Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Variaciones sobre el héroe y el laberinto

Como parte de su estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas, Ángel de León escribe un ensayo sobre el laberinto de Creta y el mito del minotauro.

Texto de 22/08/22

Como parte de su estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas, Ángel de León escribe un ensayo sobre el laberinto de Creta y el mito del minotauro.

Minos hace construir su palacio, o según los griegos su laberinto, para encerrar al monstruo recién nacido. Como el origen del Minotauro es divino habrá que sacrificarle todos los años siete muchachos y siete muchachas de Atenas. Teseo, ateniense, decide librar a su ciudad del tributo sangriento. Penetra en el laberinto y, gracias al hilo de Ariadna, princesa cretense enamorada de Teseo, puede volver a salir del laberinto después de haber matado al Minotauro.

Ramón Xirau. Introducción a la historia de la filosofía

A.

Pocas personas lo saben —secreto de Estado en el que se basa el renombre de Atenas—, pero Teseo, que partió de Atenas con seis muchachos y siete doncellas destinados a ser alimento del Minotauro, salió él solo del laberinto de Creta. Entre muchas otras versiones, se cuenta que, cuando sus acompañantes por fin se encontraron, frente a frente, con el Minotauro (o al menos así lo creyeron, porque el laberinto está poblado de espejismos), el terror se apoderó de ellos y se echaron a correr por los pasillos.

Pocas personas lo saben —secreto de Estado en el que se basa el renombre de Creta—, pero el laberinto es tan inmenso y enrevesado, que las probabilidades de que alguien se encontrara con el monstruo eran poquísimas, al punto de que hay quien sugiere que fue Teseo el primero en toparse con él, y eso gracias a que el hilo de Ariadna estaba impregnado del olor de la princesa, hermana de la bestia, que atrajo al Minotauro —inofensivo y tímido, pero ansioso por reencontrare con su familia—, a su fatídico final.

Otros, empeñados en sepultar la megalomanía de Teseo y de Minos, sugieren que el Minotauro había muerto de hambre mucho tiempo antes de que lo encontrara el príncipe ateniense, pues jamás tropezó con ninguna de las víctimas que le ofrecían, y Teseo, en un arrebato de patético heroísmo, manchó la espada con su propia sangre, le espantó las moscas a los restos de la bestia, y se llevó un par de huesos y unos cuantos pelos del cadáver para presumírselos a Ariadna y a su padre.

B.

“Es posible que se hayan creado amistades y hasta comunidades enteras, que se hayan desencadenado amores, odios, religiones y guerras, y que el laberinto lo fatiguen los descendientes de los que entraron cuando todavía había Minotauro que temer”.

De los innumerables prisioneros sin nombre del laberinto, hay muchos que, sin duda, deambulan todavía sin encontrar a nadie con quien hablar, pero también es posible que, con el paso del tiempo (tal vez un par de horas, o unos cuantos milenios: es difícil decirlo en el eterno presente del laberinto), algunos se encontraran entre sí, y también, para su sorpresa, con víctimas de sacrificios anteriores. Es posible que se hayan creado amistades y hasta comunidades enteras, que se hayan desencadenado amores, odios, religiones y guerras, y que el laberinto lo fatiguen los descendientes de los que entraron cuando todavía había Minotauro que temer. Perdidos en las ruinas de un imperio que ya no existe, lejos de la patria que los vio nacer, inevitablemente habrán llegado a preguntarse cómo fue que las cosas salieron tan mal en el mundo para que un grupo de pobres diablos terminara en una situación tan estúpida, sin que nadie hiciera nada aparte del espectáculo de llanto que cada siete años, cuando se seleccionaba a los jóvenes para el sacrificio, inundaba las calles de Atenas, cuando el rey lanzaba convocatorias de poesía para premiar a quien compusiera la mejor elegía fúnebre por las víctimas.

En el laberinto no hay ni muchas distracciones ni mucho que hacer, por lo que, tarde o temprano, sin duda, algunos habrán dejado de quejarse para imaginar la posibilidad de un mundo menos idiota, y a lo mejor hasta intentar fundarlo: sólo hacía falta encontrarse con alguien.

Γ.

Los reyes dicen que les toca el trono porque descienden de los dioses. Era de esperarse que, puestas así las cosas, nadie cuestionara la decisión de Egeo de mandarnos al laberinto nomás porque había perdido la guerra contra Minos. Por algo harán las cosas: ambos imbéciles son descendientes de dioses.

Teseo nos había dicho que nadie interviniera, que resguardáramos el hilo mientras él se encargaba del minotauro, que a él le corresponde, como hijo del rey, el horror y la gloria de asesinarlo. Yo estaba acostumbrada a escuchar ese tipo de cosas, que siempre me parecieron, sin que, por otro lado, me importaran demasiado, un poquito ridículas, pero me ponía muy nerviosa cuando él las decía. A primera vista, una se daba cuenta de que Teseo era distinto a los otros; confieso que, al principio, le coqueteaba (y no era la única idiota), y hasta le recé a Poseidón para que mejor naufragáramos y nos quedáramos solos los dos y olvidarnos de Atenas y el Minotauro y si teníamos hijos ni decirles que esas cosas existieron. Tenía un brillo en las mejillas, unos modales y un cuerpo muy distintos de los otros atenienses. Durante el viaje se comportó como nuestro igual, nada de “yo soy el príncipe, remen ustedes”. Trabajaba  tanto como los otros, y fue ahí que la puerca torció el rabo: luego de varios días viéndolo remar al lado de sus súbditos y tan lejos de Atenas… ya no se veía tan distinto. Si en algo se distinguía, fue un accidente, y ese accidente se hacía más borroso con cada día que pasamos sin tierra a la vista en el mar. Después de todo, desde que había llegado a Atenas y lo reconoció su padre, el príncipe se la pasaba todo el día en el gimnasio. No trabaja para comer, pero comía mejor que nosotros, y si salía a cazar fue por deporte… pero a pesar de su cuerpo perfecto (eso sí no lo voy a negar), no remábamos más rápido porque viniera con nosotros el hijo de Egeo. La  única diferencia es que le decíamos príncipe.

“Por fin llegamos a Creta. Cada que Atenas mandaba un grupo para el sacrificio, la familia real lo recibía, y qué casualidad que hasta ahora le entró lo rebelde a la princesita y se enamoró de uno de los prisioneros”.

Por fin llegamos a Creta. Cada que Atenas mandaba un grupo para el sacrificio, la familia real lo recibía, y qué casualidad que hasta ahora le entró lo rebelde a la princesita y se enamoró de uno de los prisioneros. Ya sabía que él no era parte de los siete muchachos y las siete doncellas elegidos al azar, que él no, que él podía darse el lujo de ir voluntariamente a una cosa que las madres de todos los atenienses rezaban a todos los dioses para que no nos tocara. El más guapo y heroico y varonil, por voluntad de los dioses y la del resto de los imbéciles que le decíamos alteza y esperábamos de él, como Ariadna, la salvación.

En ese instante no pensaba en eso: no sé si por celos o por un súbito arranque de amor a mi pueblo, se me ocurrió que primero muerta antes que aceptar la ayuda de una princesa cretense. Ahí se acabó lo de somos iguales: a Teseo le pareció más prudente  escuchar las promesas de otra princesa que los temores de una de sus súbditas, y claro, ya lo imagino: llegamos con ella a Atenas, Egeo se reconcilia con Minos, el príncipe y la princesa se casan y sólo los resentidos nos acordamos de las matanzas.

Para la quinta noche en el laberinto, yo ya había perdido la paciencia, me planté frente a Teseo y le dije: ya tenemos bastante con un héroe para que encima nos traigas una heroína. Aquí no están tu padre ni tus ejércitos ni tus banderas ni nuestros padres. Ni nuestros dioses. Aquí no eres príncipe, ni eres hombre, ni eres Teseo: eres uno de los catorce que estamos aquí esperando la muerte, porque nuestro rey y nuestros padres nos aventaron aquí para salvar su pellejo. Pero el laberinto es enorme, podríamos quedarnos aquí… hay gente bastante para poblarlo, y con el tiempo a lo mejor hasta conquistamos Creta y Atenas. Somos catorce, y entre estos catorce, vamos a decidir qué hacer. A lo mejor puedes tú solo contra el monstruo, pero es uno contra uno… aquí no hay ningún rey que nos…

El hijo de Egeo desenvainó la espada, pero no la apuntó hacia mí: del fondo del pasillo nos llegó el rumor de unos pasos. Uno a uno, mis compañeros se agazaparon detrás de él. Lentamente, sin importarme el monstruo, les di la espalda y me fui.

“No sé si escaparon o si los mató el Minotauro: en el momento que das la vuelta a un pasillo, ya estás muy lejos del que dejaste atrás”.

No sé si escaparon o si los mató el Minotauro: en el momento que das la vuelta a un pasillo, ya estás muy lejos del que dejaste atrás. Con ellos quedó mi patria, donde no podía apartarme de mi lugar ni un segundo si no quería caer, para siempre, en lo que ahora, a la distancia, me parece imbécil que sea la peor pesadilla de los griegos: la nada. Después de tanto tiempo en el laberinto, yo ya le agarré el gusto: mejor que volver a Atenas, donde seguro —si es que salieron—, la gente organizó un desfile para recibir a su héroe. EP


Referencias

Xirau, Ramón. Introducción a la historia de la filosofía. Un laberinto, un escudo y una ley. Universidad Nacional Autónoma de México (Coordinación de Humanidades. Programa Editorial). 1964.

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