ABRIL: Fragmentos de un diario

En medio de cuestiones personales, María Luisa Puga también solía registrar sus lecturas en los diarios que redactaba, y en ocasiones empezaba a escribir artículos sobre temas que le interesaban. En el cuaderno número 218, en la entrada del 26 de agosto de 1992, escribió este pequeño texto sobre Jorge Ibargüengoitia. ADRIANA SANDOVAL Viajes con […]

Texto de 24/09/18

En medio de cuestiones personales, María Luisa Puga también solía registrar sus lecturas en los diarios que redactaba, y en ocasiones empezaba a escribir artículos sobre temas que le interesaban. En el cuaderno número 218, en la entrada del 26 de agosto de 1992, escribió este pequeño texto sobre Jorge Ibargüengoitia. ADRIANA SANDOVAL Viajes con […]

En medio de cuestiones personales, María Luisa Puga también solía registrar sus lecturas en los diarios que redactaba, y en ocasiones empezaba a escribir artículos sobre temas que le interesaban. En el cuaderno número 218, en la entrada del 26 de agosto de 1992, escribió este pequeño texto sobre Jorge Ibargüengoitia. ADRIANA SANDOVAL

Viajes con Ibargüengoitia

La casa de usted y otros viajes (Joaquín Mortiz, 1991). Antes de ponerme a escribir esta nota revisé las tres anteriores que he escrito sobre otros libros suyos. No vaya a ser que me repita, me dije. No vaya a ser que mi entusiasmo resulte idéntico en todas.

Y sí, es idéntico: no me canso de leerlo ni de escribir sobre él. No me canso de descubrir a México ni de reírme con Ibargüengoitia cuando nos obliga a vernos.

Cuando nos funde en un plural del cual no hay escapatoria posible. Y esta vez, en este volumen, se trata de vernos desde afuera y ver el afuera. Viajar con Ibargüengoitia no nada más fuera del país, sino fuera de la noción de país que tenemos. Fuera de nuestras costumbres, de nuestras llevaderas maneras de ser.

Esta edición de Mortiz, además, parece ella misma una viajera. Está muy profusamente distribuida, pero con cierto descuido. Yo la encontré en una Comercial en Morelia, en el puesto de calcetines, venía en mi carrito del súper entre yogurts, latas y jitomates, cuando la cajera me hacía la cuenta, el libro me sonreía divertido. Así, así, decía, así debe ser la literatura.

Ya leyéndolo en mi casa no podía olvidar esto. Y el contenido lo recalcaba.

Uno de los últimos testimonios, Humanos a pie. Con toda la conciencia del mundo de que ya no hay espacio ni tiempo para los peatones (excepto aquellos que son peatones porque además son pobres, que son los más, pero no son los que escriben).

Andar con Ibargüengoitia por el mundo es una de las cosas más divertidas —sin exagerar— que puede hacer un mexicano moderno, acostumbrado a la computadora, al celular y al auto último modelo con CD.

Éstos eran artículos que Ibargüengoitia publicaba dos veces a la semana, estuviera donde estuviera. Por eso algunos de ellos son miradas buscadoras de tema; momentos de ocio perfecto como “¡Viva el Zócalo!”, o de revelación inesperada como “La importancia de ser chicano”. A veces un tema se alarga durante dos, cuatro, seis artículos, y uno puede imaginar a Ibargüengoitia ante su máquina de escribir; bueno, ahí está el artículo de hoy. Pero en el momento de levantarse para seguir viviendo, el tema le jalonea la manga: espérate, te faltó decir que también soy esto.

El lector siente que lo que primordialmente le importa a Ibargüengoitia es vivir y vivir razonablemente bien; una casa cómoda en donde uno puede sentarse a leer cuando tiene ganas; la posibilidad de comer sabroso y limpio; de ver un buen espectáculo o tener

una buena conversación. Y es desde estas necesidades innatas que Ibargüengoitia habla con sus lectores. Los juzga sensatos y comunes a todos los seres humanos. Un contexto desde donde ver la vida, que es divertidísima, oiga usted.

Cuando a lo largo de sus caminatas y viajes vemos emerger las ciudades actuales, claro que entendemos lo descabelladas que son; lo tremendamente absurdas. Vaya usted al Cairo, si no quiere comprenderlo viendo al D.F.

Con enorme entereza Ibargüengoitia acomete sus viajes sin perder un detalle, sin dejar de divertirse, pero sin cejar: ante nuestros ojos edifica el momento a la incomodidad. Y nuestra risa es divertida, pero incómoda; nuestras ciudades son entrañables, pero inaguantables; nuestra vida, que finalmente es lo único que tenemos, podría ser infinitamente mejor.

Pero Ibargüengoitia se ríe, goza, juega a medida que vive y se ve acosado por las insidiosas humillaciones de la vida moderna. Camina en banquetas cada vez más estrechas, entre charcos, camiones, esmog y ruido. Va en trenes, autobuses, aviones, descubriendo las sandeces de los distintos nacionalismos. Es testigo de lo poco nación que todos somos y todo, todo lo celebra ante el lector, que no puede sino celebrarlo con él. “Yo tengo prejuicios con respecto a Francia. Uno de ellos está basado en la teoría antropológica de que cada vez que los franceses descubren algo que les interesa de origen extranjero, lo mal pronuncian primero, después lo malinterpretan y acaban creyendo que es invento francés. Ejemplos de este proceso de asimilación son Les Bitols —los Beatles— y le visquí vait ors”.

Creo que nunca va a pasar de moda Ibargüengoitia. Cuando nuestra cultura moderna esté siendo estudiada por antropólogos del siglo 4000 hallarán sus textos y los considerarán oráculos misteriosísimos, impregnados de una profunda y enigmática emoción, que por supuesto no van a poder desentrañar: la risa.

El 6 de julio de 1983, María Luisa Puga escribió en uno de sus diarios (cuaderno número 100) esta entrevista que en realidad se hizo a sí misma. AS 

Entrevista a un lector empedernido

¿Qué le pide usted a un libro?

Que me cambie. Que me entre en las venas y me haga sentir que el mundo se abre. Que es mucho más de lo que yo creía. Que me arrebate, me conmueva, me violente. Me haga sentir inseguridad, me haga sentir miedo. Me trastorne el tiempo. Me haga sentir enamorada, ilusionada.

¿A todos los libros?

No, porque naturalmente que después de una lectura así hay que vivir la cotidianidad. Uno no vive la cotidianidad enamorándose a cada paso. Pero de la lectura espero que me confirme, que me refuerce ese  enamoramiento. Hay estructuras narrativas que me deslumbran. Hay frases que se me quedan pegadas en el cerebro igual que una tonada… tonos. Gestos. Creo que a la lectura le pido que me deje sentir la increíble diversidad de la vida. Que me ayude a detectarla.

¿Tiene temas, dentro de la lectura, de su preferencia?

No creo. Dejo que la etapa que estoy viviendo escoja sus temas. Al menos así lo hice toda mi vida. Y pasé de la novela de aventura, a la de misterio, a la psicológica, a la experimental. Después fueron temas más circunstanciales, siempre referidos al momento que yo vivía, pero ahora se trataba del mundo que vivía, no cómo era yo en el mundo: rebeldía, protesta, lucha, ruptura. Los sesos cuestionándose o acusando. Novelas de búsqueda del yo. De procesos de la vida humana, y ahora creo que busco sólo libros buenos. Sobre lo que sea. Es como haber vuelto al principio… a mis lecturas infantiles, en las que la palabra era magia.

Y para que un libro sea mágico, ¿qué piensa usted que se requiere? Todo. Toda la verdad que contiene la vida. Lo feo, lo malo, lo maravilloso, lo caótico, lo sórdido, lo cruel, lo milagroso, lo contradictorio, lo estúpido detiene la vida, pero contenido en una cosa.

¿Una buena escritura?

No. Yo no lo diría así. No sé qué es buenavescritura. No escribo. No tengo la menorvidea de qué es la gramática, la sintaxis…esas cosas. No, yo más bien me refería a esa naturalidad indiscutible, inexorable de la naturaleza. Cuando digo esto, no hablo de los campos y las florecitas, sino de la fuerza de la vida total para seguir viviendo, en medio de las luchas a las que da lugar para poder seguir siendo vida. Por ejemplo, esos arbolitos enteleques [sic] por la contaminación que pese a todo echan sus retoños.

¿Una ecología de la literatura?

Si lo quiere llamar así, no sé. Soy lector, y cuando leo siento lo natural y lo artificial. Para mí el libro mágico es el primero.

¿La ciencia ficción?

Puede pertenecer a una u otra categoría. No es el género. No es tampoco la postura ideológica del autor.

¿Pero cuál, cómo se llama, se define el libro mágico? [sic]

Un libro con verdad, diría yo. No una verdad personal. No necesariamente un libro apasionado que sale del estómago de su autor. Sino un libro mediante el cual el autor da sentido al mundo con el estómago, y que aunque cuente una cosa chiquita, muy suya, lo mete. En su pequeña anécdota personal, lo mete.

¿Qué le diría usted, como lector, a un escritor que empieza?

Que piense que la gente, aunque pueda simpatizar con él, o quedarse admirada, o envidiar su ingenio, no lee verdaderamente, profundamente, si lo que tiene ante los ojos no es una verdad que trasciende tanto al escritor como al lector. Que si se escribe es para conocer lo humano, y no la historia personal de cada cual. Somos tantas historias personales, y todas igualmente importantes. No por saber escribir va a ser más importante la del escritor. EP

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