Metamorfosis, viii, 703-720

NOTA DEL TRADUCTOR: Resulta una tarea compleja elegir un poema amoroso de la literatura romana. El tema del amor permea en los diversos estadios de esta tradición y se transforma con las generaciones. Sin duda, en Catulo y luego en los poetas elegíacos hallamos la poesía consagrada cabalmente al amor, un amor pasional condicionado por […]

Texto de 17/02/17

NOTA DEL TRADUCTOR: Resulta una tarea compleja elegir un poema amoroso de la literatura romana. El tema del amor permea en los diversos estadios de esta tradición y se transforma con las generaciones. Sin duda, en Catulo y luego en los poetas elegíacos hallamos la poesía consagrada cabalmente al amor, un amor pasional condicionado por […]



NOTA DEL TRADUCTOR: Resulta una tarea compleja elegir un poema amoroso de la literatura romana. El tema del amor permea en los diversos estadios de esta tradición y se transforma con las generaciones. Sin duda, en Catulo y luego en los poetas elegíacos hallamos la poesía consagrada cabalmente al amor, un amor pasional condicionado por el deseo, los sinsabores sentimentales y el placer carnal. Así, me encontraba pasando revista a Catulo, Propercio y Tibulo sin poder elegir un poema en particular; entonces me refugié en un ya célebre libro de Pierre Grimal, publicado en 1998, El amor en la Roma antigua. Como una epifanía, quedé satisfecho ante una alusión de un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio: no era en los elegíacos donde debía buscar (ni siquiera en ese Ovidio temprano que cierra con la tradición de este tipo de poesía y se dedica a la didáctica del amor); las pasiones intimistas no son el único rostro del amor, también existe un amor sosegado y pleno, construido pacientemente en una vida compartida y feliz. Así pues, es en las Metamorfosis, esa épica sui generis cuyo común denominador es el cambio, donde la permanencia y la comunión se revelan como el amor verdadero. En el pasaje en cuestión, dos ancianos que han estado juntos toda su vida son puestos a prueba por los dioses, y cuando se les pregunta su única voluntad, ellos responden que permanecer juntos y no tener que verse morir el uno al otro. Así quedarán transformados en árboles que seguirán juntos para siempre. DSP

El río Aqueloo ha recibido a Teseo y a sus compañeros. Tras contarles sobre la creación de algunas islas que están en derredor (ninfas que fueron trasformadas por su impiedad) y poner de manifiesto el poder de los dioses, todos quedan impresionados. Piritoo, sin embargo, permanece incrédulo; entonces el anciano Lélex cuenta la historia de Filemón y Baucis, dos viejos de Frigia que quedaron transformados en un tilo y una encina: Júpiter y Mercurio habían bajado a la aldea en forma humana pidiendo hospitalidad. Todos los habían rechazado hasta que dos viejos humildes los recibieron en su pequeña choza, donde habían vivido desde su juventud. Los ancianos les ofrecen comida y de pronto, asombrados, notan que la crátera se llena de vino por sí sola. Baucis y Filemón piden perdón por la pobreza de su hospitalidad y se disponen a sacrificar a su único ganso, guardián de su choza. El animal huye hacia los dioses, quienes, finalmente, revelan su identidad y prohíben que se mate al animal. Los dioses los llevan con ellos a la cima de un monte desde donde contemplan cómo su aldea queda sumergida en un pantano y su choza es transformada en un templo. Entonces Júpiter les dice que pidan un deseo.

Entonces, con una voz agradable, el hijo de Saturno dijo: “Digan, justo anciano y mujer digna de su justo esposo, qué es lo que desean”. En cuanto habló unas pocas palabras con Baucis, Filemón dio a conocer a los dioses su decisión consensuada: “Pedimos ser sacerdotes y proteger su santuario y, puesto que hemos pasado los años juntos, que la misma hora nos lleve a los dos y nunca vea la pira mortuoria de mi esposa ni deba ser sepultado por ella”. A sus deseos los siguió el cumplimiento: fueron los protectores del templo mientras la vida les fue concedida. Los años y edad habían pasado por ellos, cuando estaban de pie frente a las escalinatas del templo narrando por casualidad la historia de ese lugar, Baucis vio que Filemón echaba frondas y el muy anciano Filemón que Baucis también echaba frondas. Ya estaba creciendo la copa del árbol sobre sus rostros gemelos y, mientras les era permitido, intercambiaban palabras recíprocas y dijeron al mismo tiempo: “Adiós, oh cónyuge”, y al mismo tiempo el ramaje cubrió las bocas que ocultaba. Aún ahora el habitante de Bitinia muestra allí dos troncos vecinos, surgidos de ambos cuerpos.

talia tum placido Saturnius edidit ore:
“dicite, iuste senex et femina coniuge iusto
digna, quid optetis”. cum Baucide pauca locutus         705
iudicium superis aperit commune Philemon:
“esse sacerdotes delubraque vestra tueri
poscimus, et quoniam concordes egimus annos,
auferat hora duos eadem, nec coniugis umquam
busta meae videam, neu sim tumulandus ab illa”.        710
vota fides sequitur: templi tutela fuere,
donec vita data est; annis aevoque soluti
ante gradus sacros cum starent forte locique
narrarent casus, frondere Philemona Baucis,
Baucida conspexit senior frondere Philemon.              715
iamque super geminos crescente cacumine vultus
mutua, dum licuit, reddebant dicta “vale” que
“o coniunx” dixere simul, simul abdita texit
ora frutex: ostendit adhuc Thyneius illic
incola de gemino vicinos corpore truncos.                   720

* No debemos olvidar que este pasaje, como todo el poema, está escrito en hexámetros dactílicos, el verso particular para la épica; sin embargo, he decidido traducirlo en prosa para que, aun en detrimento de la forma, el sentido quede reflejado con mayor claridad.

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DANIEL SEFAMI PAZ es profesor de Latín y Literatura Latina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado diversas ponencias sobre crónicas latinas de la primera cruzada. También ha trabajado como corrector de estilo, dictaminador y editor, y ha publicado literatura creativa (cuentos y crónicas) en distintas revistas mexicanas.



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