¿Por qué no es lo mismo la ortografía que el conocimiento gramatical?

¿Saber hablar implica ‘tener’ buena ortografía? En este texto, el lingüista Renato García González explica por qué no se puede equiparar el uso normativo de la ortografía con el conocimiento gramatical del español.

Texto de 21/03/22

¿Saber hablar implica ‘tener’ buena ortografía? En este texto, el lingüista Renato García González explica por qué no se puede equiparar el uso normativo de la ortografía con el conocimiento gramatical del español.

Baste leer las respuestas a un tuit del comunicador Joaquín López Dóriga quien intentó poner en evidencia…la ortografía en los tiempos de la #4-T”, para darse cuenta de que en el imaginario de mucha gente persiste la idea de que el uso de la lengua equiparada al de la normativa ortográfica es equivalente al conocimiento gramatical y, extrañamente, por extensión, a la inteligencia de las personas. Entre las respuestas, pueden leerse comentarios que cuestionan el conocimiento del español de quienes cometieron el error ortográfico, otras que —con una serie de adjetivos despreciativos— ponen en duda su inteligencia o las que directamente los insultan porque “no saben ni escribir”. 

Dentro de todas las cosas sobre las que podemos opinar acerca de otras personas, la lengua —o mejor dicho, su uso— parece ser la que más se presta para ese propósito. La lengua no sólo es un vehículo para la comunicación. Cuando la usamos de manera cotidiana, es la mejor y más fiel carta de presentación con la que nos plantamos ante la sociedad, es el reflejo de nuestra educación; su uso correcto y apegado a las reglas gramaticales es la muestra inequívoca de que una persona es racional y piensa con la claridad necesaria para realizar las complejas actividades que demanda la vida en sociedad. 

O eso creen algunos. 

Para muchas personas, la lengua se ha convertido en un fetiche, una vasija mística en la cual es posible verter todas las propiedades buenas o malas de la gente. Con bastante frecuencia suele equiparse el uso correcto de la lengua con el uso correcto de su ortografìa —por sencillez del argumento, atengámonos a la lengua española, obviando de antemano el hecho de que hay lenguas que carecen completamente de un sistema de escritura convencional y normado—. De tal forma que, según cierto defensor apasionado de la lengua española, los errores ortográficos  “…van siempre asociados a una deficiente expresión sintáctica y a un vocabulario pobre”. Y va todavía más lejos: “…quien escribe con corrección ha leído y ha incorporado a su pensamiento una estructura gramatical que le permite ordenar mejor las ideas y analizar con más competencia tanto lo que oye como lo que piensa”. Como se ve, la ortografía y el conocimiento gramatical suelen estar, en la mente de mucha gente, intrínsecamente ligadas.

Esto no es así. 

El conocimiento gramatical es un estado mental de todas las personas hablantes de una lengua materna. Este estado mental suele estar caracterizado por el conocimiento implícito —esto es, no consciente— de las reglas de su lengua. 

Es importante hacer aquí una pequeña digresión con respecto a la noción de regla en este contexto. Una regla, en el sentido aquí usado, no es una legislación promulgada socialmente por acuerdo explícito; tampoco es una regla creada por ninguna institución o cuerpo colegiado de especialistas. No es como las reglas que debemos seguir, por ejemplo, para participar en un juego de mesa. Cada hablante de una lengua natural tiene internalizados los principios que rigen su gramática, independientemente de qué tan vasto sea su vocabulario académico o cuántas palabras diferentes conozca sobre las distintas fases de la producción del vino; por ello, bajo ninguna circunstancia cabe la afirmación de que alguien no sepa hablar su lengua.

Ahora bien, ¿por qué suele equiparse la lengua/ortografía con las capacidades cognitivas de una persona? Yo diría que por la misma razón que solemos creer que una persona que escucha ópera a la hora de la comida es más culta que otra que lo hace mientras escucha reggaetón: por una cuestión de clase y mantenimiento de los órdenes sociales. Vivimos constantemente rodeados de una presión vertical descendente por parte de grupos sociales históricamente ligados al poder y a la administración. Esta presión se ve reforzada en las instituciones educativas y sociales, se reproduce en forma de preceptos y reglas de comportamiento aceptable: es aceptable vestir de cierta forma, es aceptable relacionarse de cierta forma, es aceptable hablar de cierta forma. Aceptable para el mantenimiento de los órdenes sociales (¿postcoloniales?).

“Vivimos constantemente rodeados de una presión vertical descendente por parte de grupos sociales históricamente ligados al poder y a la administración”.

Entendidas dentro de este marco, las reglas de la lengua no son muy diferentes a las reglas de etiqueta y buenas costumbres. Las reglas de ortografía, nada diferentes a los buenos modales en la mesa. 

Vamos a poner un ejemplo un tanto burdo: imaginemos que nos encontramos en una cena rodeadas de personas elegantemente vestidas y una delicada música adereza el ambiente. Después de comenzar a comer, notamos que junto a nosotros se escucha un estruendoso “¡chomp, chomp!”. Muchos en nuestra mesa levantarían las cejas ante esa persona que sorbe la sopa o habla con el bocado a medio masticar en esta delicada y elegante cena: es de mal gusto. Incluso podría afirmarse que esa persona no sabe comer; sin embargo, lo que en realidad deberíamos decir es que esa persona “no sabe comer según las convenciones de un grupo social”, porque ciertamente todos sabemos comer. Entonces, ante un escandalizado “¡no saben hablar!”, en realidad lo que se está diciendo es que “no saben hablar como mi grupo y yo queremos que hablen”. En México, este grupo normalmente está asociado a las personas que detentan el poder —simbólico o económico— y se encargan de la administración pública y privada. 

Cuando se afirma severamente que alguien no sabe hablar y se utilizan como pruebas el uso de palabras o pronunciaciones diferentes —normalmente características de los márgenes sociales o geográficos—, en realidad lo que se está haciendo es contrastar formas socialmente minorizadas o reprobadas por los grupos de poder con formas sancionadas como correctas —casi siempre, las propias—. En muchas ocasiones, estos juicios sumarios también suelen estar acompañados de hirientes señalamientos en torno al acceso a la educación de las personas juzgadas: “no terminaron la primaria”, “no fueron a la escuela”, “pasaron de noche”, entre otras muchas expresiones cuyo único interés es cuestionar, nuevamente, la calidad intelectual de las personas. Particularmente, encuentro muy desconcertantes estas afirmaciones, puesto que ignoran una fuerte realidad de nuestro país: el acceso a la educación, por una multiplicidad de factores que no caben aquí, se encuentra terriblemente mal distribuido. Sobre el rol de la educación formal, otro fetiche en el imaginario colectivo, no diré más que eso. 

Ni la ortografía es lo mismo que la lengua, ni el uso de la lengua es tan importante. 

“La mayoría de las veces las convenciones ortográficas están congeladas en el pasado y no reflejan la vitalidad de las lenguas caracterizada por el cambio y la innovación”.

La ortografía no es otra cosa más que un conjunto de convenciones —esas sí creadas y establecidas por un conjunto de personas—. La mayoría de las veces las convenciones ortográficas están congeladas en el pasado y no reflejan la vitalidad de las lenguas caracterizada por el cambio y la innovación. Para cuando quienes dictan y sancionan las convenciones de la ortografía, aceptan una pronunciación o palabra nueva, lo más probable es que esa innovación ya sea, en realidad, vieja. Por ejemplo, ¿por qué seguimos teniendo la h muda en la ortografía del español?, ¿por qué en México, donde nos da igual la distinción entre la pronunciación de z y s, tenemos que seguir aprendiendo de memoria qué palabras llevan cuál y cuáles la otra?, y mejor ni hablemos de cuando alternan con la c. Vestigios del pasado, dirán los nostálgicos; en el caso de la h, de cuando pronunciábamos jumo en lugar de <humo>,1 aunque si a mí me preguntan, prefería cuando decíamos <ficus> en lugar de <higo>. No es el momento de hablar de la relación que tenemos en este país con la x, que a veces suena como <sh> (Xola), a veces como <s> (Xochimilco), otras <j> (México) y todos quieren forzar a que suene como <ks> (Tlaxcala). No debe sorprendernos que esta variación, propia de México, tenga que ver con muchos nahuatlismos. Y así, podría seguir con los ejemplos…

Entonces, las reglas ortográficas, su acotación u omisión, no reflejan en lo absoluto el conocimiento de la gramática que cada persona tiene sobre su lengua. Recordar todas las palabras en español que llevan una h intermedia o comienzan con ella, nada tiene que ver con cómo los hablantes le asignamos el caso nominativo a los constituyentes etiquetados como sujetos en una cláusula subordinada relativa. Por cierto, saber lo que quiere decir el fragmento subrayado que a propósito oscurecí con un poco de jerga lingüística, tampoco es importante para medir el conocimiento de la gramática de una persona. No es necesario saber explícitamente cómo hacemos lo que dije antes; sin embargo, todos los hablantes nativos del español podemos hacerlo. Lo que puede resultar sorprendente para quienes exclaman temerosos de cómo la lengua se está deformando o cómo los jóvenes nunca dejan de destruirla, es que la educación formal no tiene ningún efecto en cómo los hablantes hacemos para detectar violaciones resultado de extracciones de material –qu desde islas sintácticas. Nuevamente el subrayado es intencionado. 

¿Es el uso de la lengua una expresión de la inteligencia de una persona? No. En todo caso, el uso de la lengua es el reflejo de una serie de factores entre los que se encuentran —pero no está limitado a— el origen de una persona, el nivel de acceso a la educación formal, las preferencias léxicas que cada persona hace a lo largo de su vida, su estatus social y económico.

En conclusión, para un grupo de gente, la lengua equiparada al uso y a la ortografía ha sido convertida en un fetiche portador de todo lo bueno o malo de una persona. En la mente de estas personas, es el reflejo de las cualidades admiradas y es el síntoma de todo lo que está mal con quienes no pertenecen a su grupo; sin embargo, hasta ahora hemos tratado de argumentar que esta práctica objetivamente no está basada en nada que sepamos en las ciencias del lenguaje y que suele confundir una variable de corrección social, con una capacidad cognitiva. Esta práctica bien podría ser inocua, por ejemplo, como decidir si cualitativamente es mejor comer con palillos, con tenedor y cuchara, o con las manos; desafortunadamente, al demeritar el uso de la ortografía de la lengua de una persona, no sólo se demerita el uso de la lengua de esa persona, sino el de grupos y comunidades completas. Y, al hacerlo sistemáticamente, también se abre la peligrosa puerta de la discriminación y la xenofobia. EP


1 En algunos casos, estas innovaciones en la pronunciación dieron lugar a dos formas diferentes coexistentes, como en el caso de <halar> y <jalar>, que en términos generales, podríamos decir que son sinónimos, aunque la Real Academia tiene marcado al segundo como un coloquialismo.

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