Teresa, un negro y maíz

“Teresa se ríe pensando en aquéllas y otras ocurrencias. De pronto, una sombra se proyecta sobre el pasto ralo…”

Texto de 23/05/19

“Teresa se ríe pensando en aquéllas y otras ocurrencias. De pronto, una sombra se proyecta sobre el pasto ralo…”

I

Desde lo alto del cerro, Teresa, de hombros anchos, camina riendo, cubriéndose los hombros con un rebozo de verde pino, mientras carga un pesado costal lleno de majada de vaca, la cual servirá para alimentar el fuego del horno. Además de las heces secas, ha desenterrado diversas figurillas de piedra. Piedras de antaño, cuando los antepasados vivían bajo el cobijo del cerro. Un par de temolotes centenarios, con cuidadosos grabados. Una figura redonda, con nariz y orejas. Un diminuto cáxitl que ha perdido su punta.

Teresa se guarda aquellos trazos de tiempo en su delantal, y sacude la cabeza pensando en esas ocurrencias de enterrar todo bajo tierra. En el cerro se aparecen todo tipo de seres, entelequias y delirios. Ahí, en la parte más alta del terreno, un día se le apareció el tío Nicolás, volando con sus brazos extendidos y su chal rojo de lana. Desfilando en el cielo del cerro, con su palo de escoba cruzado entre sus piernas, el tío Nicolás volaba, y Teresa lo vio surcar el aire, sigilosamente, de un lado a otro. ¡Respétame Teresa, que soy brujo y sé volar! El tío volaba entre las nubes grises y los nopales agachados. Teresa se acuerda de que un fuerte escalofrío le recorrió la cabeza y comenzó a sentir arcadas de puro miedo. Pero la voz del tío Nicolás rebotaba por todo el paraje. ¡Ora, Teresa! ¡No tengas miedo, que soy yo!

Teresa se ríe pensando en aquéllas y otras ocurrencias. De pronto, una sombra se proyecta sobre el pasto ralo. A lo lejos, una figura temblorosa se mueve rápidamente entre los reflejos del sol. Teresa aprieta su delantal con uno de los temolotes en mano y distingue a un joven de piel oscura, harapiento y delgado, que se asoma tímidamente entre los magueyes amontonados. Los ojos del joven son blandos y brillantes como el rocío de la mañana. Teresa suelta una infantil carcajada y echa a correr, bajando con rapidez el cerro, con gracia, con agilidad, creyendo haber visto a un chololito o un nahual que recién despertó de su sueño y anda perdido.

Aquella carcajada se esparce como un eco suave, como un fresco aroma en el aire que abraza el alma de Busanga, quien siente que el corazón se le fragmenta. Teresa de piel morena y trenzas gruesas, rebosante cempasúchil con los zapatos de plástico llenos de tierra, se convierte en un cielo claro y azul que va bajando, riendo con delicia, iluminando al mismo sol.

II

El zambito camina detrás del niño Manuelito, quien va corriendo por entre la maleza. El juego es bastante simple: el patroncito hiere a pequeños cuitlacoches ocres que revolotean entre los árboles, los atrapa en un saco de mecate y los lleva a la cocina de la hacienda para recibir a cambio una refrescante jarra de tejate. El zambito no participa en el juego. Tan sólo tiene permitido recoger piedras y cargar el saco con las presas, siguiendo en silencio, descalzo, sin distraerse y sin hablar, escuchando el aleteo frágil de las aves y sintiendo el calor del día arder sobre sus hombros.

El zambito antes era “el diablito” porque es un niño negro importado, traído de muy lejos, donde las costumbres son paganas, se baila candombe y se practica el vudú. Su piel es oscura como la madera carbonizada, engrasada con aceite de coco. Sus labios son prominentes como tiernas rebanadas de maguey. Sus cabellos son ensortijados como lana de borrego y las palmas de sus manos son pálidas. El niño se refiere a sí mismo como Busanga, pero prefieren decirle “el zambito”.

Se podría decir que es un niño feliz, aunque le teme a la oscuridad de la noche y se enrolla en su pequeño sarape, deseando recordar el abrazo cálido de su madre o la reconfortante musculatura de su padre. Pero sus recuerdos se difuminan con rapidez y los rostros de sus progenitores se alejan con el silbido del viento, convirtiéndose en imágenes desconocidas que se olvidan antes de prorrumpir en el espacio. Su lengua materna también va desapareciendo, quedando enterrada bajo las consonantes sonoras del español. Antes solía decir: “Wi, sabi!”. Ahora responde: “¡Sí!”. Antes rezongaba: “Pa vle ale!”. Ahora baja la mirada y responde con desgano: “¡No!”.

Un día, Manuelito juega en el patio del casco. El chiquillo va dando saltos atrabancados cuando, de pronto, el suelo tiembla y pierde el equilibro. El niño se levanta, una imperceptible herida en su frente salpica un ligero chisguete de sangre. Asustado corre en busca de las criadas, gritando con verdadero espanto. Luego, como si tuviera una iluminación, improvisa: ¡Fue el zambo! ¡Fue el zambo!

Las criadas escuchan los chillidos y salen corriendo como gallinas a punto de ser degolladas, empujándose entre ellas para recibir al patroncito. Ninguna se cuestiona qué ha sucedido; sin embargo, todas se trastornan con las lágrimas del crío, corriendo de un lado a otro, buscando toallas, hierbas y demás menjunjes que puedan utilizar para curarlo.

El zambito escucha el escándalo y mira de reojo. Advierte con sorpresa la sangre que brota de la frente del niño. No le gusta lo que escucha ni lo que ve. “Koo see! Pa te reponn!”, se lamenta, y sale corriendo como pantera que huye del cazador al advertir que las criadas, empujándose unas a otras, tratan de aprehenderlo, gritando toda una serie de injustos improperios. De pronto, el silencio se apodera del escándalo y lo único que se percibe es el resquebrajar de la tierra y los taconazos de unas botas severas. Don Manuel, de pecho inflado y cejas despeinadas, viene corriendo con la velocidad que le permiten sus cortas piernas y, por una extraña suerte de casualidades, atrapa al niño entre sus gordas manos.

El cacique sabe que las criadas y su hijo esperan un acto que recuerde el orden de las posiciones entre hombres, mujeres y niños, así que exagera el movimiento de sus brazos y desenvaina con poderío su cinturón para ajusticiar al zambito, quien con mirada burlona aprieta los labios y comienza a chillar en su lengua materna, soltando carcajadas bullangueras que resuenan en los oídos de los presentes. Don Manuel interpreta este gesto como la señal de una naturaleza salvaje e insensible. Manuelito piensa que esto sí es gracioso, esto sí está bueno, y se ríe mordiéndose la lengua. Una criada piensa —muy en secreto— que sería mejor que lo amarren, le den más cuerazos, un chorro de cuerazos, y lo boten ahí en la selva para que se lo coma el nahual. Otra piensa que “¡híjoles!, el mole se va a pegar a la olla, y mejor hay que echarle más caldo, mejor hago la carrera”, y se va.

Don Manuel, avergonzado de ser el centro de atención, con ganas de tomar un refrescante mezcal y abandonar la tarea, limpia el sudor de su frente y recupera su pesado aliento. Nadie se atreve a emitir ningún sonido ni a cruzar miradas. “¡A chingar a su madre!”. Y todos corren, entre risitas nerviosas, a sus debidos quehaceres.

Desde ese día, el zambito fue confinado a la compañía de los adultos. ¡Tú con el patroncito ya no juegas! Su mirada se volvió serena, sus rasgos infantiles se endurecieron. Los años de su infancia fueron desvaneciéndose entre desconciertos, órdenes y piedras arenosas. Una noche, el zambito despertó con el susurro de los grillos y decidió que tenía suficiente edad para conocer el mundo más allá de aquellas tierras. Para eso tenía que atravesar la selvática región que lanza los rugidos del gato montés y los graznidos de las guacamayas. Así, mientras el cielo tintinaba, se equipó de una lámpara metálica, un sarape andrajoso y un pocillo resquebrajado.

El sueño se expandió entre la timidez de las estrellas azules. El zambito desapareció en medio de la oscuridad. Con el miedo en sus ojos, enderezó el pecho y se adentró al mundo.

III

Desde las cinco de la mañana, Busanga atiende la finca de don Tino. Cuando la madrugada apenas comienza a refulgir los primeros rayos de sol, acude a los establos. Atiende con diligencia a los caballos, les da de comer, les forra los corrales, les habla, los acaricia, los observa.

Don Tino ha notado que Busanga atiende bien a sus animales. Le gusta su modo hacendoso e incansable. Por lo tanto, le ha otorgado la total libertad de administrar los corrales chicos y criar a los guajolotes. Incluso, como un gesto de gratitud, le ha regalado un gallo de pelea débil y enfermo, el cual, bajo los cuidados de Busanga, recupera rápidamente el plumaje colorido y el penetrante cantar de su quiquiriquí.

Busanga pasea en el campo con la yegua de don Tino. La deja pastar tranquilamente sobre el pasto ralo. Quizá, si presta atención, si aprende día a día, don Tino le permitirá cuidar a los toros enmorrillados. Quizá, si se esfuerza día y noche, sin dormir, sin comer más que lo esencial para seguir respirando, pueda ahorrar dinero y comprar un pedazo de tierra, una mula pinta y hacer un corral para sus propias gallinas. Quizá si continúa soñando, si continúa trabajando hasta que su cuerpo sea tan liviano como el aire, pueda escuchar la carcajada de aquella muchacha que vio por primera vez en el cerro.

Muchacha, nube frondosa, piensa Busanga mientras la ve pasar todos los días, yendo al mercado, rodeada de sus hermanas, riéndose, como siempre, en un alegre jolgorio. En ocasiones, escondido detrás de un árbol, ha podido verla sentada sobre su chalupa, equilibrándose sobre la embarcación, empujando con vigor el remo y desapareciendo en la lejanía del canal camino a Xochimilco.

Durante los domingos, Busanga sigue sus pasos por entre los callejones del pueblo, la observa mientras compra mecates hechos de lana o mientras se sienta frente al quiosco para comerse una granada que revienta en rojo encendido. Le gusta mirar cómo va y viene de su vecindad, con costales y la carretilla llena de carbón. A veces está tan cerca de ella que puede oler el aroma delicado de epazote que se escapa de sus largas trenzas, escuchar el destello titilante de sus modestos aretes dorados y ver la fortaleza de sus manos mientras las envuelve en su rebozo. Y mientras observa su piel morena, piensa que ojalá todos los días fueran domingo para verla.

IV

Teresa recoge brotes de chilacayote y pápalo del canal para darle de comer a los patos. Su madre le grita desde la cocina que se apure, que tiene que moler el maíz en el metate, que la cal se humedece, que los hermanos tienen hambre, que remuela el maíz en el cedazo, que haga el atole, que le cure el tobillo torcido al vecino, que su abuela quiere agua de chía y limón porque tiene sed.

Teresa intenta mover con rapidez sus dedos para arrancar las plantas y acomodarlas dentro de su canasto. En ocasiones siente que la energía le falta, pero, sin saber de dónde, una ráfaga de fuerza la invade y dirige su adolorido cuerpo a las labores que le son encomendadas. A veces quisiera que el charro de sombrero plateado viniera y se la llevara lejos, cabalgando en su caballo moro de jaripeo. Y mientras sueña con él, de pronto le viene a la cabeza la imagen del negro del pueblo.

Al negro todo mundo lo conoce, pero casi nadie se atreve a hacer amistad con él. Hace meses que llegó y empezó a trabajar en la finca, y aunque don Tino habla muy bien de “el negrito”, todo mundo desconfía de su piel oscura como el carbón flameante. Teresa se divierte comparando la piel del negro con un champurrado de chocolate con mucho elote o con la canela tostada en un comal. Incluso, empieza a creer que la piel del negro no es tan negra en realidad y que más bien es café de olla con piloncillo dorado.

Teresa quiere conocerlo, pero sabe que el día en que descubran sus intenciones le van a dar de cueros o la van a arrastrar por toda la vecindad. Así que mejor se apura, mejor hace el doble de trabajo, mejor se agrieta las manos lavando las ollas de barro o se aplasta los dedos moliendo chile pasilla para que sus pensamientos no divaguen, para que el negro no se le meta en la cabeza, porque los negros son diablos, son malos, son peores que animales.

V

En los últimos días de marzo, en Domingo de Ramos, el pueblo comienza a adornar sus calles con celofanes de colores y palmas verdes. Las señoras salen al zaguán de sus casas y colocan una pequeña mesa de madera para acomodar sus canastas llenas de naranjas frescas, rábanos cubiertos con chile y limón, jícamas, pedazos de sandía y demás deleites que venden a los turistas y peregrinos. Algunas preparan tortillas frescas para acompañar con hueva de pescado frito o charales asados en el anafre.

Teresa espera con ansiedad para recorrer los barrios del pueblo. Desde temprano en la madrugada se levantó para tomar un té de gordolobo. Ese día se entrega a la bendita divinidad y tiene el privilegio de ser la virgen Verónica, que con su manto azul limpia la frente sudorosa y sangrienta del Señor. Su mantilla le cubre casi por completo el ropón blanco de seda. Lo único que no se acomoda con el resplandor de su santa vestimenta son sus sandalias.

Teresa se siente avergonzada frente a todas las demás vírgenes. Todas llevan chancletas de cuero suave. En cambio, ella lleva unos huaraches ya gastados, los cuales pueden reventarse en cualquier minuto con tanto ajetreo. ¡Pero ni modo, de así nos toca!

La peregrinación comienza temprano por la mañana. La gente se arremolina a las orillas de las calles para ver pasar al contingente. El sol comienza a levantarse en medio del cielo. El calor surge de la superficie y la fresca mañana se transforma en un día abochornante y sin viento. Teresa reza en silencio mientras camina con los ojos inclinados hacia el piso. Sin alzar la mirada, marcha con la suavidad del suspiro, dando pasos rápidos para no perder el ritmo.

Durante horas, los nazarenos corren a zancadas cortas, cargando sus penitencias. Las familias de los peregrinos se acercan para auxiliar a sus hijos a cargar la cruz, para darles pedazos de naranja o secarles el sudor de la frente. Las madres de las vírgenes les dan chabacanos frescos y les ventilan los mantos. Teresa se siente orgullosa de ser maciza, vigorosa, sin necesidad de tanta atención durante la peregrinación.

El fuego se abre paso desde las entrañas del centro de la tierra y la temperatura del día aumenta. Teresa siente que las sandalias se le sueltan y un ligero golpe en los tobillos la sorprende. La procesión avanza, sin esperar remiendos, y Teresa piensa que ahora no puede abandonar su puesto, no puede abandonar al Señor y ¡aunque duelan las patas! continúa caminando sintiendo que miles de infiernos se le incrustan en las plantas de los pies.

El ardor es insoportable. Teresa siente que la energía se le va, paso a paso. Su respiración está a punto de renunciar a su usual faena. Con desesperación busca entre la gente a algún conocido que la auxilie, que le dé un poco de agua o que la sostenga del brazo. Pero nadie la reconoce, nadie se percata de que los pies se le queman. Todos están fascinados y ocupados observando el espectáculo.

Las lágrimas comienzan a saltar en sus ojos. La gente, al verla, revive el fervor de Semana Santa y comienza aplaudir su actuación: la virgen Verónica bajando por las calles, llorando en desconsuelo por el Cristo. ¡Ay, virgencita! ¡Ay! Y sí, Teresa llora sintiendo la pasión inmutable del sol sobre su cabeza y el dolor de la grava caliente enterrándosele en sus pies desnudos.

Su cuerpo comienza a volverse frágil, como un lirio de cera derritiéndose bajo la calidez de la flama. Las rodillas se le doblan al dar el paso, sintiéndose caer al suelo. Súbitamente, una mano delgada le roza la mano y le ofrece un pequeño jarrito de barro con aguamiel fresca. Teresa toma rápidamente el jarrito y bebe. El suave dulce de la bebida le recorre el paladar. La frescura del aguamiel se convierte en un bendito despertar céfiro que le devuelve el alma.

Teresa voltea hacia la multitud para buscar la cara de su benefactor. Quizá sea el tío Nicolás. Pero no, entre los rostros indiferentes, amontonados y enajenados, ni el tío ni nadie conocido aparecen. Sin embargo, unos ojos redondos la miran humildemente. Son los ojos del negro. Teresa se sonroja y se voltea. El negro inclina su sombrero blanco de paja en señal de caravana y desaparece entre el pelotón de murmullos y gritos.

La peregrinación continúa hacia la punta del cerro. El Señor se contorsiona en la cruz, con la mirada hacia el infinito. Grita con voz ronca, pone los ojos en blanco y deja caer bruscamente su cabeza. Su boca ha suspirado por última vez. La gente comienza a lamentarse por el fallecimiento del crucificado. ¡Ay, papá Dios, ya te moriste!

Una nube gris se asoma en el cielo. La gente comienza a bajar la cruz. El Mesías abre tímidamente los ojos, y con una voz inaudible pide un poco de pulque. Abrazos y felicitaciones se congregan a su alrededor. Mientras, Teresa y las otras mujeres miran la conmovedora escena sin dejar de llorar. El Cristo resucitado se sacude las condolencias y expresa su ferviente deseo de abandonar la escena para irse a descansar a su casa. Los adeptos despiertan del sueño piadoso y comienzan a separarse para ir a la feria, para bailar, para festejar.

Teresa sigue llorando, viendo la cruz abandonada en el suelo ya sin dueño. No sabe si ir a su casa o quedarse ahí para siempre gimoteando. Sus ojos no paran de derramar lágrimas, ni su pecho de sentir los golpes del repujo de la nostalgia. La tarde se tiñe de color púrpura. Los cohetes empiezan a tronar con brusca alegría. El olor de la pólvora invade el aire y Teresa decide sentarse sobre una piedra para seguir llorando interminablemente.

La gente pasa a su lado y la mira con curiosidad. ¡Todavía se la cree! ¡Todavía no se da cuenta! ¡Ora pues… ya se acabó! Pero Teresa sigue llorando, con el cielo adornando su velo azul, con sus pies reventados en sangre y su vestido embarrado de lodo. En silencio, una mano de nuevo se acerca a ella, ofreciéndole un pañuelo blanco, un tamal de capulín y un pedazo de papel de estraza.

Teresa, avergonzada, no se atreve a mirar, y con la misma vergüenza de seguir llorando, toma el pañuelo y se limpia tímidamente. Con los ojos llenos de lágrimas, mastica suavemente la dulce masa. En el papel de estraza se leen unas letras temblorosas, delicadas filigranas, que días luego se enteró, decían: Teresa.

VI

Todo el pueblo habla de Teresa y el negro, de su atrevimiento. La abuela Nicolasa no sabe si regalar a su nieta a los señores de la basura o buscar un brujo para que le eche mal de ojo. Así que tan sólo se limita a sujetarla por los brazos y jalonearle las trenzas. Teresa se protege el bandullo, rezando para que la criatura no sea lastimada. La abuela Nicolasa piensa en su camino al purgatorio y cómo su alma se va a quedar flotando en el vacío por haber maltratado a una madrecita. Abatida, se olvida de sus enojos y corre llorando a la cocina. Entre el humo de los chiles secos, prepara tortitas de ejote, las sazona y les pone unas gotitas de limón. ¡Para el chamaquito! ¡Ora, come bien!

Por las noches, Busanga llega con una sonrisa blanca que compite con la luz de la luna. En su morral trae chirimoyas o huevos. Un día llega con una canasta de mimbre para hacer una cuna, otro día repinta las viejas paredes de adobe con cal, y trae tablas para hacer puertas. Limpia el corral del gallo, y llena la tinaja de agua para que naden los patitos.

Busanga rezuma alegría al ver a su esposa hinchada con vida y prende una veladora para agradecer los acontecimientos del día. El vientre de Teresa crece rápidamente. Ella rezonga por no poder agacharse para moler en el metate, y mejor alimenta al gallo y teje chambritas. Mientras entrelaza aguja y estambre, sonríe tímidamente al pensar que ella y su negrito son como dos palomitas que se juntan y preparan su nido.

Un día, Teresa carga un costal con hojas de maíz sobre su espalda, cuando de pronto un torrente le moja las piernas. ¿Y ora? ¿Ora qué? Aquella pequeña ensoñación con manitas y pies golpea el vientre de su madre. ¡Ya vine, ya llegué! Las vecinas se arremolinan, Busanga trae toallas y agua, y el mundo se hace ancho, lleno de vorágines y maíz, y las hojas de maíz caen al suelo, y los patitos chapotean en la tinaja de agua. Una niña, sonriente, llena de rizos y piel de cacao, nace.

—¿Y ora, cómo le van a llamar?

—¿Pus, de quién es hoy santo?

—De Amada.

—Amadita, pues. EP

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Marshiari Medina estudió Letras Inglesas en la UNAM. Es directora editorial de la revista digital Teresa Magazine (teresamagazine.com), escritora y traductora. Su trabajo se ha publicado en diversos medios como ERRR-MagazineNocturnario y La Hoja de Arena, entre otros.

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