TIPOS INMÓVILES: Las paredes hablan: las casas encantadas de Patricia Esteban Erlés

La autora zaragozana Patricia Esteban Erlés (1972) publicó el año pasado Las madres negras(Galaxia Gutenberg), que la hizo acreedora del IV Premio Dos Passos a la primera novela. Sin embargo, nos había deleitado ya con su cuentística desde hace una década, cuando en 2008 la diputación de su ciudad natal editara Abierto para fantoches. Ese mismo año, […]

Texto de 25/04/19

La autora zaragozana Patricia Esteban Erlés (1972) publicó el año pasado Las madres negras(Galaxia Gutenberg), que la hizo acreedora del IV Premio Dos Passos a la primera novela. Sin embargo, nos había deleitado ya con su cuentística desde hace una década, cuando en 2008 la diputación de su ciudad natal editara Abierto para fantoches. Ese mismo año, […]


La autora zaragozana Patricia Esteban Erlés (1972) publicó el año pasado Las madres negras(Galaxia Gutenberg), que la hizo acreedora del IV Premio Dos Passos a la primera novela. Sin embargo, nos había deleitado ya con su cuentística desde hace una década, cuando en 2008 la diputación de su ciudad natal editara Abierto para fantoches. Ese mismo año, Tropo publicó Manderley en venta, y sus siguientes dos libros corrieron a cargo de Páginas de Espuma: Azul ruso(2010) y Casa de muñecas (2012), de cuentos y microrrelatos, respectivamente.

La afición de Esteban Erlés por las casas y su papel como elementos activos de las narraciones puede rastrearse desde sus primeros cuentos. “Historia de una breve alma en pena” (incluido en Manderley en venta) narra la historia de una niña que se ve obligada a pasar unos días del verano en una casa de pueblo, con su abuela, quien nunca se recuperó de la muerte de la tía Monsita y encuentra en su nieta cierta similitud con ella. Por eso, en cuanto la narradora hace su aparición, saca la ropa de la tía para que se la ponga: “Chaquetitas de punto con botones de nácar descascarillados para las tardes en que refrescara, vestiditos de nido de abeja y volantes que crujían”. A partir de ese momento, la abuela comienza a llamarla Monsita y a tratarla como si fuera su hija.

En cuanto a la casa, la narradora afirma: “Sólo puedo decir que hubiera resultado bonita si no hubiera habido tanta tristeza atrapada entre sus paredes”, líneas que adelantan que la abuela no es la única triste, pues la casa la acompaña en el sentimiento. “Era un edificio de tres plantas, que siempre se me antojó fantasmal, como un caballero elegante que nunca se hubiera recuperado de una gran tragedia y permaneciera de espaldas al mundo”. El relato recuerda a la novela Rebecca, de Daphne du Maurier —llevada a la pantalla grande por Alfred Hitchcock en 1940—, en donde una mansión encierra la presencia de la primera esposa de uno de los personajes principales, e incluso se hace una mención explícita de esta obra, pues una de las habitaciones —con una elegante cama con dosel y colcha de raso— le remite a la narradora al dormitorio de la protagonista de la escritora británica. Asimismo, el nombre de la residencia en donde se desarrollan las acciones de Rebecca, Manderley, le da título al libro de la zaragozana.

Otra vivienda peculiar y con una personalidad impetuosa es la descrita en “Azul ruso”. Se trata de un viejo edificio “con aires de teatro cerrado”, un conjunto de departamentos amueblados con reliquias de sus antepasados en donde vive Emma Zunz —personaje proveniente de un relato de Jorge Luis Borges—. En el cuento, la mujer aprovecha la visita de los vendedores que tocan el timbre para hacerlos pasar y convertirlos en gatos —como Circe, la hechicera a quien se enfrentó Ulises para evitar que lo transformara en animal en la isla Eea—, o bien solicita por teléfono servicios de plomería o albañilería para que le manden a alguien a hacer una reparación inexistente. Así, el inmueble está poblado por una diversidad de felinos. La ornamentación es por demás excéntrica: el portal está adornado con el rostro de un león taciturno, los departamentos se comunican por arcos y trampillas y están llenos de arpas y cortinajes, relojes parados y ángeles pintados en los techos.

La casa y la ciudad funcionan como un personaje más. Cuando uno de los hombres se dirige hacia la morada de Emma Zunz, mientras camina por la calle, “los pómulos esquinados de las estatuas parecían reprobarle la dirección de sus pasos”. Sin embargo, él continúa su camino y llega a su destino, el edificio a donde la compañía de seguros lo envió a reparar una claraboya, que ahora no es más que un ojo vacío que lo observa. Y también él es convertido en gato, en un azul ruso condenado a comer hígados de pollo y ronronear entre las faldas de su captora.

El libro de microrrelatos Casa de muñecas, por su parte, está dedicado por entero a una mansión de diez habitaciones: un cuarto de juguetes con muñecas fatales, un dormitorio infantil con terrores nocturnos, una habitación con un efecto mariposa, un cuarto de baño con un espejo impertinente y un hombre en la bañera, un salón comedor con fantasmas, una cocina con platos envenenados, una biblioteca con leyendas, un desván de monstruos, una cripta con tierra en los ojos y un exterior con un secreto. Esta casa te devuelve la mirada y en ella todo está vivo; es la máxima expresión de una morada con vida propia en la narrativa de Esteban Erlés.

Finalmente, la novela Las madres negras retrata la vida de un grupo de huérfanas en el convento de Santa Vela, a cargo de la hermana Priscia, ferviente adoradora de Dios. En medio de la oscuridad y el silencio, se describe la llegada de las niñas, a quienes cortan el cabello al rape y obligan a llevar un incómodo vestido gris en las heladas habitaciones en donde ingieren sus frugales alimentos.

Cada capítulo del libro cuenta la historia de un habitante de Santa Vela y sus inmediaciones. Niñas que sobrevivieron a la peste, niñas-brujas, niñas cuya familia las rechazó porque su belleza lo opacaba todo a su alrededor, monjas solitarias que encuentran en la grandeza de los libros un motivo para seguir viviendo.

La llegada de las niñas al convento es desgarradora. Entran luchando por librarse de las manos de las monjas y, una vez dentro, se les castiga por su falta de mansedumbre. Se les despoja de su nombre y se les otorga el de una virtud sin que ellas comprendan por qué las han metido ahí dentro. Antes de conocer a sus compañeras, pasan por un angustiante primer encierro aún creyendo que alguien irá a rescatarlas: “No se atrevía a moverse en ese cuarto horrible en el que sentía que un animal enfermo y maligno respiraba cerca de ella. Pero su padre no vino y Coro lloró, sintió hambre y frío, se durmió y lloró en sueños y sintió la misma hambre y el mismo frío en su pesadilla y oyó de nuevo el respirar fatigado del monstruo al que no podía ver, tendido en una esquina”.

La infancia de las habitantes del convento transcurre entre la humedad y el frío, el temor y la incomprensión, los intentos de escape y las reprimendas. Cuando se le preguntó a la autora por su infancia, en una ocasión, ella respondió: “Fue un lugar extraño. La felicidad estaba hecha de instantes que me deslumbraban y aún recuerdo. La tristeza y la oscuridad se adueñaban a veces de la casa y entonces yo quería crecer, dar una patada en el fondo y salir de la niñez porque me sentía indefensa. La infancia era, como dice Ana María Matute, más larga que la vida”. Esa sensación de indefensión es la que se transmite a lo largo de la novela, en la que las niñas no son dueñas de sus actos y deben seguir las órdenes de un grupo de monjas que tampoco saben a ciencia cierta a quién obedecen, puesto que en muchos momentos Dios parece darles la espalda.

Sobre una de las inspiraciones para la creación de Santa Vela, Esteban Erlés ha comentado: “De pequeña visité en una convivencia el convento de clausura de la Puerta del Carmen y me pareció que era un ser vivo dispuesto a engullir a las mocosas que se acercaran demasiado”. El convento se convierte, entonces, en una amenaza más tanto para las huérfanas como para las monjas. Y es que la casa, como todas las casas espeluznantes en donde pasan cosas siniestras, tiene un secreto.

Antes de convertirse en Santa Vela, el inmueble fue una de las propiedades de Larah, la joven esposa de Der Corven, fabricante de armas, quien murió poco después de su boda durante la prueba de un rifle. Larah todavía alcanzó a ver a su amado con la mitad del rostro deshecho por la bala y, entre la locura y el delirio, perseguida por las voces de los soldados muertos debido a las armas fabricadas por su familia, se resguardó en la mansión, que fue transformada en un refugio imposible con decenas de habitaciones, sótanos, pasadizos y un solo espejo, vuelto al revés para siempre.

Ésa es la maldición de la casa, que escucha somnolienta el cuchicheo de las niñas. Una de las virtudes de la obra, que la vuelve aún más siniestra, es que a Santa Vela también se le ha otorgado una personalidad y una voz: “No es fácil estar en todas partes al mismo tiempo cuando te duele cada vidrio roto del ala norte tras una tormenta. Soy un enorme cuerpo viejo y cansado. Un cuerpo absurdo, lleno de miembros trasplantados por la locura de una mujer que huyó también, no hacia afuera, como la muchacha de la que hablan las huérfanas, sino hacia adentro, hacia mi interior […]”.

Esteban Erlés es heredera de Shirley Jackson, a quien dedica la novela y llama “señora de todas las casas encantadas”. La escritora californiana, autora de La maldición de Hill House (1959) —que recientemente Netflix convirtió en serie televisiva—, escribe sobre la mansión en donde se desenvuelven los personajes de su obra: “Por la razón que sea, Hill House no ha sido apta para que nadie la habitase durante más de veinte años. Cómo era antes de este momento, si su carácter fue moldeado por la gente que vivió aquí o por lo que hicieron, o si era malvada desde su origen, son preguntas que no puedo contestar”. La casa tiene un carácter propio y los sucesos del relato no son independientes de su entorno. La novela de Jackson ha sido celebrada, entre otras cosas, porque introduce al lector en la mente y los temores de los personajes, más allá de describir una sucesión de hechos terroríficos. Y sucede que la mansión es un personaje más, con una historia y una naturaleza propias: “Es cierto que existen sitios que atraen inevitablemente una atmósfera de santidad y bondad; puede que, por consiguiente, no resulte demasiado arriesgado decir que algunas casas son malas de nacimiento”.

Tanto Jackson como Esteban Erlés presentan la existencia de la casa como un actor más de sus narraciones, por lo que ésta se levanta como un elemento activo de la trama y no como un mero escenario. En Las madres negras, sin embargo, la autora zaragozana ha llevado el papel de la casa más allá del de un personaje —lo cual ya es ciertamente transgresor—, ha profundizado en su psicología y le ha otorgado una voz que siente y recuerda: “Al fin y al cabo, soy una casa de doscientos años, tengo doce desvanes, cuarenta y siete chimeneas y casi mil ventanas. […] Soy, lo sé bien, una mansión maldita, la casa de la historia más triste de todas”.

Las narraciones de Patricia Esteban Erlés son cautivadoras e inquietantes. Hay que andarse con cuidado para no resbalar por los peldaños quebradizos de sus relatos y no confiarse de los asideros de sus mansiones. Nunca sabemos en cuál de las habitaciones se esconde un fantasma ni de quién es la voz que parece elevarse, parsimoniosa, desde el sótano. EP 

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