Segunda jornada

Los contagiados arderán por dentro igual que las constelaciones en el cielo. Junto a los humanos yacerán perros inflados entre nubes de moscas. Los barcos llegarán a islas vacías, a ensenadas de fantasmas, a ríos rojos en ciudades hechizadas.

Texto de 28/05/20

Los contagiados arderán por dentro igual que las constelaciones en el cielo. Junto a los humanos yacerán perros inflados entre nubes de moscas. Los barcos llegarán a islas vacías, a ensenadas de fantasmas, a ríos rojos en ciudades hechizadas.



Florencia, 1347

Los demonios bíblicos saldrán de sus cubiles infernales para habitar en esta Florencia desolada. Cruzarán el Arno para invadir en una turba de garras, fauces, pezuñas y colas con aguijones. Tomarán la ciudad sin impedimento. Marcarán con chorros de orina corrosiva la Torre della Pagliazza y entrarán a defecar en la Capilla Peruzzi donde se ofrece, en los frescos, la cabeza del Bautista como platillo. La fiera de las siete cabezas destruirá el Rubaconte y las otras criaturas diabólicas desbordarán los pozos negros, envenenarán el agua de esta ciudad del pecado y, a su paso, sólo con su marcha, arderán los olmos, los cedros y los olivos. Los engendros subirán a los palacios para aullar junto a las gárgolas. Copularán a la puerta de Santa María del Fiore. Provocarán bubas purulentas entre las piernas contra las que nada lograrán sanguijuelas y sapos libadores. El Basilisco, con sólo clavar la mirada, estampará la piel con manchas negras y provocará un dolor de círculo dantesco. Imposible defenderse de tales criaturas llegadas desde las tinieblas del principio. Subirán al campanile con tapires en el hocico y con los sonetos de Petrarca en el ano. Lucirán la mirada llameante de los seres sin alma. Celebrarán en la Piazza della Signoria el vuelo del jinete montado en el bayo portando en la diestra la espada donde escurren la cólera de todas las fieras de la tierra, los incendios de las ciudades de madera, las ratas de los barcos al regreso del oriente, las langostas hambrientas, la guerra de más de un siglo. Ni siquiera se podrá morir del todo, por tanta muerte.

No se oirán más los salmos y mudo quedará el llamado de las horas. No se elevará el santísimo pues la tiniebla vencerá al día y la fiebre provocará el delirio de las mentes todas.

Los huesos de los ancianos se quebrarán como ramas, el corazón desbocará perseguido por las apariciones. Ni siquiera habrá reposo para una última plegaria. Será imposible volver a mirar la Badia Fiorentina. No se escucharán sus campanas, sólo se oirán los lamentos de cardadores, tejedoras y sastres. Volarán en la borrasca los testimonios de los notarios, las fojas de los jueces, las páginas de la Vulgata. En la calle del mal rodarán sin dueño rollos de seda fina y el cuervo llevará en el pico una toca de novicia. Se cambiarán marfiles y brocados por un pedazo de pan. Los nobles levantarán tapias tan vanas como trancas, aldabas y oraciones de incienso. Hasta el tiempo quedará amortajado en una sábana de horror. Y la memoria entonces empezará a escurrir como tintura y nadie podrá recordar el escudo de borregos del Arte di Calima, tampoco el florín de oro en campo granate, menos aún los cinceles y las sierras del emblema de los canteros. La mente se embrollará en noche de lagartos y será imposible recordar la Madonna del Giotto, alguno de los versos del Dante en el paraíso, las hojas de laurel de Virgilio. La gente perderá todo recuerdo cuando las criaturas desafíen al cielo desde la Torre de Arnolfo, cuando derriben la puerta del Baptisterio y escupan pus en el escudo de los Albizzi. No habrá faro para recordar las batallas de los guelfi y los ghibellini, las manos cortadas de los Campi revoltosos. Será imposible rememorar la luz que bañaba desde los vitrales las pilastras de mármol verde de Prato y rojo de Siena. Nadie dormirá en Florencia pues la amarga hora no sabe cerrar los ojos. Lacerante como daga será la pestilencia de los engendros, tanto como el destello cegador de sus escamas. Un festín tendrán los diabólicos pues engullirán toda carne encontrada a su paso tal como Cronos devora a sus hijos. Se embriagarán con alumbre y con el vino de todos los odres, ánforas y toneles de la Toscana. Posados en lo alto de la muralla, con ojos de saurio, observarán displicentes el último clamor de Florencia al implorar la merced celestial con plebe plañidera. Los gremios irán en procesión suplicando por una vida que no sea la purulenta, lastimosa existencia de moribundos atormentados. En columnas desfilarán los aprendices y oficiales, los maestros gemebundos, las cantoneras de falda púrpura y los monjes del Monte Senario. Los demonios acabarán por hartarse del desvalido cortejo de implorantes untados de vinagre y alcanfor. No tendrán piedad con ellos, uno a uno empezarán a caer antes de llegar a la Annunziata. Al otro lado de la muralla, en la puerta sur, clamarán por entrar las sombras hambrientas del leprosario, los famélicos siervos de los arrabales, los súbditos de nadie desesperados por comer un mendrugo en la ciudad. Los ángeles caídos bajarán entonces de la muralla y danzarán sobre los cadáveres de la procesión aniquilada. Después entrarán a los soberbios palacios, naves de una flota a la deriva, y lamerán las techumbres con sus lenguas de fuego. Ocuparán los monasterios para obligar a los monjes a renegar de la cruz. Ensuciarán con su baba el trigo que la Comuna arroja a los más pobres. Y, al anochecer, al fin en reposo, observarán en el firmamento el combate entre Júpiter y Marte bajo la potestad de acuario. Hechizados contemplarán también la cauda estrellada del cometa. Pero su naturaleza infame pronto se sacudirá la calma y provocarán exaltados una tempestad de diluvio con granizos del tamaño de manzanas. Jornadas sin fin durará la tormenta, el Arno perderá sus márgenes, los gusanos corromperán las cosechas mojadas. Las raíces del axis mundi se volverán serpientes y su savia se estancará como la sangre en las arterias tapiadas. Los endriagos echarán al abad a la misma hoguera de la beguina Porete al tiempo de gruñir laudes con aspaviento de bufones. En juerga tenebrosa montarán su propia mascarada. Portarán el cetro y la capa de Carlomagno, las refulgentes sortijas del Papa Clemente, las túnicas de hilos de plata de su corte de Aviñón, las pieles cibelinas de todas las reinas de Francia, las flechas de San Sebastián, protector de los infectos, los dedos cortados del confaloniero que portaba el estandarte en la derrota de Montaperti. Y llevarán más, la flor de lis de las monedas de los Cavalcanti, la enjoyada corona de Barbarossa, los crucifijos de la casa de los Puzzi y las reliquias de los Ranieri. A la retaguardia de la romería macabra, el hambre avanzará como una dama andrajosa que alguna vez portara ciertos oropeles. Las ratas correrán siguiendo a los monstruos, treparán como ellos, husmearán en las cloacas lo mismo que en los retablos, en las fosas nasales del que expira, pero también en el pubis de las núbiles enfermas. Tan grandes como nutrias, algunas ratas irán en los espolones de las bestias, otras morderán las corvas de las ancianas que deberán enterrar a sus hijos con sus propias manos. Tales roedores invadirán las casas blasonadas, inteligentes como humanos se levantarán en dos patas mostrándose a los nuevos amos de Florencia, los jinetes que jugarán a los dados en el molino de Rovezzano. Los cuerpos se enterrarán unos sobre otros en una zanja tan larga como seis cuadras de Oltrarno. Después de tal horizonte de espanto, ninguno florentino podrá imaginar siquiera un hogar caldeado por el aroma del pan de centeno. Y serán ceniza los pulcros versos para Beatriz Portinari, invisible su sepulcro en Santa Margherita dei Cerchi. Sólo miedo quedará en los que todavía vivan, impedidos de susurrar con Petrarca: Veo sin ojos y sin lengua grito. Miedo a la muerte, miedo a la vida. Los diablos permitirán que i dottori della peste nera prodiguen sangrías en la calle del Terciopelo y en la de los Tavolini. Emplastos de violetas y azucena recetarán en los palacios de los Bardi y los Mozzi, fragancias letárgicas para ahuyentar el tormento de las apariciones que ahora vomitarán llamas de azufre y seguirán infectando con sus uñas de tizona el Ospedale di Santa Maria Nuova. No habrá clemencia, corromperán hasta el aire mismo. Envilecerán el aroma de las maderas preciosas quemadas por los banqueros en quiebra. Envenenarán las purgas de los sanadores. Cuajarán la sangre, helarán la flema, en espinas convertirán los hilos de la bilis negra, en astillas de vidrio los de la amarilla. Prisa no tendrán por disolver en miasmas los cuatro humores pues el tiempo continuará cautivo en el sudario. De dos zancadas llegarán de la calle de los Tornabuoni a la de los Greci fracturando los muros de los palacios familiares. Temblarán los cimientos de la Torre de la Castagna y la de Donati. Tasarán por igual a los guelfi negros y a los blancos, el odio entre unos y otros será polvo pues ambos sufrirán idénticos tormentos, los mismos que habrán padecido los genoveses en sus galeras frente al malhadado puerto de Mesina. La fiebre provocará frío de castañear y se escupirá sangre por tres jornadas. Bastará con mirarse uno al otro para encajar el mal como se hunde la espada en los súbditos de Alá. Los contagiados arderán por dentro igual que las constelaciones en el cielo. Junto a los humanos yacerán perros inflados entre nubes de moscas. Los barcos llegarán a islas vacías, a ensenadas de fantasmas, a ríos rojos en ciudades hechizadas. Algunas embarcaciones, antes de impactar contra el arrecife, flotarán a la deriva con toda la tripulación muerta. En Florencia, los engendros azuzarán ahora a los desnudos flagelantes, látigo para la espalda y condena de piedras a los judíos. La oscuridad de la ciudad será tanto más profunda cuanto más se escuche el quejido de una niña de siete años que se muere. Más lóbrega será la agonía cuanto más abulten los pulmones. Las plegarias no llegarán a la boca, ahogadas quedarán en la ciénaga de las entrañas. La sangre viciada formará grumos y trombos del tamaño de las pústulas. Y ya nadie pensará que los demonios se irán algún día, su reino siniestro se levantará sobre las ruinas florentinas. No partirán jamás, corte palaciega tendrán sobre los vestigios de Florencia donde comerán carroña y se limpiarán con los tapices del Antiguo Testamento. Sus aullidos serán el nuevo lenguaje, aunque las palabras perdurarán, así sea ocultas en los ecos gregorianos del orbe previo, en la soledad astral de los sobrevivientes, atrás de una luna de mosaico. Las apariciones ahora dormirán por años con alimañas vivas en el hocico. Soñarán el tañido de la campana Montanina que llama a la guerra. El tiempo aprovechará para escapar de la mortaja. Y un árbol, un árbol quedará en pie, anterior a la bestia. Y entre sus ramas podrá adivinarse el mundo anterior. Un roble será a la mitad de la ciudad. Vivirá más de quinientos años y algunos sabrán escuchar el rumor de su follaje. Entenderán que la vida sólo es un huésped de la muerte. EP



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