Taberna: Virginia Woolf, o de cómo la cocina no es arte

En su columna mensual, Fernando Clavijo reflexiona sobre la importancia que la comida tuvo en la obra y en la vida de Virginia Woolf, una de las más renombradas escritoras del siglo XX.

Texto de 14/09/23

Virginia Woolf

En su columna mensual, Fernando Clavijo reflexiona sobre la importancia que la comida tuvo en la obra y en la vida de Virginia Woolf, una de las más renombradas escritoras del siglo XX.

Tiempo de lectura: 7 minutos

Cuando cumplí 50 años me di un regalo que llevaba deseando hacía mucho: una subscripción al Paris Review. Son tremendos $74 dólares por cuatro revistas al año, pero bien valió la pena… la verdad es que cada una de ellas es un libro. Entre las maravillas con las que uno se topa puedo recomendar Bob Ross Paints Your Portrait, un poema original y humano de Terrance Hayes, publicado en la edición de verano del 2022. En la de invierno 2022-2023, from Old Actress, una obra de teatro de Lucas Hnath que envuelve al lector hasta tenerlo completamente inmerso en su realidad, un tipo de escritura que yo no sabía que existía.

Una sorpresa agradable es la continua actualización de material en la página web. En sus contribuciones periódicas participa una de mis heroínas, Valerie Stivers, que escribe sobre comida. Su columna se llama “Cooking with…” y el nombre de algún escritor. Recientemente leí uno que decía “Cooking with Virginia Woolf” (febrero 2022) y me encantó. En este texto comento un poco sobre este artículo para quien —como yo antiguamente— no se quiera quedar frustrado con leer solo media página de un texto antes de que aparezca la leyenda de que hay que pagar.

“[…] Stivers utiliza la comida en las novelas de Woolf —y el boeuf en cuestión— para demostrar una actitud de la propia Woolf. En ello, además, muestra una mezcla rara entre la admiración y la honestidad práctica de alguien que realmente sabe de cocina…”

El artículo se trata principalmente del boeuf en daube de la novela To the Lighthouse (1927). No voy a copiar la receta, pero puedo decirles que está para consulta, idéntica, en esta otra página: https://www.goodfoodstories.com/boeuf-en-daube/. Más bien voy a recalcar cómo Stivers utiliza la comida en las novelas de Woolf —y el boeuf en cuestión— para demostrar una actitud de la propia Woolf. En ello, además, muestra una mezcla rara entre la admiración y la honestidad práctica de alguien que realmente sabe de cocina:

These dishes are described with great fanfare but, as any competent home cook will know, beef stews are neither challenging to make nor impressive to look at. Although they cook slowly, the process is mostly hands-off. They do not require, as Woolf’s depiction would have it, a series of complicated steps that takes days.

Este es el tipo de cosa que se puede decir cuando se tiene una olla eléctrica o un asistente, pues, aunque no haya que hacerle mucho a un guiso, el mero hecho de cuidarlo y moverlo durante horas es retador. Pero lo sorprendente es que el propósito de Stivers es presentar la teoría, contraria a la opinión general, de que Woolf realmente no quería que la cocinera sobresaliese:

It’s tempting to conclude that, in choosing such an unimpressive dish, she was somehow, obscurely, denying Mrs. Ramsay her moment. […] By this theory, Lily, a stand-in for Woolf and other like-minded women of her time, cannot make art while Mrs. Ramsay—representing Woolf’s mother and the Victorian virtues of femininity and domesticity—reigns supreme.

Genial. Mientras que todos los expertos en Woolf quieren imitar el supuestamente maravilloso boeuf, Stivers ve que hay cierta ironía en el plato que presenta la novelista (quien, ya se mostrará más adelante, sí era aficionada a la comida). Lo que me gusta de esta supuesta postura de Woolf es que ratifica una sospecha que he expuesto varias veces en referencia a los chefs famosos: que el arte y la verdadera cocina son contrarios. El arte aprecia, y para ello guarda cierta distancia, aun si produce gran emoción. Sin embargo, la comida, como la felicidad, es una experiencia en la que hay que meterse: no se contempla, sino que se vive.

Para seguir con Woolf y la comida, haré una pequeña digresión para recordar que su ensayo “On not knowing Greek” cumple 100 años este 2023. En este, Woolf dice tanto sobre ella y los suyos como sobre los griegos y el idioma que tanto la abruma y fascina. Venera, por ejemplo, el uso ingenioso del lenguaje griego en la tragedia, algo que siempre han admirado y copiado con mucho éxito los ingleses:

Queens and Princesses in this very tragedy by Sophocles stand at the door bandying words like village women, with a tendency, as one might expect, to rejoice in language, to split phrases into slices, to be intent on verbal victory. The humour of the people was not good-natured like that of our postmen and cab-drivers. The taunts of men lounging at the street corners had something cruel in them as well as witty.

Wolf realza la importancia del coro en la tragedia griega, del bufón en Shakespeare, o de la voz en off de las películas modernas, como comentarista de la propia obra y su sentido. Es un recurso tentador, sin duda, pero también peligroso… ¿cuántas veces he leído una novela en la que casi escucho la voz de Martin Scorsese gritar en su tonito agudo: “Show me, don’t tell me!”? Woolf comprende las restricciones que tenía el poeta griego, ceñido a partes e historias conocidas, con personajes arquetípicos, donde realmente había muy poco espacio para lograr poner énfasis (¡y sin embargo lo lograban!), en comparación con su propio género, la novela moderna, donde hay una flexibilidad casi inagotable.

“Woolf comprende las restricciones que tenía el poeta griego, ceñido a partes e historias conocidas, con personajes arquetípicos, donde realmente había muy poco espacio para lograr poner énfasis (¡y sin embargo lo lograban!), en comparación con su propio género, la novela moderna…”

Griegos y comida no pueden estar tan alejados si uno de los diálogos más famosos de Platón se llama El Banquete. Ella, que asumía el conocimiento como parte de la vida diaria, incluso de la sobremesa, encuentra esta simbiosis ejemplificada en precisamente este escritor:

It is Plato, of course, who reveals the life indoors, and describes how, when a party of friends met and had eaten not at all luxuriously and drunk a little wine, some handsome boy ventured a question, or quoted an opinion, and Socrates took it up, fingered it, turned it round, looked at it this way and that, swiftly stripped it of its inconsistencies and falsities and brought the whole company by degrees to gaze with him at the truth.

Esto nos trae de vuelta a la comida sin abandonar a nuestra novelista. El bloggero y escritor de comida en India, Jans Oondatje, publicó el recetario The Bloomsbury Cookbook: Recipes for Life, Love, and Art. El grupo Bloomsbury estaba integrado por E.M. Forster, Lytton Strachey, Clive Bell, Vanessa Bell, Duncan Grant, John Maynard Keynes y nuestra escritora, de modo que sí me da mucha curiosidad, y no solo por Woolf sino por Forster y Keynes. Sin embargo, el precio del libro en Amazon supera los $50 dólares, demasiado para aprender sobre comida inglesa. Lo que sí pude hacer fue ver algunas páginas, de donde comparto un par de nombres de las recetas ofrecidas: Cambridge zwieback biscuits, Trinity cream, Midnight society dates, Post-impressionist barbeque beef. Además de recetas, aparentemente hace un recuento y análisis de las reuniones de estos escritores. Dice Oondatje que Woolf hacía pan, y además comenta lo siguiente:

In her novels, Virginia Woolf often employed ‘the dinner party’ situation to bring her characters together and to expose social inequalities; food can be used to influence and to manipulate. In To the Lighthouse, for example, William Bankes is seduced by ‘Mildred’s masterpiece, boeuf en daube: “It was rich; it was tender. It was perfectly cooked.

Otra vez el famoso boeuf. Por supuesto, para ella la mesa era una oportunidad para ese gran arte inglés: la conversación. Y cómo habrá sido hablar con Virgina Woolf, aun cuando en su época temas como la cocina eran considerados “cosas de mujeres”. En su artículo “Woolf at the table: good dinner, good talk”, Angshuman Das cita el siguiente extracto de A room of one’s own:

It is part of the novelist’s convention not to mention soup and salmon and ducklings, as if soup and salmon and ducklings were of no importance. 

Pero yo recuerdo que ella misma hablaba de fish cakes y de carnes al horno, al menos (no encuentro el libro para citarlo correctamente) en Jacob’s Room. Lo que sí tengo grabado en la memoria es la ternura con la que su madre (la de Jacob) le escribe una carta, o al menos desearía haberle dicho eso que toda madre quiere decir:

Don't go with bad women, do be a good boy; wear your thick shirts; and come back, come back, come back to me.

De vuelta a la comida, en este mismo artículo se cita al propio E.M. Forster, que dice sobre Woolf:

It is always helpful, when reading her, to look out for the passages which describe eating. They are invariably good . . . [and] a sharp reminder that here is a woman who is alert sensuously.

Me gusta el comentario porque junta la apreciación con la experiencia, con lo cual se deshace de la pregunta: “¿Quién sabe más de la vida: el que escribe al respecto o el que la vive?”. Al final, al igual que Mrs. Dalloway, Woolf era entre otras cosas una gran cocinera. No lo podríamos adivinar de su figura, por supuesto, pues lo turbulento de su vida emocional la mantenía extremadamente delgada. No es que padeciera anorexia, pues no se trata de que estuviera obsesionada con su imagen corporal, sino que simplemente no podía comer. Por sus síntomas, hoy se piensa que el diagnóstico moderno de su condición sería desorden bipolar.

Una última recomendación: lean “A certain hold on haddock and sausage: dining well on Virginia Woolf’s life and work” de Alice Lowe , que se presentó en la Virginia Woolf Conference del 2010 y cuyo enlace pueden encontrar aquí. Entre otras cosas, en este texto tenemos este extracto de una carta escrita desde España a Lytton Strachey, donde ella dice:

[...] the beauties of nature and the antiquities of man, upon which I would discourse if you would listen, but to tell the truth it is the food one thinks of more than anything abroad. 

Algo con lo que todo mexicano estará de acuerdo.

Lo anterior parece reforzar la teoría actual de que el funcionamiento del intelecto y la comida sí están relacionados. El intestino tiene una red de neurotransmisores, receptores y neuronas que trabajan en sentido de ida y vuelta con el cerebro a través del llamado nervio vago. Este nervio controla emociones y estados de ánimo, entre otras cosas, con lo cual vuelve a la vida el dicho: “Barriga llena, corazón contento”. La depresión y la ansiedad, algo de lo que sufrió toda la vida Woolf, pueden haberse debido a desbalances en su microbiota intestinal. La propia Mrs. Dalloway tiene un rango de emociones y pensamientos que en el diálogo interno se entrelazan con funciones intestinales. A fin de cuentas, como tal vez diría Nietzsche, las experiencias viscerales complementan el conocimiento para elevarlo a sabiduría.

“La depresión y la ansiedad, algo de lo que sufrió toda la vida Woolf, pueden haberse debido a desbalances en su microbiota intestinal. La propia Mrs. Dalloway tiene un rango de emociones y pensamientos que en el diálogo interno se entrelazan con funciones intestinales.”

La confirmación del gusto de Woolf por la comida se comprueba si tomamos en cuenta que en 1914 tomó clases de cocina. La carta escrita a Janet Case describe:

[...] ladies of great culture and refinement […] come to improve their knowledge of dinner party soup. I distinguish myself by cooking my wedding ring into a suet pudding! It’s really great fun. 

Y más tarde:

I have only one passion in life—cooking. I can cook anything. I am free for ever of cooks. I cooked veal cutlets today. I assure you it is better than writing these more than idiotic books.

Léanlo, es hermoso. Y serio. Da gusto por ella, pues para citarla una última vez: “One cannot think well, love well, sleep well, if one has not dined well”. EP

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