BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Al salir de la caverna La gorra le cubrió los ojos; el golpe sobre la visera vino de improviso. La botarga de Goofy se fue riendo y sintiéndose ocurrente. El niño no intentó levantar el obstáculo de su mirada; lo portó como signo de humillación; su hermano mayor […]

Texto de 23/07/16

BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Al salir de la caverna La gorra le cubrió los ojos; el golpe sobre la visera vino de improviso. La botarga de Goofy se fue riendo y sintiéndose ocurrente. El niño no intentó levantar el obstáculo de su mirada; lo portó como signo de humillación; su hermano mayor […]



BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Al salir de la caverna

La gorra le cubrió los ojos; el golpe sobre la visera vino de improviso. La botarga de Goofy se fue riendo y sintiéndose ocurrente. El niño no intentó levantar el obstáculo de su mirada; lo portó como signo de humillación; su hermano mayor fue el que puso un alto a la burla. Los ojos admitieron visión de nuevo, vio la sonrisa en las personas que lo rodeaban: esperaban un gesto de complicidad de parte del afectado, algo que los excusara de portar esas expresiones de mofa ante el prójimo burlado. Se dispersaron al ver la cara del niño: ojos humedecidos, rostro tomatoso y moquillo en plena huida. Su hermano le quitó el moco con la servilleta que usaba para sostener el barquillo del helado de chocolate (empezaba a derretirse).

—¿A poco sí te dolió?

El niño hizo un gesto negativo; su mirada seguía fija en nada, como estudiando un contorno que solo él podía ver.

—¿Ya no vas a querer de tu helado?

Gesto repetido: el helado terminó de derretirse en un basurero.

—No lo hizo en serio; solo quería hacerse el chistoso.

Parecía estar congelado, a excepción de su pecho que golpeaba fuertemente contra la camisa azul con dibujos de gatitos uniformados de beisbolistas. Estiró su mano para que su hermano mayor le pasara la gorra roja adornada con una smiley face; se la puso.

El parque de diversiones estaba colmado de música, risas, estruendos de globos que estallan, andares con peso, pausados, y otros ligeros en su compás, veloces. Las gorras abundaban pero sus intenciones eran otras: dar sombra para poder ver más, para sonreír honestamente y no por el sol. El niño la empleaba para ocultarse. La botarga de Goofy había hecho un favor a medias con su burla: los avestruces guardan la cabeza en la tierra, escapan de sus vidas, retornan por un instante al origen del todo. Fue a medias porque la humillación era palpable y la atención atraída del público volvía inútil la intención de desaparecer. Mas ahora ya no lo veían; era solo un niño berrinchudo en un domingo de juegos: caso típico.

El hermano mayor (mucho mayor: ya tenía un bigotito que lo situaba en la clase de los jóvenes a punto de decidir qué estudiar en la universidad) lo tomó de la mano con fuerza y lo condujo a una fila. La montaña rusa más grande de todo el parque arrojaba sombra sobre los que esperaban el turno para subir a ella. Las gorras se volvían inútiles para los que combatían los rayos solares, mas para el niño, la suya seguía siendo indispensable.

—Te va a gustar esta. Es en la que Rulo se meó de miedo; juró por Dios que la mancha era de sudor. Nadie se la creyó; por eso todos en la escuela le dicen El Meón.

Una sonrisa se asomó debajo de la gorra. El joven se motivó por el logro; su hermanito había estado cabizbajo todo el día, la semana, el mes; lo entendía pero la imagen lo incomodaba: un niño debe ser estúpidamente alegre, el parque es el mejor lugar para eso, un elote con chilito, montañas rusas e incluso disfrazarse.

—¿Quieres que después de esto nos pintemos la cara? Hacen de Spider-Man y del Wolverine.

—No me gusta Spider-Man, está todo ñango.

—¿Y tú muy mamey? Si estás igualito.

La cabecita engorrada se marchitó; los zapatos, que llevaban tiempo sin encender sus lucecitas con cada paso, barrieron el empedrado del suelo; las piedritas rodaban a escasos centímetros. El hermano mayor puso su mano sobre el hombro flaco del niño: dos palmadas de compañerismo.

—Muévanse que nos quedamos atrás.

El reclamo vino de un lugar lejano en la fila. Estaban acercándose a la subida del juego, sin duda cabrían en la siguiente tanda.

El joven se distanció mentalmente al concentrarse en la conversación de la pareja de enfrente. Celebraban su aniversario y él había tenido la idea de llevarla al sitio en el que fue su primera cita, cliché que ella resintió. No era capaz de pensar en algo original, se mantenía en un guion de película cursi norteamericana; ella necesitaba más, algo inesperado que la levantara de un existir monótono. Él hizo su mejor esfuerzo pero era menospreciado sin la más mínima atención a sus sentimientos; ella debía estar más abierta a otras formas de pensar las cosas, de disfrutar el día a día, no todo era como en sus libros sesudos. Él era un clásico bruto que recurre a lugares comunes para sobrevivir. Ella una esnob a quien solo le gustaba lo que nadie ha hecho antes. Él era predecible en todo… en todo. Ella tampoco hacía mucho en todo… en todo. Ambos callaron al ver acercarse al encargado de marcar el límite entre los que pasan al carrito de la montaña rusa y los que deben esperar al siguiente turno.

—Hasta aquí pasan, los demás esperen al próximo. Gracias.

—Pero yo no vengo con ellos. Vengo con mi hermanito.

—Ah, pensé que venían los tres juntos. Sí queda otro lugar, pero no quería mandar al niño con desconocidos.

Había una familia atrás de ellos, parecía que el hermanito era parte de su grupo; una parte adelantada, inquieta por subir a pesar de estar oculto bajo su gorra.

—¡Vámonos en este!

Jaló al pequeño de la mano pero sintió un peso muerto: ancla descubierta por el marinero emocionado por salir a altamar. Volteó y vio a la cabecita moverse de un lado a otro.

—¡Vamos! Ya están subiendo todos al carrito.

—¡No, no quiero!

—¡Qué la chingada! ¡Vamos!

—¡No!

—Joven, si gusta puede esperar al próximo carro, o salga de la fila… por favor.

Soltó la mano en resistencia y levantó el cuerpo enclenque de su hermano. Salió de la fila resistiendo los pataleos que chocaban con su estómago. Lo puso en el suelo al llegar a un punto retirado de la gente; la sombra de la montaña rusa los cubría, se sentía el temblor del carrito que comenzaba a subir por las vías; los gritos de emoción de los que habían alcanzado a subir se mezclaban con el traqueteo del juego.

—Todo el día has estado así… y yo trate y trate de ponerte feliz. Ya me cansé.

La visera de la gorra apuntó al suelo. El niño empezó a sollozar, su cuerpo palpitaba de manera acelerada; las rodillas se doblaron; terminó sentado en el concreto. Su rostro quedaba resguardado por las piernas delgadas. La gorra se cayó, ya era inútil en todo aspecto. El joven se sentó al lado de su hermanito, puso su brazo sobre los hombros huesudos de este y resistió al intento que el pequeño hizo de quitárselo de encima. Le dio un beso en la cabecita, en el cabello aplanado por la gorra. La pareja en aniversario desfiló frente a ellos (tampoco habían subido); ella iba un paso delante de él, ambos cargando en sus caras la desesperación. Luego se vio un grupo de niños jugando a perseguirse.

—También te pueden pintar la cara como el Hulk. ¿Quieres que vayamos?

La cabecita asintió.  

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DANIEL “DANUSH” MONTAÑO BECKMANN, egresado de Filosofía y Ciencias Sociales del ITESO, es coordinador de la sección literaria de la revista en línea Miseria. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa.



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