Prohibido asomarse: El síndrome totalitario

Panorama después de la tormenta Los previnieron del peligro pero decidieron permanecer porque no habrían encontrado dónde refugiarse. Además no querían abandonarlo todo aunque fuera poco. —Siempre exageran —insistían mientras tapiaban las ventanas y el viento arreciaba cimbrando los tablones de las paredes. Antes de encerrarse, Beulah se asomó a la calle y le pareció […]

Texto de 26/12/16

Panorama después de la tormenta Los previnieron del peligro pero decidieron permanecer porque no habrían encontrado dónde refugiarse. Además no querían abandonarlo todo aunque fuera poco. —Siempre exageran —insistían mientras tapiaban las ventanas y el viento arreciaba cimbrando los tablones de las paredes. Antes de encerrarse, Beulah se asomó a la calle y le pareció […]



Panorama después de la tormenta

Los previnieron del peligro pero decidieron permanecer porque no habrían encontrado dónde refugiarse. Además no querían abandonarlo todo aunque fuera poco.

—Siempre exageran —insistían mientras tapiaban las ventanas y el viento arreciaba cimbrando los tablones de las paredes.

Antes de encerrarse, Beulah se asomó a la calle y le pareció contemplar un túnel que succionaba cuanto había sido dejado en los porches y en las aceras. Además, el ruido era semejante al que produce una turbina, al que se agregó el furioso repiqueteo de la lluvia sobre los tejados de zinc. Dentro de las casas el calor era insoportable y un par de horas después se quedaron sin electricidad, adormilándose a pesar de los crujidos y los golpazos que intermitentemente producían los cocos arrebatados con furia a las palmeras y arrojados a una velocidad inaudita.

A la mañana siguiente el sol penetró débilmente la masa nubosa. La luz mortecina iluminó riachuelos de lodo alimentados por los albañales efervescentes que penetraban por cualquier resquicio. Las casas se inundaron a una velocidad que habría sido increíble de no haber estado allí para verlo.

Cuando la tormenta amainó, los supervivientes salieron a un panorama desconocido en el que faltaban casas y sobraban coches encimados, los árboles meciéndose encima de cables chisporroteantes y animales tumefactos en el calor infestado de moscas. Así pasaron días y semanas sin recibir una ayuda que todavía aguardan.

La miseria roe el corazón del primer mundo.

Es una broma, ¿verdad?

Al principio todos creyeron que se trataba de una broma y la festejaron a gusto pero la risa se les congeló en los labios cuando el candidato continuó su campaña abriendo la caja de Pandora. A partir de ese momento el sentido del humor fue reemplazado por la perplejidad y poco después por la inquietud propia de las pesadillas cuando es imposible controlar un automóvil que nos arrastra al desastre. Todo lo que se consideraba inaceptable ahora se expresa en público con el orgullo del odio largamente contenido y por fin liberado.

Productividad de la nostalgia

Nunca han sido capaces de superar la nostalgia. Incluso quienes no conocieron mejores días hablan de aquel tiempo con el vehemente resentimiento de los despojados. Las grandes fábricas desaparecieron dejando tras de sí galerones habitados por perros salvajes que los hastiados se divierten cazando. Las residencias que antes fueran lujosas hoy están abandonadas y en un proceso de deterioro irreversible. Quienes todavía viven en esta ciudad deambulan extraviados a la deriva de su cólera apática. Pero están preparados y esperan la voz que los encante articulando su ira que aguarda el momento preciso para arrasar cuanto ha resistido la catástrofe.

Cero en conducta

La juventud es desperdiciada en los jóvenes. En su caso fue dilapidada sin que nada se haya perdido en el colegio militar donde fue inscrito por problemas de conducta nunca esclarecidos. Allí jugó a ser soldado, aunque cuando debía cumplir con el servicio militar se descubrió víctima del Talón de Aquiles, una excrecencia calcárea que de haber sido cierta lo habría proveído con espolones. Mientras sus contemporáneos se enfrascaron en una guerra sin esperanzas, sus horrores le fueron desconocidos. Ahora ya no recuerda cuál pie lo afligía. No fue el primero de los fraudes que acumulados amasaron su fortuna.

Profesión de fe

El cabello dorado al alto brillo y esculpido es un casco refulgente pero vacío, a caballo sobre una caja de resonancia donde no ha germinado nunca más que el pronombre personal como hipérbole y acto de fe: primero se convierte en una marca y luego va por el mundo dándole vuelta a la matraca alabándose.

—Mírenme —dice el cretino parando la trompita—, soy fantásticamente fabuloso.

Epidemia

—El Gobierno mexicano es más listo que nosotros. Nos manda la basura que no quiere, a los ladrones, a los narcotraficantes.

Sus seguidores lo escuchan embelesados. Los intereses de clase han sido transformados en raciales a través de un vocabulario pintoresco.

—El Gobierno mexicano se ríe de nosotros. Los mexicanos vienen a violar a nuestras mujeres.

El rumor en la sala crece como avispero perturbado.

—¿Vamos a seguir permitiéndolo? Ustedes dicen ¿eh? ¡Ustedes dicen!

Un bramido responde.

—No lo creo.

El berrido aumenta. Su tono es más beligerante. El fervor xenófobo ha sido consagrado como mito. La verdad no interesa porque previene la acción.

—¿Qué vamos a hacer? ¡Vamos a construir un muro enorme!

Los camaradas raciales tiemblan ante el umbral del éxtasis: imaginan una pared ciega bajo la luz que la duplique proyectándola sobre la tierra como una inmensa navaja de sombra.

—¿Y saben qué es lo mejor? ¡Que los mexicanos lo van a pagar!

La corriente subterránea de una historia que no se libra del pecado original surge a la superficie sin disimulos, amenazando todo sentido de las proporciones y la esperanza en un futuro civilizado. El terror es una epidemia, el instrumento idóneo para manipular a personas perfectamente obedientes.

La corte de los milagros

Skid Row es el campamento de una tribu. Cuadra tras cuadra hay casas de campaña y sofás rescatados en los que los colonos se arrojan displicentes. La calle es la sala de un hogar desmesurado. Una corte de los milagros.

Habiendo descubierto la distorsión que el lenguaje realiza muchos callan mientras, atrapados por la violencia, otros gritan y gesticulan como quien recuerda intempestivamente una afrenta. En Skid Row los hombres no son ciudadanos sino despojos entre los despojos. Cualquier sitio es bueno para recibir el Apocalipsis.

Carisma

Hace mucho que los ricos y poderosos se han exentado de pagar impuestos. Sólo los imbéciles creen que su dinero contribuye a financiar los servicios públicos. Los listos saben cómo usar las leyes para beneficiarse de ellas. Por ello en el caso del gorila dorado haber defraudado al fisco durante dieciocho años no es ningún mérito especial, aunque la masa de excluidos lo admire todavía más por ese robo que los afecta volviéndolos víctimas de un fraude. Las viejas en sus casinos se dejan la pensión entera sin obtener algo a cambio. Pero nada importa comparado con la emoción de verlo pasar. Es el carisma del hombre fuerte capaz de hacer aceptable lo absurdo. Así cuentan los días que los separan del ajuste de cuentas embriagándose con el potente veneno de la supremacía blanca. Convencer es explotar los prejuicios.

Inminencia

—Todo está de cabeza —se repite en silencio, muy quedamente—. Todo está de cabeza.

Camina ajeno a cuanto lo rodea. La calle amontona objetos incinerados, vidrios rotos, mercancías abandonadas después de saquear las tiendas, autos incendiados y los que corren sin rumbo como aves de corral cuando un zorro ha entrado para diezmarlas.

Vistas de lado aquellas sombras cobran el aspecto de los condenados en una cámara infernal. Los gritos anuncian la presencia de los policías cuyas siluetas marchando en formación militar vislumbra perfilándose entre el humo. Las llamas destellan en los charcos formados entre los huecos del negro asfalto.

Lo peor ocurre en cualquier momento.

Genio y figura

Al contrario del cuerpazo, su alma es tan pequeña que se le aburre dentro. Duerme poco porque usa cada minuto para autopromoverse. Durante cuatro horas sueña con que cuanto toca se vuelve oro. Frente al espejo enmarcado en luminarias donde ensaya su puchero característico y practica levantando el dedo índice, repite cada mañana el mantra que resuena en la desmesura de su baño romano de mármol, lapislázuli y ónix: “nadie es más famoso ni más rico ni más atractivo”.

Maestro del efecto, el querubín esmaltado impone su repugnante vitalidad como auténtico acto de barbarie.

La amenaza terrorista

Desde el abatimiento de las Torres Gemelas, los musulmanes son sinónimo de terroristas. La infame turba aguarda.

—Cuando sea presidente no permitiré que ningún musulmán terrorista entre en nuestro país. Los árabes se ríen de nosotros. Obama fundó el isis, ¿verdad? ¡Ninguno! ¡Y la Tía Chueca lo ayudó!

El coro repite su nombre como si se tratara de una plegaria. Ante él son las ovejas confiadas en el pastor providente. Por él están dispuestas a cualquier sacrificio porque saben que los años de abandono están por terminar. Cuanto consideran falso o verdadero proviene de sus palabras y de las quimeras admitidas como realidad.

La multitud ruge jubilosa. Entre la que creyera que gobernar Alaska consistía en cazar renos, lo cual le mereció ser propuesta para la vicepresidencia en 2008, el surgimiento del Tea Party y la nominación de Humpty Trumpty como candidato de un partido que reclama la patria en nombre de la muerte, hay una línea directa. Su anhelo exterminador va más allá de sus promesas y aunque desapareciera el veneno ha sido inoculado y es ingobernable.

Cachondo

—A mí las viejas me la pelan ¿eh? Todas. Lo único que quieren son diecisiete pulgadas.

Humpty Trumpty alza los dedos índice para enfatizar las dimensiones que a juzgar por la pequeñez de las manos expresan angustia genital.

—Me las trabajo como perras en celo. Yo no pierdo tiempo en preámbulos de pendejo. Me les echo encima.

Reporte de la autopsia

Surgió entre el brillo de los espejos de sus torres encandilando a los fervorosos y los condujo adonde las convenciones del mundo tangible pierden su significado, una utopía hecha de imposibilidades e incomprensible, desde cuyo centro irradiaba un magnetismo poderoso. Pero a pesar de la altísima consideración de quienes se declaraban sus seguidores y le juraban lealtad eterna no era más que un fenómeno secundario en el circo político. El horroroso don de consolarse con clichés no lo abandonó en la hora de su muerte a causa de una trumposis. Ni siquiera interpretado dejó de ser un hecho glandular. Su maldad estaba hecha de ignorancia y desprecio. Aquí yace quien fuera un exabrupto en busca de narrativa.  ~



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