¿Vale la pena la cruda?

A veinte años del golpe de Estado en Venezuela, hay una fiesta pendiente que no sabemos si vuelva algún día. Fernando Clavijo, que vivió de primera mano las manifestaciones contra Hugo Chávez, relaciona aquella experiencia con la comida y bebida típica venezolana.

Texto de 11/04/22

A veinte años del golpe de Estado en Venezuela, hay una fiesta pendiente que no sabemos si vuelva algún día. Fernando Clavijo, que vivió de primera mano las manifestaciones contra Hugo Chávez, relaciona aquella experiencia con la comida y bebida típica venezolana.

Entre más dulce la bebida, peor la cruda. Eso es sabido. La guarapita de parchita se brinca la barda de azúcar y da un dolor de cabeza de aquellos, pero es sabrosa. Como dicen los venezolanos, pero no los sifrinos del Este que le van a los Leones sino los costeños de los Tiburones de la Guaira: “se sufre pero se goza”. Creo que hacerse daño voluntariamente es un rasgo tan humano que podría considerarse un derecho. Uno que nosotros los mexicanos somos muy buenos en ejercer. En esta ocasión quiero hablar de la tierra de Simón Díaz y Rómulo Gallegos, de María Conchita Alonso, del mismísimo Puma.

He aquí la historia de la peda más larga y ruda que haya vivido Venezuela y de su previsible y tristísima cruda. Además: la receta para conseguirla.

“Creo que hacerse daño voluntariamente es un rasgo tan humano que podría considerarse un derecho”.

I. La rumba (o la peda)

Imagine usted, querido lector, cuarenta años chupando petrodólares sin compartirlos con nadie más que con su compadre. Así se la pasaron AD y COPEI, la versión venezolana de nuestros PRI y PAN, que presumían de la mayor estabilidad y bonanza del continente. Para no meternos en argot económico, baste decir que durante esa pax, Venezuela era el primer consumidor per cápita de whisky en Latinoamérica. Así la fiesta. Pero la llegada de Hugo Rafael Chávez Frías al poder en 1999 (luego de dar un golpe de Estado fallido en 1992) fue como prender las luces y bajarle al merengue. Sin embargo, todavía quedaba ambiente.

PDVSA, la paraestatal petrolera, sacaba buenos números y albergaba a una élite tecnocrática que era la envidia de leviatanes como Pemex o Petrobras. Cuando el Comandante Chávez —electo por el pueblo con una mayoría apabullante— decidió empezar a usarla como su caja chica, el consejo directivo le dio un rotundo no, para algarabía del puñado de ricos que veía la política desde la terraza del bar del Country Club, donde el whisky parecía salir de la llave. ((El Comandante hablaba muy mal del whisky, decía que la bebida del pueblo era el ron. Y puede ser, pues sus allegados bebían el mejor ron de Venezuela, Santa Teresa, parte del legado de la familia Vollmer, boers sudafricanos muy bien educados, pero todo menos de izquierda. Debe decirse que Hugo Chávez, como todo autócrata que se respete, era abstemio.))

Duró poco el gusto porque al día siguiente, en su programa dominical Aló Presidente (algo así como las mañaneras pero con ventilador y vaso sudado de papelón con limón), nombró a los integrantes de dicho consejo directivo y les dijo, uno a uno, “¡despedido, pa’ la calle!” hasta no dejar a nadie. Los mercados pusieron el grito al cielo, pues a esto se sumaban otras medidas poco técnicas, o bananeras, como cambiarle el nombre al país, añadirle una estrella a la bandera y voltear el caballo de Bolívar para que mirase hacia la izquierda.

Lo que siguió fueron tres días de protesta generalizada. Hacía un calor del infierno, pero salimos a la calle en colorida y escotada manifestación. En el relajo se bloquearon algunas calles caraqueñas (como el Anillo Periférico a la altura de Chivatito) y hasta se hicieron campings para pasar la noche en plena autopista. No faltó quien pusiera unos chorizos a las brasas de la Coleman en la parte trasera de su Land Rover o Toyota 4×4. Así, al ritmo de Los amigos invisibles, la borrachera daba un repunte.

Al tercer día, el 11 de abril de 2002, la calle era de euforia. Todos sabíamos que el futuro del país estaba en nuestras manos. Era intoxicante. No sé en qué momento fue pero se habían puesto el líder de los trabajadores, Ortega, y el de los empresarios privados, un godín top llamado Carmona Estanga —ahora infame— al frente de la fiesta popular. Estanga se levantó por Chacaíto a eso del mediodía y nos dijo: “¡vamos para Miraflores, vamos a sacar a Chávez de ahí ahora mismo!”. Sin pensarlo, emprendimos el camino hacia el centro. Confieso que cuando el barrio se puso feo —todavía no se escuchaban los balazos— yo me desvié y me fui a casa, desde donde llamé al embajador mexicano e indagué mis opciones: “mira Fernando, métete unos dos, tres mil dólares en efectivo en la bolsa junto con tu pasaporte, y si la cosa se pone violenta te vienes a esta que es tu casa.” No me da vergüenza haber previsto mi salida, pero nunca fui a la residencia de la Embajada. No me perdería por nada el fin del mundo.

“Los jóvenes inocentes decíamos: ‘tiene que haber un juicio y que este salvaje responda por sus crímenes’; los viejos colmilludos, en voz baja, ‘no, que lo maten ahora mismo'”.

En televisión, Chávez daba un discurso sobre educación en cadena nacional, de modo que no podían mostrar lo que pasaba en las calles. Sin embargo, por la banda informativa —en la parte inferior de la pantalla— se reportaba que policía e integrantes del gobierno habían abierto fuego a la muchedumbre, a la altura del puente Llaguno. “Van 11 muertos confirmados”, decía. De pronto, se apagó la señal. Era una noche muy cálida, pero en vez de chachalacas y grillos se escuchaban sirenas, motos y entre tanto, un silencio de mucho miedo. Horas más tarde volvió la señal. Aparecieron en primer plano, alrededor de una docena de almirantes, todos uniformados de blanco. Uno de ellos tomó la palabra y comunicó al público que, debido a los atropellos contra los derechos humanos, se le había solicitado la renuncia al presidente, “la cual aceptó”. Luego dijo “los mantendremos informados” y la señal se volvió a cortar.

Abrazos, gritos, llanto, champán. Era como si Alejo Carpentier hubiera escrito una telenovela. Los jóvenes inocentes decíamos: “tiene que haber un juicio y que este salvaje responda por sus crímenes”; los viejos colmilludos, en voz baja, “no, que lo maten ahora mismo”.

II. El guayabo (o la cruda)

La noche del 11 de abril de hace exactamente 20 años llevaron a Chávez a la cárcel de la Orchila, una isla paradisíaca en el Caribe. El 12, la tele pasó de estar sin señal a mostrar las caricaturas, hasta que se presentó Carmona Estanga en una reunión llena de empresarios y varios conocidos del bar del Hoyo 19 que aplaudían y gritaban como guacamayas agarradas por la cola. El señor Estanga rechazó el apoyo del Congreso (apoyo que le había ofrecido el líder moderado Miquilena, un dato que nunca se hizo público) y decidió disolverlo; luego se juramentó a sí mismo como presidente interino sosteniendo la constitución en una mano. Perdido el hilo constitucional, el movimiento popular se había convertido en golpe de Estado. ((El año pasado escribí sobre la efeméride del golpe en España conocido como el 23F. Que nadie me tache de golpista: aunque mis padres escaparon de golpes en Sudamérica y en mi casa no me dejaron olvidarlo, éste lo viví de primera mano. Además, los golpes están de moda.)) Al día siguiente, 13 de abril, Chávez volvió, ahora sí para quedarse. Durante semanas y meses, la gente parecía en shock. Si veía a alguien en la oficina y le preguntaba cómo estaba, la respuesta era “pues mal, cómo voy a estar.” Un país entero crudo.

“Hoy, después de otros 11 años de Chávez y casi 10 de Maduro, no queda nada de esa Venezuela”.

Hoy, después de otros 11 años de Chávez y casi 10 de Maduro, no queda nada de esa Venezuela. Ni el petróleo, ni la oligarquía, ni mucha de la gente. Esa fiesta se acabó, y no se ve que vaya a volver.

III. La receta

Aguas con la cruda, puede ser señal de algo. En especial, de que se están acabando el hígado. El azúcar de esta receta hace trabajar de más a este órgano y ocasiona deshidratación, así que ya saben. Como dicen los venezolanos: “¿cómo sabes tú que la Guaira es lejos?” Ah, pues porque he ido. De hecho, la mejor guarapita es la del Bar Miami, en la Guaira. Afuera huele a empanada frita, a cachitos de queso y de pabellón (plátano macho, frijoles, arroz y carne mechada) carbonizados en aceite quemado; dentro, venden variedades de este menjurje. La Guaira es una zona, pero también un equipo de béisbol y un estado de ánimo.

La palabra guarapita viene de guarapo. Y guarapo no es más que un producto intermedio de la extracción de la caña. Es decir, un destilado de mala calidad, como la cachaza. Cualquiera que haya visitado un ingenio azucarero sabe que el nombre le queda a la medida: es una máquina hermosamente ingeniosa. Por un lado, la caña se exprime y el líquido resultante (la cachaza) se evapora y limpia hasta dejar solo azúcar. La fibra de la caña se quema para calentar el agua y el vapor de agua se usa para mover los rodillos que la trituran. Es tan eficiente que normalmente sobra energía para producir electricidad.

La zafra es otra historia, uno de los trabajos más duros en México y en todo el Caribe. Entrar a la maleza de la caña con huaraches y un machete es realmente imposible. Y la relación laboral con el aguardiente de baja calidad resultante es tan racial que en Venezuela hay uno que se llama Palo ‘e Negro.

Ingredientes ((Hay maracuyá en el supermercado por internet. Se pueden usar unas 15 guayabas como sustituto, pero como no tienen la acidez necesaria habrá que reducir el azúcar. También se puede hacer con piña, una especie de tepache casero con mucho punch. Para ello se pelan dos piñas grandes y se muele la carne con poco agua. El jugo y las cáscaras lavadas se vierten en un garrafón de agua de 20 litros y se le añade un kilo de azúcar. Se tapa pero no herméticamente porque explotaría con la fermentación, y se deja una semana. Se le añade un litro de guarapo y se deja otra semana. Aguas.))

8 parchitas (maracuyá)

medio kilo de azúcar

1 litro de aguardiente (o ron blanco si se ponen finos)

3 litros de agua

Procedimiento

Partir las parchitas y quitarles la pulpa. Reservarla. Quitarle lo blanco a la cáscara, pero dejar la carne restante. Hervir las cáscaras en agua por 10 minutos junto con una taza de azúcar.

A las parchitas hervidas se les retira la carne que aún les queda, que es como una compota, y se muele con una parte del agua de cocción y otra media taza de azúcar. Se devuelve al fuego, esta vez lentamente. La pulpa con las semillas se muele también, así en crudo, con el resto del agua de hervir y otra media taza de azúcar. Luego se cuela y se junta con la compota en la olla.

Una vez fuera del fuego pero caliente, se le añade al aguardiente. No debe hervir porque pierde su flow. Dejar enfriar y rellenar cuatro botellas de 750ml. Servir en caballito si está helado o en un vaso con mucho hielo. EP

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