Atravesar la calle: la pluma de Elena, una escritura de los otros

Este texto resultó ganador en el Concurso de Ensayo sobre Elena Poniatowska, organizado por Pasión por la Lectura del ITESM.

Texto de 07/12/22

Este texto resultó ganador en el Concurso de Ensayo sobre Elena Poniatowska, organizado por Pasión por la Lectura del ITESM.

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Elena Poniatowska escribe desde el oído, el verbo de los otros. Nunca, o tal vez solamente en breves instantes de letras, ha escrito desde sí misma. Con una carrera bien formada como periodista, Elena ha declarado en múltiples entrevistas que siempre escribe, y tal vez es ese el fundamento de la vastedad de su obra, pero además de su inminente gusto por la escritura, su pluma se origina en su labor como periodista que conlleva, en sus propias palabras: la obligación de entregar, en donde la escritura se transforma también en una forma de participación.  

Desde una casa a la que pertenece una infancia multinacional, el español es visto como una lengua extranjera. “Ya lo pescarán en la calle”, le decía su madre, pero Elena se apropia de una calidez que solo puede brotar de la calle, la que atestigua por primera vez gracias a la locuaz oralidad con la que se expresan las muchachas de su casa y con la incomparable generosidad y familiaridad con la que la crían. Es a partir de su vehemente afición a la calle, como dice ella misma, “a las azoteas, a las sábanas que vuelan”, y a la cotidianidad, que elige el español como la que siempre será su lengua de escritora. De ahí que su obra no solo transcurra en los intersticios de la urbe, sino que la calle se convierte en un personaje. Esta emocionante devoción es vista alrededor de toda su obra, como Ashby, el personaje principal en Paseo de la Reforma: “La vida sabía a calle, y la calle, resulta de lo más entretenida”.

“Es a partir de su vehemente afición a la calle, como dice ella misma, “a las azoteas, a las sábanas que vuelan”, y a la cotidianidad, que elige el español como la que siempre será su lengua de escritora”.

Pero este espacio solo puede pertenecerles a los otros. Elena da voz a México desde la calle: los reúne a todos desde el dolor, la ausencia y el vacío, en tantas de sus obras (Querido Diego, te abraza Quiela, Paseo de la Reforma, La noche de Tlatelolco, y por supuesto, en Hasta no verte Jesús mío).

A través de su pluma, nos apropiamos del dolor y el sufrimiento: el dolor de los otros.  Es en estos pesares cotidianos, en los siniestros, que el texto de Elena se desborda sobre nosotros. Como un accidente que se encarga de desensimismar a Ashby. “Un cuerpo dolido, es lo que hace posible que se salga de sus privilegios: el dolor humaniza” (Paseo de la Reforma). La obra de Poniatowska permite desensimismarnos y acercarnos a la vida cotidiana, transportándonos a otras realidades sociales y económicas desde las letras. Con esta literatura de los otros, se pretende dar voz a quienes no la tienen, y en esta tentativa, el dolor ajeno se convierte en el propio; en el de los estudiantes, en el de los obreros, en el de los intelectuales: en el pueblo. Como Ashby, al vivir con la escritura de Elena atravesada, nos vemos a nosotros mismos como los otros. Y entonces el pesar permanece, pero ahora es también uno compartido. 

El papel y la tinta son las armas de Elena Poniatowska, la misma espada que empuña las voces del movimiento estudiantil del 68. La política siempre es uno de los ejes centrales de sus textos y, con ello, la terrible situación del país. Tiene un deber como periodista y una facultad como escritora para incluir la verdad sobre el entorno político de la nación en el tiempo transcurrido de sus obras, como en el cuento “De noche vienes”, que menciona recursivamente en medio de la narrativa, el conocido lema de la Revolución: “Sufragio efectivo, no reelección”. Tal parece que es una sentencia, pues en tiempos de la Revolución era utilizada para hacer evidente la incongruencia de Díaz, como en el breve texto de Poniatowska, la absurda noción de tergiversar el papel de Esmeralda Loyden, donde el hombre, es ahora sumiso y reprimido al ser la mujer quien tiene múltiples maridos. 

Por otro lado, en La noche de Tlatelolco, es con las voces de miles de testimonios de padres de familia, trabajadores, maestros y estudiantes, que nos rebasa la furia. De coraje nos agrandamos tanto que de pronto “odiamos con amor revolucionario” y la política empieza a interesarnos. Entonces los límites dentro de los que vivíamos se desdibujan y percibimos una vez más, a través de la escritura, el sufrimiento del pueblo. La opresión del gobierno nos asfixia y avergüenza entre la estupidez y la ignorancia, mientras que Elena nos invita a tomar la palabra como lo hace Amaya, una mujer estridente y flamenca, en Paseo de la Reforma: “¿Güerita por qué se mete en tantos líos? Porque soy una ciudadana”.

“El tintero de Elena abriga una vasta obra sobre mujeres valientes, mujeres que se nos escapan de las manos y rompen moldes”.

El tintero de Elena abriga una vasta obra sobre mujeres valientes, mujeres que se nos escapan de las manos y rompen moldes. Como Jesusa en Hasta no verte Jesús mío, cuando pareciera que, por orden del Señor, después de tantos males causados por su marido, escucha inconfundiblemente un “defiéndete”, pero no es otra más que ella, quien finalmente se ha cansado y que ahora está dispuesta a comenzar a “repartir”. Jesusa dice que seguramente existe un infierno para todas las dejadas, las mujeres que se quedan en silencio, pero muchas de ellas hoy siguen en intersticios avasallados por hombres tiranos cuando “la verdadera enfermedad de los mexicanos es creer que son muy charros porque se nos montan encima. Pero no somos yeguas mansas”. Ya no. 

Como Margo Glantz sentencia en su libro de ensayos Cuerpo contra cuerpo: “A la mujer no solo se le niega la trascendencia sino también la posibilidad de creación”. Por mucho tiempo se nos ha negado este poder y Poniatowska irrumpe para abrir un recoveco en el que en realidad se encuentra un páramo de mujeres estoicas que muestran fortaleza y dominio sobre sí. Pero somos también esas mujeres fuertes y valientes, las que, al resquebrajar una ocasión para crear, nos hallamos después reprimidas, muchas veces al padecer de un amor tormentoso y extenuado como el de Diego y Quiela. Al igual que Rivera, hombres que son satélites, torbellinos físicos que todo el mundo parece escuchar y contemplar cuando por su lado, son también ellos, los admirados y queridos amantes que nos empolvan y sepultan. Nos impiden la creación y por eso nos recubren con un telar de egolatría en donde el mundo entero comienza por el otro, tanto que se desdibuja el origen de la independencia, del tiempo en donde nos valíamos por nosotras solamente. En Querido Diego, te abraza Quiela, Angelina Beloff le atribuye todo su valor a Rivera y entonces se encarga de amoldarse a él, de manera que termina por cancelarse, se borra. Esta extraordinaria pintora, a través de sus cartas, deambula sobre la pregunta ¿Quién es Quiela sin Diego? Pero la respuesta solo puede ser, la misma Quiela. Su pintura. Entre las letras de su propia escritura, a ratos, Quiela parece finalmente desadormecer su valerosa singularidad y entonces, al romper la tradición de muchas mujeres mexicanas dice: “Hoy no quiero ser dulce, tranquila, decente, sumisa, comprensiva, resignada.” Y yo misma, como tantas creadoras mexicanas, sé que ni hoy, ni nunca, quiero volver a ser Quiela. EP

Referencias:

Glantz M. (2020). Las hijas de la Malinche. Negri A. (Ed.) Cuerpo contra cuerpo (pp. 299-323) Sexto Piso.

Poniatowska E. (1978). Querido Diego, te abraza Quiela. Ediciones Era.

Poniatowska E. (1971). La noche de Tlatelolco: Testimonios de historia oral. Ediciones Era. 

Poniatowska E. (2019). De noche vienes. (Colec. Vientos del pueblo). Fondo de Cultura Económica. 

Poniatowska E. (2009). Paseo de Ła Reforma. Penguin Random House Group. 

Poniatowska E. (1959). Lilus Kikus. Ediciones Era. 

Poniatowska E. (1969). Hasta no verte Jesús mío. Ediciones Era. 

Pacheco A. (17 de julio de 2019). Compartiendo raíces -Elena Poniatowska. (Nº 59) [Episodio de Podcast] En Hablemos Escritoras. Spotifty.

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