Simbiosis Programada. El cuerpo post-internet

Galería de Anni Garza Lau, artista del mes de julio

Texto de 02/07/20

Galería de Anni Garza Lau, artista del mes de julio

La imagen de un rostro capturada por cualquier cámara y pasada por un procesamiento computacional permite organizar los píxeles y extraer el orden correspondiente a los ojos, la nariz y la boca. Si la iluminación era lo suficientemente buena al momento de tomar la foto, la máquina puede hacer comparaciones, decidir si se trata de una mujer o un hombre, calcular su edad y la probabilidad de que se sintiera de una forma u otra. Si el programa está conectado a alguna base de datos se puede incluso saber de quién se trata y seguir sus movimientos de los últimos meses. Sabremos entonces cuáles son los hábitos de la persona, inferiremos dónde están su casa y su trabajo, quiénes son sus amigos y familiares, la conoceremos tan bien que podremos adivinar qué le gustará antes de que empiece a desearlo. A estas alturas da igual si el sujeto al que pertenece el rostro sabe lo que estamos haciendo, lo hemos convencido de dar clic para confirmar que acepta el acuerdo, y lo que se haga con esa información ya no será su asunto. A cambio tendrá de manera continua y gratuita los servicios de las plataformas: podrá verse en el futuro, viejo y con arrugas. Estará en contacto con sus seres queridos sin palabras, porque podrá ver todo lo que hacen y piensan. Usará los filtros que quiera para modificar la forma en la que se ve, y en la que lo ven los demás.

La sociedad se ha ido reconfigurando en torno a este nuevo sistema implícito de manipulación, y aunque la estadía en las redes sociales es más o menos voluntaria, ¿quién querría dejar de existir para los demás? Aceptamos la vigilancia casi invisible de la que somos objeto cerrando los ojos y admitiendo que de cualquier forma no hay nada que esconder, la mayoría no es una celebridad. Y las estadísticas y el machine learning siguen calculando las respuestas correctas y guiando decisiones importantes cuyas consecuencias apenas alcanzamos a vislumbrar.  Quizás el cuerpo es el último bastión que se resiste a estar online, pero no por mucho tiempo. Las nuevas tecnologías médicas promueven implantes y prótesis que tomen decisiones eficientes sobre el funcionamiento del cuerpo de su huésped. Todos tenemos plástico a nivel celular con el que se podría trabajar. Simbiosis Programada da un pequeño salto al futuro e imagina cómo el control ejercido sobre los cuerpos será cada vez más explícito, pero endulzado con el ofrecimiento de experiencias físicas extracotidianas. Las piezas resultantes mezclan internet de las cosas, redes sociales, motores, luz y sonido que afectan la percepción del portador desde una estética vaporwave, algo así como la añoranza de un futuro que nunca llegó pero que temporalmente ya está aquí.

Coreografía involuntaria. Los tan populares filtros de Instagram y FaceApp expresan, desde mi punto de vista, la necesidad de reconocerse a uno mismo y crearse una fantasía al respecto. Por supuesto, carecerían de relevancia si no fuera por el número de individuos que ven los resultados y los aplauden. El riesgo que se está dispuesto a correr con tal de tener más seguidores en redes sociales ha sido demostrado por aquellos que han perdido la vida intentando tomar la mejor selfie. A manera de marioneta, esta pieza manipula el brazo derecho del usuario cada vez que alguien escribe el hashtag #simbiosis. Mientras mayor es el número de personas que tuitean en tiempo real sobre el proyecto, mayor manipulación sufrirá el usuario.

Emoción inducida. Los likes o ❤️ a lo que subimos en las redes sociales son una forma de validación, o cuando menos nos permiten ver cuántas personas ven y disfrutan lo que hacemos, por más irrelevante que sea. Esta pieza procura inducir distintos estados de ánimo en los usuarios, a través de la medición de sus latidos del corazón y las luces de color. El traje, al acercarse a las otras piezas de la exposición, reacciona dependiendo de la popularidad de sus autores en redes sociales.

Límite de 280. Así como en Twitter o en los podómetros hay un conteo específico de caracteres o pasos a dar, el traje tiene una restricción para el usuario de 280 pasos. Este debe entonces hacer una pausa de 30 segundos antes de continuar, de lo contrario el traje cubre su visión y produce sonidos que intentan confundir la espacialidad y el sentido de equilibrio, evitando que el usuario continúe. El usuario puede ver cuántos pasos ha dado en un pequeño contador en la manga.


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