Exclusivo en línea La angustiosa certidumbre: Petersburgo y Nosotros

Reseña sobre dos clásicos de la literatura rusa.

Texto de 01/11/19

Reseña sobre dos clásicos de la literatura rusa.



Resulta profundamente interesante que hayan transcurrido tan sólo siete años entre el punto final de Petersburgo (1913), novela de Andréi Biély (pseudónimo de Borís Bugáiev; 1880-1934), y la primera frase de Nosotros (1920), novela de Yevgueni Zamiatin (1884-1937). Una describe un pasado inmediato, la caótica Revolución de 1905 en la capital imperial; la otra apunta a un futuro distante, donde un Estado Único controla (casi) todo aspecto de la vida humana. Ambas obras se produjeron en ese tumulto que fue la última década —contradictoria, completamente anacrónica— del Imperio ruso. Petersburgo y Nosotros son acaso las dos novelas que mejor capturan el espíritu y las angustias de esos años.

Petersburgo describe las peripecias del joven Nikolái Apolónovich Ableújov, hijo de un senador poderosísimo. Pese a su origen noble y privilegiado, Nikolái repudia la situación del país y, como miembro de una organización radical (modelada en el Partido de los Socialistas Revolucionarios o “SR”), tiene la encomienda de arrojar una bomba a un alto funcionario del zarismo: su propio padre. Sin embargo, esta trama es engañosa: la protagonista de Petersburgo es la ciudad misma, en un retrato impresionista y simbolista a la vez, que se acerca ya al cubismo por vía de sus múltiples perspectivas. La pléyade de personajes y el alboroto de esa primera Revolución rusa construyen una narrativa polifónica que da vida a la ciudad apenas en unos cuantos días de octubre de 1905. Este puntillismo abrumadoramente moderno, de hacer tanto con tan poco, ha trazado paralelos entre Petersburgo y el Ulises de Joyce, que comienza a escribirse, precisamente, en 1914.

En este lienzo aparentemente rectilíneo, como las avenidas petersburguesas que describe la novela, cada color en la pluma de Biély indica una actitud, un estatus (rojo: revolución, amarillo: inquietud, negro: muerte). Los “sombreros hongo” representan a la burguesía transeúnte que huye de la masa roja (revolucionaria) y de su característico sonido: “uuuuu”. Se trata de una sinestesia abigarrada que, literalmente, da color a San Petersburgo en la mente del lector. Casi cualquier sustantivo —y, claro está, cada adjetivo— en la escritura remite a algo más; cada parte habla por un todo. Ningún elemento en solitario tiene coherencia sin las imbricaciones adicionales. Biély escribe en el letargo del postimpresionismo europeo, sumido en el profundo simbolismo de moda que impregnó la cultura rusa como pocas (Vrúbel en pintura, Shéjtel en arquitectura, Skriabin en música) y que roza los inicios del cubismo. Petersburgo es una combinación de esas tendencias, un retrato exquisito, pulcro y abigarrado que funge como canto del cisne del zarismo.

En Nosotros el protagonista es un solo hombre, en un marcado contraste con la totalidad, unicidad y genialidad del Estado Único. No hay nombres, sino números. El alimento deriva del petróleo, del que se nutre el 0.2% de la población mundial que quedó tras la “Guerra de los Doscientos Años” entre el campo y la ciudad. La capital del Estado Único tiene edificios de cristal para vigilar a todos los números, una notable transición entre el panóptico de Bentham y el de Foucault. Todo está regulado por el Estado Único excepto la “hora sexual”, cuando los números —sin amor de por medio— se registran con otros para satisfacer una de las pocas “necesidades primitivas” que quedan en un mundo que se rige por el cálculo y la ciencia. Y, en medio del aparente triunfo final de la racionalidad, el protagonista, D-503, constructor del Integral (una especie de zepelín gigante que llevará la felicidad matemática a otros planetas), se enamora como “los primitivos” de una número misteriosa, I-330, que inserta la duda en su mente, pero también en la aparente perfección del Estado Único.

Ambas obras son, cada una a su manera, una búsqueda de la certidumbre en medio del caos. Si Biély señala el inicio de la pérdida de una certeza con su imagen simbolista de la Revolución de 1905 y de la falsa perfección de San Petersburgo, Zamiatin brega en la cristalización de esa incertidumbre —la Primera Guerra Mundial, la Revolución de 1917, la Guerra Civil— para sugerir un posible retorno de la certeza total bajo una forma completamente inédita. Es a través del uso de las mayúsculas en Petersburgo y Nosotros que el matrimonio entre sátira e insinuación queda consumado, con la lucha constante entre la individualidad y el Todo como testigo. Mientras que Zamiatin asigna versales al Estado Único, al Integral y al Benefactor (el dictador en turno), en Petersburgo aparece el Organismo, oficina burocrática que lidia con todo y nada, dirigida por el senador Ableújov. Al igual que los sustantivos propios en Nosotros, el Organismo es un administrador del Todo en clave imperial zarista. Con ello Biély hace un guiño al Santo Sínodo imperial (y a su infame líder, Konstantín Pobedonóstsev), que desde el Estado administraba la Iglesia ortodoxa, cabeza espiritual del Imperio. Otra institución total en Petersburgo, con mayúscula, es “el Partido”, al que pertenece el terrorista hijo de Ableújov. El Partido tiene funciones propias e incuestionables, tiene “planes” y una “opinión”: es un sustantivo propio, es Uno. Desde luego, Biély no describe esa fantasía occidental que después se llamaría “sistema totalitario” —hay que recordar que escribe en 1913 y que, de hecho, “el Partido” representa a los SR, rivales de los bolcheviques—. No obstante, asigna bloques totales, compactos, unificados, como en una pintura cubista.

Hay incluso pasajes en ambos libros que podrían leerse indistintamente. Al cavilar en su habitación, en alguna mansión de San Petersburgo, Nikolái Apolónovich es un “centro del espacio que se había asignado a sí mismo, en la serie de premisas lógicas que, emanando de ese centro, determinaban el pensamiento, el alma y hasta la misma mesa”. En Nosotros, D-503, observando desde una esquina su habitación de cristal, escribe en su diario: “La mesa, ella [la número O-90] y yo somos como tres puntos a través de los cuales se trazan líneas y se proyectan los inevitables, pero todavía invisibles, acontecimientos”. Líneas rectas pero inciertas; orígenes claros con destinos desconocidos.

Son los estragos de la última década del Imperio ruso. En ella confluyeron diversos tiempos en uno solo, conforme la modernidad del siglo XX se imponía al Estado más tradicionalista de entonces: partidos radicales frente a un zar absolutista; obreros miserables que marchaban frente a las ostentosas mansiones de una nobleza arruinada; la influencia mística de Rasputin en la pareja imperial y la cultura urbana del chisme contra los horrores cotidianos en el frente de la guerra mundial. Biély escribe en medio de este decenio plagado de vacilaciones concentrado en su estallido, la Revolución de 1905. Zamiatin concibe la idea de Nosotros hacia el final de la década, mientras supervisa como ingeniero naval la construcción del rompehielos Alexánder Nevski en los astilleros ingleses en 1916.

Si bien las dos novelas poseen una originalidad muy singular para el momento en que fueron escritas —aunque también sean producto de los contextos a la mano—, quizás sea Nosotros la que merece un comentario aparte al ir más allá en su proyección, originalidad e influencia. Si Zamiatin hubiese seguido vivo cuando George Orwell publicó 1984 (1949), bien lo podría haber acusado de plagio. La novela de Orwell es —literalmente hasta la escena final— una copia grosera de Nosotros, amparada en la popularidad del británico y el desconocimiento del ruso. Al menos Aldous Huxley pretextó, sin convencer a muchos, que Brave New World (1931) había sido escrita antes de que leyera la obra de Zamiatin. Ayn Rand, que solía reformular ideas de otros como propias, produjo en Anthem (1938) la novela más parecida —léase: imitada— a Nosotros en el género. En su película THX 1138 (1971), George Lucas desarrolló prácticamente la misma trama, acaso más distraído en economía y religión.

Pese a estas licencias póstumas, el monólogo interior de Zamiatin tampoco es del todo nuevo. El “comunismo de guerra” bolchevique, producto de la Guerra Civil (1918-1921) contra los ejércitos blancos, funge como modelo para el Estado Único. No obstante, como lo señala bien Sergio Hernández Ranera en el prólogo de la versión española de Akal, el Estado Único en Nosotros es menos una denuncia de la recién formada dictadura soviética que una advertencia de la fe ciega en la ciencia al amparo del Estado. Fue en aquellos astilleros ingleses, en medio de la guerra mundial, donde Zamiatin, entonces militante bolchevique, observó el taylorismo más rampante (de ahí los “Ejercicios de Taylor” en la novela). Los nombres de los protagonistas de Nosotros (D-503, I-330, O-90) están en los planos del Alexánder Nevski. La reducción de la vida humana a fórmulas matemáticas proviene de allí, del positivismo imperialista que está llevando al desastre en la guerra, no sin una crítica feroz al giro autoritario de Lenin, que llevó a Zamiatin a romper con la causa. Nosotros se publicó en la Unión Soviética sólo hasta 1988, pero vio la luz desde 1924, en inglés, bajo el sello de E. P. Dutton y traducida por el notable psiquiatra emigrado Grigori Zilburg.

En Revolutionary Dreams (1989), Richard Stites sugiere que la novela de Zamiatin es una respuesta a Alexéi Gástev, cuyos poemas divinizaban a las máquinas. En su miniatura utópica Exprés. Fantasía siberiana (1916), Gástev describe con detalle profético una Siberia futurista: uniforme, proletaria, con trabajos forzados, ciudades grises de acero sin vegetación y túneles que llevan a Alaska, todo bajo la égida del “partido”. Asimismo, invitaba a “ahogar al hombre en metal, derretir sus pequeñas almas y crear un gran Uno”. En 1919, en la revista Proletarskaya Kultura, Gástev escribía que el hombre se convertirá en una “unidad autónoma de producción”, en una “A, B, C, un 324 o un 075”, que “ya no se expresará mediante gritos de dolor o una risa alegre, sino mediante un manómetro o tacómetro”. Años atrás, Skriabin concebía su Mysterium, obra inconclusa, total —receptáculo de todas las artes en una sola—, que al interpretarse en el Himalaya propiciaría la destrucción universal, de la cual hombres y mujeres renacerían como seres astrales sin diferencias corporales.

Aprovechando esta última idea, otra coincidencia es que ambos autores desdibujan la humanidad de sus protagonistas para convertirlos en algo más. En Biély son símbolos, colores, masas de gente, pero uno de los pocos rasgos que distinguen a un individuo de otro es la nariz (“aquilinas”, “respingonas”, “pálidas” y hasta “la ausencia de toda nariz”). En Zamiatin los humanos son números, todos con la misma apariencia uniformada, salvo… la nariz (“de botón”, “clásicas” y “chatas”). Aparte de un toque de humor, cada una de estas menciones es un homenaje a la sátira de Nikolái Gógol; más allá del famoso cuento La nariz (1836), Biély y Zamiatin se cuentan entre los pocos que detectan la presencia masiva de narices con descripciones ridículas en casi toda la obra de Gógol. Es una forma más de resaltar la individualidad frente al Todo con uno de los rasgos más personales que puede haber. E implica, irónicamente, una nueva certeza: nadie puede dudar de cómo es su nariz.

Sin embargo, es la duda la que guía a las dos novelas en todo momento. La duda hizo posible la Revolución de 1905 en el Imperio más tradicional de Europa, en cuanto una petición pacífica al zar fue recibida a balazos en el “Domingo Sangriento”. La duda sobre el mundo real que engendra la antroposofía de Biély lo lleva a sintetizar el mundo político con el espiritual en Petersburgo. Nikolái Apolónovich duda de si el momento revolucionario vale la pena como para asesinar a su propio padre y terminar con la hegemonía del Organismo para dar paso a la del Partido y la Libertad. Las dudas de Zamiatin sobre el objetivo bélico de su profesión ingenieril y sobre sus abolladas convicciones bolcheviques lo orillan a escribir Nosotros. D-503 duda cuando comienza a preguntarse si podrá estar ridículamente enamorado (“como los de antaño”) de I-330, pero también si el Estado Único no presenta averías en su dominio aparentemente total del conocimiento y las mentes humanas.

El mundo conocido, con toda su aparente perfección, puede acabarse de un soslayo. Y encima habrá que edificar nuevas certidumbres. EP



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