Yolanda Oreamuno: La ruta de su evasión

La ruta de su evasión es una novela precursora de otras llamadas “totales”, antecedente del realismo mágico y escrituras feministas. Yolanda Oreamuno trazó, a mediados del siglo XX, caminos hacia una literatura distinta, anticanónica y antipatriarcal.

Texto de 30/10/20

La ruta de su evasión es una novela precursora de otras llamadas “totales”, antecedente del realismo mágico y escrituras feministas. Yolanda Oreamuno trazó, a mediados del siglo XX, caminos hacia una literatura distinta, anticanónica y antipatriarcal.

La conocí en casa de unos amigos que son pareja y viven juntos, durante un viaje a Costa Rica. Él es escritor y ella diseñadora. Estábamos en la sala y yo, de cuclillas, miraba las maderas apoyadas en ladrillos que conformaban los estantes de su biblioteca, formada por ejemplares elegidos con mucho cuidado. Se me ocurrió preguntar por escritoras costarricenses y la respuesta más inmediata fue “Yolanda Oreamuno”. Los miré con cara de total ignorancia. “Y eso que vivió en la Ciudad de México”, agregaron. 

Me prestaron el libro y lo hojeé. Saltaron algunas frases. Dudé. Creí que por no ser una escritora conocida, no sería buena. Aún no leía a Joanna Russ, ni tampoco me había enterado de que sobre Yolanda pesaron dos métodos casi infalibles para detener la escritura de una autora: la mala fe y el aislamiento. 

Lilia Ramos, su contemporánea, explica en un ensayo que, a su parecer, la falta de atención a la obra de Yolanda venía de la envidia. Desde muy joven, a los 21 años, cuando se lanzó a las letras publicando unos ensayos, “ya conocía muy bien el oficio dilecto”, escribió Ramos. Sobre Oreamuno “exuberaban los comentarios en privado. En público, ni siquiera hacían el favor de atacarla”. La indiferencia pesaba sobre una escritora que criticaba mordazmente la sociedad y la literatura de su época (por ejemplo, en sus ensayos “El ambiente tico y los mitos tropicales” y “La vuelta a los lugares comunes”), y practicaba una escritura sensible e inteligente, ágil para narrar espacios, tiempos y estados de ánimo. Una mujer que escribió a pesar de las circunstancias adversas que se le ponían enfrente. 

Yolanda nació en 1916 en San José. Hija de un matrimonio acomodado, quedó huérfana de padre a muy temprana edad. Debido a conflictos que tuvo con las parejas de su madre, se fue a vivir con su abuela a los catorce años. Terminó la secundaria en el Colegio Superior de Señoritas e hizo estudios de mecanografía y secretariado. Además de ser una alumna brillante, siempre fue considerada hermosa. De mirada altiva, ojos grandes y facciones fuertes, labios marcados en un gesto irónico, concordaba con los cánones de belleza de su época. Desde muy chica sufrió acoso de sus padrastros y otros hombres a su alrededor —en el trabajo y en los círculos de estudio de lecturas comunistas a los que pertenecía—, hasta que a los 18 años fue secuestrada por un empresario conocido en la ciudad. La rescataron el mismo día. No obstante, después de aquel suceso, Yolanda fue atosigada por su familia cercana para casarse y “recuperar su honra”. Fue así como contrajo matrimonio con un embajador chileno. Con esa unión conyugal comenzaron una serie de desgracias que, a partir de los veinte años, fueron una constante en la vida de Yolanda. Problemas de salud y económicos se sucedieron uno a otro. 

No es que la obra de la escritora costarricense deba leerse en clave autobiográfica, pero sí es importante considerar que, a pesar de lo anterior y de los manuscritos perdidos, e incluso —se dice—plagiados, Yolanda nos dejó un libro extraordinario: La ruta de su evasión (UNAM, 2020)Una novela precursora a otras llamadas “totales”, antecedente de realismos mágicos y escrituras feministas. En esta obra Yolanda, seguidora de la escritura de Proust, a quien leyó exhaustivamente, utilizó recursos técnicos como el discurso indirecto libre, y un profundo y sensible monólogo interior. En efecto, ella sabía escribir y estaba muy consciente de cómo lo hacía. Y, sin embargo, casi nadie la leía en Costa Rica. 

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De 1944 a 1956 la escritora vivió en la Ciudad de México. Su dirección era Río Misisipi 117, apartamento 11. Muy cerca de la avenida Reforma, en el tercer piso de una pensión donde alguna vez le tocó, en un sismo, bajar a prisa las escaleras de madera, que crujían a cada paso. En ese periodo escribió una breve crónica de nombre “México es mío”. Una forma de sentirse más cerca de este país, que a veces era un cúmulo de misterio y magia; otras, un lugar inhóspito. Aquí no encontró ninguna puerta abierta, salvo la de la casa de su amiga, también costarricense, Eunice Odio. Fue donde murió, por consecuencia de una operación mal realizada en Estados Unidos. Sus restos fueron colocados en una lápida sin nombre en el Panteón Francés, apenas identificados con un número: 7 363.

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Cuando comencé a leer La ruta de su evasión, seguía preguntándome qué hacer con mi escritura: sentía la ambición primeriza por hacer algo original, incluso marcar un cambio en la Literatura (así, con mayúscula), como si pudiera darle vuelta a la página y hacer algo completamente nuevo. Creo que tenía el interés en romper con la tradición porque la que conocía me era totalmente ajena. Pasé por varios intentos, todos infructuosos, insuficientes.Cuando terminé de leer el libro, me hice consciente de una escritora que había comenzado a trazar caminos hacia una literatura distinta, anticanónica y antipatriarcal. Fue un alivio, porque esto contribuyó a entender mi escritura como una conversación con otras.

Como explica en sus ensayos y mencionaba constantemente a sus conocidos, Yolanda estaba harta del discurso regionalista que exigía a la literatura de su tiempo reflejar el ambiente local, entendido este como una visión reduccionista del entorno rural. Ella evade el folclor: su novela pudo haber sido escrita en cualquier lugar de Latinoamérica. Afirmaba que su literatura era “psicoanalítica y socialista”. Después de haber crecido en la ciudad, recibir educación, participar en la política y leer literatura contemporánea hasta saciarse y volverse proustiana, después de haber escrito cuentos, ensayos y varias novelas, esta obra es la culminación de la búsqueda por reflejar una realidad más allá de la caricatura del realismo: una verdad íntima, la del espíritu: “Tengo esta novela madura en la cabeza, llevo diez capítulos, cuatro de los cuales escribí esta semana, y sé que terminarla sólo es cuestión de tiempo y paciencia porque ya sé lo que tengo que decir, cómo lo tengo que decir y todo. Pero, hay un pero”. Este peroes su nueva pareja sentimental, el marido que se lleva la máquina de escribir por las mañanas. Del dolor profundo que le causa aquella violenta relación, ella extrae las palabras que conforman el libro. Yolanda tiene apenas 31 años y está escribiendo una novela que podría marcar un antes y un después en la literatura latinoamericana: “Es, ¿cómo le dijera? Es la traslación del pensamiento de los personajes, y el análisis de sus hechos realizados sin pulir las palabras, con toda la brutalidad y el desorden que estas se producen dentro del cerebro”, dice en una de sus cartas.

“Los abrumas a todos con tu luminosidad”, le dijo alguna vez su amiga Lilia Ramos. Ella nos cuenta que fijarse en la apariencia física de Yolanda era la forma en que “esos encomiadores fervientes colocaban así un velo grueso y oscuro sobre la autora espléndida”.

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Yolanda sólo pudo ver publicada en vida una de sus novelas: La ruta de su evasión. Fue en Guatemala, donde ganó el Premio Literario Centroamericano 15 de septiembre. Anteriormente, había enviado a otro concurso, en Estados Unidos, su novela Por tierra firme. Le ofrecieron compartir el premio con otros dos escritores. Ella se negó. El manuscrito se extravió. Ella no tenía dinero suficiente para pagar copias, así que mandaba los originales. 

Además de algunos cuentos, ensayos y cartas, se estima que se perdieron dos novelas, una crónica de viajes y una autobiografía.

Pudimos tener una edición mexicana de otra de sus novelas: Dos tormentas y una aurora, en la Editorial Leyenda de México. Alfonso Reyes prometió escribir una carta-prólogo y después se retractó. En palabras de Yolanda, el escritor “le falló en pleno como amigo”. Así que ella prefirió no publicarla. Sin duda era una persona orgullosa. Estaba segura de que sus libros merecían un premio propio, y un prólogo a la altura de su contenido. En el medio literario hegemónico no encontró quién compartiera su punto de vista.

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El hilo conductor de La ruta de su evasión es la agonía de Teresa, quien recuerda los momentos de su vida que la llevaron hasta el lugar donde se encuentra, con un narrador omnisciente que es su propia consciencia: sin culpas ni rencores, sólo con un dejo de melancolía por el tiempo irrecobrable: “Si en verdad al morir toda nuestra vida regresa a merced de un violento recobrar de la memoria, aquello que estaba recordando era su vida, y lo que estaba viviendo era su muerte”. A la par, nos enteramos de la historia de sus tres hijos y las parejas de sus hijos, de sus relaciones atravesadas por la violenta figura del padre. Este recuento de una vida a través de la muerte sería utilizado por escritores posteriores, que casi con seguridad leyeron a Yolanda.

“Lo que más me impresionó la primera vez que leí la novela fue su habilidad para describir el patriarcado sin que Yolanda se declarara abiertamente feminista.”

Lo que más me impresionó la primera vez que leí la novela fue su habilidad para describir el patriarcado sin que Yolanda se declarara abiertamente feminista. Es decir, ella habla, como todas las novelas de su tiempo, de la psique de los hombres. Pero lo hace desde una perspectiva más amplia, que también intercala la conciencia de las mujeres. Es posible percatarnos de cierta ansia emancipadora en la obra de Yolanda. Su primer escrito, realizado a los 17 años, lleva el título de “¿Qué hora es?” y habla de la incursión de las mujeres en el campo intelectual. Como a muchas precursoras, hay que comprenderla desde su contexto, donde apenas el acceso a la educación ya era una victoria.

La misoginia y misantropía de sus personajes masculinos es evidente. Yolanda se anda sin tapujos: desde el primer capítulo sabemos que gran parte de estas actitudes provienen de la autoritaria figura del padre. Para ellos, indolentes y frívolos, la mujer causa desprecio, pero también fascinación. A través de los personajes se filtra una coerción cotidiana que impide incluso disfrutar de los momentos más sencillos y más íntimos: una comida familiar, un beso, el encuentro de dos que se aman. 

Por su parte, los personajes femeninos son complejos y sus personalidades completan el panorama de su tiempo. Están conscientes de su situación. La madre, una esposa sumisa, si bien no puede resistirse a la voluntad del jefe de familia, sabe que esa fuerza la mantiene en desgracia. Elena, su contraparte, una estudiante de medicina con una educación liberal, sabe que debe emular frialdad, frivolidad y entereza para que Gabriel, otro de los hijos, la respete. Por eso lo conduce a una escena que nos remite a un libro clave de la literatura mexicana posterior: juntos auscultan un cadáver en la sala de ella y el erotismo se conjuga con una situación tanática: “Entonces para sellar esta amistad te hago una invitación. He dado al guarda del depósito de cadáveres una propina para que me reserve uno y conseguí, con más propina, que lo llevara a mi casa. Todo el asunto me costó un pico, pero quería darme el lujo de destazar a domicilio. Me molesta el olor de la sala de autopsias hasta el extremo del vómito. El cadáver estará ya en una especie de laboratorio que me hizo mi padre. ¿Quieres venir conmigo y hacemos juntos una bonita autopsia?”

Aunque Elena es la única de las personajes del libro que persigue su propia satisfacción, incluso así cae presa del amor romántico. Su padre tiene que ponerse de por medio para que no se case, para que no tenga una vida convencional confinada al sufrimiento. Porque para su padre, Elena es un proyecto, un experimento científico y liberal: “¿Pero no estás enamorada? Bueno… me quitas un peso de encima. He creído en la libertad de la mujer y tú debes probar mi teoría”. En este caso, incluso la forma en que la mujer se libera se rige por parámetros masculinos. 

En oposición a Elena está Aurora, quien mantiene un amor devoto hacia Gabriel, y a propósito se empequeñece ante él: así se siente protegida. Lilia Ramos afirma que las mismas contradicciones de estas personajes eran las de Yolanda. Así de conflictivas eran también sus relaciones con los hombres. A ratos ella se imponía, como la mujer liberal que era, y defendía su parecer. Pero, la mayor parte del tiempo, terminaba cediendo al peso de la tradición, que la conducía a abandonar todo, incluso su escritura, ante la confianza ciega de que su desdichado porvenir cambiaría gracias a la intervención de un hombre amado. 

Al final del libro, Aurora se libera de la imposición del amor normado, heterosexual y jerárquico. Pero no lo hace por su cuenta: es producto de una catarsis de su pareja, Gabriel, quien se descubre incompleto, inútil ante aquello que podría haber sostenido su vida: la alegría, la ternura, el diálogo. “Él era una especie de ser deshabitado; un molde de hombre al cual le faltaba todo lo vital y sobraba un montón de cosas innecesarias. Sobraban: su capacidad de análisis, su diabólica sensibilidad…”

Los sucesos espirales de estos personajes concluyen con una palabra también cíclica, un mantra. Justo cuando la violenta relación de Teresa y su marido parece a punto de repetirse en su hijo Gabriel, un despertar de conciencia interrumpe el ciclo. Un despertar que en realidad es un adormecer: un desdoblamiento espiritual. 

Así se da la autoaniquilación del pater: cinco años antes de que se publique Pedro Páramo, Oreamuno ya podía vislumbrar cómo aquella estructura jerárquica basada en el dominio sexual de un género dominante llevaba en sí su propia destrucción.

“Cinco años antes de que se publique Pedro Páramo, Oreamuno ya podía vislumbrar cómo aquella estructura jerárquica basada en el dominio sexual de un género dominante llevaba en sí su propia destrucción.”

Yolanda describe y cuestiona las relaciones de su tiempo, e irrumpe en la inercia de la costumbre con un ejercicio de ficción especulativa, donde un hombre se libera de sí mismo y, con ello, del aprendizaje de violencia, frialdad y cinismo a través de la ensoñación: el recorrido por un lugar que el personaje nunca conoció, pero logra mirar desde el cielo; así ocurre, como conclusión de la historia, una transformación mítica.

Aurora, mientras tanto, ha despertado: “un impulso de vida, la esperanza de un cariño, la libertad de una opresión, la voluptuosidad del aire, el instinto de renacer, todo estaba en ella”. 

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Al final de la novela se nombra, como si fuera un conjuro, un pueblo: Tzintzuntzan. Quizá Francisco Tario, aficionado a las historias extraordinarias y miembro de la Revista América, donde alguna vez Yolanda fue publicada, le habló a ella de aquel lugar, y le contó la creencia p’urhépecha de que el reflejo del lago de Pátzcuaro era una entrada directa al cielo, y aquella otra que afirmaba que los guerreros muertos en batalla vuelven a la vida como colibrís. 

No cabe duda de que, antes o después de esta escritura, Yolanda visitó aquel sitio. Quizá miró el agua extensa y luminosa, sintió la brisa con olor a pino y, con la lucidez abrumadora de alguna de sus tantas convalecencias, entendió que estar ahí era justo lo que necesitaba: una oportunidad, una puerta, pasar de un sitio a otro para ser libre. EP

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