Año fatídico para las letras novohispanas

En 1695 pasaron “a mejor vida” el jesuita Antonio Núñez de Miranda, sor Juana Inés de la Cruz y un bachiller y capellán, miembro del clero secular, Joseph de Lombeida. Año fatídico para las letras novohispanas; el hijo de san Ignacio, de gran valía teológica y literaria, había nacido en 1618, por lo que había […]

Texto de 24/09/16

En 1695 pasaron “a mejor vida” el jesuita Antonio Núñez de Miranda, sor Juana Inés de la Cruz y un bachiller y capellán, miembro del clero secular, Joseph de Lombeida. Año fatídico para las letras novohispanas; el hijo de san Ignacio, de gran valía teológica y literaria, había nacido en 1618, por lo que había […]

En 1695 pasaron “a mejor vida” el jesuita Antonio Núñez de Miranda, sor Juana Inés de la Cruz y un bachiller y capellán, miembro del clero secular, Joseph de Lombeida. Año fatídico para las letras novohispanas; el hijo de san Ignacio, de gran valía teológica y literaria, había nacido en 1618, por lo que había vivido, para aquel entonces, la friolera de setenta y siete años. Sor Juana, mujer valiente de inteligencia privilegiada, sólo había cumplido cuarenta y tres. Desgraciadamente no se sabe cuántos años vivió Lombeida —hasta donde sé no se han rastreado datos sobre su nacimiento—, pero también murió en ese mismo año. Curiosamente, los tres dejaron este mundo con pocos meses de diferencia: Núñez el 17 de febrero, sor Juana exactamente dos meses después, el 17 de abril y, pasados otros tres, en la madrugada del 17 de julio, fallecía Lombeida.

Como se sabe, a sor Juana le tocó en suerte ser hija de confesión del jesuita Antonio Núñez de Miranda, personaje importante y reconocido en el siglo xvii. Se conocieron cuando ella residía en el palacio virreinal, al servicio de la virreina Leonor Carreto, y él visitaba al marido de ésta, el virrey de Mancera —aconsejaba y confesaba regularmente a ambos—, o en las múltiples veces en que el virrey requería su presencia. El padre Antonio se dio cuenta muy pronto de la belleza, valor y aptitudes de la joven Juana y decidió que lo mejor para ella sería hacerla ingresar en un convento; así la protegería de los peligros “del siglo” y evitaría que cayera en tentaciones.

La religiosa, por su condición de hija natural, aunada a la época que le tocó vivir, y por ser mujer soltera tenía un futuro poco prometedor, pues podía ser costurera, sirvienta, amante o, en el peor de los casos, prostituta, ya que el matrimonio —la situación considerada ideal para las féminas en ese tiempo— no formaba parte de sus planes ni deseos. Claramente, la decisión del padre Núñez de ingresarla en un convento quizá fuera la más acertada, si bien su intención era apartarla del mundo exterior y “los estorbos que impiden la perfección”, como cautelosamente escribía el jesuita Juan Antonio de Oviedo, biógrafo de su correligionario mayor.1 Más explícito, decía el también soldado de Cristo, padre Calleja, “la buena cara de una mujer pobre es una pared blanca, donde no hay necio que no quiera echar su borrón […] y, finalmente, que las flores más bellas, manoseadas son desperdicio”.2

Así, con el afán de proteger a la joven Juana de los riesgos y amenazas de la vida en sociedad, el hijo de san Ignacio le proporcionó el encierro y la disciplina cotidianos y obligados que le permitieron a la madre Juana Inés dedicar todo el tiempo posible a su gran pasión por el estudio e ir saciando, paulatina y meticulosamente, su sed de conocimiento. Al querer someterla y dedicarla a la obediencia sin miramientos —y muy probablemente sin querer—, le procuró las herramientas necesarias para el ejercicio y lucimiento de su mente excepcional.

Pero, ¿qué se decía de ella en la época? Margo Glantz, en una nota sobre el libro Cartas de Lysi. La mecenas de sor Juana Inés de la Cruz en correspondencia inédita, editado por Hortensia Calvo y Beatriz Colombi,3 incluye un fragmento de una carta que María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes y marquesa de la Laguna, escribió a su padre, Vespasiano Gonzaga y Urbino, el 29 de julio de 1687. En ésta es clara la buena opinión que en ella había dejado la monja y la admiración que le tenía:

Pues otra cosa de gusto que la visita de una monja que hay en San Jerónimo que es rara mujer no la hay. Yo me holgara mucho de que tú la conocieras pues creo habías de gustar mucho de hablar con ella porque en todas ciencias es muy particular esta. Habiéndose criado en un pueblo de cuatro malas casillas de indios trujéronla aquí y pasmaba a todos los que la oían porque el ingenio es grande. Y ella, queriendo huir los riesgos del mundo, se entró en las carmelitas donde no pudo, por su falta de salud, profesar con que pasó a San Jerónimo. Hase aplicado mucho a las ciencias pero sin haberlas estudiado con su razón. Recién venida, que sería de catorce años, dejaba aturdidos a todos, el señor don fray Payo decía que en su entender era ciencia sobrenatural. Yo suelo ir allá algunas veces que es muy buen rato y gastamos muchos en hablar de ti porque te tiene grandísima inclinación por las noticias con que hasta ese gusto tengo yo ese día.4

*   *   *

Antonio Núñez de Miranda, oriundo de Fresnillo, apenas aprendió a leer y escribir fue enviado al colegio de la Compañía de Jesús en Zacatecas. Es decir, no conoció otra vida que la jesuita. Tuvo una carrera muy completa: se recibió de órdenes menores, fue al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo a estudiar teología, se graduó de bachiller en filosofía en La Real Universidad e ingresó de lleno en la Compañía. Pasó al noviciado de Tepotzotlán e hizo los votos a los veintiún años, se ordenó de todas órdenes a los veintiséis y se recibió de ambos derechos. Ocupó varios cargos en distintos colegios y fue electo Padre Prefecto de la Congregación de la Purísima Concepción de la Virgen María, una agrupación auspiciada por la orden jesuita y dedicada al enaltecimiento, edificación y disciplina de sus miembros aristócratas, que hacía obras de caridad en hospitales y cárceles. Además, y no menos importante, era calificador del Santo Oficio, el Tribunal de la Inquisición, actividad que le valió que muchos le respetaran y temieran. Con este aparato eclesiástico-político el jesuita tuvo un problema.

Es a raíz de ello que hace su aparición Joseph de Lombeida en la vida del padre Núñez. En enero de 1668 el bachiller y capellán escribía al Tribunal: “un sacerdote de la Congregación de la Purísima ha compuesto una carta para las damas de la Nueva España en la reforma de trajes profanos en tiempo de Semana Santa”.5 El motivo de su escrito era pedir la licencia de impresión para “el librito” Familiar prosopopeia, de escasos 10 folios. Como no se indicaba el nombre del autor, los calificadores de la Inquisición automáticamente consideraron el texto sospechoso, lo censuraron desfavorablemente y expidieron un edicto en el que se prohibía su publicación.

Probablemente por ser Padre Prefecto de la Congregación y por su labor como calificador, el asunto llegó a manos del padre Núñez. ¡Cuál no sería su sorpresa al enterarse de que la Familiar…, que él había escrito, había producido tal reacción desaprobatoria por parte de los calificadores! Se vio obligado, entonces, a dirigir una carta al tristemente famoso Tribunal en la que explicaba que no había firmado su obra por modestia, pues su única intención había sido que las mujeres moderaran su modo de vestir en Semana Santa y respetaran la pena por la que pasaba la madre de Cristo. Añadió que ya que la crítica estaba dirigida al autor, a él mismo, respetuosamente pedía que se censurara el escrito y que a él se le liberara de la pesada carga tan difícil de explicar y aceptar. Implicaba, asimismo, que con su trayectoria y ocupaciones a él no se le podía dictaminar y juzgar de tal manera, por ser quien era. La Inquisición revisó el caso de nuevo y accedió a su petición al responder que “la dicha censura no influie, exsiste ni puede exsistir respecto del dicho Antonio Núñez que se ha manifestado su autor para que contra él se proçeda ni pueda proçeder conforme havía y hubiera lugar en derecho”.6

Pero, ¿quién era el tal Lombeida? A principios de 2011, por una entrevista que le hicieron al Mtro. Alejandro Soriano Vallès, muchos nos enteramos que se había localizado el testamento del personaje. En él no se dan muchos datos de su persona; manifiesta que nació y vivió en la Ciudad de México, los nombres de sus padres y, de la causa de su muerte se incluye que se debió a “la enfermedad que Dios ha sido servirme de darme”.7 Fue capellán de las religiosas carmelitas descalzas del convento de Santa Teresa de Jesús y dejó dispuesto que se le enterrara en la capilla de la comunidad. Así lo registra Antonio de Robles en su Diario:

Muerte de Lombeira. Domingo 17, murió al amanecer el Lic. José de Lombeira, capellán de Santa Teresa, ejemplarísimo sacerdote, que se ocupaba siempre en fabricar iglesias y confesar monjas.

Se dio luego la capellanía de Santa Teresa al Dr. D. Miguel González.

Lunes 18, enterraron al dicho Lic. Lombeira en la capilla del Santo Cristo de Santa Teresa en el presbiterio; asistió el cabildo y religiones.8

En cuanto al comentario del diarista sobre que Lombeida “se ocupaba siempre en fabricar iglesias”, hay que aclarar que se refiere a que tuvo injerencia en la renovación del Templo de Balvanera,9 y por su mano “corrió la fábrica de la Yglessia de San Bernardo”, “la obra del Conuento de Santa Theressa de Jessús en ella” y la recaudación de fondos para la construcción del Colegio Seminario de la Iglesia Catedral.10

En este último caso, del dinero que se había recogido, Lombeida no dejó cuentas. El arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas, al enterarse de su deceso, inmediatamente mandó hacer unos “Autos de embargo y asecuración de los bienes del Lizenciado D. José de Lombeyra, Presbýtero, el que tenía a su cargo la Superintendencia de la fábrica material de el Colegio Seminario, por no haver dado quentas”. Conocidas son las dotes caritativas del prelado, pero con las cuentas del arzobispado había que ser muy cuidadoso. Se encontró que el bachiller había dejado todo en orden y, de hecho, tuvieron que pagar a la masa hereditaria del capellán cerca de mil pesos.

No obstante lo anterior, lo que más llamó la atención de las últimas disposiciones del bachiller y capellán fue la cláusula 20 en la que se manifiesta:

Declaro que la Madre Juana Ynés de la Cruz, Religiossa que fue del Conuento del Gloriosso Doctor San Gerónimo, ya difuntta, me entregó distintos libros para que los vendiesse. Y hauiendo fallecido dicha Religiossa, en virtud de Mandato del Illustríssimo Señor Arçobispo desta diócessis, continué en la dicha venta, y su procedido lo he ido entregando a Su Señoría Illustríssima. Y los que han quedado en ser están en mi poder. Ordeno y mando se entreguen a dicho Señor Arçobispo.11

Al revisar el testamento hay una anotación en la que se indica que hay un listado de los libros que pertenecían a sor Juana. Se consultó en el Archivo Histórico de Notarías12 el original del legado de Lombeida pero tampoco estaba allí. Habría sido interesante saber cuáles eran. El documento indica que los libros se habían tasado “en seis reales vnos con otros” y eran:

– Ýtten. Treinta y ocho libros de diferentes autores y devociones morales, cuia memoria yrá con estos ymbentarios.

– Ciento y veinte y dos de a quarto de lo mismo que los de arriba.

– Treinta y seis de octavo.

– Ochenta de a dozabo y a diez y seisabo.

– Un misal antiguo bien tratado.

– Vn breviario de media cámara, de dos cuerpos, bien tratado.

– Otro breviario de quatro cuerpos bien tratados.

– Vn diurno bien tratado.13

Así, por lo que parecía una simple coincidencia del año de muerte de los tres personajes aludidos se ha podido rastrear una serie de sucesos que los vincularon en más de un sentido. Se ha escrito y discutido mucho sobre las relaciones de sor Juana con algunos de sus contemporáneos. Nos quedamos a la espera de que aparezca más documentación para seguir con investigaciones futuras que proporcionen más información sobre estos asuntos tan importantes relacionados con nuestra siempre recordada Décima Musa.  ~

MARÍA ÁGUEDA MÉNDEZ es profesora-investigadora de El Colegio de México, donde forma parte del grupo de investigación de la “Biblioteca Novohispana” y coordina el proyecto “Catálogo de textos marginados novohispanos. Inquisición: siglos XVI-XIX”. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores: nivel II, de la Asociación Internacional de Hispanistas y de la Sociedad Mexicana de Bibliófilos.

Este texto fue originalmente una comunicación leída en la Mesa de Diálogo “Sor Juana en El Convento, en La Catedral, en México”, que se llevó a cabo el 16 de abril de 2015 en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

1 Juan Antonio de Oviedo, Vida exemplar, heroycas virtudes y apostólicos ministerios del V. P. Antonio Núñez de Miranda, Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio en la Puente de Palacio, México, 1702, p. 127.

2 Diego Calleja, “Aprobación del Reverendíssimo Padre Diego Calleja de la Compañía de Jesús”, en Sor Juana Inés de la Cruz, Fama y obras pósthumas, introducción de Antonio Alatorre, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, México, 1995, p. [32].

3 Iberoamericana-Vervuert y Bonilla Artigas Editores, Madrid, 2014, pp. 177-178.

4 Margo Glantz, “Noticias de Sor Juana” <http://www.academia.org.mx/noticias/Ver?noticia=13ox|16>.

5 Autos en raçón de la prohiviçión del librito intitulado Familiar prosopopeia, epístola estimativa, México, año 1688 (AGN, ramo Inquisición, vol. 611, exp. 1, f. 3v). Para una versión completa del asunto, ver María Águeda Méndez, “No es lo mismo ser calificador que calificado: una adición a la bibliografía de Antonio Núñez, confesor de Sor Juana”, en Martha Elena Venier (ed.), Varia lingüística y literaria. 50 años del CELL, t. 2, El Colegio de México, México, 1997; pp. 397-413.

6 Ib., f. 27r. En ésta y las demás citas de documentos se respeta la grafía del original.

7 María Águeda Méndez, “Joseph de Lombeida o la ajetreada vida de un presbítero novohispano”, en Prolija Memoria. Estudios de cultura virreinal, v. 1-2 (2010-2011), pp. 91-120. Cita en la p. 92.

8 Antonio de Robles, Diario de Sucesos notables (1665-1703), t. II, edición y prólogo de Antonio Castro Leal, Porrúa, México, 1972, t. II, p. 21.

9 La iglesia todavía está en pie hoy en día (en la calle República del Uruguay 13) y ha sido convertida en la Catedral Maronita; se venera principalmente a san Charbel y a la Señora del Líbano (ver Carmen Araceli Eudave Loera, tesis doctoral, El Colegio de México, 2009, pp. 186-187).

10 Cf. Testamento, cláusulas 18 y 19, f. 2v. Ver Méndez (2010-2011), op. cit., p. 116.

11 Loc. cit. (f. 3v).

12 Agradezco la información al Lic. Alejandro Hernández García.

13 “Autos de embargo y asecuración de los bienes del Lizenciado D. José de Lombeyra, Presbýtero, el que tenía a su cargo la Superintendencia de la fábrica material de el Colegio Seminario, por no haver dado quentas”, AGN, Bienes Nacionales, año 1695. Caja 673, expediente 7, ff. 1r-17v. [La cita en el f. 10v]. Énfasis mío.

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