El espejo de las ideas: El oficio infinito

A la memoria y el genio de Nacho Padilla MI EXPRESIÓN MÁS VITAL, la escrita con mayor fuerza y peor letra al filo de las hojas en los libros de Ignacio Padilla, es un ¡pinche Nacho! que, como las carcajadas, brota ex corde desde un asombro incontenible: el que despiertan, no sólo en mí, la genialidad y […]

Texto de 18/04/17

A la memoria y el genio de Nacho Padilla MI EXPRESIÓN MÁS VITAL, la escrita con mayor fuerza y peor letra al filo de las hojas en los libros de Ignacio Padilla, es un ¡pinche Nacho! que, como las carcajadas, brota ex corde desde un asombro incontenible: el que despiertan, no sólo en mí, la genialidad y […]

El espejo de las ideas: El oficio infinito

A la memoria y el genio

de Nacho Padilla

MI EXPRESIÓN MÁS VITAL, la escrita con mayor fuerza y peor letra al filo de las hojas en los libros de Ignacio Padilla, es un ¡pinche Nacho! que, como las carcajadas, brota ex corde desde un asombro incontenible: el que despiertan, no sólo en mí, la genialidad y el virtuosismo inagotables de este escritorazo.

Cada presentación de libro, cada mensajito y cada telefonazo me producían ese mismo estado de ánima, fascinante, inconfundible, único. También lo hacían cualquiera de sus textos, las conferencias a las que fui y, con sólo imaginarlas, las clases a las que ya nunca asistí en calidad de oyente. Había algo de hipnótico en su palabra, en cada abrazo y cada encuentro, algo de tonificante y mágico —venturosamente también de contagioso— en ese hombre, carismático como pocos, que embrujaba con la palabra, la sonrisa y también con la escucha.

Entusiasmado por las intervenciones de Ana García Bergua, Jorge Fernández Granados y el propio Nacho en el homenaje que se le rindió en Bellas Artes el 2 de agosto de 2016, inicié este texto que, como muchos de nosotros, se partió en dos con el hachazo de su muerte adelantada.

Este escrito fue víctima, como los que lo quisimos, del momento aberrante en el que, con dolor profundo y extrañeza, tuvimos que modificar el presente por el pasado para hablar de Nacho. Horror puro.

Nos extraviamos inopinada e inesperadamente de la esperanza y del sentido. Nos conmocionamos. Se nos agolparon los recuerdos caprichosa, súbita, desgarradoramente.

Comparto uno. Hace tiempo, cuando coordinaba un número sobre toros para la Revista Ixtus de Javier Sicilia, le pedí a Nacho una colaboración y quedé deslumbrado no sólo por el esperable virtuosismo de su texto, sino por la minuciosa investigación histórica que realizó para sustentarlo.

Había realizado —ni más ni menos— el hallazgo de un eslabón perdido en la historia de la tauromaquia: la huella en el desarrollo de dicho ritual de la singular teología litúrgica del Tabernáculo de Numancia, una escisión herética de la herejía cátara.

Hacia el final de su brillante ensayo, ganador por knockout, afirmaba: “Es natural que el Tabernáculo de Numancia haya encontrado justamente en el toro, emblema de la bestia en la Hispania de entonces, y en la tauromaquia, rito entonces elemental pero ya arraigado en la Península, la tau que necesitaban para complementar el rito divino con el humano”.1

Con ello se desencadenó un juego fascinante de hallazgos, conversaciones, desencuentros y sonrisas, dignos de un cuento del propio Nacho.

Encantado, llamé a su casa para agradecer su impresionante investigación. Le dejé un recado emocionado y explícito con mi comadre Lili. Cuando le dio el mensaje, Nacho celebró la conquista de un cautivo más para sus historias. En su turno al bat, habló con mi señora y ambos celebraron mi confusión. Analú me lo contó, y yo que, cual toro reconocí el engaño hasta ya avanzado el tercer tercio, no pude más que entregarme a la sonrisa colectiva. Touché. Intenté hablar con Nacho ya no para agradecer su investigación histórica, sino para celebrar, otra vez, su genialidad. Parece broma pero, nuevamente, me contestó mi comadre, quien, ya en otro tono, con la singularísima tesitura de mezzosoprano que acaba con los enredos y las fiestas, me aclaró que yo no era el único ni el más afectado de los que habían tomado sus historias por historia. Tampoco la única víctima de las verosímiles historias e inventiva de un tal Nacho Padilla. Caí en la cuenta de que estaba hablando de la soga en la casa del ahorcado, me limité a sonreír internamente y luego, por supuesto, a abrazar a Nacho.

Entre muchos de esos abrazos y sonrisas transcurrieron años felicísimos. El signo de su amistad, heredado de mi hermana Martha Laura, marcó también a mis hermanos, a no pocos de mis amigos, a mi esposa y, de manera para mí entrañable, a mis hijos. Constanza, su hija, y Santiago, el mío, nos refrendaron en la distinción cristiana del compadrazgo que, de haber sido mexicanos, hubiera vinculado también a Sancho y al Quijote. Hay algo fascinante en el ahijar, en el compartir con amigos fundamentales la quijotesca aventura de ser padres. De ese gozo bebieron también, a su manera, Esteban, Fran y Pablo.

Todo ello y todos ellos se consternaron con la brutal noticia días después del citado homenaje en Bellas Artes en el que nos habíamos hecho conscientes de que Nacho había pasado del gremio de los escritores que escriben lo que les pasa, al de los que les pasan las cosas que escriben, y que había encontrado así la clave del oficio infinito. Nos dibujó su Micropedia, el mapa de su proyecto cuéntico y nos confesó la borgiana intuición de que no le alcanzaría la vida para completarlo.

El dolorosísimo 20 de agosto, entre oficinas, trámites, carreteras y funerarias, a los fulminados por la noticia nos visitó el deseo de que todo eso fuera otra broma genial, una más de sus historias, un cuento disfrazado de noticia o, por lo menos, una horrible pesadilla de la que, como de aquel genial escrito sobre toros, nos pudiera despertar el sonriente contador de historias.

Al día siguiente, en el entierro, nos resistimos a todo y nos sonreímos con todo lo que, al más puro estilo de Nacho Padilla, nos gritaba la posibilidad de descubrir formas nuevas  —literarias, espirituales— de seguir dialogando con él.

Quienes estuvimos en el porfiriano Panteón Francés de La Piedad no pudimos evitar sentir en el ambiente posterior a la terrible granizada que sorprendió al cortejo, en esa claridad, en cada escena, en las personas y los personajes de esa tarde, algo de la literatura, la sonrisa, el humor y el amor de Nacho.

Prodigamos flores, llanto, sonrisas y abrazos, de esos largos y apretados, hermanados por el dolor y el afecto; quizá también por el ideal no declarado de una sociedad centrada en la belleza y por la carta de ciudadanía compartida por los habitantes de sus historias.

Los hombres de letras nos recuerdan nuestro parentezco con la palabra. Los hombres de palabras nos recuerdan que estamos hechos de historias. Los arquitectos de historias construyen los ámbitos en que habita nuestra humanidad. Tal es la magnitud de nuestra deuda con ellos; tal,   la de su vocación.

Pero Nacho Padilla no sólo fue un hombre de palabras, sino de palabra. Lo fue incluso en las circunstancias más increíbles y adversas, después del accidente.

Es improbable que un virtuoso de la lengua lo sea también del amor, de las promesas cumplidas, de la convivencia gozosa, de la ternura. Es difícil que un genio siga siendo devoto del encuentro, humilde y entusiasta buscador del otro. Pero fue el caso de Nacho.

Por eso su muerte nos conmocionó. Por eso, su nombre es indisociable del nuestro propio y evoca lo mejor de nosotros mismos. Por eso, su vida nos inspira tan profunda y singularmente. Por eso quienes tuvimos el privilegio de abrazarlo largo estamos hoy urgidos y llamados a cultivar lo que hacemos y somos apasionada y oficiosamente, a ser dignos de la imaginación de quienes, como Dios y como Nacho, crean con y desde la Palabra. ~

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