Exclusivo en línea: El conservadurismo moral de la Cartilla moral de Alfonso Reyes

Sobre el conservadurismo de la 4T en la opinión personal del autor.

Texto de 04/11/19

Sobre el conservadurismo de la 4T en la opinión personal del autor.

Llama la atención que un gobierno que se dice de izquierda y que constantemente ataca a sus adversarios llamándolos “conservadores”[d1] haya lanzado una campaña de moralización de la sociedad basada en un texto claramente conservador, la Cartilla moral de Alfonso Reyes[d2] . Que la Cartilla es una manifestación del conservadurismo moral puede no resultarle aparente a todos los que la lean; por lo menos, parece no haberle resultado claro al presidente López Obrador y a los funcionarios de su administración, que han repartido por todo el país diez millones de ejemplares. De modo que quiero justificar mi afirmación.

            Dado que parece que no toda la gente tiene claro qué es el conservadurismo, empecemos por definirlo. Según uno de los teóricos más lúcidos del conservadurismo en nuestros días, el filósofo inglés Roger Scruton[d3] , los conservadores son la gente que se da cuenta de que han heredado algo bueno, un orden social, un sistema político, una cultura, una tradición legal y quieren mantenerlos. Quieren conservar las cosas como están. Se dan cuenta de que es mucho más fácil destruir un estado de cosas que crearlo.[1] Así, favorecen las tradiciones y el orden social establecido y son adversos al cambio moral o político. Aunque es posible distinguir analíticamente entre conservadurismo moral y político, en la realidad los conservadores suelen oponerse al cambio político por razones morales.

¿En dónde reside el conservadurismo moral de Reyes? Aunque algunos han llamado la atención al hecho de que la Cartilla hable en repetidas ocasiones sobre el alma, e identifican una postura conservadora y religiosa en eso, creo que se equivocan. La referencia a la existencia de un alma, como algo diferente del cuerpo, no es necesariamente la manifestación de un compromiso religioso. Creo que se trata más de una manera de hablar sobre lo que hoy llamamos más comúnmente “mente”. La mayoría de las posturas científicas y filosóficas en nuestros días identifican mente y cuerpo, pero en la época en que Reyes escribe su Cartilla no había consenso sobre este asunto y, en todo caso, el uso que le da a los términos no parece revelar un compromiso con una determinada postura metafísica. En la Lección I, Reyes parece suscribir la moral cristiana, pero inmediatamente deslinda la moral de la religión.

“La moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el cristianismo. El creyente hereda, pues, con su religión, una moral ya hecha. Pero el bien no sólo es obligatorio para el creyente, sino para todos los hombres en general. El bien no se funda en una recompensa que el religioso espera recibir en el cielo. Se funda también en razones que pertenecen a este mundo. Por eso la moral debe estudiarse y aprenderse como una disciplina aparte.”[2]

Es debatible que la moral de los pueblos civilizados esté ya toda contenida en el cristianismo; de hecho, muchos principios morales hoy en día están en abierta contradicción con la moral cristiana. Pero en todo caso, la Cartilla no es conservadora ni por lo que dice sobre el alma ni por su aparente suscripción de la moral cristiana; su conservadurismo está en otra parte.

            La estructura de la Cartilla es sencilla —a fin de cuentas es un texto preparado para una campaña de alfabetización—. Reyes empieza explicando que los seres humanos tenemos conciencia del bien, y que éste constituye la base de la moralidad. La moral nos obliga a una serie de respetos: el respeto a uno mismo, en cuerpo y alma, el respeto a la familia, a la sociedad, a la patria, a la ley, al Estado, a la especie humana y a la naturaleza. Reyes explica cada uno de estos “respetos” y argumenta que están contenidos unos dentro de otros, del más próximo al más lejano: “El respeto de la propia persona obliga al respeto para el prójimo. El respeto a la propia familia obliga al respeto de los lazos familiares entre los demás. El respeto al propio país lleva al respeto para los demás países. Y todo ello se suma en el respeto general de la sociedad humana” (p. 501). Reyes, no obstante, no explica por qué se infiere un respeto del otro, algo que no es claro: si yo me respeto a mí mismo no necesariamente tengo que respetar, digamos, a las leyes o al Estado.

            Habría que hacer notar que el término “respeto” en la Cartilla es ambiguo: por un lado, se trata de una actitud de veneración o de consideración, por otro, lo usa como sinónimo de “obligación” o de “deber” morales. En el primer sentido, el respeto a las instituciones sociales significaría básicamente un respeto al orden moral, social y político establecidos. Pero creo que Reyes usa más el término en el segundo sentido. De hecho —de un modo un tanto circular—, define a la moral como el “código del bien” y el bien como “el conjunto de nuestros deberes morales”, que no son otra cosa sino los “respetos” de los que habla. “Estos deberes obligan a todos los hombres de todos los pueblos. La desobediencia a estos deberes es el mal” (p. 507). De modo que, en realidad, cuando Reyes habla de “respetos”, habla de las obligaciones que tengo hacia mí mismo, hacia el prójimo, la familia, la sociedad, la ley y el Estado.

            Hay dos cosas que llaman la atención. En primer lugar, la visión de la moral que tiene Reyes es bastante estrecha: uno podría argumentar que la moral no se reduce a obligaciones o deberes, sino que también hay, por ejemplo, una serie de virtudes que no se pueden reducir a obligaciones o deberes. En el texto, el término “virtud” no tiene la misma relevancia que tienen estos últimos (es curioso viniendo de alguien que dedicó buena parte de su vida al estudio de los griegos y que pensaba que este texto era “lo más auténticamente griego” que había escrito,[3] porque para los griegos la moral no era una cuestión de obligaciones, sino de rasgos virtuosos de carácter). En segundo lugar, llama la atención que si el bien es la obediencia a estos deberes y el mal, su desobediencia, entonces se sigue que el deber cardinal desde este punto de vista es la obediencia. Reyes enfatiza el papel central que tiene la obediencia: la obediencia a la familia, a la sociedad, al Estado. De hecho, según su tesis de que de los deberes más próximos se infieren los más lejanos, entonces, así como debo obedecer a mis padres, debo obedecer al Estado. En algún sentido, debo respetar el orden establecido.

            La obediencia es la virtud moral central para códigos morales religiosos (que subrayan, por ejemplo, la obediencia a los mandamientos divinos); también lo es para los conservadores o para quienes acentúan las obligaciones (como Reyes), pero para la tradición liberal en moralidad, no es la obediencia, sino la autonomía individual el valor moral central. En cierto sentido, la autonomía individual es lo contrario a la obediencia a las reglas que me son dadas por la familia, la sociedad, la religión o el Estado; la obediencia a los dictados que me son impuestos desde fuera, y no por mí mismo, es lo que Kant llama heteronomía de la voluntad. De hecho, Kant pensaba que actuar heterónomamente no tiene valor moral; sólo la conducta autónoma lo tiene. Estudios en psicología del desarrollo nos dicen que las personas desarrollan mejores actitudes morales cuando han sido criadas para ser autónomas, que si han sido educadas para obedecer órdenes con el fin de evitar castigos u obtener una recompensa. Reyes nos propone un modelo basado en la obediencia a las obligaciones, e incluso se refiere en distintos momentos a los castigos que tiene su incumplimiento.

            No niego que la obediencia sea un valor importante, pero lo es en el contexto de otros muchos valores morales que Reyes no considera. Incluso la desobediencia, que Reyes ve como un mal, puede ser un valor moral positivo, sobre todo cuando surge de la autonomía y se opone a un orden moral, legal o político injusto —como es el caso de la desobediencia civil—. De hecho, la desobediencia es un valor tradicionalmente abanderado por las izquierdas, que ven en la crítica y en la desobediencia una forma de antiautoritarismo. La obediencia, de nuevo, es típicamente un valor conservador. El conservadurismo de Reyes es más claro si nos fijamos no sólo en los términos que enfatiza (obligación y obediencia), sino en los términos que deja fuera y que ni siquiera menciona. Si es significativa la ausencia del tema de la autonomía, también lo es lo poco que figuran los valores de la igualdad o la libertad. Reyes los menciona de paso, pero no los considera como valores morales que deben promoverse. Asimismo, sólo menciona de paso el concepto de democracia, que está intrínsecamente ligado a los conceptos que he mencionado. Creo que no es casualidad.

            Podríamos seguir con la lista de conceptos que hoy pensamos que son centrales para la moralidad y que no están en la Cartilla de Reyes: el tema de las mujeres o el de las minorías, entre otros. La palabra “mujer” no aparece mencionada una sola vez en todo el texto. Tal vez podríamos disculpar a Reyes si pensamos que escribió su texto en 1944, cuando esos temas no tenían la relevancia que posteriormente tendrían. Pero, entonces, ¿por qué basar una campaña de moralización de la sociedad, en 2019, en un texto que no habla de los conceptos morales que hoy nos resultan imprescindibles? Un texto que no contempla, entre otros temas, la diversidad cultural o la perspectiva de género es ciertamente un texto anacrónico —particularmente si se quiere aplicar para fomentar la moralidad en el contexto contemporáneo.

            Sin embargo, hay otro concepto cuya ausencia resulta injustificable: el concepto de derechos, entendidos como derechos humanos o derechos morales. Aunque la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU se promulgó en 1948, como reacción ante las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, el concepto de derechos humanos universales no era novedad en 1944. Las teorías de derechos humanos (en ocasiones vistos como derechos naturales) tienen una larga tradición, que Reyes, que tenía formación de abogado, con seguridad conocía. Reyes habla de nuestras obligaciones, habla del respeto y la obediencia al Derecho, pero no habla de derechos. Hoy pensamos que el concepto de derechos humanos es una parte esencial de la moralidad. Pensamos en los derechos como reclamos que tienen justificación moral suficiente como para ser reconocidos jurídicamente, reclamos que hacemos los individuos frente a instituciones sociales, como el Estado; pensamos que son mecanismos contramayoritarios de protección de intereses individuales, es decir, que nos protegen frente a posibles amenazas de la sociedad, la religión o el Estado. También pensamos que los derechos nos garantizan estándares mínimos de bienestar y que es responsabilidad del Estado proveer los medios para satisfacer esos derechos. Pero el tema de los derechos, que ha sido tradicionalmente una pieza central en la visión moral liberal, no está en Reyes.

            Así, Reyes es un conservador moral porque enfatiza la obediencia y el cumplimiento de las obligaciones, y ve la desobediencia como un mal, como inmoral; su texto no contempla la importancia de la autonomía individual o de los derechos en la moralidad, no considera el papel que tiene la crítica y la inconformidad en la moral. Para el conservador, la obediencia a la norma es la regla, la desobediencia debe ser la excepción. Para los no conservadores, el respeto a los derechos a la libertad y a la autonomía debe ser la regla, la obediencia tiene sentido sólo bajo un régimen que respete estos valores. Si ha habido progreso moral en los últimos siglos, ha sido, en buena medida, gracias a que ha habido gente que ha pensado, por ejemplo, que los negros tienen iguales derechos que los blancos, que las mujeres tienen tantos derechos como los hombres, o que la gente de la comunidad LGBT tiene iguales derechos que el resto, que han desobedecido el orden social vigente, porque lo han considerado injusto, y han hecho que la moral y las leyes cambien.

            Quienes han propuesto añadir a la lista de “respetos” de Reyes el respeto a derechos humanos, a derechos comunitarios o derechos de la diversidad sexual no se dan cuenta que sólo están poniendo un parche liberal a un texto moralmente conservador. Reyes no era solamente conservador en lo moral, sino también en lo político. Es bien sabido que, después de la trágica muerte de su padre, Reyes decidió alejarse de cualquier forma de participación política y permanecer apolítico. Pero el apoliticismo no es políticamente neutral: es una forma de aceptar el orden establecido y que las cosas sigan como están. El apoliticismo es, a fin de cuentas, una forma de conservadurismo. El conservador, dije antes, es aquel que quiere conservar el orden social, moral o legal establecido, que llama a que se respete y se obedezca este orden, pero también es aquel que permanece indiferente ante ese mismo orden y no hace nada por cambiarlo cuando éste se revela injusto.

            La moralidad no es un fenómeno unitario y homogéneo, de modo que si se promueve la moral, estaremos promoviendo un solo código de valores y principios que todos debemos aceptar por igual. No: la moralidad es un fenómeno plural, que admite distintos puntos de vista y teorías, y las cosas que a unos les parecen morales, no necesariamente lo son para otros. No todos tenemos las mismas jerarquías de valores. Uno de estos puntos de vista es el conservador, con su énfasis en las tradiciones y en valores que mantienen el orden social establecido, como es la obediencia a las obligaciones comunitarias y al Estado. Al pretender moralizar a la sociedad mexicana a través de la distribución de la Cartilla moral de Reyes, el gobierno no manda un mensaje moralmente neutro, sino que promueve valores morales conservadores.

            Por si eso fuera poco, el gobierno promueve la Cartilla valiéndose de la iglesias (particularmente las evangélicas)[d4] , vulnerando con ello el carácter laico del Estado, que es la garantía de que la pluralidad de visiones morales puedan coexistir en un ambiente de respeto. Que el Estado se meta al negocio de moralizar a la sociedad es ya de por sí cuestionable. Mientras no dañen a otros, la conducta y las creencias morales de los individuos deben ser irrelevantes para un Estado laico y democrático. Que un gobierno que se dice de izquierda promueva valores morales conservadores es incoherente o bien simplemente revela el conservadurismo soterrado de este gobierno.


[1] Roger Scruton, How to be a conservative, Londres: Bloomsbury, 2014.

[2] Alfonso Reyes, “Cartilla moral”, Obras completas, vol. XX, México: FCE, 1979, p. 484 (todas las referencias son a esta edición y en adelante se pondrá el número de página entre paréntesis después de cada cita). Este pasaje le pareció censurable a José Luis Martínez cuando, en 1992, hizo una edición de la Cartilla de Reyes. Le pareció que revelaba un compromiso con una visión religiosa y lo suprimió. Véase Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”, en A. Reyes, Cartilla moral, México: El Colegio Nacional, 2019.

[3] A. Reyes, Diario, 25 de septiembre de 1958, cit. en Garciadiego, op. cit.


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