Mujeres que hicieron ciudad

La historiadora Veka Duncan escribe a manera de lista, los nombres de algunas mujeres que hicieron importantes aportes al diseño y construcción de la Ciudad de México.

Texto de 17/03/22

La historiadora Veka Duncan escribe a manera de lista, los nombres de algunas mujeres que hicieron importantes aportes al diseño y construcción de la Ciudad de México.

A primera vista, pareciera que las únicas manos que han construido nuestras ciudades han sido masculinas. Arquitectos, ingenieros y trabajadores de la construcción parecen tener siempre rostros de hombres y entre los nombres que resuenan en nuestras calles cuando observamos los edificios que transformaron el paisaje urbano difícilmente escucharemos el de una mujer. Pero lo cierto es que sí hubo muchas mujeres que también hicieron ciudad de las cuales vale la pena hacer mención. 

Julia Gómez de Escalante

La historia de Santa Julia se remonta a tiempos prehispánicos cuando llevaba el nombre de Tlaxpana, traducido como “lugar donde se barre”. De acuerdo con la tradición oral, esas tierras pasaron a manos de Hernán Cortés tras la Conquista; desde entonces y hasta el siglo XIX permaneció como una zona rural. No fue sino hasta 1894 que comenzó a tomar forma de colonia de la mano de Julia Gómez de Escalante, quien en ese año decidió fraccionar sus terrenos en sociedad con Eduardo Zozaya. Así fue como en 1902 nació el barrio —históricamente bravo— de Santa Julia, nombrado en honor a su creadora y dueña. 

Si bien hoy es oficialmente la colonia Anáhuac, en la memoria de los chilangos seguirá siendo Santa Julia; una de las pocas zonas de la Ciudad de México que lleva el nombre de una mujer de carne y hueso.

Antonieta Rivas Mercado

¿Qué podemos decir de Antonieta Rivas Mercado que no se haya dicho ya? Empezaría recordando su trabajo como escritora y dramaturga, tan a menudo olvidado pues su historia siempre ha sido narrada a partir de los hombres de su vida: hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor de la Columna de la Independencia y director de la Academia de San Carlos; mecenas de los Contemporáneos, ese grupo de poetas, dramaturgos y pintores con el que fundó el Teatro Ulises; amante de José Vasconcelos, secretario de Educación Pública y candidato presidencial con una campaña financiada por ella. Todo esto ha sido contado una y otra vez, pero quizá lo único que no es comentado con tanta frecuencia es su legado en la Ciudad de México. Y para hacerlo, debemos hablar de otro hombre, su esposo Albert Blair.

Ingeniero de origen inglés, Blair era cercano al poder de su tiempo a través de su relación amistosa y laboral con los hermanos Madero. Esto le permitió llevar a cabo lucrativos negocios, entre ellos el de una colonia que llevaría el nombre de Chapultepec Heights, hoy conocida como Lomas de Chapultepec. La compañía encargada de construirla fue fundada en 1921 con cinco socios, entre ellos el esposo de Antonieta, y eso nos lleva a uno de los mitos más entrañables de esa zona de la ciudad: cuentan que un día, encorvada sobre un atlas —o globo terráqueo en otras versiones—, Antonieta buscó entre las montañas del mundo los nombres de las calles que el arquitecto José Luis Cuevas Pietrasanta trazaba en las colinas de la hoy alcaldía Miguel Hidalgo. 

“…perdimos para siempre el nombre con tono hollywoodense de Chapultepec Heights, pero afortunadamente conservamos los que nos regaló una notable escritora y promotora cultural”.

De ser cierta la anécdota, la nomenclatura que Antonieta imaginó sigue presente en nuestras calles. La colonia, sin embargo, sí fue rebautizada pues por orden presidencial de Plutarco Elías Calles no podía haber rótulos con palabras en otro idioma que no fuera español en el espacio público. Con ello, perdimos para siempre el nombre con tono hollywoodense de Chapultepec Heights, pero afortunadamente conservamos los que nos regaló una notable escritora y promotora cultural.

Dolores Olmedo

El nombre de Dolores Olmedo ha quedado marcado para siempre en la historia cultural de nuestro país. Como coleccionista, formó uno de los acervos artísticos más importantes del arte moderno y, a su vez, museos que a la fecha son referentes. A primera vista, podría parecer que eso es motivo suficiente para incluirla en una lista de mujeres que dejaron huella en la Ciudad de México, pero si observamos con más detenimiento encontraremos que su legado es mucho mayor y se encuentra en lugares quizá insospechados. 

Ambas historias, la de su coleccionismo y la de su aportación al paisaje de la capital, son, en realidad, dos caras de una sola moneda: su talento empresarial. Todo comenzó cuando, recién divorciada y buscando cómo mantenerse a flote, fue a pedir un préstamo al Banco Nacional de México para comprar una ladrillera. La decisión debió de resultar más que sorprendente, pues no sólo se trataba de un negocio dominado por hombres, sino que era un momento en el que las mujeres tenían que pedir permiso a sus maridos para abrir una cuenta bancaria. Ya con su empresa establecida, se asoció con Heriberto Pagelson, dueño de la ladrillera que se encontraba a un lado de la suya y con quien patentaría un nuevo bloque para construcción. Poco tiempo después, un joven ingeniero de nombre Bernardo Quintana contactó a Olmedo en su búsqueda por inversionistas. La tríada comenzó un nuevo negocio con la patente del nuevo ladrillo que llevaría por nombre Bloque ICA. 

“…la misma ICA que de ahí en adelante crearía las grandes obras del México moderno y que tuvo, entre sus primeros socios, a Dolores Olmedo”.

La empresa del novedoso material no despegó, pero muy pronto lograron asegurar un proyecto constructivo que catapultaría a los socios. Era 1948 y el presidente Miguel Alemán impulsaba la edificación de la primera unidad habitacional del país: el Centro Urbano Presidente Alemán (CUPA). Así, la empresa del Bloque ICA pasaría a convertirse en Ingenieros Civiles Asociados; la misma ICA que de ahí en adelante crearía las grandes obras del México moderno y que tuvo, entre sus primeros socios, a Dolores Olmedo. El CUPA se inauguró en 1949 y hasta el día de hoy resalta por sus característicos ladrillos, los cuales dicen que Doña Lola llevó al sitio de la obra manejando los camiones con sus propias manos para cumplir con las fechas de entrega. 

Ángela Alessio Robles

La Ciudad de México no sería la misma sin la participación de una mujer excepcional para su tiempo: Ángela Alessio Robles. Egresó en 1937 de la Escuela Nacional de Ingeniería —ubicada en ese entonces en el Palacio de Minería— siendo la cuarta mujer en inscribirse a la carrera. Ella misma contaba que desde muy pequeña supo que ese era el camino que quería tomar, pues pasaba los días imaginando creaciones que esperaba algún día ver edificadas. Es probable que esta pasión por la construcción fuera heredada de su padre, Vito Alessio Robles, quien además de ser un personaje revolucionario, fue ingeniero militar.

“Bajo esta lupa, no sorprende que también haya sido la primera mujer en unirse al Colegio de Ingenieros Civiles de México como socia”. 

A diferencia de él, su hija no tiene hoy una calle que lleve su nombre, pero de alguna manera todas las que fueron trazadas después de 1948 llevan su firma. Y es que se considera que en ese mismo año Ángela se convirtió en la primera mujer en destacar en el sector público al unirse a las filas del Departamento del Distrito Federal. De ahí en adelante, se haría de una larga y reconocida trayectoria en la función pública, ocupando la presidencia de Planificación y dirigiendo el Plan para el Desarrollo Urbano del entonces Distrito Federal. Bajo su mira, se construyeron algunos de los íconos de la arquitectura capitalina, entre ellos la Torre Latinoamericana. Pero más importante aún, fue con su trabajo que se sentó una importante base para la legislación actual en la Ciudad de México con la creación de la Ley de Desarrollo Urbano. Bajo esta lupa, no sorprende que también haya sido la primera mujer en unirse al Colegio de Ingenieros Civiles de México como socia. 

Si bien es muy importante su rol en el servicio público, también vale la pena recordar su huella más allá de los cubículos porque Ángela Alessio Robles era una mujer que se ensuciaba los zapatos de lodo en la obra. Para muestra de ello tenemos la Campestre Churubusco, en terrenos aledaños al México Country Club y limitada por el Río Churubusco, colonia que fue trazada con su lápiz.

Ésta es tan solo una primera y somera lista de las mujeres que hicieron ciudad. Faltan, seguramente, muchas más que con su trabajo dieron forma a nuestro paisaje o dejaron su impronta en nuestras calles. Ésta es, entonces, una invitación a empezar a recordarlas y nombrarlas para que nunca más se escriba la historia de nuestra urbe —de ninguna— sin ellas. EP

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