Mexicienta

La escritora Martha Bátiz reescribe un cuento de hadas donde la Cenicienta vive en el país de los feminicidios.

Texto de 12/11/20

La escritora Martha Bátiz reescribe un cuento de hadas donde la Cenicienta vive en el país de los feminicidios.

Se quedó llorando junto al pozo. La viuda de su padre y sus hijas se habían ido al fiestón que don Mencho ofrecía en El Palacio, la casa más grande y lujosa en todo Guadalupe. El hijo de Don Mencho era el mejor partido y todas las morras sabían que quien lo conquistara esa noche, sería una reina. Hacía semanas que nadie hablaba de otra cosa. Hacía rato que ya todas se habían ido al Palacio. Sólo “La Ceni” se quedó atrás, con su vestido hecho jirones: sus hermanastras no le permitieron usar prendas y accesorios que ellas mismas habían puesto ya en bolsas etiquetada “para los pobres”. ¡Hasta crees que vas’ir a la fiesta del año, perra!”, le gritaron antes de subirse a la troca con su madre. “¡Pobre pendeja!”

Se quedó llorando junto al pozo hasta que apareció Doña Ada, su vecina, una mujer baja y regordeta que le secó las lágrimas, le prestó un vestido “que sólo me puse una vez, cuando era flacucha como tú”, y hasta le dio los zapatos blancos que había usado para su boda, esos que se trajo del Otro Lado, con cristales simulando diamantes que todos le habían chuleado hacía siglos cuando los pasó pa’ que echaran los billetes. La Ceni, con su vestido vintage como segunda piel y zapatos centelleantes, le dio un abrazo a Doña Ada antes de marcharse. “Pero no vuelvas tarde, chamaca, porque tu madrastra nos la parte a las dos,” le advirtió ella y la siguió con la mirada hasta verla desaparecer bajo los faroles, camino abajo, donde hacía parada el camión a la Campestre, desde cuya cima el Palacio era imponente mirador.

A la mañana siguiente, doña Ana fue a buscar a La Ceni para que le contara sobre el baile. Pero La Ceni no había vuelto. Nadie la había visto siquiera cerca de El Palacio y a nadie le interesaba su paradero. Se fue con el novio, le dijeron. Seguro estaba enojada y al rato llega, así son las viejas. El hijo de Don Mencho había elegido a su reina y eran las fotos de la pareja y de la fiesta en todas las redes sociales lo único que capturaba la atención del pueblo. La viuda, furiosa, sacó las pocas pertenencias de La Ceni a la calle y mandó un mensaje a todos sus chats para que le ayudaran a encontrar otra criada. “La perra de la Ceni sepa a qué congal se me largó anoche mientras andábamos en la fiesta, qué bueno que su padre Midifuntoesposo Quedioslotengaensugloria no vivió para ver esto, qué vergüenza. Todas son igual de malagradecidas. Nomás que vuelva la mando derechito a chingar a su madre. ¿Conocen a alguna de planta que sea de confianza?”

Anocheció.

Encontraron el cuerpo unas horas más tarde. Tirado al fondo de un barranco, tenía el vestido roto; el vientre, desnudo. La habían abierto como a los animales en el mercado y le faltaba un zapato.

Solo doña Ada la lloró.

               Los demás dijeron que

                         por salir sola a la calle

                                    de noche sin permiso

                                     por andar de zorra

                                                creyéndose mucho

                                                       con semejante vestido

                                                                      y zapatos de brillantes

                                                                                                 se lo buscó. EP

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