Time to Pay, Time to Go

En esta crónica, Antonio Moreno nos conduce a un peculiar bar con esencia literaria en Lawrence, Kansas.

Texto de 08/10/21

En esta crónica, Antonio Moreno nos conduce a un peculiar bar con esencia literaria en Lawrence, Kansas.

Para Danny J. Anderson

El propósito era buscar un bar con esencia literaria, y no precisamente un bar donde estuviéramos obligados a expresar bromas cultas; dejarnos llevar por el vaivén de las contingencias y las sensaciones premonitorias. El Tijuanense y yo pudimos pretextar, al principio, que nuestra búsqueda no era porque estuviésemos sedientos de cerveza: en su caso, lo obligaba una especie de extraña saudade mexicana equivalente al no me hallo chiapaneco. En el mío, una suerte de alegre conmoción tras darme por enterado un día antes que The Raven Society, de la Universidad de Virginia, había recibido mi propuesta, después de dos años de esfuerzos denodados, y me hacían saber que si era elegida, como todo parecía indicar, podían otorgarme un modesto presupuesto —pero suficiente— para viajar y pasar dos noches y tres días en Baltimore, Maryland, con el objetivo de conocer la tumba de Edgar Allan Poe; a cambio de esta distinción, tendría que escribir una crónica o una historia de terror en un inglés decoroso. 

Bien mirado, el dilema del Tijuanense era el motivo fundamental que nos movía a plantear la excusa de esa noche, y no mi afecto patológico hacia el padre de los Cuervos. Pero no se puede eludir el destierro cultural que ambos padecíamos y seguimos tolerando con grandes dosis de imaginación, como tampoco el regocijo, ahora más fugaz que nunca, de mi tentativo viaje a Ravenland. He de admitir que ese posible convenio con la sociedad me había contrariado profundamente en los últimos días, porque consideraba que me pondrían el listón demasiado alto, precisamente la noche en que al Tijuanense y a mí se nos había ocurrido explorar otros bares con esencia literaria. Un listón muy alto: si mi texto no era aprobado por los integrantes de la sociedad, yo estaría obligado a reembolsar los gastos de viaje, hospedaje y alimentación. 

Para contrariar lo que ya se nos había hecho costumbre, decidimos buscar nuevos horizontes nocturnos; después de dos meses, nos pareció que la comodidad y las schooners (ligeramente más grandes que las copas chocomileras, con capacidad para una caguama y media) frías y espumosas del bar Louise’s, enclavado en el corazón de Lawrence, Kansas, ya había cumplido su ciclo y era necesario emigrar a otros destinos etílicos menos predecibles y con más esencia literaria. Pero no quería caminar demasiado. Había mal tiempo: un calor húmedo, insoportable, una lluvia pertinaz y amenazas de tornado en el condado vecino. El mal tiempo enmarcaba el contexto político-cultural del momento en los Estados Unidos, a pocos meses de las elecciones presidenciales en las que competiría un mulato joven, político brillante, dueño de una retórica capaz de emascular a su oponente, de padre africano y madre de Kansas ya fallecida, con muchas oportunidades reales de ganarlas. Sentado frente a la barra, un tipo rubio, de anchas espaldas, que había bebido más de 7 schooners (los martes a $3.75 y los jueves a $1.75 dólares), hizo la misma pregunta nefasta, muy de moda en Texas, que sólo los imbéciles podían repetir: “Si gana Obama, ¿seguirá siendo blanca la Casa Blanca?”. Sin el menor esfuerzo, nos revelaba el ánimo errático del chacal mediático y el resurgimiento de ominosos prejuicios que algunos pensábamos sepultados. 

“Ser frontera es convivir con dos registros culturales a la vez, mediados por una relación de amor-odio profunda y prolongada. Genéticamente, los verdaderos frontera están incapacitados para explicar a los demás la esencia de su identidad”.

En los bares de Ciudad Juárez y Tijuana habíamos recibido nuestra educación sentimental respectiva. Salimos y empezamos a caminar sin rumbo aparente en busca del bar que nos hiciera sentir como en casa. En nuestras mentes orbitaba este verso de Bukowski: «más cerveza, bebe más cerveza». Más que el mal tiempo, desafiábamos la incertidumbre. Hernán, el Tijuanense, anhelaba parar en un bar con atmósfera fronteriza. Ante la víspera de una borrachera inminente, le dije que los frontera cargan con el estigma del apátrida. Ser frontera es convivir con dos registros culturales a la vez, mediados por una relación de amor-odio profunda y prolongada. Genéticamente, los verdaderos frontera están incapacitados para explicar a los demás la esencia de su identidad. Para entenderla, es conveniente echar mano de las abstracciones elementales. Fuera de su hábitat, los frontera se sienten víctimas incomprendidas o, en ocasiones, meros chivos expiatorios; califican como no-lugar a toda urbe ajena a la suya; padecen de un esencialismo atroz, según la patente de moda, porque si no has nacido o no has vivido allí lo suficiente, es imposible comprender la frontera y los frontera. Como el título de un buen poema, el nombre de un bar define su naturaleza y nos anticipa historias y personajes.

Nos detuvimos frente al bar Cuello de botella o Gollete (Bottleneck). En el trayecto, el Tijuanense me preguntó de manera suspicaz acerca de mi obsesión por los bares con esencia literaria. Mi respuesta se la dediqué a los santos bebedores: Malcom Lowry y Joseph Roth. Le dije que cuando uno acude a un bar es para que suceda algo y que el Louise’s había desdibujado su atmósfera por la falta de carisma de sus bebedores y por el falso puritanismo de sus bebedoras. Añadí que había comprendido demasiado tarde el significado del nombre del bar. Nos remitía a la Francia imperial de reyes emperifollados y cobardes. Y mucho menos pretendo ser insidioso. Me acerqué con cautela a una bebedora para decirle, casi entre señas, que escribiera unas palabras en mi libreta de notas, las cuales se publicarían en una revista latinoamericana dedicada a clasificar los mejores bares y cantinas del continente: “My (somewhat fuzzy) memory tells you anything it should be this: Louise’s upstairs is a lot of fun, but it’s also full of people who want to get drunk and sway in front of the jukebox with ten of their favorite people (and maybe a couple of strangers). The drinks are strong, the people are noisy, and the bar gets stuffy as it gets later. If you want to embrace the bar scene for your 20-something birthday party, this is a great place. If, however, loud, crowded bars stuffed with loud, drunk people aren’t your thing, consider going elsewhere”. Ante lo anodino que ya resultaba emborracharse allí, estuve a punto de sugerirle al cantinero que pensara seriamente en rebautizarlo con otros nombres truculentos y enigmáticos (como Calígula o Tláloc), y con un poco de suerte, pudiese recibir bebedores con otros hábitos y otras gracias. 

El interior del Cuello de botella tiene la apariencia de un imponente granero. Mientras nos dirigíamos a la barra, me asaltó la extraña idea que evité, por pudor, compartirla con el Tijuanense: cada bar que uno visita, sin importar la consumición, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. De un lado, había cuatro mesas de billar perfectamente alineadas. Junto a los ventanales mojados por la lluvia, tres hombres de aspecto indescriptible nos clavaron sus miradas astringentes. Del otro, había una pista de baile y a un costado un músico afinaba melancólicamente su guitarra eléctrica, de pie sobre el estrado. En la barra nos atendió una rubia que usaba gafas de sol. En un inglés tartajeado, ordené cuatro cervezas. ¿Para qué tantas?, me inquirió el Tijuanense. Para apaciguar la sed, le dije en mexicano. 

Sin dejar de mirarnos, los tres sujetos hablaban entre sí. Más de cerca, noté que uno de ellos era idéntico a Ignatius Reilly, personaje clave de La conjura de los necios. El rubio, de movimientos sagaces y con tatuajes en los brazos y en el cuello, tenía el semblante de Aleister Crowley. El tercero provenía de las páginas de Wells, no se parecía a nadie, su rostro se esfumaba como en una bruma; de no ser por la montura de sus gafas, habría pasado desapercibido, casi invisible. La rubia, ahora sin las gafas de sol que extrañamente le habían servido para ocultar sus profundos ojos azules, se acercó para decir que podíamos jugar las partidas de billar que quisiéramos en el lapso de dos horas. Como un coime desesperado, el Tijuanense juntó las bolas de billar dentro del triángulo, eligió el taco de su preferencia e hizo calistenia con la diestra. De soslayo, yo no dejaba de verlos también, me sentía a punto de la emboscada. 

El Tijuanense erró el segundo tiro. Sin una estrategia clara, me disponía a hacer lo propio cuando de repente Crowley me preguntó, subiendo la voz y empleando un castellano legítimo, la procedencia de mi acento. Aunque no me quedó clara la pregunta, le contesté, sin saber por qué y recurriendo a la vaguedad como es mi costumbre, que ser mexicano es una excentricidad y que el acento es cuestión de estilo. Entonces, ¿cuál es tu estilo?, insistió con majestad de vagabundo. Estilo Quijote, le reviré con majestad cervantina. Ahora, dirigiéndose a los dos, nos masculló que su estilo era García, el apellido de su familia texana. No mames, güey, respingó el Tijuanense, no vaya a decir que somos familiares para pedirme feria, sin que Crowley se percatara del sentido de esas palabras. Hablaba castellano, pero comprendimos que su patrimonio verbal no le alcanzaba para tanto. 

“Aunque no me quedó clara la pregunta, le contesté, sin saber por qué y recurriendo a la vaguedad como es mi costumbre, que ser mexicano es una excentricidad y que el acento es cuestión de estilo”.

Estábamos ante un shandy, no cabía duda. Cumplía con todos los requisitos y estaban a simple vista. Un alto grado de locura. Un equipaje mínimo: una mochila de excursionista, probablemente repleta de libros o armas, en todo caso. En la mochila cabía toda su vida. Y todo parecía indicar que funcionaba como una máquina soltera; al pasar la rubia, se la comió con los ojos. La tensa convivencia con el doble, simpatías por la negritud y un nomadismo infatigable constituían las características obvias de su personalidad. 

Una vez que volvió junto a sus amigos, retomamos el juego. El Tijuanense había ordenado cuatro tarros más de cerveza. ¿Para qué tantos?, le cuestioné. Para responderme una pregunta que tengo atorada desde hace tiempo. Tengo casi treinta y cinco años, y no sé qué es la vida, me reveló con cierto pesar. Yo no tengo una respuesta clara, apenas puedo con la mía, le respondí con sinceridad. Pero Ignatius puede saber la respuesta. Hablas castellano, ¿no es así?, le pregunté con cortesía. Al ver su negativa, la reformulé en inglés y me contestó sin tardanza: “sólo sé tres palabras: panocha, agua y cerveza”. La sabiduría de Ignatius iluminó la cabeza del Tijuanense, mediante la epifanía de estas tres palabras había comprendido el sentido de la vida. 

La rubia volvió como la tormenta que amenazaba allá afuera, esta vez un tanto eufórica, para decirnos que se habían cumplido las dos horas de juego gratis y que ahora era necesario pagar. Crowley, inmóvil desde su asiento, espetó para nadie: time to pay, time to go. EP

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