Noctuario

“Detesto que Leo diga sí y diga no. Y que no tenga más palabras. Detesto tener miedo y toda mi miseria y tener solamente estas palabras escritas en este cuaderno de espirales frágiles. Detesto mis sueños, mis presagios. Detesto mis sospechas que me aplastan y la luz de las patrullas afuera.”

Texto de 22/05/20

“Detesto que Leo diga sí y diga no. Y que no tenga más palabras. Detesto tener miedo y toda mi miseria y tener solamente estas palabras escritas en este cuaderno de espirales frágiles. Detesto mis sueños, mis presagios. Detesto mis sospechas que me aplastan y la luz de las patrullas afuera.”



La ansiedad es como una mariposa nocturna que se mete en la garganta. No tengo una habitación silenciosa. Hasta mi habitación se cuelan las voces de mamá y su marido: cenan pollo frito. A mí el pollo me provoca náuseas. También el marido de mi madre me da asco. Me da asco todo. 

La voz pastosa del conductor que da más y más noticias sobre el virus. 

Yo pienso en Dios. Pienso en si debería hacer una oración por mi abuela y por mi padre. Los extraño tanto. Debería tener fuerzas en los huesos. Pero siento que el calor lo aniquila todo. 

Mi cuerpo es como un tubo de ebullición. 

Mi cuerpo todavía existe en el mundo. Quizás el único motivo de mi existencia sea sobrevivir para cuidar la agonía de mamá.

También tengo miedo de que Leo muera. Pero no sé si Leo cree en Dios. 

A veces, pienso que, cuando nos besábamos despacio en esa casa polvosa a la que no hemos vuelto, Leo creía en mí y en Dios. Después, recuerdo que él regresaba a su silencio y me acompañaba hasta la Central de Abasto, para que yo regresara a casa. Luego me despedía de Leo y a veces fumaba un cigarro antes de subir al colectivo.

Leo no fuma. 

Pero tiene un piercing en el lóbulo. 

Pienso en que han pasado tantos días, en que ahora Leo fuma. 

Ahora es un adicto tembloroso. Tengo miedo de que, cuando volvamos a vernos, yo sea una mujer triste con los pliegues de los muslos colgando y con los párpados rotos. El encuentro sería en un lugar cutre: un bar cualquiera. Un bar que se llama El tercer mundo. Ahí suena una canción cualquiera y nosotros leemos un panfleto que viene de la calle y que reparte la última brigada de la patrulla sanitaria. Leo no ha envejecido y no me reconoce. Todavía hay una pira funeraria y todavía el asco no se borra de la ciudad. 

Expuestos los últimos muertos. 

No quiero pensar ahora en eso. Pienso en otra palabra y no en recuerdos futuros improbables y dolorosos. 

Pienso en la palabra islote, pronunciada por él. Aunque nunca he oído que Leo pronuncie esa palabra. Quizás me gusta eso: lo desconocido en él y sus dientes. También me gustan sus manos alargadas. También me gustan sus ojos achinados y que cada quince días se rapa el cabello. Me gusta que huela tan bien. Me gusta que me hable de Aleister Crowley y que hable de Dennis Cooper. 

Me gusta que no ha pronunciado la palabra suicidio, pero ha mirado mis manos hasta casi calcinarlas con la mirada. Hasta que me hace sentir tan triste que tengo que escapar para no decirle que tengo tristeza por su vida misteriosa. 

Sé que Leo va morir. 

Lo sueño cada viernes. No importa que llevemos dos semanas sin vernos las caras. Pienso en qué hará. Hablamos poquísimo. Siento que es otro. Siento que sus padres lo obligan a trabajar. Pienso en que acomoda mercancías en una tienda de ropa. Pienso en que hace fotografías infantiles en una tienda Kodak. Pienso en que dibuja con sus lápices de grafito a los gatos de una vecindad que desconozco dónde está.

Pienso en que cuida caballos en una vieja hacienda. Y siento alegría al pensar que Leo piensa en mí cuando es de noche y todo se convierte en un murmullo. Se apagan las luces de la urbanización. 

Pienso que Leo alimenta a los gatos y que acaricia a Mitsuo y escribe una historia en la que yo soy una japonesa que huye y que no tiene palabras para un joven forastero. 

Pienso en todo eso para ahuyentar los sueños en donde, después de besarnos, él muere. 

Muere porque está en la calle y la policía nos dice que es tarde, que debemos volver a casa. Leo dice que sí. Y yo digo que no. 

Digo que quiero ver el amanecer. Digo que quiero ver cómo la calle empieza a llenarse de gente. Somos como hormigas, le digo a Leo. 

Déddé, me dice Leo, ya es tarde. Y luego atravesamos una calle donde todavía hay algunos indigentes que escapan de la policía sanitaria. 

¿No sientes que somos como polillas revoloteando en el filo de una ventana? ¿No te gusta que ahora los anocheceres son como un conjunto de nubes purpuras cayendo? ¿No te gusta demasiado la palabra frazada? Es como una palabra para decir caricia

¿Por qué me dice todo eso? ¿Por qué tengo ganas de que ahí mismo Leo me bese, frente a los indigentes, poco antes de ser un cadáver…? ¿Por qué anticipo su muerte? 

Nos persiguen. Quiero decírselo a Leo. 

Ni siquiera me llamo Déddé. Me dicen así por una caricatura. En realidad mi nombre es patético. Detesto mi nombre y mi existencia. Detesto estar sola y no tener noticias de Leo. 

Quisiera tener un hogar. Quisiera tener una casa llena de helechos. Quisiera tener una casa de paredes blancas, con una ventana limpia. Quisiera no tener en casa al marido de mi madre repitiendo los jingles de la televisión que mamá compró en pagos hace tres años, antes de que él apareciera. 

Detesto este encierro y mi cuerpo que hierve. Detesto sentir fiebre y tener miedo y no saber cómo pronunciar una oración. 

Detesto que Leo diga sí y diga no. Y que no tenga más palabras. Detesto tener miedo y toda mi miseria y tener solamente estas palabras escritas en este cuaderno de espirales frágiles. Detesto mis sueños, mis presagios. Detesto mis sospechas que me aplastan y la luz de las patrullas afuera. Detesto pensar que más de ciento veinte millones de humanos que moriremos bajo un cielo purpúreo. Detesto pensar en  nuestras últimas noches ardientes mientras mi madre me trae un remedio sacado de un frasco amarillento. 

No sé llamar a Leo. A estas alturas no sé bien quién es quién. 

Leo no es el nombre de una mujer pelona a rape  que tiene un arete en el pezón izquierdo: un pezón negro, puntiagudo. Yo sueño a veces con esa mujer desnuda y que tiene en el talón una pulsera roja. Arrastra las piernas como si cada paso le doliera. Pero Leo es también una abreviatura. ¿Un acrónimo? Pienso cosas raras y siento que lo he llevado a la exageración. Leo es el nombre de una mujer que trabaja apilando cajas en una zapateria. Él se llamaba de otro modo, pero no puedo recordarlo. Solamente sé decir algo sobre la fiebre. 

Mamá dice mi nombre, y me besa la frente. Estás ardiendo, dice.

Estoy desnuda y ardiendo como el mundo, mamá, digo,  y lo más horrible de todo, y lo que más odio es que ni siquiera sé rezar. EP



DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México