Narrar el cuerpo mutante: Jazmina Barrera

La representación estética de la metamorfosis del cuerpo de la mujer durante el embarazo y el parto es uno de los temas que Jazmina Barrera explora en Linea nigra.

Texto de 23/07/20

La representación estética de la metamorfosis del cuerpo de la mujer durante el embarazo y el parto es uno de los temas que Jazmina Barrera explora en Linea nigra.

Escribir sobre el propio cuerpo es aventarse al fondo oscuro y helado del océano, en esa región donde ya casi nada es transparente, ni “hermoso”, ni cristalino; sino allá, en las tinieblas, donde habitan criaturas misteriosas, raras, de las que no se suele hablar porque su belleza es de otra clase, no está al alcance de todos, no la sabe apreciar cualquiera.

La metáfora es perfecta porque, como dato curioso, el agua constituye una media del 60% del peso corporal de un hombre adulto y del 50 a 55% de una mujer, pero también porque, durante la gestación, el feto nada en un ambiente líquido. Es una especie de alien flotando en un universo cálido y acuoso.

El cuerpo de la mujer no es sólo un envase, una envoltura destinada al placer de otro; es también (y sobre todo) sangre, olores, desgarros, senos caídos, celulitis, estrías y, si ha llevado un embarazo a término, una línea que sube desde el monte de Venus hasta el ombligo. La linea nigra que da título al libro de Jazmina Barrera; la guía que marca el camino del bebé hacia los pezones para alimentarse por primera vez.

(Y mientras escribo esto observo la mía, la que me dejó el embarazo hace 16 años. Se volvió más clara, casi imperceptible, pero sigue ahí: la huella de que mi hija habitó dentro de mí y tuvo una guía para encontrar su camino).

Así como Margo Glantz habla sin pudor de sus dientes y de las numerosas visitas al dentista en Por breve herida (Sexto Piso, 2016) y Guadalupe Nettel del defecto congénito en un ojo que configuró a la mujer que es ahora en El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011), Jazmina Barrera se aventura por los rincones oscuros y húmedos del suyo en plena transformación por la maternidad en Linea nigra (Almadía, 2020).

“El tema del cuerpo es algo que siempre me ha fascinado; lo he tratado de explorar en mi escritura desde mi primer libro, que se llamaba Cuerpo extraño (Literal, 2013), y también en mis lecturas siempre busco autores como Margo Glantz, que lo trabajen”, dice. El interés de la autora de Cuaderno de faros (Pepitas de calabaza, 2019) se extiende al vínculo del cuerpo  con el lenguaje de las ciencias naturales y la representación estética. 

“El cuerpo es un universo y se puede abordar desde muchísimos lugares. En particular el cuerpo de la mujer, durante estos procesos, que es una transformación brutal, mutante, exorbitante. Y cómo se relacionan también la emotividad y los afectos con las transformaciones corporales”, dice Jazmina, que en este, su más reciente libro, narra cómo “el bebé se mueve como un animal enjaulado. Ya se pueden ver a simple vista sus movimientos bajo la piel”; esa metamorfosis que a veces resulta incluso aterradora: 

“Traté de investigarlo desde la biología, desde la medicina, desde la literatura y el arte y, desde la propia experiencia: ir viendo sobre todo esos momentos de asombro, de terror, de extrañeza era quizá lo que más me atraía. Es una transformación alienígena; un desdoblamiento total”.

Esta experiencia por la que, bromea Jazmina Barrera al inicio del libro, “pasa media humanidad”, resuena sin lugar a dudas en la identidad.

“De pronto ya no eres una persona sino dos, y ya no eres una mujer sino una mujer con un hombre adentro”, dice, “y todas las implicaciones filosóficas, metafísicas, afectivas que eso tiene”.

En la búsqueda de estas implicaciones, la autora comenzó a tejer una red de comunidad con otras mujeres que habían escrito sobre el embarazo, el parto y la lactancia o que habían representado estos procesos por medio de la pintura y la fotografía. Tendió sus hilos hacia todas ellas, y ese telar, en el que están su propia madre (que es artista plástica), Tina Modotti, Rivka Galchen, Louise Bourgeois, Daniela Rea, Ursula K. Le Guin, Frida Kahlo, Mary Shelley y Rosario Castellanos, entre otras, es Linea nigra.

“Empecé a escribir este diario un poco por lo que escribo en realidad todo: para tratar de entender este proceso por el que estaba pasando, que era tan inquietante, tan asombroso por un lado y por el otro tan terrorífico para mí. Estaba escribiendo estas pequeñas entradas y de pronto la vida empezó a dar vueltas y a la vez comencé a hacer esta pequeña colección, este pequeño archivo de referencias a otras mujeres artistas y escritoras que hubieran trabajado estos procesos en su obra”. 

Por el oficio de su madre, las artes visuales siempre han estado presentes en la vida de Jazmina; por ello, no es extraño que haya tantas mujeres pintoras y fotógrafas con las que dialoga en los ensayos breves que forman parte de Linea nigra:

“Es un lenguaje al que yo acudo con frecuencia y que disfruto, y que igual que la literatura, me acompaña. Y me gusta mucho cómo lo hace María Gainza, una escritora argentina que tiene un libro que se llama El nervio óptico en el que habla de pintura en la vida diaria. Porque la pintura, el arte en general, está asociado a las élites, a un espacio de glamur inaccesible, de clases sociales altas”.

La representación estética de la metamorfosis del cuerpo de la mujer durante el embarazo y el parto era un tema que le interesaba mucho a Jazmina Barrera: “Cómo las mujeres nos hemos representado a nosotras mismas estas experiencias porque por supuesto los hombres las han representado también lo han hecho bien o mal pero lo han hecho, dejando de lado a las mujeres. Hubo mujeres que lograron tener visibilidad y un espacio en la arena pública, entonces traté de recuperarlas, traté de averiguar la manera en la que tanto la literatura como las artes visuales han representado estos temas porque la representación importa: vernos a nosotras mismas, vernos desde los ojos de otras mujeres, comparar nuestra experiencia, hacer contrastes, sentirnos identificadas. Esos espejos, ya sea que deformen o que reflejen de manera muy nítida, sirven, importan”.

Al observar cómo el haber hecho la búsqueda y encontrar a todas esas mujeres, “haber construido esta especie de comunidad intelectual a mi alrededor”, le había hecho tanto bien, Jazmina Barrera decidió publicar el texto porque, afirma: “quizás este libro podría ser una diminuta contribución en la vida de alguien más”. 

Pero una cosa es tomar la decisión y otra muy distinta llevarla a cabo. Escribir implica un esfuerzo monumental: requiere tener tiempo y un espacio físico para lograr que las ideas se conviertan en palabras y luego en frase con sentido e intención. Ya lo decía Virginia Woolf: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir”. No conozco la situación financiera de Jazmina Barrera, pero sé lo que es vivir un embarazo y tener un bebé recién nacido que exige toda tu atención, la mayor parte del tiempo, y cuando no, ya estás demasiado cansada como para sentarte a escribir.

En su caso, mientras amamantaba leía un libro pequeño, ligero, que pudiera sostener con una mano, o escribía notas en el celular. Barrera recuerda que para Ursula K. Le Guin los bebés son “come manuscritos”. En Linea nigra lo dice así: “El poema no escrito porque un bebé lloró, la novela que se dejó de lado por un embarazo, y así. Los bebés comen libros. Pero escupen fragmentos que pueden ser unidos después”.

Los fragmentos sí se unieron esta vez. En plena pandemia de COVID-19 se publicó este libro gestado nunca mejor usado el término entre un embarazo, un terremoto, el cáncer de su madre y el parto de su primer hijo: Silvestre.

Jazmina Barrera escribió y publicó Linea nigra, un libro sobre estos temas que, como dice, “siempre fueron importantes pero durante muchos siglos no tenían un espacio en el mercado, en el ámbito público y eran, en efecto, considerados temas menores, temas “femeninos” (así, entre comillas), con ese femenino peyorativo que se usaba, temas cursis, intrascendentes”. 

Fue el feminismo, dice, lo que “ha hecho más visible la forma en que estos temas nos interpelan, que las lectoras estamos buscando, que las escritoras estamos trabajando, y claro, el mercado se ha dado cuenta que ahí hay un tema importante que les puede servir y eso ha conformado esto que ahora se da en llamar una moda, pero que yo tengo la esperanza de que vaya más allá de eso”. 

Esta afortunada “moda” ha impulsado a que, por lo menos en los últimos años, se hayan publicado textos como Contra los hijos (Lina Meruane, Tumbona, 2014), Tsunami (Varias autoras, compilado por Gabriela Jáuregui, Sexto Piso, 2018), Su cuerpo dejarán (Alejandra Eme Vázquez, Kaja Negra/Periódico de las señoras/Enjambre Literario, 2019) y Raras. Ensayos sobre el amor, lo femenino, la voluntad creadora (Brenda Ríos, Turner, 2019), por mencionar sólo algunos, que se centran en el cuerpo de las mujeres, el trabajo de cuidados, el espacio doméstico, la relación con el acto creativo, entre otros. 

Sin embargo, no a todo el mundo le entusiasma leer acerca de estos temas. O no todos piensan que son relevantes. Tan es así que Jazmina narra en Linea nigra cómo sus tutores para una beca que había solicitado por otro libro no le permitieron cambiar el proyecto para trabajar sobre este. Aún así, la escritora decidió seguir adelante.

“Creo que nos da tanto miedo escribir de maternidad porque se nos ha dicho que sólo puede ser cursi, por todos estos estereotipos alrededor: que la maternidad es pura luz, puro amor, pura entrega absoluta y sacrificada, el mejor momento de tu vida, etcétera. Todo eso tiene que ver con una función que el patriarcado le ha asignado, en donde las madres son cien por ciento responsables de la crianza. El patriarcado busca que ni el gobierno ni la comunidad alrededor de las madres se involucren; que sea la madre sola la que se ocupe de la crianza. Y yo creo que lo primero es eso: perder el miedo a hablar de estos temas y no dejar que estos estereotipos nos detengan”. 

Jazmina Barrera no tuvo miedo. Se aventó al fondo oscuro y helado del océano y salió llena de luz. EP

Linea Nigra. Jazmina Barrera. Almadía, 2020. 164 páginas.

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