Una cuestión de principios

Kevin Jacobson había decidido asumir su profesión como un apostolado y al deber de preservar la vida, añadió el de conceder la muerte. En cambio, sus colegas y la legislación norteamericana difirieron de su opinión profesional y condenaron sus acciones.

Texto de 19/06/20

Kevin Jacobson había decidido asumir su profesión como un apostolado y al deber de preservar la vida, añadió el de conceder la muerte. En cambio, sus colegas y la legislación norteamericana difirieron de su opinión profesional y condenaron sus acciones.

Faltan doce minutos para la última ronda. El doctor Kevin Jacobson, inmóvil en su catre, hace esfuerzos por no delatarse. Bajo la colchoneta guarda una hoja de afeitar poco afilada, pero eficaz para los fines que piensa darle. Sigue intacta, tal como la dejó hace tres días, cuando se hizo de ella clandestinamente. Jacobson se esconde de sí mismo bajo las cobijas, se muerde el puño y luego hinca los dientes en la almohada sobre su rostro. Aislado como está, piensa, sabe que los vigilantes advertirán su estado de un momento a otro porque ya es imposible disfrazarlo: la fiebre, el castañeteo de los dientes, los temblores, las cefaleas y las ausencias, la orina sanguinolenta… Un ciego podría ver cómo se encuentra y cómo se siente. Jacobson no puede permitirse ser atendido. La muerte lo ha llamado, pero se resiste a escucharla. Quisiera cruzar la línea con el mismo entusiasmo con que ayudó a otros en idéntico trance… No puede. 

Llegará el momento en que deberá entregarse a lo inevitable; será sometido a costosos tratamientos médicos para preservar su vida y al dolor de sobrevivir suma la esperanza del mañana y la incertidumbre del futuro, las dos caras de la moneda. Jacobson desea creer, quiere convencerse de que ha llegado a esta estación terminal con boleto de regreso en mano. Aprieta fuerte los párpados y llora porque la vida aún está de su lado y es lamentable no poder retractarse porque todo se vendría abajo. Ahora más que nunca es una cuestión de principios.

Quizás este enfrentamiento entre la vida y la muerte hubiese resultado irónico para quien no estuviera en ese catre sudando el miedo. La ironía, sin embargo, no tenía espacio entre las sábanas de Jacobson. Y no era justo, la vida estaba en deuda con él. La cárcel se la debía a una decisión personal “para combatir prejuicios oscurantistas”, aseguró a los diarios y a la televisión, pero este desdichado padecimiento, no.

Kevin Jacobson había ayudado a bien morir, absolutamente libre de remordimiento, a unos ciento treinta individuos. La mayoría la conformaba enfermos en etapa terminal; un tanto aquellos que, consumidos por una dilatada agonía, optaban por rendirse —término fácil de empleo y difícil comprensión en tales circunstancias: “rendirse”, leído casi como reproche—; otro tanto lo constituían quienes, vencidos por una realidad sin adjetivos —la presente y la perspectiva futura que les planteaba el médico—, fatigados por el combate contra lo ineluctable, decidían racional y razonablemente poner punto final al sufrimiento. La diferencia entre unos y otros es vaporosa, pero abismal, sobre todo a ojos de la Ley.

Sin embargo, Jacobson asistió en la muerte a cada paciente suyo de manera escrupulosa. Consultaba con minuciosidad el registro médico del enfermo y lo atendía hasta que consideraba agotados sus vastos conocimientos científicos. Entonces, sólo entonces, cuando llegaba a un callejón sin salida, al precipicio de la vida artificial, mediante insinuaciones muy sutiles pero directas, sugería la pertinencia del “último recurso”, según la gravedad del caso, de manera que apenas obtenía el consentimiento de los involucrados —Jacobson era muy persuasivo en este sentido— actuaba con angelical prontitud.

Quizás este enfrentamiento entre la vida y la muerte hubiese resultado irónico para quien no estuviera en ese catre sudando el miedo. La ironía, sin embargo, no tenía espacio entre las sábanas de Jacobson.

La mal llamada “ejecución”, de acuerdo con sus abogados y el propio testimonio de quien se hacía llamar “Asistente de la Muerte”, se llevaba a cabo de conformidad con la familia y con los deseos del enfermo, si estaba consciente. También se dijo, cuando lo llevaron ante el tribunal, que en algunas ocasiones —quizá Jacobson las contaba con los dedos de las manos, o ni siquiera las contaba— se vio obligado a proceder al margen de consentimiento alguno, a hurtadillas, como un justiciero motivado por un instinto piadoso. Esto por lo común sucedía cuando los condenados se mostraban optimistas con respecto a su recuperación y carecían de familiares; o por el contrario, cuando los parientes se negaban haciendo gala de un “egoísmo rampante” a ver las bondades y los beneficios de recurrir a la muerte asistida, fuera porque se encontraban repentinamente en medio del dilema religioso y ganaba el temor de Dios, fuera porque oponían inválidos reparos de carácter moral y preferían refugiarse en las leyes para enmascarar sus prejuicios.

El doctor Jacobson, sin embargo, nunca tuvo reparos para justificar un “presunto asesinato” por asfixia o infarto, afirmó el fiscal en su momento. El acusador obviaba el alivio que la noble muerte supone para todos. Eso debería de exonerarlo de suspicacias, alegó el doctor, y tomarlo como atenuante. La realidad fue que, al paso de los años, entre juicios fallidos y restricciones y sanciones a la práctica médica, los pacientes que ocupaban las habitaciones de la clínica del misericordioso Jacobson comenzaron a desocuparlas casi tan pronto como las tomaban. El doctor estaba satisfecho con su labor humanitaria en total complicidad con los internos. La Clínica de la muerte fue el título del primer documental al respecto.

Kevin Jacobson había decidido asumir su profesión como un apostolado y al deber de preservar la vida, añadió el de conceder la muerte. En cambio, sus colegas y la legislación norteamericana difirieron de su opinión profesional y condenaron sus acciones. Una corte federal lo citó para someterlo a juicio por tercera, ¿cuarta vez? El médico, lejos de amilanarse, compareció ante los tribunales convencido, incluso se mostró obstinado e insolente frente al juez y al jurado. Al cabo de unos meses aceptó bajo protesta los cargos que le imputaban y refirió de manera puntual cómo había asistido a quienes llegado el momento requirieron sus servicios: cuarenta y dos personas, cuyos nombres, apellidos e historial médico recitó sin titubeos. Se declaró a favor del “último recurso” y argumentó en su defensa (una defensa innecesaria) el sosiego físico y espiritual de la muerte digna; se aferró a este punto de vista con fiereza, como un desposeído que se dispone a la guerra para recuperar lo perdido.

Los medios de comunicación siguieron atentos el largo proceso del Asistente de la Muerte y un maledicente ingenio rebautizó de la noche a la mañana a Jacobson como el “Ángel de la Muerte” —mayor humillación jamás experimentaría que el ser equiparado con un brutal asesino—. También buscaron hasta la saciedad un asomo de arrepentimiento en el controversial sujeto. Nada.

En su celda, Jacobson permanece firme en sus convicciones, fiel a su muy personal Juramento Hipocrático, corregido y aumentado. El soberbio Ángel de la Muerte ha afirmado categóricamente, en repetidas ocasiones, que jamás cambiará de parecer con respecto al compasivo destino que merece toda persona una vez que la naturaleza le da la espalda, cuando el mal rebasa los límites de la sabiduría médica y sus pobres remedios son innocuos y se convierten en promesas, experimentos farmacéuticos y vagos paliativos de un martirio prolongado. Incluso tratándose de él, reiteraba como celebrando un contrato con Dios, jamás cambiaría de actitud ante la muerte o ante la reflexión de sus actos.

Y ahí está ahora el doctor Jacobson, a pesar de sus afirmaciones, enunciadas siempre con dureza y severidad para hacer de su doctrina personal un dogma, hecho ovillo en su catre, con la íntima conciencia de que ha cometido perjurio, ahora mismo que llora contra la pared lleno de miedo y sin esperanza. Pero el conflicto entre el acto de fe y su doctrina poco le afecta. El mañana es lo importante, mañana… ¿qué significa mañana? Sabe que se extingue minuto a minuto y, así como ignora si verá el sol del siguiente día, desconoce si encontrarán remedio para su mal. Ninguno entre sus detractores o entre sus discípulos descubrirá este último engaño, su derecho a mentirse y vacilar frente a su condición real. Lo ha perdido todo menos la reputación, y este íntimo conflicto es un secreto que alimenta hora tras hora en su celda en tanto llega la muerte… Pero la muerte no llega.

¿Y si estuviera equivocado? ¿Si al amanecer le dijeran que han hallado un remedio? Su quejosa estancia bajo las cobijas de un hospital penitenciario sería la perpetuación estúpida de una farsa; evadir el último recurso ante la muerte segura no era parte de su dogma. No, así no lo había previsto. Morir en sus propios términos es una cuestión de principios, aunque Jacobson sólo quiera saber de finales, terminar con la espera y anticiparse a la probabilidad del indulto, o peor aún, que lo despojen de su derecho a renunciar al dolor.

En su celda, Jacobson permanece firme en sus convicciones, fiel a su muy personal Juramento Hipocrático, corregido y aumentado.

El doctor Kevin Jacobson se revuelve en el camastro y desliza una mano bajo la colchoneta. La hoja de afeitar está tibia, qué alivio. Ya se prepara el primer cambio de guardia del nuevo día. En menos de dos minutos, calcula mientras observa el cielorraso, el oficial asomará la nariz por la mirilla y la verdadera historia del Ángel de la Muerte, la que Jacobson desea que se cuente, comenzará a escribirse. EP

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