Todo, tal como pasó

Este mes se cumplen treinta y cinco años de la muerte de Truman Capote. Para recordar al autor, volvemos con el siguiente artículo a la que es sin duda alguna su obra maestra, A sangre fría. Publicada primero en The New Yorker como una serie de cuatro entregas, esta novela basada en hechos reales apareció en forma de libro el 17 de enero de 1966 bajo el sello de Random House. Capote tardó seis años en escribirlo. Se nota.

Texto de 09/08/19

Este mes se cumplen treinta y cinco años de la muerte de Truman Capote. Para recordar al autor, volvemos con el siguiente artículo a la que es sin duda alguna su obra maestra, A sangre fría. Publicada primero en The New Yorker como una serie de cuatro entregas, esta novela basada en hechos reales apareció en forma de libro el 17 de enero de 1966 bajo el sello de Random House. Capote tardó seis años en escribirlo. Se nota.

La noche del 14 de noviembre de 1959, dos exconvictos se metieron a la casa de los Clutter en Holcomb, una población dispersa en las praderas de Kansas. Estaban ahí el papá, la mamá, una hija de dieciséis y un hijo de quince. Los ataron, registraron el inmueble y los mataron. Tras leer la noticia en The New York Times, Truman Capote decidió viajar allá y escribir sobre el caso. El producto es, para muchos, la mejor novela periodística que se haya escrito, un virtuoso recuento de los antecedentes, el homicidio, los efectos en Holcomb, la huida de los criminales como un road trip de signo negativo, la captura, el juicio y la ejecución.

En el libro no hay mayores sorpresas: es una historia sencilla, aunque horrenda, sin vueltas de tuerca ni peripecias, en la que A lleva a B y B conduce a C. Al lector no le importa el ¿qué? Ya lo sabe. Quiere saber por qué y cómo. A la primera pregunta, ¿por qué?, Capote da una respuesta vulgar y desoladora —por cincuenta dólares— y otra de gran complejidad: las psicologías de Richard “Dick” Hickock y Perry Smith (sobre todo la de Smith, el personaje que más seduce al autor). Uno, codicioso y perverso pero titubeante a la hora crítica. Otro, sensible, incluso compasivo, pero irremediablemente trastornado, un asesino nato, en palabras del cómplice. Capote no habla mucho de las hijas mayores de los Clutter, Eveanna y Beverly, que ya no vivían en Holcomb cuando ocurrió el crimen. No lo hace tal vez porque no contó con el consentimiento. Ellas son las principales dolientes. Para hablar de la aflicción, recurre entonces a dos personajes secundarios, el novio y la amiga de Nancy, la chica asesinada. Y para tener novela, se enfoca en los criminales. Sin Dick y Perry al centro, A sangre fría (In Cold Blood) se caería a pedazos.

A la segunda pregunta, ¿cómo?, Capote responde con una reconstrucción hipnótica de los hechos. Uno de sus logros principales es bajar hasta el nivel del detalle mínimo sin sacrificar nunca el movimiento de la historia. Con la ayuda de Harper Lee, el autor reunió incontables páginas de material (¿más de ocho mil?): expedientes, entrevistas, notas periodísticas, cartas… ¿Qué decía el recado de la gerencia que vieron Smith y Hickock en el espejo de su cuarto de hotel en México? ¿Qué contenía la caja de posesiones de Perry cuando la policía la encontró en Las Vegas? Pero cada dato aporta: al sondeo psicológico, a la verosimilitud, a la trama, al efecto emocional (“[…] a lonesome area that other Kansans call ‘out there’”,[1] dice sobre Holcomb). Y cada dato transita según la velocidad de una exposición fílmica. Guionista consumado, Capote hace cine verbal: privilegia el movimiento, pasa de un plano a otro, deja cuanto puede en manos de los personajes, alterna hilos que se acabarán atando (por ejemplo, el del sueño americano de los Clutter y el del advenimiento gradual y ominoso, a la Beethoven, de los asesinos).

Hay actos cuya realidad preferimos ocultar. Los mantenemos detrás de un velo que disimula. El homicidio es uno de ellos. Ni siquiera el periodismo lo muestra tal como es: lo atenúa, lo estridentiza. Capote corrió el velo. Pudo hacerlo porque eligió un caso real, porque supo que en el fondo de este caso había una historia arquetípica (la de la inocencia que, puesta ahí, en la llanura, muere a cambio de nada) y porque lo presentó con escrupulosidad y objetividad pasmosas. Todo. Tal como pasó. En el ánimo de muchos, la muerte de Nancy Clutter retumba con mayor fuerza que la masacre americana más reciente.


[1] “[…] una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman ‘allá’”.

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