Somos lo que decimos: “¡Pinche naco!”. Ponerle palabras al ninguneo

“Fulano de tal es poquita cosa”, afirma quien se siente superior. A la cosificación explícita se añade un diminutivo a medio camino entre la minimización y el paternalismo. Además de los soberbios y los pretenciosos, también ningunean los racistas, misóginos, clasistas, homofóbicos y “edadistas”. En las relaciones interpersonales hay subordinados naturales por su situación frente al poderoso, […]

Texto de 23/01/16

“Fulano de tal es poquita cosa”, afirma quien se siente superior. A la cosificación explícita se añade un diminutivo a medio camino entre la minimización y el paternalismo. Además de los soberbios y los pretenciosos, también ningunean los racistas, misóginos, clasistas, homofóbicos y “edadistas”. En las relaciones interpersonales hay subordinados naturales por su situación frente al poderoso, […]



“Fulano de tal es poquita cosa”, afirma quien se siente superior. A la cosificación explícita se añade un diminutivo a medio camino entre la minimización y el paternalismo. Además de los soberbios y los pretenciosos, también ningunean los racistas, misóginos, clasistas, homofóbicos y “edadistas”.

En las relaciones interpersonales hay subordinados naturales por su situación frente al poderoso, lo cual se refleja tanto en el organigrama como en otros contextos de dominación. Unos cuantos someten, entonces, a la mayoría. Ocurre incluso que se acate voluntariamente el estatus de subalterno: “… para servir a Dios y a usté”, decía el indígena al mestizo al terminar de dar su nombre: el colmo de una mansedumbre que confundía seres humanos con divinos. Su Alteza va en el mismo sentido. Llamar patrón o jefe a un desconocido no resulta menos paradójico.

En el Diccionario de la Lengua Españolaningunear tiene tres acepciones: no hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración y menospreciarlo. Octavio Paz definió así el ninguneo: “Es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno”.

Al ningunearlo, el otro queda rebajado, desdeñado, descalificado.1 Esto puede articularse de varias maneras. Al desairarlo lo reducimos (hacer menos a alguien), lo privamos de esencia (ser insignificante) e incluso de la existencia: “usted no es nadie para…”. En una locución se antepone la respetuosa partícula don solo para acentuar la mofa: (ser un don nadie), en otras se jerarquiza (ser un segundón),2 o bien se alude, disminuido, al ángel caído: ser un pobre diablo.

Humillar es abatir el orgullo y la altivez de alguien. El humillado “inclina o dobla una parte del cuerpo, como la cabeza y la rodilla […] en señal de sumisión y acatamiento”, dice el lexicón. El perjudicado está, entonces, bocabajeado, doblegado, puesto en ridículo.

Otra manifestación es escamotearle el nombre propio; así hablamos de fulanomenganozutano o perengano. Decir “un fulano” es despectivo; igual ocurre con su femenino que connota, además, promiscuidad.3 También se habla de un tipo o, más peyorativamente, de un tipejo. En ocasiones se recurre al insulto, involucrando a la madre de la víctima: ser un hijo de puta/de la chingada; también a volverla desecho (“es una basura”); otras veces se llega a lo escatológico (“es una mierda”). Racismo y sexismo embozados: denigrar se relaciona con lo negro; es mariquita el varón cobarde.

Se ningunea al anciano porque “está chocho”4 y al joven porque “está (muy) verde” o “muy redondo pa’huevo”. Ningunea asimismo el narcisista, para quien los demás solo sirven de peldaños. El misántropo, por su parte, “se engenta” con facilidad. “No somos nada”, decimos cuando muere un conocido. En siglos pasados, a sus pies era hipócrita concupiscencia.

“No es nadie, señor: soy yo” le respondió la sirvienta al poeta cuando él preguntó “¿quién anda ahí?”. Buen ejemplo del autoninguneo. También son cristalinos, gracias a los adjetivos poco y chicoser apocado5 y estar achicopalado. Ante una dificultad hay quienes “se crecen”; otros “se achican”.

Nuestras canciones abonan a la minusvaloración: “Tuve una vez la ilusión / de tener un amor / que me hiciera valer”. Pocas aseveraciones son tan contundentes como el verso: “soy mucho menos que nada”.

“A sus órdenes”, “servidor (de usted)”, “mande (que se entona como pregunta)” son formas de sumisión en la cortesía mexicana. Aún se estila proporcionar así la dirección personal: “calle tal, número cual: ahí tiene usted su casa”. Ibargüengoitia apuntó que la mayor urbanidad consistía en anteponer los adjetivos pobre o humilde al sustantivo casa.6 Compartimos con los japoneses una frase —digamos— cortés al ofrecer un regalo: “te/le traje un recuerdito”; poco importa si es costoso. Uno de los servilismos más expresivos puede leerse aún en decenas de bardas cubanas: “¡Ordene, Comandante!”.

En México, el punto culminante del ninguneo es calificar a alguien de naco. Al respecto, es factible consultar en línea un artículo de Moreno de Alba que explicita los posibles orígenes otomí (cuñado), náhuatl (las últimas dos sílabas de totonaco, pero también el locativo “de aquí”), tlaxcalteca (“indígena”) y, recientemente, guerrerense (“ignorante, torpe, sin educación”). Estos últimos significados interesan más aquí. En el presente apunte, de menores alcances que los del gran filólogo, diremos que, semánticamente, naco es una palabra polisémica en cuyo sentido convergen, en diferentes proporciones, las discriminaciones racial (morenez), laboral (manualidad, suciedad), estética (“mal gusto”)7 y económica (pobreza, si bien existen “nacos ricos”). Hay que subrayar que nadie se asume como tal: la naquez pertenece a la otredad. Decía Monsiváis: “naco es el que está junto a mí”.

Términos cercanos son indio (lanzado como insulto),8 nopal, chundo, pelado, payo, lépero, gato, tacuarín, gañán, pelagatos, macehual, pelafustán, matacuás, chúntaro, macuarro. A los “nacos”, en grupo, se los nombra indiada, chusma, plebe, prole, peladaje, populacho, raspa, gentuza. En el polo opuesto se encuentran las personas “de buena familia”, “decentes”: una “aristocracia” pretendidamente criolla.

El grado extremo del ninguneo llega a ser la eliminación física del otro. Al matar a alguien —o al lincharlo— los asesinos y las turbas materializan el “tú no eres nadie/no vales nada”. Las masacres siguen, en la desmesura, la misma lógica.  ~

1 O sea que se lo coloca abajo, a un lado o se lo despoja de cualidades.

2 También plato de segunda mesa.

3 Tras el disfraz de una supuesta empatía, el diminutivo fulanito desacredita, si bien menos que el burlón: “¡Ay, Juanito!”.

4 “Enero y febrero: desviejadero”.

5 “De poco ánimo o espíritu”, según el diccionario, es decir amilanado.

6 Los estadounidenses creen citarnos cuando dicen “mi casa es su casa”.

7 Ejemplo de ello ha sido la decoración “charra” (abigarrada), que luego se llamó “art-nacó”, el cual últimamente convive con el “art-narcó”.

8 Para millones de mestizos, pertenecer a uno de los grupos étnicos que representan el diez por ciento de la población mexicana es motivo de vergüenza.



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