Ritual de habitabilidad

Este mes empieza el verano y, con él, los días más largos y más horas que dedicar a la lectura de buenas historias. Por ello hemos preparado una selección de cuentos que ofrecen una oportunidad de vivir otras vidas y adentrarse en otros mundos. La lista de autores es ecléctica porque elegimos a narradores natos, auténticos cuentacuentos. Que sirva esta advertencia.

Texto de 12/06/19

Este mes empieza el verano y, con él, los días más largos y más horas que dedicar a la lectura de buenas historias. Por ello hemos preparado una selección de cuentos que ofrecen una oportunidad de vivir otras vidas y adentrarse en otros mundos. La lista de autores es ecléctica porque elegimos a narradores natos, auténticos cuentacuentos. Que sirva esta advertencia.

Le gusta llorar en las escaleras de servicio después de la medianoche. Le gusta porque, como no pasa nadie, le da una sensación de resguardo y de privacidad difícil de encontrar en el hotel. Es el único lugar donde se siente cómoda porque las paredes de su habitación son demasiado delgadas. Está convencida de que sus vecinos se enterarán si llora como le gusta. Quiere un llanto poderoso, que la sobrecoja, con espasmos y, si es uno bueno, hasta mocos. Eso es lo que busca, pero todavía no lo ha encontrado.

Le gusta llorar sentada en el suelo, esquinada, de un lado los escalones, del otro una puerta que siempre está cerrada, los brazos abrazando las rodillas, la cabeza apoyada en las piernas. Así en una esquina, protegida, donde no puedan oírla. Se dice que sale de su habitación porque no le gusta la idea de llenarla con la sensación de llorar. Se queda en el ambiente un cansancio, un mutismo que no se escapa ni abriendo la ventana.

En la escalera de servicio no se puede encerrar nada.

No llora todos los días. No es una rutina, pero desde que descubrió el pequeño rincón de la escalera cada vez pasa más noches allí. A veces se descubre insomne, acostada en la cama, mirando el techo, y se apodera de ella un desasosiego infinito. Mira las ramas de los árboles, que, atravesadas por los cuarterones de las ventanas, dibujan un patrón en el techo. En las noches con mucho viento, las formas cambian con movimientos que parecen un baile. Ha estudiado el efecto muchas veces, cuando trata de calmarse, de luchar contra las ganas de salir a llorar. A veces la arrullan, otras la sumen en un torbellino mental. Los pensamientos se atropellan, uno detrás del otro, mientras las sombras invaden su habitación desde el jardín. Cuando ya no puede más, sale de su habitación sin importarle que esté en pijama o que en el pasillo y en la escalera haga frío. Se sienta en su rincón, se pone sus audífonos —todavía no puede hacer que las lágrimas surjan por sí solas—y deja que alguna canción (siempre el mismo disco: Grace de Jeff Buckley) la envuelva hasta que no puede resistirse más. Busca llorar hasta quedar vacía, hasta que todo el desasosiego esté afuera. Pero por más sitios que frecuenta, posiciones que intenta, canciones que escucha, el llanto se le interrumpe antes de tiempo.

Aun así, hay algo en cómo se siente después, la cara como rellena de algodón, los ojos medio cerrados, el cuerpo agotado, que le da tranquilidad. Llorar a veces es como escribir, no le gusta mientras lo hace, pero sí cuando termina. Tras el agotamiento llega la calma. Y entonces puede andar, o casi flotar, se siente tan ligera, los pocos pasos que la separan de su habitación.

Si alguien supiera de sus escapadas nocturnas, probablemente le preguntaría por qué llora. Pero ¿necesita una razón? ¿No puede ser sólo que le gusta llorar? ¿Que siente que lágrima a lágrima se va adueñando de ese lugar? No es la primera vez que usa esta metodología; en la infancia cambiaba mucho de casa y llorando por la noche, poco a poco, se iba haciendo parte del lugar, hasta que se sentía totalmente cómoda, hasta que podía llorar sin estímulos. Dejarse estar triste. Entonces sabía que estaba en casa.

Así que ahora, mientras duda si debería estar aquí, si hizo bien en irse de allá, mientras siente que con cada día se le olvida la ciudad de la que vino, se escapa a llorar como acto de arraigo. A derramar lágrimas en el suelo y ver si algo crece de ellas.

Una noche, cuando llega a su esquina, descubre que la puerta junto a la escalera de servicio está abierta. Adentro, encuentra un armario de blancos, más grande de lo que habría imaginado, con dos filas de anaqueles de metal en los que descansan sábanas, almohadas y toallas limpias. Se interna hasta llegar al fondo. Le gusta el olor a limpio, a vapor de lavandería. Se le mezclan las sensaciones: el calor de una secadora con el olor a jabón, con la idea de confort, de casa. Se sienta en la esquina más lejana, donde la luz de la puerta abierta parece un rectángulo blanco perfectamente cortado. Le gusta esta oscuridad, rodeada por tantas formas mullidas y blancas. Le gusta lo contenida que se siente, como abrazada. Recuerda el sonido de la radio, la voz de su madre que tararea la canción que suene. Recuerda el sonido de la lavadora como un ronroneo de fondo. Recuerda la oscuridad, interrumpida por la luz entre las rendijas de una puerta. Las sombras del techo han sido sólo un eco de ese armario. Uno diferente en cada departamento, pero al final todos iguales: la misma ropa de cama, las mismas sombras, el mismo olor. Allí se refugiaba cuando no sabía cómo escapar.

Y allí está de nuevo.

Una se va, se mueve miles de kilómetros para terminar en el mismo sitio.

Cierra los ojos. Abraza sus rodillas. Y antes de ponerse los audífonos, ya está llorando. Esta vez no siente que abandona, sino que termina. Se queda allí, en el armario, dormitando, arropada por la oscuridad y, por primera vez, la siente propia. EP

Este cuento fue escrito gracias a una beca de creación del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes durante el curso 2018-2019.

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Dulce Olivia 71,
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