrifos que Apollinaire describe en El heresiarca, en los que Dios y el Espíritu Santo habrían sido crucificados, acusados de ladrones, al lado de Cristo; también un análisis de El Libro —Teoría y práctica del colectivismo oligárquico— de Emmanuel Goldstein, señalado por el ojo implacable del Gran Hermano de 1984, de Orwell, así como una revisión somera de los libros jamás escritos que juegan algún papel en la ciencia ficción y las novelas distópicas. Por supuesto están, a manera de espectros que recorren casi cada una de las páginas, Borges y Lem, “El jardín de senderos que se bifurcan” y Vacío perfectoFicciones Magnitud imaginaria, y todos los libros que soñaron Carlyle y Butler, Stevenson y Machen, Philip K. Dick y Lovecraft, Italo Calvino y Roberto Bolaño, pero que no se molestaron en escribir. Asimismo, un número insospechado —y en cierta manera sospechoso— de rarezas de todas las épocas, que dotan al libro de una densidad desaforada, que rebasa o reduce al absurdo la simple tentación enciclopédica.

En cuanto ardid, en cuanto truco de prestidigitación literaria, la postulación de libros inexistentes ha corrido con diversa fortuna, pero incluso si su vuelta de tuerca es demasiado evidente o inverosímil, si a veces han cumplido el torpe papel de libros ex machina, el autor los revisa con fervor e indulgencia. A partir de la conocida premisa de Lem: “cada libro es la tumba de otros, eliminados y desplazados por él”, no se cansa de abogar por la proliferación de los libros impalpables, que apenas ocupan espacio y son capaces de compendiar dinastías en un único párrafo. Leído de manera panorámica, La biblioteca paralela despliega tal vez un único argumento: la refutación de la tesis que afirma que las ideas no bastan, que la descripción o proyecto de un libro nunca estará a la altura de su ejecución, hoja por hoja, palabra por palabra.

El apartado sobre las obras imposibles es uno de los más notables y perspicaces. Aunque la invención de libros inexistentes ha sido calificada como un ejercicio de libertad “elevado al cuadrado”, pero también como una declaración de impotencia, un enrevesado consuelo conceptual de aquello que el propio autor no tendrá los arrestos ni la paciencia de completar, los libros imposibles se diría que justifican, por sí solos, ese llamado “nuevo género” milenario. El planteamiento de una obra que no podría existir, que está más allá de las fuerzas del hombre o desafía alguna frontera física, esquiva las insidiosas objeciones basadas en la incapacidad o la desidia como origen inconfesable de esta literatura: El ya referido libro de arena concebido por Borges, cambiante e interminable, o bien los libros-vivientes y los volúmenes-monstruo de tantos libros para niños: libros fantásticos en los que vibra el estallido de lo descabellado y la añoranza de lo que nunca podrá ser. El examen de El libro que nos escribe, obra de aires cortazarianos de Magdalena Carson, pero quizá redactada por Jorge Varlotta (el otro nombre de Mario Levrero), y en la que con tinta siempre fresca se registrarían, con segundos de anticipación, cada uno de los acontecimientos sobre la superficie del planeta, sugiere que se trata de —¿uno más?— de los deslices subrepticios del propio Reséndiz, con los que acaso busca orillarnos a una zona de ambigüedad en la que ya no es fácil distinguir en cuál nivel de la ficción nos desplazamos.

Esta última consideración me lleva a la que probablemente sea la mayor contribución del autor al tema inagotable de los libros imaginarios: el así llamado “vértigo de las cajas chinas”. A diferencia de los libros ordinarios, que pueden disponerse uno al lado de otro como naipes o apilarse como ladrillos, los libros inexistentes tienen la elasticidad suficiente para contener otros libros, y éstos, a su vez, más libros que nadie ha abierto jamás, en una escalera de irrealidad o puesta en abismo que luego es difícil desandar, pero que convierte a todo libro en una biblioteca potencial, en una biblioteca inagotable se diría dibujada por Escher. A partir del análisis de El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (en un mundo contrafáctico en que los alemanes y japoneses resultaron vencedores en la Segunda Guerra Mundial, los personajes leen un libro contrafáctico, La langosta se ha posado, donde se plantea la posibilidad de que los Aliados hayan triunfado, pero se describe un mundo sustancialmente distinto del que pisamos quienes leemos El hombre en el castillo), Reséndiz repasa una lista asombrosa de libros en que se pone en operación tal procedimiento y comenta, por ejemplo, que en Las celadas del minotauro, novela de un tal Arvo Lear, un personaje lee un libro imaginario en el que hay un personaje que lee un libro imaginario, en cuyo interior un personaje lee un libro imaginario y así hasta que al fin uno de los personajes, como quien se ha perdido en un trompe-l’oeil, lee un libro que se intitula La biblioteca paralela, una abultada historia de los libros inexistentes en la que se reseña por extenso Las celadas del minotauro, novela de un tal Arvo Lear.

Con todo y su juego de planos y el afán de columpiarse al borde de la impostura, La biblioteca paralela incurre en algunas incongruencias: se atreve a tachar al binomio Bioy Casares/Borges de demasiado cauto “y acaso una pizca cobarde” (más que parodias crueles, los libros delirantes que H. Bustos Domecq desmenuza en sus Crónicas serían genialidades desconcertantes que su autor bifronte no se atrevió a realizar “para no comprometer su carrera literaria”); y como si el propio Reséndiz no hubiera sucumbido a ella, arremete contra la “fácil desgana” de Enrique Vila-Matas y su arsenal de citas apócrifas y atribuciones falsas, procedimiento que redundaría en ligereza y arbitrariedad, antes que en libertad y audacia. Pero quizás el único reparo de consideración que podría hacerse a Reséndiz —en realidad un guiño borgiano— es que haya caído en la traición de escribir este libro sin igual, en vez de simplemente asumir que ya había sido escrito por otro, con lo cual inevitablemente eliminó y desplazó, a lo largo de laboriosos años, infinidad de libros latentes.  EP



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